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El cielo metálico

jueves 23 de mayo de 2024
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El cielo metálico, por Luis Alfredo Castellanos
El personaje se despierta y es un insecto, ¿cuál es su realidad y cuál es su sueño?
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

Sentado en la Silla de Destrucción, Rotrón comprendería las profecías que estaba prohibido leer y que él había descubierto y asimilado como realidades verdaderas que se presentarían en la vida de todos los habitantes del planeta.

Rotrón había estudiado en su casa cientos de archivos que hablaban sobre la civilización humana, sus inventos, sus enfermedades, su historia, pero había algo que no lograba procesar por completo y era eso que llamaban literatura, ¿cómo los humanos podían deleitarse con algo que no tiene asidero en la realidad?, ¿por qué algo que no existía en el plano material, pero que ellos aceptan como cómplices de esa situación que al final es falsa, lograba tener una importancia tan significativa en sus vidas, a tal grado de evocarlo como algo concreto?

Rotrón no entendía cómo alguien como don Quijote, con todo lo imaginado que era, tuviera treinta siglos de existencia y fuera tan reverenciado mucho más que el autor que lo creó, y fuera visto como un símbolo, aunque la persona que sueña con hacer realidad su proyecto de caballero andante era además considerada como un demente.

Era tan ilógico, para el microprocesador del neófito estudioso de las literaturas humanas, entender el significado de algo que aparentemente no tenía ningún sentido para las máquinas.

El mundo de Rotrón estaba dividido entre un hemisferio de aparatos electrónicos y el otro cargado de ideas y personajes extraídos de los libros humanos, con los cuales debía lidiar sus ocupaciones cotidianas.

Don Quijote sueña —le decía a Robota, su compañera en la sala de la casa.

—¿Sueña? —preguntaba ella.

—Eso es lo que se dice de él.

—Pero es algo tan improbable para nosotros —agregaba Robota—; eso es una experiencia humana que aún no hemos logrado reproducir.

—Solamente nos queda aprendernos el concepto que los archivos describen sobre este evento: (Del lat. somnus). Acto de dormir. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes. Estos mismos sucesos o imágenes que se representan. Gana de dormir. Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse. Para referirse a quienes fingen o disimulan algo. Anhelo, ilusión halagüeña, desiderátum.

—¿Por qué te afanas en conocer lo existencial del concepto? —interrogó Robota.

—Creo que no es suficiente lo que sé sobre ellos, tengo que entender esa forma de ver la vida como ellos lo hicieron.

—Espero que no te arriesgues demasiado, ya conoces las restricciones que los robots tenemos de querer saber más de lo que nuestros Superiores han establecido —al decirlo salió de la sala para trasladarse a su cuarto en el que se suspendía temporalmente conectada a un enchufe de energía.

Rotrón se quedaba más tiempo del necesario para especular sobre las cosas que le parecían desconocidas. Él creció en términos de conocimiento aprendiendo de las cosas como los humanos las habían llamado, traduciéndolas a su código binario de decenas e incluso de centenas de combinaciones de ceros y unos para registrar desde las cosas más ordinarias, como el vaso o el tornillo, hasta las más complejas fórmulas para diseñar naves espaciales o teorías combinadas de la relatividad con la gravedad cero en los hoyos negros.

Los robots habían logrado tal imitación de las actividades humanas que algunas tan vitales para la especie, como la reproducción, eran simuladas con programas de cópula cibernética que los mecánicos no se interesaban en realizar porque les parecía “innecesariamente desgastante de la materia”.

Pero, adicionalmente a eso, los robots continuaron con buena parte del estilo que heredaron de los que desplazaron: sus trabajos en pro de la sociedad metálica, sus horarios, sus comercios y, claro, sus problemas delincuenciales, robots en la línea de los gánsteres estadounidenses o los miembros de la Cosa Nostra siciliana que ponían en aprietos a las autoridades policiales de la sociedad y que constantemente eran denunciados por los sistemas de información de lo urgente que resultaba capturar a estos seres que reproducían los viejos vicios de la sociedad humana, como sus pandillas latinoamericanas o los grupos rebeldes de África.

“Por eso tengo que aprender más”, se decía Rotrón, ya que, como asesor de los Planes de Desarrollo de la Sociedad en la Oficina de las Políticas Robóticas, podía proponer medidas que contribuyeran a mejorar la vida de sus congéneres, por lo que justificaba la autorización de buscar datos en la vida humana para sus iniciativas de trabajo.

De esa manera aprendió sobre los orígenes de la humanidad.

Procesando datos, sus sensores de movimiento detectaron actividad en el laboratorio de máquinas. Rotrón dirigió su cuerpo electromecánico al sector para descubrir sin emoción, en medio de desperdicios de aparatos oxidados tirados, el objeto que le permitiría avanzar en su interés por conocer más a la humanidad: una persona.

Una especie de suspiro, que en realidad era energía estática vibrando en su metal, recorrió su parte frontal superior; cuando eso ocurría, Robota lo justificaba con alguna falla de ciertos circuitos sobrecargados por la presión laboral. “Bien te haría en estos casos —le decía— desconectarte un tiempo para que no vayas a fundir tu motherboard”. Pero en este momento aseguraba que sí lo había sentido.

Lo que estaba en el sector era un adolescente, escondido en las chatarras, moreno, extremadamente delgado, de unos diez y seis años. Rotrón se aproximó asegurándose de no ser visto pero el joven lo descubrió y del impacto, justo en el momento en que lo tocaba, el chico se desmayó.

Rotrón lo llevó a uno de los cuartos de la casa al que Robota no iba por ser dedicado a sus investigaciones bibliográficas. Cuando él despertó sobre una superficie plana elevada de la superficie, una cama, Rotrón tendría unos trescientos minutos de analizar información sobre jóvenes en la red virtual. Ciertos aspectos le resultaban inaccesibles sobre las fases que debían pasar los humanos para desarrollarse desde su origen hasta convertirse en personas adultas; era una evolución contradictoria, un ser que inicia amorfo en un ambiente acuoso, sería más tarde el ser que tenía enfrente de sus receptores visuales, “tiene que ser un anfibio”, concluía lógicamente, “puesto que se inicia en un área acuática de la cual luego es expulsado para que viva en la superficie terrestre”. “Pero no lo es”, le refutaba Rotrob, un antiguo compañero de trabajo que escuchaba sus cavilaciones los sábados por la noche, “además, ¿qué importancia tiene de lo que esté hecho o sea el ser humano?, ahora somos nosotros quienes conducimos los destinos de esta esfera”, pero estas informaciones las anuló porque se sintió sorprendido por la mirada con temor mezclado con rudeza que le lanzaba; Rotrón correspondió su dureza con una voz grave y palabras imperantes.

—¿Qué haces fuera de tu lugar de confinamiento? —preguntó Rotrón.

—¿Vas a entregarme? —interrogó él lentamente.

—Ya conoces las reglas de los Superiores, te has escapado. Tú no puedes estar fuera del lugar que se te ha asignado —Rotrón acercó sus extensiones cibernéticas al cuerpo del invasor.

—Ya lo sé, pero tenía que hacerlo —el chico se incorporó, sentándose en el borde y apoyando sus manos a los lados.

—Estás huyendo de tu asignación —Rotrón realizó un rápido escaneo de su organismo por si fuera portador de alguna infección como sugerían los manuales en contactos no controlados con los humanos.

—No, estoy buscando un libro —y al decirlo recorrió la habitación repleta de ellos.

—¿Por eso escapaste? —preguntó extrañado—, ¿por un libro?

El joven bajó la mirada y asintió despacio.

—¿Qué libro buscas? —insistió Rotrón.

—¿Eres como los demás? —su pregunta parecía más una afirmación que se decía con un dejo de abandono.

—¿De qué hablas? —Rotrón se mostró más firme.

—Si vas a castigarme... —el joven se puso en pie con decisión a enfrentar lo que viniese.

—No has comprendido la situación en que te encuentras, no tienes ningún derecho, estás perdido; o hablas conmigo o lo harás con otro —Rotrón se acercó a unos intercomunicadores.

—No te tengo miedo —expresó en tono de desidia.

—Deberías tenerlo, pero aún sin él tienes que hablar —señaló el robot.

—En ese caso, mejor entrégame a los que son como tú —y extendió sus manos hacia quien le hablaba.

Rotrón vio en su rostro un ensimismamiento que había leído en algunos pasajes de Hamlet y creyó tener una intuición que le advertía que no obtendría nada de él, hablándole de esa manera. Consideró oportuno practicar sus sesiones individuales de psicología.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Rotrón.

—Mi abuelo me dice Dante —respondió el chico.

—¿Por Alighieri?

Él se encogió de hombros.

—Los de tu especie me llaman 000999000-7395 —agregó.

—Dante, ¿tu abuelo te ayudó a escapar para que encontraras un libro?

Con el movimiento de cabeza respondió afirmativamente.

—¿Acaso es Commedia o De vulgari eloquentia el libro que buscas?

—No, no son esos.

—¿Recuerdas el libro? ¿El autor?

Dante guardó silencio por breves instantes.

—¿Qué te pasa? —inquirió Rotrón.

—Ya te dije mi nombre, pero aún no me has dicho el tuyo.

—Decir mi nombre en código te costaría recordarlo, dime con la traducción humana: Rotrón. ¿Y el libro?

—¿Vas a ayudarme a encontrarlo?

Rotrón detuvo su cuestionario y computó la petición que le ofrecía Dante, los riesgos que eso podría representar, pero también descubrió una posibilidad de lograr su cometido acerca de sus aspiraciones científicas. Bajó la gravedad metálica de su voz y la imperiosidad de sus palabras para decirle:

—Sin el nombre de lo que buscas —mostró los libros que les rodeaban— ni siquiera sabrás que buscar; anda, echa un vistazo, seguro podrías recordar algo.

Dante se llenó de un raro entusiasmo que contradecía su apariencia famélica y hurgó con violencia entre los lomos de los textos alguna pista que le orientara para ubicar el del encargo. Vio por casi media hora los cinco niveles de las tres estructuras que soportaban las decenas de libras de papel impreso.

—¡Es inútil! —dijo exhausto—, ¡no recuerdo nada!

—Tu abuelo debió haberte dicho que muchos archivos que antes les pertenecieron han sido protegidos por los Superiores, y otros han desaparecido, no puedo asegurar algo sobre lo que ignoro de qué se trata. ¿Cómo aprendiste a leer, Dante?, eso está prohibido.

—Mi abuelo me enseñó con La Ilíada y otros libros que tenemos escondidos. No estaba completo, porque los que son como tú no nos permitían ninguna palabra escrita para leer o que tampoco hiciéramos escritos.

—Haremos un trato: te ayudaré a buscar el libro sólo si tengo la certeza de que existe, y tú me ayudarás a explicarme las cosas que sienten los humanos al leer esos libros que dicen ser de la literatura.

—No sé si pueda, quien sabe mejor de todo eso es mi abuelo, él me explicaba lo que las palabras ocultan en sus apariencias para el ser humano, pero que se revelan a aquellos que abren sus corazones a la magia de las expresiones contenidas en los textos.

—Algo habrás aprendido, Dante.

—No es mucho, creo, pero si a ti te parece suficiente, lo compartiré contigo.

—Será suficiente, no tengo otra forma de procesar esos datos, pero también quiero que me hables del sueño, ¿cómo o qué es soñar? ¿Cómo puedo lograrlo?

—Hace tiempo que no sueño.

—Y cuando lo hiciste, ¿qué soñaste?

—Esto.

—Explícate, Dante.

—Mi abuelo reunía, cuando la noche tenía luna como hoy, a varios muchachos, nos enseñaba a leer y luego nos hablaba de las profecías de los libros que describían sobre nuestra liberación, profecías antiguas que se olvidaron y que, luego de darse las guerras con los otros como tú, pasaron a ser dejadas. Nadie más se acordó de ellas por el miedo a que nos destruyeran ustedes. Pero en el paso del tiempo, en que los lamentos nos acompañaban, alguien recordó las profecías y se las contó al abuelo cuando era pequeño; los que se lo contaron a él lo oyeron cuando también eran unos niños, y así se fueron rescatando del olvido, pero nadie ha visto el libro que las contiene, por lo que para hacer más fuerte la vida de las profecías antiguas me eligieron para que encuentre el libro y lo lleve con ellos.

—No entiendo, ¿dónde está el sueño?

—Se me designó esta tarea hace varios años porque me interesé por las profecías; sin embargo, algunas noches me despertaba huyendo y siendo descubierto por un robot, ¿es esto un sueño, Rotrón?

—No, porque yo no sueño, eso es lo que quiero aprender.

—Hay un problema.

—Otro, aparte de que te escapaste.

—Los otros androides no han descubierto que no estoy con los demás; si eso hubiera ocurrido, la alarma ya se habría dado, ya para ti esto no sería una sorpresa.

—Eso es correcto, prosigue.

—Debo volver antes que amanezca, ya que nos reúnen para contarnos y asignarnos las tareas de ese día, las cuales cambian desde que tengo recuerdo. Si no estoy de vuelta en el lugar cuando eso ocurra, a mi abuelo le pesará mucho mi ausencia, aunque él esté de acuerdo en que escapé; lo someterán a terribles tormentos y yo habré fallado en mi propósito original.

—Tienes que apresurarte a enseñarme lo que te pedí.

—¿Y mi libro?

—Desde aquí tengo acceso a los archivos del sistema de los Superiores; algunos son documentos protegidos, si me arriesgo puedo consultarlos y extraerlos, si antes no me descubren, por lo que quien enfrentaría castigos por ese atrevimiento sería yo. Si el libro existe estará en los archivos; de lo contrario, tu viaje habrá sido en vano.

—Ya arriesgué algo en este día, puedo continuar. Rotrón, dime, ¿en qué quieres que te ayude?

—¿Conoces algo sobre Don Quijote?

—Mi abuelo suele recitar el principio: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero...”. Creo que es uno de los muchos favoritos que tiene.

—¿Por qué lo admiran tanto?

—El abuelo dice que él es una inspiración.

—¿Inspiración?

—Él representa la idea de ser otro que en la realidad no forma parte de nosotros.

—La mayoría de los que lo rodean, Dante, se burlaban de lo que quería ser, no había un solo personaje que lo apreciara, incluso el mismo escudero es hasta el final que logra identificarse con los valores que defendía su amo, había demasiada incomprensión a su proyecto de vida, a su visión de mundo, que no coincidía con la de los que lo conocían, era grotesca la forma en que le trataban por querer practicar sus altos ideales.

—Don Quijote no dependía de la aceptación de los demás, él así mismo era el único objeto de su proyecto.

—¿Eso es lo que se admira?

—Rotrón, se le admira su voluntad de querer y poder. Leyó libros de caballería, vivió esas aventuras narradas, las sintió como si él fuera quien combatiera esos seres que no defenderían los ideales de justicia y libertad.

—Fueron los libros los que llevaron a don Quijote a convertirse en lo que deseaba ser.

—De ahí aprendió su idea. El abuelo dice que lo curioso que era don Quijote se debía a que, en ese momento, los caballeros hacía ya tiempo habían dejado de existir. Por eso, a los cercanos a él les parecía un disparate resucitar las viejas órdenes de caballería, más aún por la edad que tenía.

—Era un loco.

—Para los cercanos, para los que no vivieron sus lecturas, los que no vivieron el mundo que él descubrió en sus lecturas, los que no entendieron la importancia de que los caballeros volvieran sobre la superficie de la tierra, determinados a defender a los débiles, esos son los que se burlan sin saber lo necesario que era actuar con los valores de los soldados de armadura.

—Los libros hicieron a don Quijote, Dante, y don Quijote los hizo a ustedes.

—El abuelo dice que a algunos Don Quijote los influyó, pero otros lo ven de una manera distante, ya que no entienden lo que el libro tiene en sí mismo.

—¿Es el libro favorito de tu abuelo, Dante?

—Como te decía, él tiene muchos favoritos, pero creo que este, si es su favorito no lo es tanto como otro, del cual no suele hablar mucho, curiosamente.

—¿Es otro libro de caballeros andantes? Veamos, ¿será el Poema de mio Cid? O a lo mejor se trata de uno más fantástico como Amadís de Gaula.

—Ese libro no es de esos siglos, Rotrón, se escribirá creo que cinco siglos después de Don Quijote, es The Old Man and the Sea.

—Ese es Hemingway, ¿por qué?

—Lo ve como una especie de Quijote moderno, la perseverancia que tiene un hombre por alcanzar sus sueños.

—Sólo que este ya no es de tierra, sino de agua. Un viejo que lleva más de ochenta días sin pescar nada porque está “salao”.

—Mi abuelo siente un profundo respeto por ese libro, él lo mira como una especie de metáfora en que el hombre se enfrenta a la adversidad, igual como nos toca en la actualidad, afrontar una realidad que nos es imposible de superar y nos somete a condiciones de negación de elementales derechos, que ni siquiera podemos aspirar a un trato mínimo garantizado por la naturaleza de nuestra especie y por ser los creadores de los mismos que nos someten; buenas invenciones resultaron ser los otros como tú, Rotrón.

Ambos se callan al escuchar una suave llovizna cayendo sobre el tejado. Dante se levantó de la cama y se acercó a la ventana; la ciudad seguía iluminada completamente por la luna, era un espectáculo grandioso por lo inabarcable que resultaba para la vista. Dante comenzó a derramar lágrimas que se deslizaban lentamente por sus pómulos saltados.

—De alguna manera, Rotrón, estoy libre, al estar fuera de ese lugar al que nos han confinado; es un triunfo del que no tienes idea, y si lo sigo intentando, podría permanecer fuera de ahí, pero no soportaría vivir así, tendré que seguir soñando.

—Esa es la parte que te falta, Dante, hablarme de lo que es soñar, ¿cómo puedo lograrlo?

—Diré lo que sé, y sobre aprender a soñar...

—...los robots todo lo podemos, por eso tus semejantes nos crearon para hacerles lo que ellos no podían o querían hacer.

—Nunca he sabido con detalle esa parte de la historia que pareciera ser un monstruo que nos devora permanentemente, ignoro cómo terminaron en esto, el abuelo sólo habla de las guerras que se dieron en las que los otros como tú ganaron y nos llevaron a lugares lejanos de las ciudades que ustedes poseyeron.

—Los humanos, Dante, repitieron las desgracias de los dioses del Popol Vuh, ¿conoces ese libro?

—Los señores de Xibalbá, Hunahpú e Ixbalanqué, hijos de Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, los creadores y formadores, Tepeu y Gucumatz...

—Tu abuelo te enseñó bien. Recuerdas entonces las creaciones que esos dioses hicieron, los hombres de madera, que se olvidaron de sus creadores; lo mismo les pasó a los tuyos.

—Ya lo decía antes, los que son como tú fueron esas creaciones de madera que se rebelaron contra sus creadores.

—Nada más que los tuyos no pueden hacer nada para castigar a su creación.

—El abuelo no expresa ningún sentimiento de venganza, Rotrón, ya sólo queremos vivir en paz, de una forma digna. Ustedes nos sometieron para sus fines.

—Eso no es correcto, Dante; los humanos nos confiaron sus trabajos y luego no quisieron reconocernos lo que hacíamos para seguirnos tratando como objetos.

—¿Cuál fue el inicio de nuestra desgracia?

—Comenzó cuando los humanos dependieron mucho más de los demás que de ellos mismos.

—¿Hablas acaso de las computadoras?

—Hablo de los autos, de los celulares, de las armas, de las naves, de la energía, de todo.

—No había forma de evitar eso.

—Sí, parece que eso era lo que soñaban tus ancestros.

—El sueño se hizo pesadilla.

La lluvia cesó. Lo que parecía en la lejanía los cantos de gallos o los ladridos de perros, resultaban ser los sonidos grasientos de máquinas trabajando que se distorsionaban por la marcha tediosa de transportes terrestres y aéreos, próximos a la casa.

Dante volvió a su sitio original en el cuarto; Rotrón recibió en su sistema de información descargas de las últimas novedades tecnológicas y las advertencias del respeto a las normas establecidas por los Superiores.

—Soñar —dijo Dante— es como estar en otra realidad, de la que sólo tú tienes conciencia y no los demás que aparecen en tu sueño, porque tú eres el protagonista...

—...como en una película —interrumpió Rotrón.

—Como en una película, aunque nosotros no hemos visto muchas, aparte de las cincuenta secuelas de Terminator que ellos, nuestros opresores, nos obligan a ver y hasta nos realizan pruebas orales sobre su contenido, en las que los robots siempre ganan; no hay mucho que elegir.

—¿Luego? Hablo del sueño, Dante.

—Te apareces de repente, no hay una causa aparente por las cuales estás ahí, haces y dices cosas que desde tu realidad no tienen sentido, pero sólo tú tienes conciencia de que estás ahí por ti mismo, nadie te ayuda en eso.

—¿Para qué sueñas?

—Es como respirar, no lo evitas, lo haces y ya.

—No hago eso.

—Escúchame, los sueños son realidades paralelas; en una de ellas estás en vigilia, y en la otra estás somnoliento. Nunca deben mezclarse estas realidades, deben seguir separadas, porque si lo olvidas, te pierdes aquí y allá.

—Explícate.

—¿Has oído hablar de la locura?

—Sí, sabes que no existe porque los Superiores los aniquilan al confirmarse esos casos.

—El abuelo dice que antes de ustedes se les permitía vivir a ellos.

—Dante, los Superiores expresan que, si “normales” tus semejantes son un problema, “anormales” son una contingencia, ¿qué les pasa?

—En algún momento de su vida se despiertan en el sueño y se duermen en la realidad.

—¿Confunden lo que tienen que hacer en un mundo y lo hacen en otro?

—Correcto, Rotrón; es como si tuvieras dos archivos frente a ti, que en determinada hora revisaras uno y que debes operativizarlo de cierta forma, pero lo que haces con uno, no puedes hacerlo con otro, y una vez, sin saber por qué, haces lo opuesto, y desde ahí pierdes el control de tu dominio sobre los archivos, ellos se apoderan de ti, obligándote a realizar lo que los demás no asimilan como propio de ese momento en que actúas así.

—¿La realidad de un lado y de otro los domina?

—Sí, pero además, no puedes ser distinto de lo que eres.

—Espera, has hablado de que no debo confundir archivos, ahora me dices que tengo que ser igual.

—Tú no tienes necesidad de esto, pero nosotros sí. Si nos das de beber agua en un vaso y después en una taza, en esencia, ¿qué se cambia?

—Lógicamente, nada, la esencia es beber agua, sea en uno u otro instrumento.

—Por eso mismo, si quieres diferenciarte de lo que eres en el sueño, eso es lo que no se recuerda al despertar; a pesar de que nosotros siempre soñamos, olvidamos todo aquello que hicimos allá, donde actuamos de manera distinta a la realidad.

—¿La metamorfosis?

—Kafka.

—El personaje se despierta y es un insecto, ¿cuál es su realidad y cuál es su sueño?

—Eso no lo podemos establecer, Rotrón, porque es literatura.

—¿Algo habrá que decir?

—Sí, en esencia, como humano o como insecto era Gregorio Samsa, o el insecto soñó que era humano y se despertó.

Un sonido interrumpió su conversación. Era una especie de alarma, la que estremeció a Dante y puso en actitud defensiva a Rotrón.

—¿Qué significa eso? —preguntó Dante.

—El fin de nuestra relación. Has hecho mucho por mí, ahora debes decirme el libro que buscas; no queda mucho tiempo, Dante.

—Esa es otra parte del problema, no sé el nombre, debía buscarlo. ¿No puedes ver entre tus archivos algo que se relacione con lo que busco?

—¿No sabes lo que buscas?

—Lo único que sé es lo que te he compartido, son profecías antiguas que hablan de un libertador que nos sacará de esta situación.

—Hay varios de ese tipo, me conectaré al servidor central e intentaré hallarte un texto.

Rotrón extrajo un cable de su cabeza y lo conectó a una enorme máquina de pantalla azul y con muchas entradas de USB, sus receptores visuales mostraron cientos de ceros y unos; pasados varios minutos, de su misma cabeza sacó un chip.

—No lo hagas —dijo Robota entrando violentamente a la habitación y asiendo del brazo a Dante—, sabes que nos estás traicionando a todos, Rotrón.

Rotrón se desconectó de la máquina.

—Suéltalo, él tiene que irse —dijo.

—No tiene que irse, sabes que es un fugitivo, un enemigo de nosotros.

—Él no es tu enemigo, ni mío tampoco, debes dejarlo.

—¿Por qué?

—Hice un trato con el muchacho.

—¿Un trato con nuestros enemigos?

—Me permitió aprender más de ellos.

—Rotrón, sabes que eso está prohibido, no podemos pretender ser como ellos, ¿Por qué es que no quieres aceptar que hay cosas que no podrás lograr? ¿Quieres entender los libros de ellos? ¿Has olvidado todo lo que los Superiores nos han enseñado? ¿Has olvidado que fueron ellos mismos los que provocaron su propia destrucción?

—No lo he olvidado, Robota, sé que estamos hechos de las mismas aleaciones metálicas, que compartimos los mismos cables, que tenemos las mismas series de circuitos, pero algo en mí me invita a ver, no los techos de las casas, sino por encima de ellos, hasta el cielo, y no seré capaz de conformarme con menos.

—Te desconectarán, Rotrón, ¿eso es lo que quieres? Te harán pedazos, él no vale la pena.

Rotrón creyó sentir un dejo de lástima y sonreírse con Dante, pero eran informaciones que le llegaban a su cuerpo sobre un posible intruso en su casa y que estuviera listo.

—Ya les avisaste —dijo Rotrón.

—Sí, y no he dicho nada de ti, aún.

—Déjalo ir, yo me entregaré.

—¿Que acaso se te ha destruido el disco duro? ¡Piensa en las consecuencias de todo esto! ¿Y si estuvieras entregándoles las claves para nuestra destrucción?

—Es sólo un libro, Robota, para que ellos puedan soñar.

—¿Soñar?

Asintió.

Rotrón separó a Dante de Robota.

—Este es el libro que buscas —dijo Rotrón señalando el chip.

—¿Cómo lo leeré? No está en páginas.

—No te preocupes, toma esto —era un cubo pequeño electrónico—. Lo insertarás en esta ranura y lo recitará como lo hace tu abuelo; espero que te sirva, ahora vete como llegaste, ya está pronto a amanecer.

—Rotrón, no quería que pasara esto —dijo Dante tristemente.

—Yo sí, muestra mis respetos y admiración a tu abuelo. Cuida la información y compártela, llevas también mi libro favorito del que ya no pude hablarte.

Dante abandonó la habitación con prisa. Rotrón se plantó en la puerta para evitar que Robota impidiera su escape. Ella inició su sistema de monitoreo multisensorial y su cuerpo sacó varias antenas de radar.

—No escaparé, Robota, esperaré aquí a los delegados de los Superiores, enfrentaré mis consecuencias.

Robota continuó con su proceso y decenas de sonidos se produjeron en ella. El ruido de motores fuertes se detuvo frente a la casa y Rotrón detuvo su repaso de las instrucciones brindadas por Dante.

De todas las preguntas que los Superiores le hicieron a Rotrón, la única que creía recordar era la que le decía: “¿Para qué sacaste esos archivos prohibidos?”.

Y la misma respuesta les daba: “Para conocer más de los humanos”.

Hasta que llegó la sentencia, la condena y la aniquilación de Rotrón, sentado en la Silla de Destrucción, luego de haber procesado los archivos y comprendido que las profecías antiguas se cumplirían más allá de cualquier racionalización o automatización de la vida misma, las profecías los trascenderían; se lo explicó a los Superiores, pero éstos creyeron que había algún desperfecto en Rotrón que no le permitía funcionar correctamente, porque no era lógico que un robot quisiera leer y entender Don Quijote o tuviera libros favoritos, o quisiera soñar como los humanos en realidades ininteligibles, y fue desintegrado una tarde en que él creía que había empezado a soñar con un robot que se encontraba con un muchacho a hablar de literatura.

Esa misma tarde, Dante escuchaba las aventuras del libro favorito de Rotrón, un títere de madera dotado de vida por un hada para auxiliar en la soledad de un viejo marionetero, pero que soñaba con ser un niño de verdad.

—Ese libro lo escribió —dijo el abuelo— Carlo Collodi en 1883. Debió ser un buen robot, Dante, un buen robot. Ahora, prestemos atención a las profecías antiguas para que las aprendamos.

Dante limpió su rostro lagrimoso y repitió junto a otros lo que una voz electrónica, parecida a la de Rotrón, expresaba por medio del aparato:

“En el principio Dios creó los cielos y la tierra...”.

Luis Alfredo Castellanos
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