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Mary Godwin

viernes 23 de mayo de 2025
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Mary Godwin, por Luis Alfredo Castellanos
No me he propuesto transformar el mundo, creo que eso no es lo mío, tal vez de mi madre; yo soy más simple, que una niña conozca mi libro y se atreva a escribir sus propias historias, de romances o batallas o de la vida doméstica del campo, pero que sea su elección. Mary Wollstonecraft Shelley (1840), por Richard Rothwell • National Portrait Gallery (Londres)
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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(Finales de 1818, sureste de Inglaterra)

Sir Timothy lo miró con un enfado que le parecía gastado, pero no encontraba uno apropiado a la ocasión para dirigirle detrás de la amplia ventana de la sala que daba al extenso jardín de entrada que se dividía en dos columnas para recibir los carruajes de los recién llegados, entre ellos su hijo pródigo.

—En todas las familias debe existir alguno —dijo al caballero York, un vecino de la mansión que devolvía una visita.

Él asintió. Conocía en detalle los dolores de cabeza que les generaba: negarse a estudiar leyes en Oxford; proclamar las ideas liberales y reformistas que golpeaban a la aristocracia; irrespeto a las buenas normas de convivencia por ceder a los caprichos del sexo, en fin, el caballero apenas ignoraba algunas pilladas que ni siquiera habían llegado a los oídos de su interlocutor pero que eran de sobra conocidas por la servidumbre y que luego se repetían a hurtadillas en las fiestas de salón que los habitantes de Sussex se dispensaban para tratar con las violentas noches en que las altas temperaturas se salían de control y obligaban a los habitantes a inventarse cualquier pretexto para ofrecer fiestas que les llevaran a tomar siempre el fresco.

Pero sir Timothy casi se derrumba cuando la vio descender del coche.

Su esposa se acercó a contenerlo, mientras ingresaba rápidamente a la sala al darse cuenta de lo que se avecinaba.

—Debes tratar de calmarte —le dijo al oído.

—¡Elizabeth!, ¡él sabe cuánto me molesta su presencia!, ¡me está retando, eso es lo que se propone! —gritó el sir.

Ella inclinó el rostro para ocultar su congoja al ver a su pareja por más de treinta años, indignado con su vástago ausente por tanto tiempo y que se acercaba a recibir el rechazo de su progenitor.

El caballero mostró su interés por retirarse, pero el padre desafiado le tomó del brazo.

—¡No puedes marcharte, Charles!

El hombre reaccionó instintivamente retirando su brazo detenido por las manos del sir.

—No es conveniente que me encuentre con tu hijo.

La mujer nuevamente se acercó a él.

—Querido —le dijo casi en tono de súplica—, Charles tiene razón. Lo que Percy le hizo a Claude no ha sido olvidado por la familia.

—¡Tú eres mi invitado!, ¡ellos no pueden quedarse en la mansión!

El hombre no pasó por alto la angustia que aquejaba al sir en ese momento que debía resolver la mejor forma de relacionarse con el chico que se había burlado de su primogénita; él también tenía sus propios fantasmas que debía liquidar antes que mirarse con alguien que le resultaba repulsivo.

La madre se encontraba en una encrucijada entre sus sentimientos maternales y los deberes sociales de una esposa que no puede darle la espalda a la etiqueta por los fiascos y comportamientos inadecuados de la prole ante los demás.

Charles comprendió el debate interno de su visitada y optó por ceder a la cortesía antes que someterse a los caprichos de una venganza paternal, y devolviendo sus manos a ambos les confortó con unas palabras.

—¡Tranquilicémonos todos!, ¿sí?, Timothy, ¿por qué no tomamos el té al fresco de la tarde con los recién llegados? Vamos, Elizabeth, ordena que nos juntemos todos en el jardín interior a disfrutar de la bebida y la compañía de los viajantes.

Él sonrió e inmediatamente lo llevó hasta el fondo de la mansión, dejando atrás la gran sala, luego la biblioteca cargada de libros en sus altos anaqueles de cedro y los salones de baile y esgrima que recién limpiaba la servidumbre por segunda vez en el día.

Ella entendió que el gesto que detonaba su imprevista actitud era un dejo de lástima por sus vecinos de tener que soportar a un familiar que no le importaba en tenerlos agradados ni evitarle los malos ratos de conversaciones en los que era protagonista de pilladas y sinvergüenzadas desalmadas.

Elizabeth se quedó a recibirles mientras ellos se alejaban a grandes pasos y conversando animadamente.

Apenas si le dio tiempo para pedirle al ama de llaves que sirvieran el té en el lugar elegido, mientras el portero abría la puerta a los recién llegados.

—¡Madre! —gritó mientras corría a sus brazos tirando su equipaje a la orilla de la puerta.

—¡Oh, Percy! —exclamó ella mientras se fusionaban en un abrazo y le acariciaba su cabello recortado—. ¿Por qué no has correspondido mis cartas?

—¡Cosas de viaje, madre! Seguramente llegaban cuando ya había emprendido viaje, ¿te enteraste de que estuve en Francia?

—¡Fuiste al continente! —le dijo asombrada.

—Como lo oyes, y es otra vida, madre, más activa, moderna y lejos de la campiña que te hace menos despierto en las cosas del mundo... ¡pero qué tonto soy! —señalando a su acompañante—. Ella es Mary Godwin.

Elizabeth no redujo su cortesía ni entusiasmo ante la presentada.

—Madame —mencionó Mary e hizo una reverencia propia del acto.

Elizabeth sonrió y le abrazó mientras le decía:

—Vaya, ahora se nota que estuvieron en Francia —agregó mientras regalaba una sonrisa muy relajada.

—¿Y mi padre? —preguntó Percy.

—Nos espera en el jardín interior para tomar el té. Pasen, por favor —dijo indicando la dirección para Mary.

Los hombres se pusieron en pie; Percy, sin mediar palabra, abrazó a su padre, y al caballero de York le extendió la mano que apretó sin interés e inmediatamente le puso al corriente de Mary.

Todos ocuparon sus asientos y el té fue servido con las preguntas de costumbre, si lo beberían con azúcar o crema.

Percy y Mary le habían tomado más gusto al café, pero no querían incomodar con sus cambios de hábitos a los presentes, por lo que apenas sorbieron algo de sus tazas y optaron por tomarlo sin acompañamiento; ni siquiera el custard, tan apetecido por Percy en su infancia que debían imponerle el límite de no comer más de dos, le pareció tan atractivo para degustar.

Mary prefirió prestar más atención a la conversación que estaba segura giraría en torno a ellos.

Percy prefirió concentrarse en su madre, asumiendo que su padre estaría como espectador, al igual que el caballero de York.

Habló al oído de uno de la servidumbre y éste se retiró en el acto para regresar con un paquete que entregó a Mary y ella lo pasó a Elizabeth.

—Ábrelo —pidió Percy.

Elizabeth desenvolvió el paquete y descubrió con sorpresa un libro.

—¡El libro que escribiste! —exclamó Elizabeth con emoción mirando a su esposo—. ¡Timothy, es el libro de Mary!

—Es un libro de relatos —agregó la recién llegada.

—¿Puedo leer alguno? —interrogó ella.

—Sería un honor que lo hiciera.

La madre de Percy abrió el libro y pidió a todos con su mirada que escucharan:

Tapones de cera

La mañana estaba tristemente aburrida y que invitara a una compañera a leer en voz alta un libro que ella le entregó nos daba un poco de esperanza de que podría ser interesante lo que se compartiría:

“Nadie sabía explicar con precisión, hasta este momento, cómo las sirenas emergieron y desplegaron tanto poder que sometieron a los habitantes de las ciudades en las postrimerías del siglo pasado, ya que lo único que interesaba a todos era encontrar formas de sobrevivir al llamado de sus mortales cantos.

”Dicen que todo empezó con una melodía suave que llenó el ambiente de un ritmo un poco alegre, cadencioso, penetrante, capaz de robar el dominio de su conducta a las personas que las escuchaban e incitándolas, en el caso de los viajeros de los grandes mares, a encontrarse con ellos en un abrazo salado, donde eran devorados inmediatamente por estos seres de torsos y rostros femeninos angelicales y con cola de pez, pero esas son las pertenecientes a la región del Peloponeso, o también conocido por la isla de Pélope, el famoso heleno conquistador de estas tierras.

”Y luego están las que provienen de los valles más nororientales de Egipto, seres con cuerpo de ave (alas y garras en los pies) y rostro y torso de mujer, al igual que sus manos, y que dominan los cielos y la tierra con sus empalagosos cantos que obligaban a los peregrinos y pueblerinos a que abandonaran sus refugios y escondites para luego terminar, demasiado tarde para escapar de un muerte segura, de sus terribles fauces, y dejando asolados los pueblos que de a poco iba desapareciendo la vida de las gentes por su insaciable apetito y gusto que le habían tomado a sus carnes.

”Para cada persona tendrían un sentido distinto las canciones que emitían las sirenas, por eso resultaba imposible escapar a sus notas cuando eran captadas por ellos, porque nadie más que los seres vivos caían hipnotizados por sus melodías, que aparentaban tratarse de piezas musicales que en su ensoñación los llevaban a las puertas del cielo y se dejaban arrastrar sin protestar a su origen y nadie ni nada podía impedirles ser esclavos de esas notas.

”Excepto la cera y por eso estamos aquí”.

Termina de leer la compañera y le devuelve el libro a la maestra.

Y es en este momento en que ella se dirige al grupo.

—Muy bien, saquen el texto de trabajo de esta semana.

Levantamos a la vez la tabla de la mesa en la que descansamos las manos y sacamos de su interior la Odisea de Homero.

—Busquen, en el canto XII, el fragmento donde se menciona a las sirenas.

Apenas habían pasado unos segundos cuando mi compañera del lado derecho se ofreció a compartir la lectura.

La maestra asintió y le cedió la palabra y empezó a leer:

“Tendréis que pasar cerca de las sirenas que encantan a cuantos hombres se les acercan. ¡Loco será quien se detenga a escuchar sus cánticos, pues nunca festejarán su mujer y sus hijos su regreso al hogar! Las sirenas les encantarán con sus frescas voces. Pasa sin detenerte después de taponar con blanda cera las orejas de tus compañeros, ¡que ni uno solo las oiga! Tu sólo podrás oírlas si quieres, pero con los pies y las manos atados y en pie sobre la carlinga, hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción”.

Luego la maestra pidió comentarios.

—¿Qué piensan de las palabras del escritor?

La misma que leyó indicó que deseaba opinar.

—Pienso que este texto es la clave para entender por qué menos personas pueden ser cazadas por las sirenas. Están empleando la estrategia que Ulises aplicó a sus hombres para no escuchar las dulces voces que los atontan, mientras él era atado para así conocer las tonalidades de nuestras gracias.

La clase comenzó a murmurar y la profesora notó que se estaba perdiendo la disciplina en el salón.

—¡Por favor, sirenas, no se comporten como si fueran un grupo de personas estúpidas! ¡Estamos acá para descubrir métodos científicos que les permitan mejorar sus habilidades de caza, no para chismorrear como simples comerciantes de pieles y mieles! ¡Ustedes son el futuro de esta tierra, por lo que deben someter a estas poblaciones a su autoridad y para eso es necesario ser más listos que estos tontos humanos dados a la complacencia de sus sentidos, ahí su fortaleza!

La maestra se notaba inspirada y dispuesta para soltarnos una enorme recitada de consejos, pero la campana sonó y salimos volando a buscar a nuestras primas de la costa para contarles todo lo que estábamos aprendiendo y de paso hacerlas sentir orgullosas como sirenas, aunque no tanto, porque no volaban como nosotras, en fin, y por si acaso hubiera algún despistado, comenzamos a cantar como los ángeles, querubines y serafines, y no sólo por llenar el ambiente con melodías graciosas, sino porque la hora de la merienda se estaba acercando a nuestros estómagos y es urgente saciarnos.

Concluyó la lectura.

—El texto —dijo la autora— es un relato inspirado en las mitologías europeas.

—¡Qué simpático lo de las sirenas! —dijo la lectora e inmediatamente le entregó el libro a su esposo.

Timothy no se inmutó. Lo tomó porque ella insistió y se concentró en una sola cosa.

—¿Mary Godwin?, ¿sólo un apellido?

Percy cambió su faz a fastidio.

Mary supo a qué se refería.

—No soy una bastarda, señor —respondió—, ni una dejada, aunque eso al final no sería un problema para mí.

—¡Claro!, tomando en cuenta sus antecedentes...

—¡Timothy!, ¡por favor! —interrumpió su esposa.

—Elizabeth —respondió él—, su madre era una feminista...

Ella lanzó una mirada tímida a Mary.

—Escribió un libro que se entromete en la forma en que las familias educan a las mujeres, quitándoles el derecho de cómo criar a sus hijas y todo para que los hombres y las mujeres sean iguales, olvidando que la preparación de un hombre es diferente a la de la mujer por las responsabilidades que éste tiene.

Mary siguió con atención el discurso que le acababan de regalar.

—Mary —dijo Percy—... Papá es...

Ella le interrumpió.

—Permíteme, Percy; señor Shelley, de hecho, me llamo igual que mi madre, curiosamente, y el apellido que le falta al libro es el de ella: Wollstonecraft, no lo uso por pereza para escribir, pero no porque reniegue de ello. Y sí, ella defiende una revisión sobre la situación de la mujer dentro del hogar sin que eso implique pasar por encima de la autoridad paternal, a menos que la ley así lo disponga; sin embargo, como ustedes habrán notado, incluso Francia no dio ese paso al hablar de los derechos de ellas y limitarse a reconocer los Derechos del Hombre y del Ciudadano, clasificando a las personas por su sexo y por sus ingresos económicos. Por supuesto, ser aristócrata está bien porque no se es noble y es a ella a quien se debe atacar, pero no en Londres, eso no aplica para nosotros.

El caballero de York carraspeó.

—Se comporta como una pagana, señora —dijo él—. Esas ideas atentan contra lo que establece la Biblia. ¿Quiere subvertir el orden de las cosas con esos disparates? ¿No emplea el apellido de su esposo...?

Mary intervino.

—...tampoco el anillo de matrimonio está en mi mano, señor —dijo mostrando su mano izquierda.

El señor Shelley negó con la cabeza y le preguntó a su esposa:

—¿Ya sabes de qué trata su novela?

—¿Novela? —preguntó.

—Entre sus inocentes cuentos hay una novela también.

Y tomando más aire y endureciendo su rostro agregó:

—¡Es una blasfema que a través de la ciencia cree que puede dar vida!, ¡privilegio que sólo le pertenece a Dios!, ¿no te das cuenta de lo grave de su libro? —devolviéndoselo nuevamente—. ¡Adora los monstruos e idolatra mitos paganos!

Percy miró con gravedad a su padre.

—Percy —dijo la madre—, ¡yo no quiero que tú...!

No la dejó terminar.

—Mamá, no te preocupes, quiero que estés bien. Yo lo estoy.

—Lo que celebro de todo esto es que ella —apuntó el sir a Mary— no arrastra nuestro apellido con sus seudoproducciones literarias, ¡jamás una mujer se atrevió a tanto! ¡Adjudicar poderes divinos a la ciencia! ¡Es una herejía digna de excomulgación de la fe! ¡Recrear historias de monstruos que hacen daño a la humanidad y celebrarlo es de una persona enajenada mental! ¡Nunca será una escritora de importancia para el mundo!

El señor York se puso en pie.

—Me es suficiente todo lo que he visto y escuchado, y al recordar el abandono en que tú —señalando a Percy— dejaste a mi hija Claude, celebro esa circunstancia, sin olvidar el dolor que le infligiste porque las aves de rapiña, al final, se reúnen como cuervos para sacarse entre ellos los ojos —y miró a Mary con desdén.

Y se retiró de la reunión.

El señor Shelley le arrebató el libro a Elizabeth y lo rompió.

—No queremos oscuridad en nuestra casa —y salió a la biblioteca.

Percy puso un beso en la mejilla de su madre e invitó a Mary a marcharse. Ella se negó.

—Te espero en el carruaje —dijo.

Ella asintió.

—Señora Shelley —dijo Mary—, lo de mi madre, más parecen consejos que se comparten por si alguien los considera buenos; en cambio, lo mío es menos que eso, es nada más una mujer imaginando cosas y disfrutando que otras las lean y se diviertan; no me he propuesto transformar el mundo, creo que eso no es lo mío, tal vez de mi madre; yo soy más simple, que una niña conozca mi libro y se atreva a escribir sus propias historias, de romances o batallas o de la vida doméstica del campo, pero que sea su elección, eso ya es suficiente para mí. Al final, no soy tan importante como para que su esposo me tome como el símbolo de maldad por preferir abordar historias de seres que los humanos han temido; pretendo encontrar algo de belleza en lo grotesco sin que eso signifique renunciar a buscar la genuina bondad en el corazón de las personas e incluso en los seres terribles que les han infligido miedo.

Se acercó y le besó la otra mejilla. Luego recogió el libro roto.

Elizabeth se puso en pie y le entregó otro abrazo, mientras le hablaba al oído:

—¿Puedes enviarme otro ejemplar de tu libro?

Mary respondió con una sonrisa.

 

(Finales de 1822, sureste de Inglaterra)

Elizabeth vestía aún de luto riguroso, a pesar de que las convenciones señalaban que el tiempo que ella se había tomado para vivir su dolor por la pérdida de Percy, quien falleció ahogado en un lago de Toscana, era demasiado.

A ella no le importaba.

Su esposo la había dejado a su rutina y él se dedicó a buscar pretextos para ausentarse de casa.

En uno de esos días que el sir se encontraba fuera recibió de su ama de llaves un paquete. Quiso dejarlo hasta estar de ánimo, pero su mayordoma insistió en que revisara el remitente.

Al hacerlo destrozó el paquete y se encontró con la portada del libro que ya conocía: Frankenstein. El moderno Prometeo. Por Mary Shelley.

Que ahora apareciera el apellido familiar, rescatado de las húmedas aguas del lago que sirvió de lápida a la existencia de su hijo, la reconfortó de una forma fresca en su congoja y le sirvió de respiro a su alma atormentada por la ausencia de su muchacho.

Cuando el señor regresó a la mansión, encontró a Elizabeth vestida sin luto en la biblioteca, aún leyendo el libro recibido.

Él se acercó sorprendido por el cambio de vestuario y hasta parecía que le agradaba verla menos dolida por los actos fúnebres pasados, pero al descubrir que leía el libro que antes había destruido y prohibido que estuviera en la mansión, montó en cólera.

Ella no dejó de leer.

Continuó atravesando con su mirada las páginas del libro.

Entonces, sólo entonces, descubrió dónde estaba el monstruo.

Luis Alfredo Castellanos
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