
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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“Cuanto más avanzada es la tecnología, más se parece a la magia”.
Arthur C. Clarke.
Introducción
Que una puerta se abra o cierre sin que tengamos que pulsar un botón, que una escalera mecánica nos traslade de un piso a otro o llevar un llavero de control remoto en el bolso son cosas que no nos sorprenden, aunque no sepamos cómo funcionan ni quién los inventó. Simplemente están ahí, nos ahorran tiempo y esfuerzo. Forman parte de nuestro día a día como el lavavajillas, el teléfono móvil o el robot aspirador. Pero imaginemos por unos minutos qué sucedería si una persona nacida en pleno Medioevo apareciera de pronto en 2024. Seguro que atribuiría a la brujería todo lo que ahora son objetos normales y corrientes que, para la mentalidad de hace siete u ocho siglos, debían ir directamente a la hoguera. ¡Junto con sus inventores, por supuesto! La reacción de un terrícola del siglo XIX sería más sosegada, aunque no dejaría de sorprenderse, desde luego. Esto nos da un falso sentimiento de orgullo y superioridad por la cantidad de avances tecnológicos que los humanos tenemos en nuestro haber desde hace bastantes décadas frente a una antigüedad muy atrasada.
Y hablo de falso orgullo porque muchas de las cosas que más nos impresionan aún ahora, ya las imaginaron —cuando no las fabricaron— personas nacidas en Egipto, Mesopotamia, China, Mesoamérica o Grecia allá por el 1500 a.C., por poner una fecha. Si piensan que exagero, les describiré a una pareja de visita en Atenas en el siglo I a.C. Dedicaron la mañana a visitar varios de los muchos templos donde las estatuas emitían sonidos que los sacerdotes interpretaban como oráculos de la divinidad o movían los brazos articulados de los dioses para asombro de los fieles. Aquellos de ustedes que celebran como una gran novedad que en algunos restaurantes la comida la sirvan robots, nuestra pareja de provincias cenó en un mesón donde las puertas se abrían solas y había estatuas que servían vino a los clientes. Y para terminar la jornada, asistieron a una representación de la Guerra de Troya en un teatro de marionetas mecánicas. Como pueden ver, casi nada nuevo bajo el sol.
Por supuesto, entre lo que nuestros antepasados construyeron y la tecnología de nuestro siglo media un abismo, pero hemos de reconocer que a esa imaginación sin límites de los antiguos, a sus esfuerzos por imitar a la naturaleza, les debemos muchos de esos artilugios que ahora utilizamos con la mayor naturalidad. Y no sólo objetos. Lo más sorprendente de los inventores antiguos es que soñaron con emular a las divinidades y dar vida a sus creaciones, simples figuras más o menos logradas, pero sólo eso. En una palabra, aspiraban a convertirse en demiurgos al crear vida al margen de los dioses y sus poderes. Algo, que, por cierto, los humanos siempre hemos deseado y que nos ha costado, entre otras cosas, la expulsión del Jardín del Edén.
1. Los albores de la tecnología. La mitología y las leyendas populares como fuentes de inspiración
Los prodigios que se sucedían sin solución de continuidad, tanto en las epopeyas que narran el principio del mundo como en las muchas leyendas que entretuvieron a los antiguos, dieron ideas a los más imaginativos. Hay que reconocer que el viaje a la Luna titulado Historia verdadera, de Luciano de Samósata, escrito en el año 160 d.C., haría soñar a más de uno con poder vivir las experiencias del grupo de marineros que, por si el aterrizar en la Luna fuera poco, conocen formas de vida alienígena —heliotanos y selenitanos— y son testigos de guerras interplanetarias. ¿Quién dice que Julio Verne fue un visionario?
Pero no hacía falta salir del planeta Tierra. En todas las culturas hay epopeyas en las que dioses, semidioses y humanos llevan a cabo raptos de reinas, violaciones sin cuento, luchas sin fin, se enamoran, pagan caros sus amoríos y conquistan o pierden un reino tras otro. Y todo entre ríos de sangre y muertos amontonados en los campos de batalla. Las guerras no eran una novedad. Los humanos llevábamos siglos matándonos como si tal cosa, pero todo lo demás...
2. Del mito a la realidad. El reto de emular a la naturaleza
“Si cada herramienta pudiera realizar su trabajo cuando se le ordenara o previéndolo por sí misma (...) los empresarios no necesitarían obreros ni los señores esclavos”.
Aristóteles. Política, libro I
¿Hicieron realidad los griegos la predicción/sueño/visión de Aristóteles? No al cien por cien, pero se esforzaron todo lo que pudieron. El deseo de crear seres fabulosos, animales imposibles o gigantes antropófagos los enfrentó a un hecho innegable: ellos eran humanos. Ni eran dioses, ni magos. Una vez aceptada esta desagradable realidad, los milagros quedaban descartados. El reto era enorme, pero eso no los hizo desistir. Ni a ellos ni a la multitud de inventores e inventoras —nos ha llegado el nombre de la china Huang Yueying que, en el siglo II, inventó unos sirvientes muy sofisticados— que se pusieron manos a la obra. Había mucho que hacer.
2.1. ¿Por qué inventaban los antiguos?
¿Por pura curiosidad? ¿Por responder a las preguntas que observar las estrellas suscitaba a los astrónomos? ¿Por intentar adivinar por qué existen las mareas? ¿Por facilitar la vida diaria? ¿Por ganar una guerra? ¿Por la mera curiosidad de ver cómo reaccionaba una sustancia mezclándola con otra? ¿Para sentirse como dioses creando vida? Muchas preguntas que necesitaban respuestas. La tarea no fue fácil pero, con mucha paciencia y tras los inevitables fracasos, fueron apareciendo poleas, tornillos, engranajes, palancas, el molino o el uso del vapor de agua. Eso permitió la aparición de numerosos inventos que hicieron posible que lo que hasta ese momento era pura fantasía se convirtiera, al menos parcialmente, en realidad.
Fueron muchas las aplicaciones prácticas que hicieron el trabajo más llevadero: la grúa, el cabestrante; otras ayudaron a la higiene de las ciudades: la fontanería; las duchas, la calefacción, y tampoco se olvidaron de la seguridad en el mar, los faros, o de cosas sorprendentes como las máquinas expendedoras de líquidos y las puertas automáticas, por poner algunos ejemplos. La navegación, el urbanismo y la guerra también se beneficiaron de los adelantos técnicos. Así mismo se fabricaron todo tipo de juguetes mecánicos para entretener a los que podían dedicarse a lo que los italianos definieron con tanto acierto como il dolce far niente.
En el siglo I d.C., Herón de Alejandría escribió un tratado titulado Los autómatas, el primer libro de robótica de la historia. Eso nos demuestra que el omnipresente sueño de crear máquinas que pudieran actuar por voluntad propia era ya factible para los humanos. Para muchos, había llegado la hora de dejar de fabricar caballos saltarines, pájaros cantores, fuentes de las que manaban agua y vino o algún artilugio utilizado para torturar enemigos —como el conocido como toro de Falaris que, mientras los enemigos de este último se asaban a fuego lento dentro del enorme toro de bronce, el animal soltaba vapor que sonaba como una enorme locomotora. Ahora era el momento de enfrentarse al reto con mayúsculas. Y para sacar ideas no tuvieron más que echar mano de la mitología.
2.2. El gran reto. Los dioses alfareros
El mundo era un lugar hermoso, pero muy solitario. De ahí que los dioses comprendieran la necesidad de poblarlo. Y al pasar revista a las diferentes cosmogonías nos encontramos con que la mayoría de las divinidades coincidieron en echar mano de algo abundante y fácil de moldear para crear al hombre: la tierra en sus variantes de barro, arcilla, caolín, polvo y lodo. Yahvé creó con barro a Adán y a Lilith —un espíritu libre, el verso suelto del Edén que prefirió vivir con los diablos antes que aguantar a Adán, que era dominante y caprichoso. Con Eva, Yahvé tuvo más cuidado y descartó la tierra. Por eso, prefirió privar al pobre hombre de una costilla antes que arriesgarse a que la hembra de la especie saliera respondona y siguiera los pasos de su antecesora. A pesar de tomar precauciones, entre Eva, la manzana y la serpiente lo echaron todo a rodar. Pero esa es otra historia. En la vecina Mesopotamia, la gran diosa Aruru moldeó a Enkidu, un doble de Gilgamesh, utilizando barro. Un poco más hacia el oeste, en Grecia, Prometeo creó a los humanos mezclando agua y tierra. El dios egipcio Ptah utilizó el torno de un alfarero para dar forma a los primeros hombres y los habitantes del Nilo Blanco también surgen del barro. Por primera vez, aquí se puntualiza que las distintas razas deben su color a los diferentes tonos del barro utilizado.
La creación del hombre dio mucho trabajo a algunos dioses. En China, la esposa del dios Fu-Hsi moldeó unos hombrecitos con caolín y los metió en un horno para cocerlos. La cosa no fue tan sencilla. La primera hornada salió quemada y la segunda quedó poco cocida, pero, como a la tercera va la vencida, la diosa consiguió que los hombrecitos tuvieran el color adecuado: el amarillo. Los negros y los blancos nos tuvimos que conformar con ser paliduchos o demasiado morenos. Tampoco los mayas lo tuvieron muy fácil. Hasta llegar a los hombres del maíz, crearon un hombre con lodo, pero se rompía con gran facilidad. Después recurrieron a la madera. Los humanos eran más fuertes, pero carecían de sentimientos. A los dioses no les quedó más remedio que cortar por lo sano y acabar con ellos gracias a un gran diluvio. La solución fue utilizar mazorcas de maíz, lo que dio como resultado cuatro hombres con sangre y buen corazón.
Aparte de la materia prima empleada, lo que todas estas leyendas tienen en común es que los hombres, al igual que los autómatas, fueron creados, no engendrados. Los sacerdotes afirmaban que los humanos les debíamos gratitud a los dioses por el soplo divino que nos dio la vida. Pero ¿y los autómatas? No eran deudores de los dioses o de la magia blanca o negra, sino de sus inventores. ¿Sentirían éstos satisfacción al contemplar su obra? ¿Temerían, por el contrario, que sus creaciones se rebelasen e intentasen igualarlos, formando una especie de espiral sin fin de creadores y contestatarios? ¿En algún momento se sintieron decepcionados al ver que sus criaturas, al igual que los humanos, no respondían a las expectativas de sus creadores?
Los siglos siguientes vieron la evolución de dichos autómatas que nunca llegaron a actuar de forma autónoma, limitándose a repetir una y otra vez los mismos movimientos y sonidos. Desde los juguetes más sencillos hasta el maravilloso reloj del pavo real del Palacio del Hermitage en San Petersburgo, todos siguen unos patrones marcados, pero, simples o complicados, jamás dejaron de ser máquinas. También sirvieron para consolar a los afligidos. Según afirmaron algunos de sus contemporáneos, el filósofo René Descartes, inconsolable tras la muerte de su hija Francine de cinco años, construyó o encargó —no está muy clara la cosa— una muñeca mecánica que tenía la cara idéntica a la de la difunta niña y que llevaba con él a todas partes. Lo que, de ser cierto, lo convirtió en el primer padre humano de una hija cibernética. Pero dar la vida a humanoides, como la inmortalidad y la fuente de la eterna juventud, siguió siendo una prerrogativa divina por mucho que chinchara a mecánicos, alquimistas y aventureros.
3. El siglo XXI. ¿Algo más que máquinas?
A pesar de todo, los novelistas —imitando a los aedos griegos— no se desanimaron y, con la inestimable contribución del cine, ayudaron a popularizar a los autómatas o robots —como los bautizó Karel Čapek en su obra de teatro R.U.R.— capaces de pensar y sentir. ¿Les suenan robots que sí tienen sentimientos, a veces retorcidos, como Tik-Tok de John Sladek? Por supuesto. ¿O Hal 9000, un ordenador que intenta matar a los tripulantes de la nave Discovery 1? (2001, una odisea del espacio, de Kubrick). ¿Y esa rara avis, el robot David (Inteligencia artificial, de Spielberg) que es capaz de amar mientras que el pobre hombre de hojalata de El Mago de Oz deseaba tener un corazón, aunque el hecho de tenerlo lo hiciera sufrir?
El reto estaba ahí y las películas que trataban este tema se denominaron ciencia ficción —o sea, ciencia imaginaria— hasta que se nos anunció la llegada de la inteligencia artificial, que permitirá que el sueño de los antiguos se haga realidad. ¿Cómo? Pues, al parecer, los ordenadores pronto acumularán ingentes cantidades de datos que después seleccionarán para, más tarde, y con esa información ya filtrada, tomar decisiones sin la supervisión de sus inventores. Esperemos que no suceda lo que en The Terminator (1984), de James Cameron, donde las máquinas han esclavizado al hombre y, como son tan listas y actúan por su cuenta y riesgo, intentan deshacerse de una mujer que dará a luz al hombre que, en plan Espartaco, y en un futuro no muy lejano, liderará a los humanos contra las máquinas. Más vale prevenir, habrán pensado éstas.
Pero seamos optimistas —no nos queda otro remedio ya que estamos rodeados de IA. Confiemos en que si algún ordenador se nos desmanda sea Colossus, el superordenador que en El proyecto prohibido (1970) toma la decisión de evitar un desastre nuclear, aunque eso lo enfrente a sus creadores. Si lo consiguen, le deberemos la vida al silicio.
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