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Reflejos especulares

sábado 24 de mayo de 2025
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Reflejos especulares, por Esther Domínguez Soto
El dios romano Jano e Isimud, que hunde sus raíces en una antiquísima religión caldea, es una entidad bifronte y cada una de sus caras mira en direcciones opuestas. Un mismo ser que aúna lo bueno y lo malo porque ambos están inextricablemente unidos. Como en los humanos.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La historia comenzó cuando los humanos se inventaron a los dioses y acabará cuando los humanos se conviertan en dioses.
Yuval Noah Harari, Sapiens: de animales a dioses.

Una definición tan certera nos invita —excepción hecha de las religiones monoteístas, con un dios carente de familiares y descendientes— a releer y reinterpretar las teogonías de la mayoría de las civilizaciones bajo una luz diferente. Así veremos a los dioses, no como las fantasías desbocadas de seres primitivos —perplejos ante el inexplicable mundo que los rodeaba y que recurrían a lo portentoso para explicar el origen del universo—, sino como un reflejo muy mejorado de esos primitivos. En una palabra, conscientes de su debilidad y mortalidad, los humanos, buscando un refugio contra lo desconocido, crearon unos dioses que encarnaban lo que ellos querrían ser. Así, convirtieron a esas deidades y a sus numerosas proles en seres inmortales, los dotaron de grandes poderes, dueños del fuego, de la lluvia, las tempestades, etcétera y, lo que es más importante, de la vida y la muerte. Seres a quienes los hombres admiraban y obedecían —casi siempre— y que contemplaban la obra de sus hacedores, perdonándoles algún desliz o abandonándolos a su suerte, con una dolorosa indiferencia.

Bajo esta perspectiva, nos quedaremos muy sorprendidos al enfrentarnos a un hecho, como poco, curioso. Por un lado, los dioses son seres sobrenaturales, todopoderosos y con una vida privada más bien movidita y poco edificante. Pero estos mismos dioses tienen una segunda cara que no podemos obviar porque forma parte de sí mismos. De nosotros mismos. En muchos casos, los dioses son, al mismo tiempo, comprensivos, caprichosos, malévolos, vengativos. Una misma deidad puede representar cosas totalmente dispares. Por ejemplo, la hawaiana Pele es, por un lado, la diosa de la danza —actividad lúdica e inofensiva—, mientras que, por otro, es la responsable de las periódicas y catastróficas erupciones del volcán Kilauea. De ahí que, dependiendo de su humor, se la represente como una joven atractiva o como una mujer en llamas que calcina todo lo que toca. Oscar Wilde definió la indefensión del ser humano frente a las impredecibles deidades creadas por él mismo, con su cinismo habitual. “Cuando los dioses quieren castigarnos, responden a nuestras plegarias”.

¿No existen acaso en el mundo el bien y el mal, el blanco y el negro, que se mueven en terrenos antagónicos perfectamente delimitados?

¿En qué quedamos? podríamos preguntarnos ahora. ¿No existen acaso en el mundo el bien y el mal, el blanco y el negro, que se mueven en terrenos antagónicos perfectamente delimitados? ¿Dos mundos que coexisten, dos opciones de vida que van cada una por su lado? ¿Acaso no están el Cielo arriba y el Infierno abajo? ¿A qué viene, entonces, crear dioses que nos premian o nos zarandean a capricho, en vez de dejar el castigo en manos de seres malignos, a los que habría que mantener a distancia, y los favores en las de las deidades benignas que nos acogerían cuando las cosas vieran mal dadas? Tal vez porque esos humanos primitivos, inventores de los dioses de los que habla Yuval Harari, intuían la dualidad del hombre, y lo demostraron de una forma muy gráfica. Un buen ejemplo son el dios romano Jano e Isimud, que hunde sus raíces en una antiquísima religión caldea. ¿Qué los une? Que ambos tienen dos caras que miran en direcciones opuestas. Un mismo ser que aúna lo bueno y lo malo porque ambos están inextricablemente unidos. Como en los humanos. Un mundo de grises donde las barreras entre maldad y bondad se desdibujan, permitiendo una amalgama donde una de las tendencias supera a la otra, sin anularla totalmente. Los psicópatas quedan fuera de esta generalización, por supuesto. Hay gran número de explicaciones que buscan interpretar de formas complicadas algo fácilmente observable. En el interior de los dioses existen un haz y un envés, una polaridad que, a veces, nos desconcierta. Tal vez porque la que convive con nosotros no deja nunca de sorprendernos. Repetimos la pregunta. ¿Por qué crear, entonces, unos dioses que pueden, al mismo tiempo, ser destructivos, generosos o amedrentadores, dependiendo de su humor? ¿Por una especie de masoquismo religioso de los fieles? No. Los inventaron, y las generaciones venideras los aceptaron, porque esos primeros dioses no eran más que reflejos especulares de los hombres que los crearon, con sus altibajos, mezquindades, miserias y generosidad. Porque, en una palabra, se miraban en ellos y veían sus propias contradicciones. Los comprendían.

Siglos más tarde, esa dualidad deja de reflejarse exclusivamente en la religión y se vuelca en historias laicas. Lo que llamamos folklore. El minotauro cretense, la medusa, el cíclope o la quimera de Lerma dejan su sitio a los ogros galeses de varias cabezas; la omnipresente serpiente monstruosa se reinventa a lo largo del mundo y aparece como acompañante de algunos santos o la alimaña en multitud de leyendas espeluznantes; las brujas, herederas directas de algunas diosas; el hombre lobo hace su rentrée desde la antigua Mesopotamia y muchos más. Los niños formaron parte del público que escuchaba estos cuentos desacralizados. Y, dada la atracción del ser humano por el mal, podemos imaginar que se lo pasaban “de miedo” y después, esas pobres criaturas pasarían verdadero terror al tener que abandonar la cocina familiar, iluminada por el fuego de la chimenea, para dirigirse al dormitorio entre las sombras fantasmagóricas que la luz de la vela dibujaba en las paredes. Algo muy parecido a lo que Chateaubriand contaba de su infancia y los tétricos pasillos en el castillo familiar de Combourg.

¿Por qué no huimos de la visión del mal? ¿Por qué no nos asusta la posibilidad de caer en ese abismo, tan tentador como temible? Tal vez porque, cuando nos asomamos a esa ciénaga donde chapotean todos los pecados en forma de monstruos que nos llaman mientras nosotros los contemplamos, lo hacemos creyendo que lo que vamos a ver no son nuestros fallos, más o menos graves. Nosotros somos buenas personas, estamos en el bando de los “buenos” y no vamos a dejarnos llevar por la llamada de ese charco infecto por mucho que nos reclame. Por eso, porque nos sentimos seguros, nos atrae el abismo. Así, entreabrimos la puerta para echar un vistazo, porque no lo podemos evitar. Pero sólo una miradita breve. El suficiente para ver de qué va, pero sin darle tiempo al abismo a que nos haga un guiño y nos obligue a cambiar de acera. El miedo queda para otros. Para aquellos cuyos actos vergonzosos los arrastran hacia el fondo como imanes para seguir revolcándose en el cieno y pecando. Nosotros, como mucho, sentiremos un escalofrío, una débil duda, el ligero cosquilleo de la tentación, pero saldremos indemnes de la experiencia y volveremos a nuestro mundo seguro y razonablemente limpio porque, lejos del abismo, no hay peligro. Aunque a veces somos nosotros quienes lo llamamos.

Cuando Ricardo II, rey de Inglaterra, vanidoso, engreído y narcisista, renuncia al trono, pide inmediatamente un espejo porque quiere comprobar cuánto ha cambiado su rostro ahora que ha perdido la corona. En sus propias palabras: “Leeré lo bastante cuando contemple el verdadero libro en que están escritos mis pecados, y que soy yo mismo”. La cara no siempre es el reflejo del alma como el monarca puede comprobar. “¿No son más profundas mis arrugas? ¿El dolor ha golpeado tantas veces mi rostro y no me ha causado heridas más hondas?” (Shakespeare, W. Ricardo II. Acto cuarto. Escena única).

En Más allá del bien y del mal (1866), Nietzsche asegura: “Cuando miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devuelve la mirada”. Para no perderse esta experiencia de visitar el siempre atractivo lado oscuro de la vida, los adultos no dejaron de asomarse a contemplar el mal con una mezcla de temor y avidez. Cubrieron esa necesidad con leyendas conocidas hasta que la explosión de la literatura gótica, plagada de fantasmas, abadías semiderruidas, cementerios bajo la luz de la luna y el imprescindible monje malvado empapado por las inevitables tormentas, deparó grandes placeres a quienes no dejaban en paz al abismo. Unas décadas más tarde, los autores decimonónicos retornaron a los principios, Jano o Isimud, arropados esta vez por el recién nacido psicoanálisis, para contar lo encubierto, cruel y reprimido que existe en el ser humano. Lo que el novelista Jean Paul denominó, en 1796, doppelgänger, o lo que es lo mismo, el doble malvado que todos llevamos dentro, seamos o no dioses. El desdoblamiento de la personalidad —El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Stevenson—, el doble idéntico —“William Wilson”, de Poe—, la transferencia de las perversiones del rostro del pecador al de un lienzo —El retrato de Dorian Gray, de Wilde— o la desgracia de heredar una maldición familiar —Los elixires del diablo, de E. T. A. Hoffmann—, son algunos ejemplos de un corpus de literatura fantástica verdaderamente extenso e inquietante que irrumpe en los siglos XVIII y XIX.

Al rostro de Ricardo II no le sucede lo que al de Dorian Gray, donde la depravación del retratado ha quedado reflejada en un óleo. Por eso, cuando comprueba que nada indica que sus muchas faltas hayan producido cambios notables en su aspecto, el monarca hace añicos el espejo, acusándolo de ser un adulador, como cualquier otro cortesano de los que lo han rodeado durante toda su vida. Ricardo es un mal rey, pero debemos reconocer que es valiente. El espejo es ese abismo donde espera ver, no los defectos o debilidades en los que otros han caído, sino los suyos propios, los que lo han forzado a abdicar y que él está dispuesto a asumir. Es un ejercicio de autoflagelación que se impone, no por la atracción que sobre él ejerce su propia decrepitud, sino porque necesita ver el resultado de sus faltas. Y, curiosamente, su búsqueda de la verdad no obtiene los resultados deseados. Y, al igual que Dorian Gray, que destroza el cuadro que refleja su interior, Ricardo destruye el espejo que lo ha decepcionado por su falta de sinceridad.

Con los avances científicos y tecnológicos del siglo pasado y del actual, el hombre, en palabras de Nietzsche, oye cada vez más alto “el ruido de los sepultureros que entierran a Dios”. Y comienza a llegarnos “el olor de la putrefacción divina. ¡También los dioses se pudren!” (Así habló Zaratustra). Todo apunta en la dirección indicada por Yuval Harari. El ser humano ha dejado de caminar encaramado a hombros de gigantes, que diría Bernardo de Chartres. Él mismo es ahora un gigante, no parece haber límites en su camino y, por tanto, ha emprendido una carrera imparable hacia el superhombre nietzscheano, llamado a llenar el vacío dejado por Dios. Incluso alardea tras la creación de la IA que, según los más optimistas, descargará cada vez más al humano de un trabajo monótono y tedioso, proporcionándole tiempo para disfrutar de la vida. Para los más ¿pesimistas, realistas?, la IA acabará por arrumbarnos en cualquier esquina donde nos consumiremos bajo la tiranía de los nuevos dioses binarios. También creados por nosotros, por cierto. En la cumbre de nuestra vanidad, estará nuestro fin y sufriremos el triste destino de esos dioses primitivos a los que hemos borrado de nuestras vidas. Pasaremos de dioses a monstruos que mirarán hacia arriba a la caza de curiosos que hagan caso a nuestros cantos de sirena. O lo que es lo mismo. Si el Dios de toda la vida no lo remedia, nos amalgamaremos con ese fango que llenará un nuevo abismo al que se asomarán las máquinas para contemplarnos y sentir esa peligrosa atracción, que antes fue nuestra. Y, no lo duden, lo que éstas vean, las espeluznarán. Están avisadas.

Esther Domínguez Soto
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