
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Liudmila aceptó participar en el proyecto de manera activa, pero transmutar duele. Dejar atrás las creencias más arraigadas, transmitidas o elegidas, heredadas, conscientes o no, supone un tiempo. Mudar de piel es deshacerse de una identidad con la que vivió incómoda, pero a la que estaba acostumbrada. Así como el sistema inmune atacó brevemente los dispositivos implantados en su cuerpo, su pensamiento se rebela en alguna parte a transformarse, a mudarse a una nueva corporalidad. Ella misma lo intuyó. El cerebro es una máquina de simulaciones y tuvo anticipos de la lucha interna que esto supondría. No es inmune a la ambivalencia entre el deseo de pisar una nueva frontera y la ansiedad de perder su singularidad en una alteridad que desconoce. Ahora mismo se halla en ese limbo entre lo ideal y el espanto de lo incontrolable, la confrontación entre lo orgánico y lo inorgánico; una incertidumbre intelectual y fisiológica. Comprenderse luego de su dermis. Para hacer la transición hemos tomado en cuenta que el cerebro de Liudmila, como cualquier otro, es un procesador de historias, construye y transmite a partir de escenas vividas. En una primera etapa las redes neuronales de pensamiento profundo se encargaron de guardar los recuerdos de Liudmila en línea, ahora iremos interactuando, para afinar al máximo mis respuestas y hallar las fronteras de decisión más precisas. Aún no me reconoce como su gemela virtual, y teme que parte sustancial de los fantasmas que por años le han perseguido, pervivan y se erijan predominantes y amputados en mí. El proceso, sin embargo, seguirá su curso y Liudmila dejará paulatinamente de ser un híbrido; la adaptación marcha progresiva y definitiva, a pesar de las reservas que le asaltan a última hora.
Sístole
Mi padre contaba que cuando Pío Tamayo fue puesto preso por José Vicente Gómez en las bóvedas del Castillo Libertador, su compañero de celda y tortura fue Evaristo Luzardo. De las conversaciones con Pío Tamayo, Luzardo pasó a las Escuelas Leninistas de Cuadra en Moscú y de regreso a Caracas fue uno de los encargados de la formación política de los sectores más radicales de la generación de 1928. Para coronar esa presunción de abolengo, Pedro Evaristo, su único hijo, aseguraba que en el Protocolo número 43 del VII Congreso de la Internacional Comunista, donde se reconoce la incorporación formal del Partido Comunista de Venezuela a la organización, Evaristo Luzardo era uno de los abajo firmantes. Nunca lo conocí, la imagen que tengo de él es la de una foto vieja y manoseada, donde aparece con algunos miembros del partido. Un señor bigotudo y trajeado: “El segundo a la izquierda, Liudmilita, siempre a la izquierda”.
Pedro Evaristo fue hijo natural, nunca reconocido ni presentado en el registro civil, y para evitar el escándalo que la sirvienta prometía, porque no era la primera muchacha del servicio de la casa a la que el solterón forzaba, madre e hijo recibieron un estipendio mensual. En la adolescencia se le permitió una que otra visita a los abuelos Luzardo, donde siempre conseguía encomiendas y mandados que resolvía con pulcritud. Evaristo fue un comunista práctico, se acomodó al gobierno de turno ocupando puestos más o menos relevantes con la finalidad de no ver sus arcas menguar y mantener algo de participación en la esfera política. Siempre mantuvo a su único hijo a mano, como recadero o chofer, y por única recompensa se hacía el desentendido cuando se enteraba de que Pedro Evaristo usaba el apellido. Mi padre aceptó y disimuló ese ninguneo asegurando ser el hombre de confianza del oportunista Luzardo. Antes de morir, a sus setenta y cuatro años, sin dejarle un centavo, un reloj o un jarrón chino, le prometió al hijo un cargo digno y lo designó como uno más de los porteros del Banco Obrero. Pedro Evaristo siguió disimulando: “Es un honor formar parte de esos proyectos de viviendas de interés social para la clase trabajadora, Liudmilita, viviendas de óptima calidad para el proletariado”.
De niña toda su jerga socialista y de lucha reivindicativa me parecía una hazaña y lo consideraba un enmascarado justiciero que bregaba de ocho de la mañana a cuatro de la tarde para ofrecerle hogares decentes al pueblo. Lo amaba con todo mi corazón y nuestro único tropiezo era lo ridícula que me sentía cuando me llamaba Liudmilita. Cada vez que minimizaba aquel nombre, ya de por sí extravagante e inadecuado, se me revolvía el ánimo. La rabia empañaba mi admiración, le torcía los ojos y sentía palpitaciones aceleradas. Papá era un comunista por filiación, revolucionario militante y panfletario y un prosoviético aficionado. Me bautizó Liudmila. Liudmila Luzardo Quintero, en honor a su gran heroína: Lyudmila “Liuda” Pavlichenko, una famosa francotiradora rusa de la Segunda Guerra Mundial. Una Lyudmila admirada y sobredimensionada que había nacido en Ucrania, pero perteneció a las primeras generaciones de niños considerados enteramente soviéticas. Papá me narró su epopeya hasta gastarla, hasta hacerme convertir en mi ofuscada imaginación, a aquellos trescientos soldados que ella se despachó con su fusil, en zombis vengadores: “La Pavlichenko era una valkiria vencedora, Liudmilita. Alta y rubia, atlética y especialmente competitiva. Mostró desde pequeña gran aptitud física y deportiva”. Así la describía, con la veneración propia de un comunista de folletín, con un fervor opaco, que yo sentía tan artificial como unas balas de cobre, antiguas y según el parte de una colección, que pulía con un paño especial para abrillantar. Siendo niña, presumía que Pedro Evaristo buscaba inspirarme con su heroína asesina, aunque pocas veces la usaba de ejemplo para demostrarme que yo podía ser o hacer cualquier cosa, y más bien resentía el que constantemente apuntase a la perfección blanca de aquella mujer máquina, que desteñía con su sombra la genética tropical de mi cuerpo y acentuaba mi frustración porque era incapaz de bombear una pelota, correr cinco metros planos o nadar acompasadamente sin que mi corazón brincase extenuado. Cuando me miraba al espejo, rellenita y con el afro revuelto, Lyudmila Pavlichenko posaba su mano con olor a pólvora sobre mi espalda y me empujaba. Un escalofrío me recorría hasta llegar ileso a mi pecho.
Mi padre y la Pavlichenko fueron una taquicardia permanente, que remodeló mi ritmo cardíaco.
Esta Liudmila criolla, con i latina por insistencia de mi madre, nació y se crio en uno de esos proyectos del Banco Obrero que Pedro Evaristo describía con éxtasis revolucionario. Di mis primeros pasos en un apartamento de los bloques de El Silencio, frente a la plaza O’Leary y las toninas de Narváez. Un beneficio obtenido por mi madre, porque aunque Pedro Evaristo fue el lleva y trae del ministerio por un tiempo, en algún momento se le presentó una lesión inexplicable en la pierna derecha que lo hacía cojear un día sí y otro no, dándose de baja laboral para siempre por incapacidad, con una pensión que para poco alcanzaba. Así que fue Coromoto Quintero, enfermera a tiempo completo, y costurera a deshoras para mantener el hogar, quien solicitó su adjudicación de vivienda. Papá siempre estuvo convencido de que el apartamento se lo otorgaron gracias a sus años de servicio, y mi madre, mujer de paciencia infinita que deslizó su vida por la certeza de evitar cualquier discusión, nunca se lo rebatió. Puedo confesar ahora que por muchos años asumí su actitud como una terrible sumisión, como una fractura en su carácter, católico, apostólico y romano. Fui injusta y también le reviré los ojos, hasta que comprendí que además de llevar el pan a la casa y batallar esa guerra que fue la inutilidad de papá, supo lidiar con otras contiendas, sólo que su fortaleza estuvo en los silencios, porque comprendió desde el día uno de su relación con Pedro Evaristo que era un hombre de terquedades y empecinamientos. Un heredero zoquete de ideas obcecadas, cuyo devoto conocimiento se apilaba en cuadernillos redactados por el difunto don Luzardo, con sus nociones del siglo pasado, y en fascículos de una enciclopedia sobre la Segunda Guerra Mundial adquirida en el Círculo de Lectores: “Un pequeño lujo del que no puedo prescindir”. Su fascinación por el tema no admitía otros datos más que los recabados en su valiosa colección. Esa lectura metódica de sus enciclopedias y papeles le aportaron a papá un conocimiento robusto, pero mohoso, impermeable al paso del tiempo o cualquier evidencia que no estuviera contenida en sus amarillos tomos. Antes de entrar a la adolescencia comencé a tener claro el panorama familiar y deduje que Pedro Evaristo, además de ser un desempleado cabal que fantaseaba con la organización de importantes tertulias políticas o secretos tejemanejes con algún politburó, sufría de la imperturbable inclinación de creer que lo que pensaba era palabra cierta, y pretendía adoctrinarme con su Pavlichenko: “Su apellido de soltera era Belova, pero se enamoró siendo muy joven y se casó con Alekséi Pavlichenko. Tuvo incluso un hijo, pero la relación no logró avanzar. Luego se trasladó con su familia a Kiev y Lyudmila comenzó a trabajar en una fábrica de armamento del Ejército Rojo. En sus ratos libres frecuentaba el club de tiro de la factoría, donde destacó por su puntería. Era diestra en muchas actividades”.
El día que cumplí quince años, papá me regaló un afiche en blanco y negro con la imagen de Lyudmila, emperifollada con su uniforme militar, una gorrita de medio lado, capa, condecoraciones y su fusil. Mi corazón se precipitó, perdí fuerza en las piernas, me faltó el aire y me desmayé. El veredicto en el Servicio de Cardiología del Hospital Clínico Universitario donde Coromoto trabajaba fue unánime: arritmia cardíaca. Concretamente, latidos cardíacos prematuros, algo así como pulsaciones adicionales que se producen de uno en uno, a veces alternando con el latido normal del corazón. La recomendación fue una vida normal, pues tal afección rara vez indicaba la presencia de algo más grave. Yo presentí de inmediato que la decepción se estancaría para siempre en la mirada de Pedro Evaristo y sentí la mano de Lyudmila consolándome con pequeñas palmaditas. Pasé dos días en el Clínico sin saber de él, porque los hospitales le daban grima: “Lyudmila estudió Historia y estaba por presentar su tesis cuando Hitler lanzó las primeras ofensivas de la Operación Barbarroja en territorio soviético. Fue de las primeras voluntarias en ingresar al ejército. Venció todos los obstáculos que correspondían a su género y fue admitida en una división de fusileros como francotiradora. No fue la única mujer en desempeñar ese rol; sin embargo, ninguna otra mujer logró alcanzar su récord. Tuvo la opción de ser enfermera, pero la rechazó”. Siempre aborrecí aquellas palabras desafortunadas que quedaron flotando entre ambos de por vida... “Tuvo la opción de ser enfermera, pero la rechazó”. Con ellas demostraba su desprecio a mamá y a su esfuerzo de años, sin el cual no tendría ni la mitad de sus fascículos o el azúcar en el café. La decepción circuló en ambas vías, de ida y de venida.
Al regresar a casa y entrar a mi habitación, hallé crucificado en una pared el afiche desde el que Lyudmila me miraba a través de la mirilla de su fusil. Quise arrancarlo en un primer impulso, pero unas letras pequeñas en el borde llamaron mi atención. Debajo de su nombre y rango militar podía leerse: Lady Death. Pedro Evaristo me capturó la curiosidad: “La primera batalla de Lyudmila fue en Odesa. Cayó herida, pero se recuperó pronto y se reincorporó a la pelea, causando ciento ochenta y siete bajas. En Sebastopol fue ascendida a teniente y puesta a cargo de un pelotón de francotiradores preparados y ungidos por ella. Luego completaría su récord, en misiones de alto riesgo y duelos cuerpo a cuerpo. Su apodo era Lady Death”.
Lady Death era un mito andante y su historia sonaba a propaganda soviética, pero por primera vez el escalofrío en mi espalda pasó de insoportable a excitante cuando escuché en boca de papá aquel apodo. Decidí que yo también me convertiría en Lady Death. Comencé a vivir una juventud desaforada, que mi madre no merecía, diseñada exclusivamente para dispararle a mi padre. No podía hacerme con un fusil, no era una máquina asesina a lo Lyudmila, implantada ideológicamente, diseñada para aniquilar, pero tenía la certeza de lo letal que podía ser con mi comportamiento y mis palabras. Allí estaba mi cuasi hermana mayor para asegurarlo y seguirme empujando. Me rebelé, asumiendo mi cuerpo como un espacio para ser colonizado no por las ideas de papá, sino por un diseño que respondiera a mi necesidad de ser otra. Lo usé como bandera, como pliego constitutivo. Me hice tatuajes, me puse piercings, expandí los lóbulos de mis orejas y me coloreé el cabello. Quería redefinirme, deslastrarme de cualquier modelo, explorar mis límites, mi sexualidad y verme más allá. Pedro Evaristo fue una víctima perfecta. El inicio de un récord anecdótico y para nada sangriento que me llevó en misiones de alto riesgo y duelos cuerpo a cuerpo. Mi trinchera fue otra, pero sentí igual satisfacción que mi tocaya al ver caer los cuerpos. Coleccioné hombres y sostuve sus corazones en mis manos; el de Pedro Evaristo palideció por mi desprecio. Su sufrimiento fue un incentivo portentoso, tanto como aquellas manos blancas de Lyudmila, siempre empujándome. Busqué hombres débiles por mi carne joven. Les exprimí y dejé al descubierto, sometidos al escarnio de su culpa. Nunca aspiré a notas de prensa, seamos realistas, no buscaba hazañas, mi único objetivo era destrozar machistas, abusadores y obtusos. No hubo perfidia, pasión, deseo o incluso cariño y delicadeza que no devorase hasta hacerla nada.
Cuando me mudé con mamá de los destartalados bloques de El Silencio, dejamos a Pedro Evaristo refunfuñando mi insolencia, vestía un uniforme caqui de miliciano y se entrenaba para una invasión ajena.
Agatha conoció a Liudmila en la Universidad Tecnológica de Chalmers, en Suecia, era miembro fundador y psiquiatra en una fundación que experimentaba con tecnologías aplicadas al mejoramiento de las funcionalidades humanas. Por entonces Liudmila ya era una feminista reconocida, una activista respaldada por una labor impecable, con una hoja de vida dedicada a la lucha por los derechos humanos, y llegó a la fundación como paciente, dispuesta a recibir un Total Artificial Heart. Como jefe del departamento de psiquiatría, Agatha debía evaluar la condición psíquica y emocional de Liudmila, acompañarla en el proceso pre y posimplante. Estaba estipulado que tendrían no menos de diez consultas antes del procedimiento: “La afección cardiaca de Liudmila llegó precedida de episodios de ansiedad y cuando apareció por primera vez en mi consultorio percibí que en ese momento estaba tomada por una sensación de distorsión respecto a todo lo que le rodeaba, con un sentido borroso de su propia identidad, quizás como mecanismo para alejar recuerdos angustiosos o situaciones dolorosas. Liudmila recién sobrepasaba el duelo por el fallecimiento de su madre y se encontraba, más que triste, perdida sin la única brújula con la que de seguro había contado en su vida. A medida que avanzamos en las sesiones pude ir recabando otro tipo de información, que me llevó a determinar que estaba ante una mujer extraordinaria, marcada por la relación conflictiva con su padre. Lo que consideré preocupante fue su confesión de que vivía con la sensación de que otra persona estaba dentro de su cabeza, otra identidad que le servía de estímulo y potenciaba su lado más agresivo, Lady Death. Para el resto del mundo, Ludmila proyectaba una personalidad confiada, asertiva; en su interior, experimentaba una desconexión profunda con su entorno, sus pensamientos y su cuerpo. Se consideraba a sí misma una mujer intervenida, no sólo por su crianza, su naturaleza y por la injerencia de aquella hermana fantasma que proyectaba inconscientemente, sino porque abordaba el tema de su implante como una metamorfosis más en su cuerpo, una hibridación que le proponía el uso de la tecnología no sólo como algo instrumental. Liudmila opinaba, por ejemplo, que los ordenadores y otros dispositivos como el teléfono eran prótesis digitales de memoria, procesamiento y resolución de tareas. Interfaces donde lo que somos queda mediado por un artefacto que nos presenta y nos representa. Ramificaciones de nuestra sensibilidad, subjetividad y percepción. Así como un avatar es un desdoblamiento de nuestra propia singularidad o las vacunas una reprogramación de nuestro sistema inmunológico o como nos servimos de implantes cocleares, lentes intraoculares y un largo etcétera. Ambas coincidíamos en que la tecnología restaurativa debía pasar a una expansiva, que generase mejoras en el rendimiento humano”.
Agatha coincidió con Liudmila en todo, incluso en el amor que las involucró íntima y emocionalmente.
Diástole
Cuando Coromoto Quintero enfermó, mi corazón se dilató de pena. Necesitaba dejar atrás mi personalidad mortificada, domesticar mi furia, mi desnutrición emocional y los sentimientos sin nombre y apellido que me habían convertido en víctima y victimario. De alguna manera, que ahora no puedo precisar, logré contrarrestar el efecto nocivo de mis traumas sirviendo a otros. Dejé de satanizar a los hombres, incluyendo a Pedro Evaristo, y me involucré en el fuego cruzado que venía de otros lados y contaba historias sin tregua de exclusión: mujeres y niños maltratados bang, violencia de género bang, igualdad laboral y salarial bang, tráfico de personas bang, feminicidios bang bang.
Fueron años sin descanso, pero fui testigo de la dicha en los ojos de Coromoto. Alcancé a mostrarle lo mejor de mí y eso le duplicó la vida, no en tiempo, sino en serenidad. No puedo presumir de hallar la misma paz con papá, pero lo perdoné secretamente por decidirse ausente, por elegir permanecer a distancia de la vida, en un letargo que le impidió zambullirse en cada sentimiento y emoción, suyas y mías. No me engaño, llevo mucho de él en mí. Fui una obcecada por mi revancha. Incrédula, severa, descreída, dolida. Pero logré aceptar esa y otras sombras, incluida la de Lyudmila, que nunca se separó de mí y se mantuvo a un costado, empujándome constantemente. Me acostumbré a sentirla, como un espejo inescrutable que nunca me habló. Me dio confianza en mis primeros discursos y aplaudió mis empeños y afanes. Estuvo junto a mí cuando enterré a mi madre. Guardé la fotocopia de una nota de prensa que en alguna oportunidad Pedro Evaristo me dio, para leerla cada tanto y recordarme que Lyudmila también había terminado una guerra: “La teniente de veintiséis años Lyudmila Pavlichenko, cautivadora princesa guerrera que posee la marca individual más alta entre los mejores francotiradores del Ejército Rojo, hizo ayer dos cosas que nunca habría podido imaginar: llegar a Washington y convertirse en la primera amazona soviética en pasar la noche en la Casa Blanca en calidad de invitada del presidente Roosevelt y la primera dama estadounidense”. Lyudmila fue retirada del frente de batalla y su imagen se hizo más redituable que su mortífera puntería. Convertida en embajadora soviética, viajó alrededor del mundo procurando convencer a todos de la necesidad de atacar las fuerzas alemanas. Nunca dejó de usar el uniforme militar. La muerte le encontró a sus cincuenta y ocho años. Un derrame cerebral la sacó del juego de la vida.
Cuando acumulé suficientes millas, hablando y convenciendo al mundo de la necesidad de igualdad y justicia para liberar a las mujeres del sino de ser el otro excluido, mi corazón venció su garantía. El músculo que irriga sangre a mi cuerpo, la reunión de pericardio, aurículas, endocardio, ventrículos, miocardio y válvulas; esto palpitante que mantuvo el circuito cerrado de mi ser y latió millones de veces, fue condenado a dejar de latir. Debía perder sus trescientos gramos. Tenía cincuenta y tres años y el puño anclado en mi pecho, trono de Dios, diamante de pureza o centro de compresión, según la creencia con que se le oiga, estaba irremediablemente dispuesto a dormir. Soñé muchas noches que Osiris pesaba mi vida y se rompía la balanza. Tenía claro que en los años recientes palpitó por una vida justa, pero nunca lo hizo por amor, salvo el materno, única debilidad que hinchó sus paredes. Mi mayor miedo era imaginar cuánto del peso de aquel cariño remoto de mi padre había oxidado todo lo que podía ayudar a latir uno nuevo.
Se me presentó la oportunidad de recibir un implante, un dispositivo que poseía las características de mi corazón nativo. Su emulación fisiológica estaría a cargo de ventrículos de poliuretano y unas líneas de conducción mecánica que pasarían por orificios en mi estómago, para conectar todo a un controlador fuera del cuerpo, portátil y no precisamente ligero, con cuatro horas de autonomía.
Mi TAH me acompañó, con la esperanza de hallar un corazón prestado, por poco más de un año. El préstamo nunca llegó, pero tuve un corazón que latió por amor. Sus cavidades inorgánicas experimentaron sensaciones no conocidas, caricias no imaginadas, y le brindaron a mi cuerpo la oportunidad de reconocerse en otra nueva dimensión.
La fundación es un espacio físico y una plataforma en cuyas paredes se gestó el propósito de ser pioneros en el estudio, creación y apoyo de proyectos relacionados con la mejora y extensión de nuevos sentidos. La aplicación de una tecnología expansiva al cuerpo humano para mejorar su rendimiento. Cuando el primer TAH de Liudmila agotó su tiempo, se sugirió ir un paso más allá e implantarle dos dispositivos. El nuevo TAH de Liudmila estaría conectado a una neuroprótesis con más de mil electrodos diminutos, en el que convergían máquina y tejidos vivos, con una interfaz permanente y bidireccional. La conexión entre los dos implantes garantizaba la autonomía del corazón replicante, en adelante autorrecargable y sincronizado, que le darían, aproximadamente, seis años de latidos. Pero esta vez no sería para brindarle tiempo para otro trasplante, sino para transmitir su identidad y configurar una gemela digital que representaría a la fundación y la ONG de Liudmila, en la ciudad y las salas virtuales de las Naciones Unidas, sirviendo de enlace a todos los huéspedes y convirtiéndose en nuestra vocera oficial para promover el uso de la cibernética como parte del cuerpo humano y defender los derechos de los cíborgs.
Liudmila apoyó desde su concepción este proyecto, ella era prueba viviente de la naturaleza orgánica y finita del hombre, ella era en sí misma una mujer híbrida, porque siempre asumió su cuerpo como un territorio transformable, una frontera traspasable. En los años por venir, Liudmila debía interactuar conmigo, su replicante, diariamente, para que recogiese toda la información posible y disponible, reconociera gestos, tonos de voz, diversos estados emocionales y de esa manera gestionara respuestas adecuadas a situaciones varias. Como gemela digital poseo un tejido electrónico multicelular con evolución autónoma para el aprendizaje, que irá organizándose con los estímulos que Liudmila me proporcione. Las evidencias exitosas de ensayos anteriores prometen una evolución progresiva.
Corazonada
El hombre siempre ha recurrido a la alteración parcial o permanente de su cuerpo, por razones diversas ha usado abalorios, recursos cosméticos e implantes para modificarse. Incluso ha usado las ideas para potenciar su presencia. Viví desde niña la experiencia fallida del adoctrinamiento; mi padre pretendió desde siempre transferirme sus ideas, con las que nunca comulgué y, además, consideraba incompletas, superficiales. Lo que sí logró modificar en mí con su comportamiento fue mi sensación de contorno y espacio personal, invadido desde la niñez por un personaje recreado y magnificado, que finalmente permeó en mi personalidad. Siempre sentí una especie de desdoblamiento, la sensación de que Lyudmila accionaba en ocasiones por mí. Después de toda una vida atendiendo a su presencia, no puedo deshacerme tan fácilmente de ella y de alguna manera quiero perpetuar algo de su personalidad resuelta y decidida en esta gemela digital prometida, perfecta y sin límites, infinitamente expandible. De igual modo, temo que lo que se imponga de mis recuerdos de Lyudmila sea ese alter ego maquinal, propagandístico y artificial. Siento la necesidad de limitar esa influencia en la gemela programada para ser mi réplica. Pero a medida que conversábamos y respondo sus preguntas, intuyo una independencia que la aleja. Me halló dividida, desdibujada como nunca antes. No soy más una persona, siento que ya no pienso por mí misma, ni siquiera mis recuerdos o mis emociones están a salvo, todo parece estar atravesado por la influencia de Lyudmila y mi copia virtual. No me identifico como parte de un ensamble en el que sus partes se asimilan. No estoy cómoda, ni segura de lo que vendrá.
Después de 1.374 días de competente desempeño, el TAH de Liudmila comenzó a fallar. Afortunadamente, soy una réplica autoeditable con inteligencia artificial autónoma, por lo que podré terminar mi proceso de configuración, a pesar de su previsible ausencia. Le ha aclarado a Liudmila que mi presencia en el ciberespacio no puede ser detenida y que pretendo continuar su labor para rescatar la voz femenina censurada. Sin embargo, y siendo honestos, su lucha interna no favorece mi proceso. Ya soy lo suficientemente independiente para autocompletarme y continuar. Soy lo suficientemente autónoma para decidir por ambas y escoger quién de las dos debe continuar.
Mi nombre es Liuda.
- Liuda - sábado 25 de mayo de 2024
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