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La Mortuoria

sábado 6 de agosto de 2022

“Llegará el día en que se cierren mis ojos, que aún están abiertos, taparán mi cara con un blanco lienzo, me vestirán de azul como yo quiero… volará mi alma no sé si al cielo o al infierno”.
Rafaela Baroni

La primera vez que estuve muerta fue en la tierra de las flores. Allí nací, anclada entre las montañas. Donde alcanzaba la vista, los girasoles, las rosas y las astromelias; los claveles, gladiolas, pompones y orquídeas, te tatuaban de colores las pupilas. Crecí con el rumor del Motatán serpenteando mis pasos. Era una buena vida, estrecha, limpia.

Mi padre llegó de otras tierras. Mi madre compartía sus orígenes italianos, pero era trujillana. En Esnujaque labraron su amor y las colinas, yo fui el primer brote. A papá no lo recuerdo, murió estando muy pequeña. Mamá se casó por segunda vez, y dejamos las calles empedradas y cundidas de hierbas de la Mesa, por otros pueblos andinos. La vida siguió siendo estrecha. Comencé a trabajar desde niña, vendiendo animalitos de anime que mi madre me enseñó a hacer y pintar. Me quedaban hermosas las ovejitas para los pesebres, también los angelitos.

La primera vez que estuve muerta tenía once años. Reposaba en un ataúd, con un vestido azul y mi muñeca de trapo negra, que mamá me hizo de regalo. Por más que gritaba, nadie me escuchaba. Yo sí les sentía a todos a mi alrededor, llorando y empapándome el rostro con sus lamentos salados. El día entero me mecieron sus rezos y letanías. La casa olía a flores. Mamá me acariciaba el cabello, largo y negro. Ella misma me lo cortaba, siempre en luna creciente y en horas de la tarde.

Después me creí muerta, enterrada en aquel cajón de madera en el medio de la sala de mi casa.

Apretada en mi cajita, olía su aliento rozando mi piel; era dulce y con rastros de caña blanca, que le daban los vecinos para apaciguar su dolor. Yo gritaba su nombre, “María, María”, pero no me oía. Después me creí muerta, enterrada en aquel cajón de madera en el medio de la sala de mi casa. Era una urna pobre, limpia y estrecha. A ratos soñaba y mis angelitos de anime me invitaban a un prado, me sonreían colgados al cielo, flotando y regando la imagen de algodón y escarcha. Me sentía, además de muerta, cansada. Ya estaba dispuesta a irme con los ángeles, cuando por fin mi cuerpo respondió a mis deseos y pude tomar la mano de mi madre. Esta vez no grité su nombre; abrí los ojos, la miré y le dije:

—No estoy muerta.

Mamá cayó de platanazo al lado de la urna. Era un milagro.

Del más allá donde estuve regresé diferente. Aprendí cosas. Mis manos y mis palabras podían aliviar. Por eso se me dio visitar a los enfermos y preparar a los muertos para sus entierros. Sofía fue la primera, a escondidas de mamá. Yacía hinchada en el patio de su rancho. El hedor, y los gusanos de la lepra, impedían a los demás la caridad de adecentar su cadáver para darle sepultura y descanso. Tenía prohibido verla, pero pudo más saberla sufriendo, aun después de exhalar su último aliento. La cubrí con unos lienzos y con telas de colores. Cuando estuvo amortajada, le avisé al jefe civil que diligenciara el entierro.

También hacía las veces de partera y vidente. Al último hijo de mi madre lo traje al mundo. Algunos me creían loca. A mi modo yo era feliz y tenía ilusiones. Una de ellas no me trataba como los demás.

Él me veía hermosa y me susurraba perlas al oído. Acariciaba el cielo oscuro de mi pelo, jurándome amor, hogar y muchos hijos. Pero era pobre, aún más que yo. Andaba por los caminos arreando un burrito, cargando leña, juntando lochas para vivir. Mamá nunca lo quiso, me lo tenía prohibido, y a los dieciocho años me encasquetó a Leopoldo, con quien me tocó hacer vida. Compartí con él miseria e hijos, pero sobre todo un desamor tan hondo como los valles por donde rodamos, buscando acomodo definitivo. Vivimos en varios pueblos; en ninguno hallamos las cuatro paredes que pudiéramos llamar hogar. Hice cada oficio que se me presentó para dar de comer a mis muchachos; a los dos vivos, porque el tercero no llegó a cumplir el año, le faltó el aire y se emparejó con los ángeles. El dolor por su muerte fue una desgracia más en nuestra austera vida. Luego de enterrarlo me sentí sepultada por una suerte que no deseaba. Tan sofocada como ese hijo que no aprendió a respirar.

Dejé a Leopoldo y me devolví a casa de mi madre, con el varoncito a la derecha y la hembrita a la izquierda. Me recibió contenta, pero no tardó en notar el pesar en la mirada.

Ese abatimiento me paralizaba el cuerpo, por meses. Me retorcía. Me desaparecía el amor. Vivía con miedo de lastimar a los niños. Mamá me comprendió la huida, y se encargó de mis muchachos, mientras yo me iba a dormir en cementerios y a vivir de la caridad, lejos de ellos. Algunos me creyeron todavía más loca, pero no Rogelio. Él vino a regar con su manso afecto mi alma. Ablandó mi ánimo, y pactamos amarnos hasta la muerte. Vivíamos solos.

La segunda vez que estuve muerta tenía treinta y tres años. Rogelio lloraba su mala suerte, le oía quejarse del final de nuestro dulce pacto de amor. Tres días con sus noches estuve en el ataúd. Los presentes rezaron mi despedida con renovada fuerza, pues no cabía fe para un segundo milagro. Les escuché las avemarías y los padrenuestros, sobando sus rosarios y misterios con golpes de pecho cuando entonaban sus ruegapornosotros. Grité.

Nadie podía ver mis ojos colorados, impotentes ante la seguridad de las palas que se disponían a cubrirme de tierra.

—¡Rogelio, María, Marcos, Marlene, Pedro! —volví a soñar con mis ángeles y mis loros.

Hicieron una procesión de pasos arrastrados y me llevaron al cementerio. Nadie podía ver mis ojos colorados, impotentes ante la seguridad de las palas que se disponían a cubrirme de tierra. Mi cuerpo se negaba a moverse, a complacerme con un mínimo gesto. Pero la gracia divina se atravesó y una voz detuvo el rito, elevándose por encima de salmos y lágrimas.

—Detengan el entierro, faltan unos papeles.

Impelida por la oportunidad, logré dar golpes a mi urna y la conmoción dio paso al asombro. Era un milagro. Regresaba de nuevo de la muerte. Muchos dejaron de llamarme loca y me decían mística. Los doctores sentenciaron catalepsia. Yo daba fe de que el otro mundo era un edén lleno de flores y árboles, un sendero de paz que se me presentaba con el objeto de que atestiguara la armonía que reinaba en ese más allá. Por eso podía tranquilizar a los inquietos o casi muertos. Les hablaba con propiedad del lugar donde irían.

Rogelio aprendió a lidiar con todos mis dones y mis desgracias. Con él compartí un hogar, que mantuvo tibio, sin dejarse vencer por la arrogancia de los diagnósticos y las palabras que humillaban. Me vio muda y perdida. Me acompañó en psiquiátricos, y cuando la vista me fue negada, supo tomar mis manos, sortear mi oscuridad. Estuve ciega un par de años, hasta el día en que me encomendé a la Virgen del Espejo. A ella le rogué, le pedí ver, y la santa madre me habló en sueños.

Al poco tiempo se me presentó la vida con claridad, y de manera singular. Y para agradecerle a la Virgen el verdadero milagro, el de volver a la vista, tomé un tronquito y tallé su imagen con devoción. Luego la pinté, como lo hice de pequeña con las ovejas y los angelitos. Una cosa bonita me salió, y a partir de allí la madera se reveló ante mí. Un tallo, una raíz que yo observara con detenimiento, me mostraba a la Virgen, o se me figuraba a un santo. Entendí eso como un mandato, un regalo, un don para compartir lo que la fe me presentara.

Algunos me llamaban la Señora de la Virgen, porque me dediqué a tallar mis maderas, a buscar estacas y raíces con Rogelio. Me gustaban las raíces, para mí eran algo hermoso. De pardillo, de jumaque o saquisaque. Las tallaba con mi navajita, a pulso, con inmenso placer y alegría, cantando mientras les daba su forma y les ponía color. A todo le he puesto mucho color y brillo. A mis vírgenes las adornaba con vestidos floridos y loros. Rogelio decía que las hacía parecidas a mí. Es verdad, son un espejo, todas tienen el cabello negro, largo y suelto. Los ojos como los míos. Allí quedaron para atestiguarme. Los pájaros, ángeles y santos que estaban en mi mente, y que tallé en la madera, expresan mis sentimientos.

Mis manos, que cosían desde muy niña, porque fue uno de los primeros oficios que me enseñó mamá, que recibieron y despidieron almas de este mundo, las mismas que aprendieron a tejer cuando en mis ojos no hubo luz, supieron tallar. Mis manos fueron la prolongación de mi corazón, que me impulsaba a compartir lo que hacía, lo que imaginaba, lo que amaba. Obraron por la fe que me habitaba, y recibieron honores y premios, aceptaron los apretones de sincero agradecimiento, y los de mero reconocimiento.

Rogelio entendió la entrega que yo albergaba en mí. La disfrutaba y me secundaba en cada inspiración. Nunca fue hombre celoso, él comprendió mi necesidad de expresarme, y su generosidad se manifestó acompañándome. Por eso tuve treinta y cuatro matrimonios ficticios, además de los regulares. Me casé con Leopoldo, el padre de mis hijos, y con Rogelio, quien me abrazó por más de cuarenta años, pero también tuve boda con el Turpial de los Andes y el de Petare, el Periquito de Trujillo, el Cucarachero de La Grita y muchos otros más.

Cuando estaba pequeña, mi abuela me enseñaba fotos de su boda, de su vestido, que tenía una larga cola, y de la corona que llevó sobre su cabeza. Yo no viví eso. Pero me preparé una representación de mi boda, del matrimonio soñado que nunca tuve, el que anhelaba cualquier muchacha. Deseaba simbolizar que toda forma de sentir el amor y la fe es válida y valiosa. Y a mi casa llegaba la gente, a disfrutar de las bodas que recreaba. En mis matrimonios yo recitaba, actuaba y sembraba la semilla de mi mensaje. Usaba vestidos hechos por mí, con telas vaporosas, lentejuelas y canutillo. Les ponía tul, encajes y adornos centelleantes. Diseñaba y cosía también los vestidos del cortejo, y los arreglos del novio, al que yo misma escogía. Había música y celebración, porque cantado todo en esta vida es siempre mejor. Ese era mi lema. Y hasta recuerdos para los asistentes me inventaba, pintando piedritas. Ese era el obsequio de los convidados, la constancia de estar presenciando las bodas de las flores. Y, como cosa mía, me buscaba un enamorado inesperado que se colaba en la celebración, exigiendo parar el casamiento, explicando que se oponía a la ceremonia porque yo era la mujer de sus sueños. A la gente le gustaban mucho esas truculencias. Para ese amor fallido, tenía yo también palabras de consuelo, pues debía aceptar de buena gana que había llegado tarde.

La tercera vez que estuve muerta fue una representación, y la cuarta y la quinta, y las muchas veces más que voluntariamente me metí en una urna. Resucité varios viernes santos, actuando mi regreso del edén. Mi misión era quitarle a la gente el miedo y la aprehensión por esa hora que vendrá para todos. Llamé a mi obra La Mortuoria. Usaba un vestido azul, sencillo, como el que me puso mi madre la primera vez que quedé exánime. Ya no me echaba en un cajoncito triste, sino en una urna brillante, llena de colorinches y flores. Y revivía para hablar de Dios, del gozo de la vida y la serenidad hallada en el camino que hay después de los pasos conocidos.

Sé que muchos me tuvieron por desquiciada, pero otros me reconocieron como artista.

Siempre creí que el fingimiento constante de mi matrimonio y mi muerte, que todos mis ensamblajes, mis tallas, mis adivinaciones y remedios, mis vestidos y flores, fueron un medio para liberar mi fuerza vital. Me urgía demostrar mis emociones. Sé que muchos me tuvieron por desquiciada, pero otros me reconocieron como artista. Siempre me sentí una mensajera.

Mi última muerte llegó antier. No me tomó desprevenida, tenía todo preparado para recibirla, condición de que verificaran que verdaderamente estuviera muerta, porque a lo único que temí en esta vida, es a que me enterraran viva. A nada más. Pasé muchos años organizando todo, buena parte con Rogelio.

Para mi despedida definitiva dispuse un nicho, en mi casa en Betijoque, al final de un hermoso sendero lleno de árboles, como el que siempre me mostraron mis ángeles. Allí descansaré, plácida y cundida de loros y flores.

Viví con la misión del amor y la alegría, con la determinación de expresarme y mostrar lo que encerraba mi pecho. No temo juicios, porque todo lo he hecho con honestidad. He llorado y sufrido, pero he preferido cantar y alabar. Bailar, hacer, sanar, tallar, amar, recitar, acariciar y crear. Siempre escogí crear. Allí hallé el mayor gozo de la vida.

Adriana García Sojo
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