
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Vio el balón volar directo hacia su cara y de manera instintiva se encogió, cerró los ojos y levantó con dificultad los brazos para protegerse. La bola naranja lo atravesó con limpieza y fue a estrellarse contra el poste metálico a sus espaldas, que resonó vibrante durante largo rato.
Pensó que librarse de un viejo hábito suele resultar complicado, y que a veces ni todos los años del mundo son suficientes para eso.
El gemelo que había pateado el balón celebró su hazaña soltando una risotada, pero de golpe algo lo hizo enmudecer. Se quedó mirando fijo en su dirección, extático, con las pupilas muy dilatadas, como si de algún modo conjeturara su presencia junto al cercado.
Antes hubiera sospechado que eso resultaba más o menos imposible, pero últimamente ya no se encontraba tan seguro.
Lo sacó del marasmo el otro pillastre, halándolo de la camisa, para enseguida llevárselo hacia el lado contrario del patio, corriendo sobre la hierba agostada mientras chillaban como posesos. ¿Gemelos? ¿Por qué había supuesto eso? Claro que no lo eran: uno tenía el cabello castaño oscuro, y el otro de un rubio rojizo; las facciones casi idénticas, pero el pelirrojo era más alto y huesudo. A lo mejor ni siquiera eran hermanos. Les calculó así, a ojo, no más de seis o siete años.
En el patio ceñido por la alambrada sólo era de notar la presencia de un tendedero y de dos o tres arbolitos raquíticos; también, en una esquina, la casilla para herramientas de chapa ondulada, y, además, una casa de perro, pero sin perro. El sol comenzaba a acercarse al borde del mundo y el horizonte se teñía de rojo. ¿En verdad habría transcurrido ya tanto tiempo? Una mujer salió a la puerta. ¿La madre de los chiquillos? Pues no juzgó que se les pareciera mayor cosa, aunque gozaran de cierto indefinido aire familiar. Era alta, de cabellera negra y rasgos perfilados, caderas anchas y busto prominente.
La mujer los llamó, con una agradable voz de contralto, y ellos acudieron a la carrera.
El de cabello castaño llegó primero, se le prendió de la falda y comenzó a hablarle a gritos.
—¡Mami, mami, mami! ¡Había un señor raro en el patio! ¡Yo lo vi!
El otro lo alcanzó un paso atrás, sólo para recusarlo.
—¡Mentira, mami! ¡No hay nadie! ¡Te lo juro por diosito!
—¡Claro que sí! ¡Estaba parado junto a la reja! ¡Tú no me vas a llamar mentiroso!
Mientras los chicos reñían, la mujer echaba una mirada intranquila a los alrededores, aunque, por supuesto, no vio nada.
Pues sí, tenían algo en común los tres: el color de los ojos. Avellana, tirando a ámbar.
—¡Tranquilos los dos! ¡Quietos! Vayan a asearse, que falta poco para la cena.
El trío desapareció en la penumbra doméstica, y él los siguió unos instantes después, pues le pareció interesante dar una vuelta por el interior de la casa. Al entrar, habían dejado la puerta entornada, aunque eso carecía de relevancia.
Atravesó el lavadero y la cocina sin ver a nadie, y desembocó en el comedor, donde la mujer de antes, auxiliada por una muchacha de unos quince o dieciséis años, muy pecosa y de cabellera cobriza, ponía la mesa; luego escuchó en la sala el ruido de un televisor encendido, y se dirigió hacia allá. Un hombre grueso, calvo y de bigote rojo, con la camisa abierta, un vaso de whisky en la mano y un cigarrillo humeante colgando de los labios, contemplaba extasiado un partido de futbol, espatarrado en el sofá. Decidió seguir hacia los dormitorios, pero al interponerse entre la pantalla y el yacente éste dio un respingo, lo que ocasionó que el contenido del vaso se volcara en el parqué.
—¡Mierda! —lo escuchó decir—. ¿Puede alguien traer un trapo?
Un par de minutos más tarde acudió la muchacha.
Dobló la esquina del corredor y se dio de bruces con una figura afantasmada y como vista al trasluz, ruinosa, esquelética, encorvada, de ojos hundidos bajo las cejas hirsutas, lechosa la pupila izquierda, pero que ni esquivó su mirada ni se sobresaltó con su presencia. Resultó que lo enfrentaba un espejo de cuerpo entero empotrado en la puerta de un ostentoso armario de caoba. Aunque ya en otras ocasiones había sido testigo del fenómeno, invirtió unos minutos en comprobar que el azogue sólo lo reflejaba desde algunos ángulos; en la mayoría, no alcanzaba a verse.
La familia se sentó a cenar, con el interés disperso entre la comida y una charla sobre temas banales. El chico del cabello castaño volvió a insistir en la historia de que había visto a un hombre raro en el patio de atrás, pero no logró que le hicieran caso o que siquiera le prestaran atención. El padre comentó abstraído que necesitaban conseguir un perro nuevo para que alejara a los intrusos. El chico de cabello rojo se le quedó mirando.
—¿Entonces no va a volver Rufo, papi? —le dijo.
—La verdad, no lo creo... ¿No les parece que está haciendo frío?
Los miró terminar de comer y levantar la mesa. Luego, cada cual se fue a sus actividades: la pelirroja a hablar por teléfono a su habitación, papá al televisor, los gemelos a jugar una partida de Monopoly y mamá a darse un largo, larguísimo, baño. Algo después de las once, todos se encontraban retirados en sus dormitorios, encerrados.
Eso no era en realidad un problema.
Cuatro puertas daban al corredor. Una de ellas era la de un baño, y no vio allí nada que fuera de su interés. Escuchó una música lejana y como amortiguada, y también unos crujidos rítmicos. Se decidió al fin por el primer cuarto, el de la derecha. Atravesó sin dificultad la pared, y resultó ser el dormitorio de los niños. Vio dos camas simétricas, vestidas con sábanas y frazadas idénticas, estampadas de animales, pero los chicos no estaban en ellas. Se habían quedado dormidos en el suelo, alrededor del tablero y de las fichas desparramadas. Los miró con una suerte de resquemor, o nostalgia, o quizás envidia: cada día le resultaba más difícil identificar sus emociones. Siguió adelante, sin molestarse en regresar al pasillo. La habitación siguiente era la alcoba principal, y de allí venían los chirridos que habían escuchado antes. En medio de las sábanas desordenadas, el hombre grueso de bigote rojo y la mujer de cabello oscuro copulaban. Lo hacían con todo el silencio posible, seguro que para evitar ser escuchados desde el cuarto de al lado. El hombre soportaba su peso sobre las manos, y los pechos blancuzcos de la mujer temblaban con cada arremetida.
Tampoco aguantó estar mucho tiempo allí. Giró a su izquierda, traspasó de nuevo el muro y regresó al corredor. Sólo le faltaba entrar al dormitorio del final del pasillo.
La muchacha pelirroja se había dormido, dejando encendido el aparato de radio: de allí salía la música. Pero sí recordó apagar la lámpara, y la única luz de la alcoba era la que se filtraba a través de las persianas: el resplandor enfermizo de la Luna inmensa y lechosa que despuntaba sobre el horizonte.
Ya antes le había llamado la atención la extraña belleza de la muchacha, y ahora, con sus rasgos sosegados por el sueño, mucho más. Vio que una de sus pantorrillas asomaba por debajo del edredón, y no resistió la tentación de rozar su piel con un dedo sarmentoso. Ella saltó como si hubiera recibido un choque eléctrico, y se quedó oteando a la oscuridad con los ojos muy abiertos. Se llevó la mano derecha al cuello, del que colgaba la medallita de algún santo, y sus labios recitaron una plegaria inaudible.
La punzada en la boca del estómago se repitió, esta vez más intensa, casi como un retortijón, y entendió que ya no podía seguir ignorándola si no quería enfermarse. Era, sin que le cupiera duda, hambre: otra vez había perdido la noción de la hora. Eso es algo que solía ocurrirle, y en los últimos tiempos, cada vez con más frecuencia.
Hizo un gesto con la mano y la imagen de la muchacha se quedó estática, para un instante más tarde temblar y disolverse. La luz azulada de los canales fluorescentes del techo le hirió los ojos, haciéndolo lagrimear.
El amplio búnker de hormigón bien pudo dar cabida en otra época hasta a un centenar de personas. En el centro había un largo mesón, con una única silla; las paredes de tres de los lados eran de espartana obra gris, con media docena de puertas, y en el cuarto un gran ventanal blindado se abría hacia la noche y el abismo. El sistema de ventilación resoplaba, agónico.
“¿Disfrutó el paseo, señor? ¿Desea ya su cena?”, escuchó la voz mineral emitida por el altavoz.
Se limitó a asentir, pues sabía a la perfección que las palabras resultaban superfluas.
Se sentó en el único puesto disponible, escuchando crujir sus articulaciones, y ante él apareció el bol lleno hasta la mitad de gachas de mijo humeantes. Asió con dificultad la cuchara con los dedos nudosos y comenzó a comer despacio.
El “paseo” lo había dejado agotado. Ya iba siendo hora de que aprendiera a evitar extralimitarse.
Encontró el potaje pegajoso y desabrido, pero no mucho peor que los otros días. Además, se adaptaba bien a sus encías deshabitadas.
Mientras tragaba miró pensativo hacia el ventanal. El cristal estaba tintado y blindado, pero eso no impedía que lo recorriera en diagonal una larguísima fisura que partía desde la telaraña de grietas en uno de sus ángulos; ya era incapaz de recordar qué era lo que había ocasionado ese percance, aunque no dudaba de que había transcurrido demasiado tiempo desde eso. ¿Quizás décadas? Más allá, sólo se podía ver la negrura plutónica de la noche, en la que de cuando en cuando ascendían volutas de humo iridiscente. Hacía también muchísimos años que la última luz se había extinguido al otro lado del acantilado.
Apartó el tazón sin llegar a apurar del todo su contenido, y miró cómo desaparecía por el riel de reciclado.
—¿Sabes? Siempre me has cuidado bien. La verdad, no recuerdo si te lo he agradecido.
—Muchas veces, señor —le contestó la voz mineral desde ninguna parte, o desde todas partes—. ¿Necesita algo más?
—Estoy bien, gracias. Quizás duerma un poco.
Pensó que unas veces resultaba duro, y otras sólo tedioso, ser el último hombre vivo sobre la Tierra, acompañado por los cuchicheos de cien mil millones de fantasmas.
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