
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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El cadáver del viejo yacía desnudo sobre la superficie cromada de la mesa de autopsias. Como siempre, desde ésta se desparramaba alrededor un tenue hedor a podredumbre, pues estaba lejos de hallarse todo lo pulcra que establecía el reglamento. Mancuso, el celador, con su olfato ya romo por el hábito, no alcanzó a notarlo; aunque de haber advertido la fetidez tampoco hubiera tenido derecho a quejarse, pues la obligación de mantener el orden y el aseo de la sala era suya.
Comprobó por última vez que la sierra vibradora funcionara como era debido y que el instrumental estuviera correctamente ordenado sobre la mesa antes de regresar a la oficina, donde aguardaba Querales, el médico forense. Lo encontró tendido en el diván, con los pies sobre el apoyabrazos, chupando un caramelo mentolado y entretenido en repasar la prensa del día anterior, con los anteojos colgándole de la punta de la nariz.
—Todo listo, mi jefe.
—¿Ya? Pues, era hora: te has demorado de más —le respondió Querales, haciendo rodar el caramelo por los carrillos—. Se nota bien que tú no estás para nada apurado. Y con exactitud, ¿qué estás esperando? A ver si para las tres podemos estar listos.
Pasaban unos minutos de las dos de la tarde, y era clarísimo que el hombre seguía de pésimo humor.
—La verdad es que yo creí que... —farfulló Mancuso.
—Mejor no creas nada, y te das prisa —lo cortó—. Yo, a las tres, quiero estar de regreso en casita. Tres de la tarde, no de la madrugada. ¿Entendiste?
—Entendido, mi jefe —se disculpó, retrocediendo a trompicones hacia la sala de autopsias.
El reglamento establecía sin apelación que toda autopsia tenía que ser practicada por el patólogo forense de guardia en persona, que para eso se le paga. Pero como el patólogo no puede hacerlo todo (¡no faltaba más!), lo asiste un ayudante, al que poco a poco se le van asignando más y más tareas, a pesar de que en el papel su responsabilidad concluye en el momento en que, tras colocar el cuerpo sobre la mesa cromada, lo desviste y lo lava. Hasta ahí, no más. Pero, al cabo de unos años de mirar y trastear, resulta que ese ayudante termina por realizar las autopsias él solo, y le consulta al patólogo, quien ya ni se molesta en salir de la oficina, sólo si encuentra algo muy fuera de lo común. Entonces, el forense ya no aspira los desagradables efluvios cadavéricos ni se ensucia las manos, y puede limitarse a transcribir los diagnósticos al formato guardado en la computadora, además de poner en el acta su firma y sello. Como Mancuso, un moreno avispado, huesudo, petizo y dientón, llevaba para veinte años en el puesto, eran poquísimas las cosas que no hubiera visto, y en consecuencia gozaba de la confianza ilimitada de todos los médicos.
(Esta situación, claro está, también les reportaba a los celadores alguna compensación: los jefazos se hacían los desentendidos en lo que tocaba a los sórdidos trapicheos que mantenían con las empresas de pompas fúnebres, y en los cobros por debajo de cuerda por la preparación de los cuerpos).
Mancuso miró de nuevo el cadáver colocado sobre la mesa y le volvió la certidumbre de que algo no andaba bien: una certeza de la que no lograba despejarse desde el mismo momento en que ayudó a pasar el cuerpo que traían los muchachos de la judicial desde la camilla de la camioneta a la de la morgue.
Lo tentó otra vez regresar a la oficina y decirle a Querales que se calzara los guantes y que practicara el examen él mismo, pero se contuvo: conocía bien las iras y arranques de ese cascarrabias como para exponerse por puro gusto. Además, se ponía en su lugar y casi justificaba su actitud: a nadie le agradaba la perspectiva de pasar el domingo en la morgue, y a él lo habían obligado a ir.
“Mierda, Mancuso —caviló—. ¿Qué cosas no has visto antes? ¿Espantos, a estas alturas? ¿Qué tiene de particular este muertito? Déjate de güevonadas, que no parecen cosas tuyas”.
La verdad, la apariencia del cadáver no podía ser el problema, considerando las carnicerías que le había tocado ver (y oler). Este era un anciano majestuoso, apolíneo, bien plantado, que impresionaba, más que muerto, estar sumido en un sueño plácido. Tenía la tez tostada por el sol, aún no atenuada por el pallor mortis, y llevaba la cabellera muy blanca peinada hacia atrás; la barba y el bigote estaban recortados con prolijidad. Su mandíbula se mantenía bien cerrada y los párpados no mostraban la desagradable tendencia a entreabrirse, dejando al descubierto la alarmante tira de escleras que provoca la repulsiva expresión propia del rostro de los cadáveres. La piel y los músculos tampoco le colgaban flácidos, como suele ocurrir en los vejetes.
Además, era un cadáver fresco, de esa misma madrugada, y no había empezado a apestar.
Mancuso se puso los guantes de hule y el mandil. Pero antes de tomar el escalpelo, decidió realizar una última comprobación: agarró la muñeca derecha del muerto y le hizo flexionar el antebrazo, para acto seguido rotarle el brazo desde el hombro hacia adentro y afuera.
Sintió otra vez el dedo helado subiéndole por la espalda, lo que lo hizo regresar despavorido a la oficina.
—Jefecito, de verdad que...
Querales se incorporó de golpe en el diván, con el rostro inflamado y las venas del cuello hinchadas como serpientes.
—¡Coño! ¿Pero qué quieres ahora? —y el caramelo salió disparado de su boca, chocando contra el garrafón de agua potable.
—Ese cuerpo está raro, mi jefe. Se lo juro por mi madrecita.
—¡Qué madre ni qué madre! ¿Qué carajo le pasa al cadáver?
—Por favor, venga y vea, y le explico...
Mancuso condujo a Querales hasta la mesa de autopsias y repitió la maniobra de antes.
—Aja. Muy bien. ¿Y? —le respondió éste, sin mucho interés.
—¡No está tieso! Y según me lo vendieron, va para doce horas de muerto... Tampoco hay livideces, y aún se le siente caliente...
Querales rozó la mejilla del cadáver con el dorso de la mano.
—¡Está helado! ¿Tú de verdad piensas que puedes venir y darme clases? —le replicó, furibundo.
Era cierto que el muerto iría ya para sus doce horas en esa condición, si no más. Hacia las cuatro de la madrugada, minutos más, minutos menos, habían descubierto el cuerpo en la habitación de un hotelito por horas, de cama redonda y espejo en el techo, tendido entre las sabanas de satén rosa, desnudo y frío, con sus propiedades intactas, incluyendo la billetera, el celular, los documentos personales, una gruesa cadena de oro y el ostentoso reloj Patek Philippe que le realzaba la muñeca. Y aquí viene el quid de la cuestión: el fallecido, de setenta y tres años de edad, resultó ser no un crápula cualquiera, un vicioso anónimo, un pervertido, un quídam, un don nadie, sino un auténtico patricio y poeta laureado, un pensador luminoso, un referente ético permanente dentro de la sección cultural de algunos de los diarios más serios de la república. Entonces, el encargado del hotelito, nuevo en ese empleo, cometió el penoso desliz de llamar al primer número que encontró en el celular del difunto, que resultó ser el de su esposa, dama y vate de no menor respetabilidad. No contento con esta pifia, cometió otra, aún más grave: el nerviosismo lo hizo perder la cabeza y llamar a la policía. Entró enseguida también en la liza, convocado por quién sabe quién, un hermano del difunto, que detestaba con ferocidad a su cuñada, lo que dio lugar en esa madrugada a un desagradable juego a tres bandas, con escalada de influencias. La situación se enconó más ante la imposibilidad de ubicar, o siquiera determinar, el número, el género o por lo menos la edad de los acompañantes del fallecido al momento del deceso, que había o habían desaparecido como tragados por la tierra. Y surgió entonces la frase fatal: muerte sospechosa. Entretanto, el encargado del hotel quedó detenido de manera preventiva, y fue trasladado esposado a la prefectura.
Después de un prolongado y penoso tira y afloja que se alargó por horas, y muy a pesar de las quejas de la esposa, que se negaba a voz en grito a autorizar la autopsia, la policía logró al final trasladar el cadáver a la morgue pasadas las nueve de la mañana, en connivencia con el pérfido hermano. De todas maneras, a esas alturas ya resultaba poco más o menos que imposible que hallaran a un médico que accediera a firmar el certificado de defunción de buenas a primeras, cosa que no hubiera ofrecido la menor dificultad de no haber enloquecido todo el mundo.
(Con más de setenta años y sin signos obvios de violencia, bien se hubiera podido diagnosticar un infarto sin perder la cara. El mismo Querales lo hubiera hecho, sin dudarlo).
En el transcurso de la mañana se multiplicaron las llamadas de funcionarios indignados, de rango jerárquico cada vez más alto, que pretendían dar con el forense de guardia. Querales condescendió a contestar el teléfono ya pasado el mediodía, y cuando sugirió dejarlo todo para el lunes, que era día hábil, le advirtieron que eso resultaba imposible. Como quiera que fuera, tenía que resolverse ese mismo día, pues ya había demasiada gente involucrada.
Antes de salir a regañadientes de su casa, aún tuvo la oportunidad de levantar el teléfono una vez más. Reconoció al punto aquel tono engolado, impostado, obsecuente y de falsa familiaridad.
—Recuerde, Querales, lo que está en juego. Estamos hablando del buen nombre de un caballero, de una reputación sin tacha, de toda una vida sin sombras.
Su interlocutor acaso pretendió decir algo más, pero no alcanzó a escucharlo, pues prefirió cortar con grosería la llamada antes de que lo venciera la tentación de mandarlo a la mierda.
—Escúchame bien, Mancuso —e intentó sonar conciliador y paternal—. Tú sabes el aprecio que todos te tenemos aquí. ¡Te lo juro! Este trabajo pega, ¡quién lo duda!, y tú llevas ya muchos años. ¿Cuántos son? ¿Diez? ¿Verdad que sí?
—Casi veinte, jefecito —le respondió el otro, con un hilo de voz.
—¡Veinte! Con ese tiempo ya has visto aquí de todo. ¿No es así? ¡Venga! Acabemos de una vez. Mira, ahora voy a salir un rato a fumarme un cigarrillo. Haz lo tuyo.
Y sin una palabra más, le dio la espalda al celador, dejándolo sumido en las más ominosas hesitaciones.
Otra de las muchas normas de la morgue es que en sus áreas internas está prohibido fumar. Esta se cumple casi siempre, y en todo caso existía un patiecito trasero, el que daba al incinerador, que se prestaba bien para ese fin. Había allí un banco para sentarse y un cuadrado de tierra en el que crecía un arbolito que daba unas flores blancas de un aroma dulzón, intenso y mareante. Por supuesto, era también factible salir a fumar en el vestíbulo que daba al estacionamiento, pero eso implicaba exponerse al asalto de deudos y curiosos.
Querales constató que apenas le quedaban tres cigarrillos en la cajetilla: de regreso a su casa ya pararía en alguna parte a comprar otra. Se entretuvo ocioso en intentar hacer círculos con el humo, pero no le salieron. También descubrió que aquel patio era el coto de caza de un gato naranja atigrado muy grande, al que no había visto nunca antes. Lo vio husmeando en las grietas del pavimento, y le admiró la agilidad con que capturó a una lagartija de cola azul que intentaba llegar al muro del fondo.
Tiró la colilla en la tierra y la apachurró con la punta del zapato.
Resultó que ahora no había nadie en la sala de autopsias. Salvo el cadáver, por supuesto.
—¿Mancuso? —llamó, tan atónito que no le dio ocasión de enfurecerse.
Pero el celador se había esfumado. No estaba en la sala, ni en la oficina, ni en el depósito, ni tampoco en los aseos.
En la oficina sonó el teléfono, y al levantarlo escuchó otra vez la voz engolada, esta vez con un dejo de impaciencia. No le permitió que pronunciara más de dos o tres palabras.
—¿Sabe? Bien puede usted irse al carajo —le escupió, y colgó el auricular.
¿A dónde coño se había ido el imbécil?
Descubrió al lado de la mesa de autopsias un charco de lo que primero supuso era agua (no lo era), y que, al fin y al cabo, Mancuso sí había iniciado el trabajo: ya había hecho el corte que va de hombro a hombro, e insinuado el que desciende hacia el abdomen. El bisturí lo encontró en el suelo, al lado del charco, y localizó el mandil y los guantes arrojados de cualquier forma cerca de los lavamanos.
Esta vez sonaron, a la vez, el teléfono de la oficina y su celular.
Por lo visto, no tenía alternativa. Tragándose la indignación, buscó en el armario otro mandil y un par de guantes, y se vistió. No pudo encontrar las gafas protectoras, aunque a lo mejor es que ni siquiera había.
Acomodó la lámpara cialítica y retomó la incisión donde lo había dejado su esfumado ayudante. La verdad, éste no había estado haciendo un buen trabajo: la línea de corte era indecisa e irregular, como hecha por una mano inhábil, y con incisiones muy cortas, lo que ya de por sí resultaba sorprendente. Aunque también le impresionó que los tejidos fueran inusualmente duros de cortar. O quizás fuera sólo que a la hojilla del escalpelo le faltara filo, y a él, práctica.
Igual logró prolongar el corte hasta el pubis. Y fue entonces, mientras trasteaba en la mesa de instrumental buscando los separadores, cuando ocurrió aquello: la incisión se abrió de golpe a todo lo largo, como una explosión, dejando al descubierto lo que había en el interior del cuerpo, al tiempo que una vaharada amoniacal lo anegaba.
Querales dio un paso atrás y volcó la mesa del instrumental, procurando contener el vómito. Y es que lo que había emergido de allí era una masa informe de glóbulos iridiscentes, mucilaginosos y traslúcidos, como una miríada de ojos escrutadores, algunos de los cuales parecían no estar muertos del todo.
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