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Doble eclipse

martes 28 de mayo de 2024
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Doble eclipse, por Ramón Ojeda Bringas
Martín estaba atrapado en el taxi sin poder hacer nada. La paradoja era que la eficiencia producto de la inteligencia artificial conducía a un callejón sin salida.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Martín salió de su hotel para esperar el auto que lo llevaría a la junta de trabajo en el centro empresarial de Kioto, una ancestral ciudad que había sido la capital de Japón y donde residió por siglos la Corte imperial y, a pesar de que hacía casi dos siglos que el emperador Meiji trasladó la sede de la corte a Tokio, la antigua ciudad no había perdido su relevancia conservando su patrimonio histórico, artístico y arquitectónico en yuxtaposición con la modernidad y la tecnología de última generación, en un contraste sorprendente. El servicio de transporte masivo era uno de los más eficientes en el país oriental, donde a la tecnología, desde hacía varias décadas, se le había adjudicado el término “inteligente” por sustituir muchas de las funciones atribuidas a los seres humanos, lo que resultaba impreciso o excesivo, aunque, a juzgar por la actitud y habilidades limitadas de muchas personas —algo cada vez más frecuente—, la tecnología había hecho de las máquinas y múltiples artilugios derivados de ella un recurso que podía suplir a una persona en más de un sentido, sobre todo al tomar decisiones y actuar con inteligencia y sin equivocarse.

Martín salió de su habitación, tomó el elevador y, durante el traslado al lobby, que no tomaría más de tres minutos, solicitó el servicio de transporte. Al llegar a la entrada del hotel, esperó quince segundos y un taxi compacto se detuvo frente a él; el vehículo, sin ser espacioso, era bastante cómodo para un trayecto que no le tomaría más de treinta minutos. Una bocina le dio el saludo en su propio idioma y lo invitó a entrar abriendo la puerta. El auto inteligente carecía de conductor, todo estaba automatizado y, al solicitarlo, una base de datos compartía información sobre Martín en conexión con el hotel. Una vez dentro, la bocina le hizo un breve comentario relacionado con su temperatura corporal, su peso, signos vitales y recomendaciones generales sobre salud. Posteriormente le informó sobre el trayecto, el destino y el tiempo que tomaría llegar a su destino. Antes de iniciar la marcha un dispositivo lo aseguró con un cinturón acojinado para que su viaje fuese lo más cómodo posible. Al iniciar el trayecto el auto continuó informando sobre sus funciones, ya que contaba con múltiples sensores que le permitían estacionarse sin problemas al medir el espacio disponible, incluso a la distancia un poco antes de llegar ya que, con la información vía satélite gracias al GPS, como lo hacían las aplicaciones sobre rutas, al auto sabría si podía estacionarse o bien dejar al pasajero en su destino sin mayores contratiempos. El auto se desplazaba a una velocidad regular, dependiendo de la distancia que habría de recorrer, cuyo cálculo constante se hacía en función del tráfico, haciendo ajustes con el fin de optimizar el tiempo y evitar retrasos. Al interior del auto el clima estaría a una temperatura apropiada al pasajero para que viajara más cómodamente, además de disponer de una amplia selección musical acorde al gusto del viajante, información que la nube, donde se encontraban sus datos, disponía para aligerar el trayecto.

El interior aseguraba la integridad del pasajero dada la estructura del vehículo, ya que contaba con bolsas de aire y sensores que, en caso de un choque, inmediatamente accionaban una llamada de emergencia para la atención oportuna y expedita; la tecnología había desarrollado rutas por las cuales los autos inteligentes transitaban sin mayores dificultades, manteniéndose en las líneas de los carriles para prevenir accidentes, garantizando la protección de los pasajeros y, gracias al monitor interno, la realidad aumentada resaltaba los puntos importantes de las calles, mostraba la ruta proporcionaba de manera constante, la velocidad y posibles contratiempos; incluso podía conectarse con el destino y las personas con quienes habría de reunirse para informarles sobre algún retraso o iniciar la reunión de manera remota desde el auto para optimizar al máximo el tiempo; los 33 sensores entre láseres, radares y cámaras de video tenían la función de detectar otros autos, obstáculos, semáforos y peatones ubicados hasta a doscientos metros de distancia al circular por ciudades o carreteras, y en éstas la seguridad aumentaba en función de la velocidad; los procesadores ubicados en la parte trasera analizaban la información transfiriendo los datos a la computadora principal para trazar rutas y tomar decisiones como rebasar, bajar la velocidad, detectar un obstáculo en carretera e incluso posibles accidentes en caso de que otros vehículos con chofer, que cada vez eran más escasos, tuviesen problemas al conducir, como el cansancio o algún malestar que pudiese interferir en el manejo, advirtiendo vía telefónica al conductor para que fuese precavido y evitar con ello una colisión de fatales consecuencias, señalando incluso los gastos que ello pudiese implicar, además de las consecuencias de tipo legal y económico.

La extraordinaria comodidad del vehículo le produjo sueño y Martín se quedó dormido unos minutos. La bocina le informó de su próxima llegada, por lo que se alistó para salir, tomando su pequeño portafolio que contenía una computadora en la que guardaba toda su información y una presentación para los ejecutivos nipones con los que su compañía haría negocios. Un kilómetro antes de llegar —el vehículo le informaba,—Martín alcanzó a ver el edificio de ochenta pisos en el que se encontraban las oficinas de la compañía japonesa. De pronto la música al interior del vehículo dejó de escucharse por una breve interferencia y al regresar el sonido y a unos metros de la entrada del edificio el vehículo no se detuvo y siguió de largo. Martín solicitó conexión con la compañía con el fin de evitar un retraso, pero no pudo hacerlo porque al parecer la computadora del vehículo se había desconfigurado y no respondía a sus órdenes; sacó su teléfono celular para comunicarse con los ejecutivos, pero no recibió respuesta. Miró su reloj y aún faltaban diez minutos para la hora de la cita. Tal vez el vehículo daría un rodeo o haría tiempo suficiente para dejarlo exactamente a la hora pactada. Martín volvió a solicitar información y la bocina del auto le respondió:

Hemos tenido un contratiempo, una interferencia provocada por una tormenta eléctrica ha alterado la programación de la central, por lo que esperaremos un tiempo para la reconfiguración y la reprogramación, esto puede durar unos minutos.

Martín sabía que las fallas eran algo inevitable, pero confiaba en que la tecnología había llegado a tal nivel de desarrollo que era algo que podía resolverse de manera expedita; una computadora o un teléfono móvil tenían fallas que se subsanaban de manera inmediata y muchos dispositivos electrónicos tenían en su funcionamiento recursos de autocontrol y autorregulación, por lo que no le preocupaba sobremanera una falla que, de un momento a otro, habría de corregirse. Pasaron ocho minutos, el reloj digital en el auto marcaba las 9:58 y tan sólo faltaban dos minutos para la junta; tal vez tendría que comunicarse con los ejecutivos para informarles de la falla y que entendieran que era algo que escapaba a su control. Marcó el número de Masao Yama, el presidente de la compañía Kaede, dedicada a la producción de mobiliario que fusionaba la madera con materiales plásticos mediante un complejo proceso que reducía al mínimo la tala de árboles, lo que representaba un pujante mercado en expansión. Marcó el número y sólo obtuvo por respuesta un mensaje que señalaba la imposibilidad de comunicación por estar fuera de línea. Solicitó al taxi que se comunicara con la compañía, pero la respuesta era la misma, el dispositivo no podía comunicarse por estar fuera del área, lo que resultaba extraño porque desde hacía mucho tiempo la potencia de las señales alcanzaba miles de kilómetros a la redonda. Pasaron los minutos y el vehículo siguió circulando sin un destino fijo. Martín trató de acercarse al tablero de control, pero el cinturón de seguridad se lo impedía. Posiblemente en algún punto del camino el vehículo se detendría; sin embargo, era, como la gran mayoría de vehículos, de energía solar, dado que, tanto los eléctricos como los de gas y gasolina habían desaparecido casi en su totalidad y los pocos que quedaban era piezas de museo rodantes. Martín pensó que tal vez si el auto continuaba su marcha hasta entrada la tarde tendría que detenerse, pero en el extremo la falta de luz solar al caer la noche detendría la marcha del taxi, pero ignoraba que la energía solar se acumulaba en una pila que permitía la continuación de la marcha ya que esos vehículos estaban diseñados para tramos largos que se podían prolongar por más de veinticuatro horas. Martín comenzó a desesperarse; habían pasado tres horas y el mediodía estaba en su apogeo, la luz del sol brillaba intensamente. La preocupación le había impedido percatarse de que algunos otros vehículos transitaban por la espaciosa carretera y trató de ver si alguno se detenía; intentó en vano comunicarse por la ventana del auto haciendo señas, pero fue inútil porque algunos pasajeros, al ver sus movimientos, simplemente le sonreían, tal vez con la idea de que era un turista más que saludaba. Cerca de las dos de la tarde volvió la interferencia y la computadora del auto hizo algunos ajustes que anunció por la bocina.

Continúa la interferencia provocada por una tormenta eléctrica que ha dañado el control central en varios puntos; la comunicación está bloqueada en algunos sectores y tardará seis días en corregirse, el programa de transporte ha sufrido una desconfiguración, el vehículo no puede modificar la ruta hasta que se localice la falla, solicitamos su comprensión.

Martín estaba atrapado en el taxi sin poder hacer nada. La paradoja era que la eficiencia producto de la inteligencia artificial conducía a un callejón sin salida. Tendría que esperar. Llegó la noche. El vehículo continuó su marcha; a lo lejos se veía el mar, tan inmenso como los caminos que cruzaban el país y por los que el taxi buscaba desplazarse. Martín contempló la luna y con nostalgia llegó a su mente el tiempo en el que miraba el horizonte con el deseo de cruzar el mar.

La falla en el suministro eléctrico duró seis meses. Como en el apagón de Nueva York de 1977, que se produjo por un rayo que cayó en una subestación eléctrica en el río Hudson, en Kioto la tormenta eléctrica afectó a varios puntos interconectados que dañaron las supercomputadoras responsables del suministro, provocando fallas en todo el país con efectos devastadores: saqueos, vandalismo, enfrentamientos con la policía y destrucción de gran parte de la infraestructura de las zonas urbanas, entre industrias, oficinas y bancos, sin contar la cantidad de muertos que llenaron las calles, convirtiéndolas en cementerios al aire libre. Parecía que las fuerzas de la naturaleza al ser desatadas se volvían incontrolables, pero ésta, simplemente, restauraba su propia dinámica alterada por la mano humana. La reconstrucción del país llevaría décadas; en poco tiempo había retrocedido más de un siglo. La labor de limpieza de cuerpos en las calles fue precedida por una epidemia de cólera que aumentó considerablemente el número de víctimas como uno de tantos daños colaterales. Los vehículos eléctricos se encontraban varados por doquier convertidos en ataúdes rodantes pues en muchos de ellos los pasajeros habían quedado atrapados. Los servicios sanitarios llevaron los cuerpos a las morgues para su incineración. En el país del sol naciente, las piras fúnebres al aire libre parecieron, por momentos, eclipsar el brillo del sol.

Ramón Ojeda Bringas
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