
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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A las siete y media de la mañana ya estaba sentada en una banca esperando; el padre Sebastián dio la bendición al concluir la tercera misa y se notaba un tanto agotado por el trabajo de oficiar tres misas seguidas. En la sacristía le esperaba el desayuno porque el vino en ayunas no le sentaba muy bien y necesitaba un café caliente y unos huevos revueltos que Sarita, su cocinera de planta, le había prometido un día antes. Carlos, el monaguillo, hijo de Sarita, le acompañó a la sacristía llevando el incensario que dejaría en el patio para que se consumieran los restos del incienso.
—¿Oiga, padre?
—¿Qué pasó, Carlos?
—Una señito está en las bancas de atrás. Llegó desde la primera misa, o creo que la segunda, sí, la segunda, ya me acordé, ¿la de las ocho o las siete?
—¿A qué hora llegó?
—Ya ni me acuerdo bien, padre, pero ahí sigue. Creo que ya se echó las tres misas, ¿o dos?
—Las que sean, pues.
—Ahí está desde hace rato, padre.
—Qué raro. ¿La conoces?
—No, creo que nunca la he visto, ¿usted la vio?
—La verdad no me fijé, creo que mis lentes necesitan graduación porque hasta atrás ya no distingo bien las caras.
—Es que está medio escondida, padre, le digo porque desde que llegó se quedó sentada y ya no se movió y ahí sigue.
—Ve a preguntarle qué quiere y me avisas... O dile que ya no va a haber misas sino hasta la tarde.
El monaguillo salió de la sacristía y se dirigió a la mujer. Era una joven treintañera, vestida de negro, con ropa un tanto entallada, una falda que apenas le cubría las rodillas y sin medias; su rostro parecía impasible, clavado en la figura de Jesucristo que se encontraba en medio del altar.
—¿Seño, se le ofrece algo? Ya no va a haber misas sino hasta las cinco de la tarde...
—Ah... gracias.
—De nada, con permiso.
—Es que...
—¿Qué?
—Quisiera confesarme.
—Pues venga en la tarde, las confesiones son a partir de las cuatro o cuatro y media.
—Es que me urge...
—Pero el padre ya no confiesa a esta hora.
—De verdad me urge, ¿podrías decirle que necesito confesarme?
—Entonces espéreme tantito, voy a avisarle al padre, es que ahorita va a desayunar.
—Puedo esperar el tiempo que quiera; dile, por favor...
—Orita vengo.
Carlos regresó a la sacristía para avisarle al padre Sebastián.
—Padre, dice la señora que quiere confesarse.
—¿Le dijiste que las confesiones son en la tarde?
—Sí, padre, pero dice que le urge.
—¡Que le urge, que le urge! ¿Y yo qué? Ya oficié tres misas, me truenan las tripas de hambre y a la mujer le urge...
—¿Le digo que se vaya, padre?
—Sí, dile que venga en la tarde, yo voy a desayunar con el favor de Dios...
—Orita vengo, padre...
Carlos salió rápido, pero al instante el padre Sebastián lo llamó, arrepentido de su reacción.
—¡Carlos, Carlos, ven!
—Sí, padre, dígame...
—Dile que en un momento voy, que me dé diez minutos mientras le echo algo al estómago que no me deja en paz.
—Sí, padre, orita regreso.
El padre Sebastián apuró el desayuno para atender a la mujer. Consciente de su papel como pastor, pero también como guía y apoyo para la feligresía, no podía dejar a esa mujer que ya había esperado tanto tiempo, seguramente algo muy grande y difícil la tenía en esa circunstancia y el auxilio espiritual era tan importante como los primeros auxilios que se le otorgan a una persona en peligro de perder la vida. Luego de concluir y limpiarse las comisuras de los labios con una servilleta, el padre Sebastián acudió al confesionario. Al entrar a la iglesia alcanzó a ver a la mujer y una mirada bastó para que ella entendiera que iba a confesarla. Se levantó de la banca, se dirigió al confesionario y se puso de rodillas en el reclinatorio.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebida.
—Dime tus pecados, hija.
—Acúsome, padre, que he pecado de palabra, obra y omisión.
—¿Cuáles son tus pecados, hija?
—Me da pena decirlo, padre, no sabe usted el trabajo que me ha costado decidirme a venir y contarle, pero más que trabajo es la pena, es la vergüenza porque mi pecado no tiene perdón de Dios.
—No digas eso, hija, el Señor, en su infinita misericordia, perdona todos los pecados, siempre y cuando haya arrepentimiento y éste surja del fondo del corazón, y sobre todo con el firme propósito de enmendar nuestros errores para no volver a cometerlos.
—Pero, padre, creo que lo mío rebasa todo lo imaginable.
—No hay nada que el Señor, como ya te dije, en su infinita misericordia y bondad no pueda perdonar: habla, por favor, hija.
—Padre...
—¿Sí?
—Confieso que me he entregado a un hombre.
El padre Sebastián carraspeó y se llevó la mano a la boca para contenerlo. No era frecuente que una mujer fuera directa, a pesar de que él intentaba ser lo más abierto posible para comprender a los fieles, generar confianza y cercanía para orientarlos mejor en un mundo de pecado y perdición que requería, más que nunca, de su apoyo y conducción por los santos senderos de la virtud cristiana. El padre continuó escuchando la confesión.
—Agradezco tu franqueza, hija; continúa, por favor.
—Le digo que me he entregado a un hombre.
—¿Y...?
—Me he entregado a un hombre en cuerpo y alma.
—¿Y eso lo consideras pecado?
—Creo que sí, padre, he sido suya... No me pregunte más, me muero de la pena al decirlo.
—Hija, el amor no es pecado, claro que si eres casada y tienes relación con un hombre que no es tu marido, el pecado es adulterio y eso sí es muy grave, sobre todo si estás casada por la iglesia, porque el santo vínculo del matrimonio es indisoluble. Recuerda que lo que Dios ha unido, no lo pueden separar los hombres.
—No soy casada, padre.
—Bueno, bueno... Claro que la unión libre es algo que las leyes de los hombres no toman en cuenta, pero te recuerdo que para Dios nuestro Señor el sagrado vínculo matrimonial es un sacramento y sólo la unión bendecida por Dios y frente al altar es la única que vale.
—Pero estoy enamorada, padre...
—Y está bien, hija, Dios es amor y Dios quiere que sus hijos vivan en la felicidad, en la plenitud, pero siempre y cuando esa unión esté avalada por Dios, frente a los hombres y en el altar, porque ese compromiso que se sella en la ceremonia del matrimonio, ese sacramento, te lo repito, es lo único que le da validez, porque de otra forma se vive en pecado.
—Padre, el amor me ha hecho olvidarme de los sacramentos, no crea que los desconozco, pero ha sido tan fuerte que no pienso más que en él y en entregarme cada noche en cuerpo y alma.
—Hija, no me des detalles, por favor, estás hablando con un ministro del Señor, pero insisto en que eso se puede arreglar. Arrepiéntanse los dos, denle a esa unión el verdadero carácter sagrado y cásense por la iglesia, lo demás no importa porque justamente la bendición de Dios limpia de todo pecado, aunado a un buen arrepentimiento, de corazón, que el Señor agradece a quienes optan por rectificar y andar por el buen camino.
—Padre, creo que no he sabido explicarle...
—¿Qué hay que explicar, hija?, está todo claro, vives en amasiato y eso es pecado para la iglesia, pero se puede arreglar, ya te dije.
—Pero, padre, el hombre del que estoy enamorada y al que me he entregado no es cualquier hombre...
—Todos somos iguales a los ojos del Señor en tanto todos somos sus hijos y su hechura divina, claro que como humanos no somos perfectos y eso sí, susceptibles a la tentación y el pecado, pero la iglesia nos da los medios para limpiarnos del pecado, para alejarnos de él, para congraciarnos con Dios.
El padre Sebastián no era tan morboso, pero le estaba inquietando un poco la situación y quería terminar la confesión porque comenzaba a cabecear y ya necesitaba regresar para tomar la siesta de la mañana que le permitía recuperar fuerzas y descansar antes de continuar con los servicios religiosos.
—Padre, ese hombre del que le hablo no es cualquier hombre...
—Todos somos iguales al Se...
—Es que ese es el asunto... Me he entregado a Dios.
—Pues te felicito, hija, todos debemos... A ver, a ver, creo que no te entiendo; explícate, por favor.
—Me he entregado a Dios, a Jesucristo, es a él a quien me entrego en cuerpo y alma todas las noches.
—En la oración, hija, supongo que hablas de la oración.
—No padre, en cuerpo. Jesucristo llega por las noches, me habla al oído, me dice tantas cosas que no me queda más que desnudarme y entregarme a él.
El padre se salía de sus casillas y hasta el sueño se le espantó al escuchar a la mujer lo que le pareció una blasfemia.
—¡No blasfemes, hija, cuida tus palabras! Recuerda que estás en la casa del Señor y yo soy su representante.
—¿Por qué cree que es mi pena, padre?, por eso me cuesta tanto trabajo decirlo y no voy a ir por ahí contándole a todo el mundo, por eso vine a confesarme con usted.
—Sí, claro, hija, pero no sabes lo que dices, eso es una blasfemia o yo no te estoy entendiendo. La entrega al Señor es una entrega espiritual y obviamente cuando hablamos del cuerpo nos referimos a que él hará su santa voluntad con nosotros, si él decide llevarnos de este mundo dispondrá de las cosas como él sabe, pero nuestra materialidad, nuestra carne volverá a la tierra, recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.
—Pero, padre, lo que le digo es verdad y por ello lo digo en secreto de confesión. Soy una fiel creyente, devota, respetuosa de mi religión y si le digo que me he entregado al Señor, es porque así ha sucedido.
—Hija, las mujeres que se consagran a la vida monástica, cuando se van al convento y deciden ser monjas se entregan al Señor, es decir, dedican su vida al Señor sirviendo a los demás, alejándose por completo de la vida mundana, renunciando a los placeres de la carne, haciendo penitencia de manera constante y se desposan con el Señor, pero en sentido espiritual, quiero suponer que a eso te refieres.
—Entiendo lo de la vida en el convento, padre, no soy religiosa en ese sentido, ni pretendo tomar los hábitos, pero mi caso es distinto, yo he hecho el amor con nuestro Señor Jesucristo.
—¡Te pido que te calles, no me hagas gritarte y mucho menos pedirte que te retires inmediatamente! ¡Es el mismísimo Satanás el que te hace decir esas incoherencias, por Dios!
—Padre, no crea que vine a molestarlo y mucho menos a cometer el pecado de la injuria, de la calumnia, de la mentira, vengo porque necesito su ayuda.
—Pues estoy para ayudarte, pero necesito que pienses en lo que estás diciendo y alejes inmediatamente de tu pensamiento esas ideas insanas, blasfemas, atentatorias a la fe y que resultan diabólicas... No sabes los esfuerzos que estoy haciendo por no tomar en cuenta eso que dices que hasta a mí me resulta indigno de tenerlo en la mente. Muchos vienen a confesarse y dicen barbaridades, pero tú rebasas todo lo que he tenido que escuchar, creo que no estás en tus cabales y necesitas ayuda de un profesional de la medicina.
—Padre, vine porque necesito que me ayude.
—Para eso estoy, pero tienes que pensar con calma, no malinterpretes la palabra del Señor. Más de una ocasión en la homilía hablamos del amor de Dios, del amor más puro que existe, no el de los hombres, ese no, que de todas formas está avalado por Dios, siempre y cuando, como ya te dije, se ajuste a los altos designios del creador. Dios ha dicho en su palabra divina que el hombre dejará a su padre y a su madre para ir con la mujer con quien habrá de procrear, siempre bajo la égida sagrada de Dios, y con ello tener los hijos que él mismo decida, nunca contra su voluntad y en consonancia perfecta con ella; Dios quiere lo mejor para todos, por eso te digo que toda relación fuera del matrimonio es pecaminosa.
—Sí, pero creo que usted no me ha entendido.
—Seguramente no te he entendido, ni quiero entenderte, lo que dices es inconcebible y ya no me hagas pensar más en ello. Lo mejor es que te imponga una fuerte penitencia y te vayas a hacer tus oraciones y a pedir perdón a Dios por esos malos, que digo malos, diabólicos pensamientos. El Señor sabrá perdonar si tu arrepentimiento surge de tu corazón y con la férrea voluntad de orientar tu vida por el camino recto de la ley divina que te conducirá a la salvación de tu alma.
—Padre, hay algo más.
—¿Qué más, hija, qué más?
—Me va a perdonar, pero estoy embarazada.
—Pues eso también es pecado si no estás casada, mira nada más. Y más vale que hables con el padre de esa criatura para que se casen y puedan darle la dignidad que se merece ese hijo de Dios, limpiándolo del pecado original mediante el sacramento del bautismo, bien que lo debes saber como toda buena católica.
—Pues sí, padre, es hijo de Dios...
—Todos los somos, ya lo sabes.
—Es que este hijo es de Jesucristo.
—Todos lo somos.
—Padre, no me entiende.
—¿Qué más voy a entender? Y apúrate porque tu especie de confesión me ha alterado y tengo que meditar un poco y hacer oraciones y penitencia porque lo que has dicho nunca debió entrar por mis oídos. Una penitencia autoimpuesta me dará la calma y el sosiego.
—Padre, mi hijo es hijo de Jesucristo. Ya le dije que viene en las noches y desde hace tres meses está puntual en mi recámara el mismo Dios hijo, nuestro Señor Jesucristo, se mete en mi cama, me habla al oído y no puedo resistirme, de hecho, ya duermo completamente desnuda para ahorrarle tiempo y entregarme al amor. Si viera, padre, cuántos aguanta, la última vez conté como diez seguidos y no se cansaba, y cómo se iba a cansar si es todopoderoso y tiene una resistencia de atleta, hasta le tuve que decir que ya le parara porque estaba exhausta, eso sí, con una sonrisota que no se me quitó en todo el día, y claro, cómo no iba a embarazarme después de tantas veces... ¿Se imagina un promedio de cinco por noche por tres meses?, vamos a ver, son como treinta y cinco veces a la semana por cuatro por tres nos dan más de... cuatrocientas veces en...
—¡Cállate, por Dios, cállate y lárgate inmediatamente de aquí, vade retro, hija de Satanás!
—Padre, disculpe, pero como sabía que no me iba a creer aquí está Jesucristo para ver si nos casa, porque ni modo que tenga un hijo natural, fuera de matrimonio y como usted dice, con la bendición del Señor.
Una poderosa luz llenó la iglesia, como si el sol se hubiese posado en la tierra; una voz que parecía provenir del cielo, dijo con una voz firme:
—Estoy aquí para recibir la bendición a esta unión que pronto dará fruto: un hijo con esta mujer que es el amor de mi vida y con quien pienso pasar toda la vida hasta que mi padre nos llame a cuentas.
Un hombre de mediana edad, pelo largo, con barba, cuyas heridas en ambas manos y pies no dejaban lugar a dudas, tomó a Maricela de la mano e hincándose ambos solicitó la bendición al padre Sebastián.
—Por favor, denos su bendición.
—¡No, no es posible, no, esto es una visión del infierno, Dios mío, he sido un pecador, perdóname, no puede ser, no, Señor...!
—Padre, despierte, ¿qué le pasa? ¡Tiene otra vez pesadillas, padre, despierte!
El padre Sebastián abrió los ojos volteando a todos lados y preguntando dónde estaba.
—¡Aquí está, padre, aquí estoy yo!, ¿qué le pasó?
—Un mal sueño, Carlos, un mal sueño nada más.
—¿Pos qué soñó, padre? Gritaba muy fuerte.
—Sólo pesadillas, creo que algo me cayó mal.
—Ha de haber sido el vino de consagrar porque todavía no desayuna.
—¿No?
—Ya no se malpase, padre, la última vez se desmayó en medio de la misa y el doctor le dijo que en ayunas no tome del de consagrar porque le cae pesado sobre todo si no trae nada en el estómago.
—Sí, es verdad.
—Ándele, mi mamá ya le sirvió el desayuno, creo que ya se le enfrió. Luego de que terminó la misa vi que se quedó sentado y cuando me di cuenta ya estaba bien dormido, ni se quitó la sotana. Por cierto, ahorita que acabe de desayunar, a ver si atiende a una señora que lo está esperando desde la mañana. No se ha movido de su lugar y dice que le urge hablar con usted.
—Ve y dile que tuve que ir a la diócesis, que regreso en la tarde y que me disculpe.
—Bueno, le digo...
—¿Quién es, la conoces?
—De vista, es una señora, muy joven, que acaba de cambiarse a la colonia, dicen que es viuda y que vive sola.
—Termino de desayunar y la atiendo. No, mejor dile que en la tarde, ¡cómo no soy Jesucristo!
—¿Qué dice, padre?
—Nada, nada, no me hagas caso, mejor desayuno porque ya estoy desvariando.
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