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Camarada Pedro

jueves 7 de julio de 2016
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—Ya te dije, Roberto, el camarada Pedro está completamente equivocado y es bastante notoria su incapacidad para comprender las cuestiones teóricas, sobre todo porque parece desdeñarlas y sus comentarios no pasan de ser impresiones subjetivas que en nada contribuyen a enriquecer la teoría marxista y mucho menos a explicar, en el contexto de la acción política, las verdaderas causas de la lucha de clases.

Con gran insistencia y molestia inocultable, Leonardo Pentangeli, el líder del politburó del Comité Revolucionario Independiente Socialista Tomás Ordóñez (CRISTO) se quejaba de lo que llamaba “desviaciones pequeñoburguesas”. Y es que en la última reunión del politburó, Pedro Montenegro, militante que se había integrado tiempo después de fundada la organización por los “cinco sobrevivientes de la masacre de marzo”, nunca había sido de la entera simpatía de Leonardo, en principio por su carácter, su poca ortodoxia y sus constantes críticas a muchas de las iniciativas del comité, sobre todo cuando se trataba de cuestiones estratégicas.

El camarada Pedro Montenegro consideraba que los miembros del comité le daban muchas vueltas a los asuntos y más de una vez expresó que “para qué tantos brincos estando el suelo tan parejo”.

Pedro Montenegro habíase incorporado a la organización cuando ésta aún estaba en la clandestinidad; luego de varios años de lucha en las universidades el CRIS —pues originalmente se llamó Comité Revolucionario Independiente Socialista— había sido severamente criticado por parte de otras organizaciones y grupos de izquierda que lo consideraban “una organización de aventureros”. Esto cambió el día en que se integró al comité Manuel Almanza Salguero, un militante con grandes dotes persuasivas y un ego de tal magnitud que incorporó a las siglas de la organización su nombre y apellido que pasó de ser el CRIS a CRISMAS. Sin embargo, poco después se descubrió que Almanza era un agente infiltrado de una organización de ultraderecha que buscaba socavar la organización, razón por la cual fue expulsado sin mayores trámites, por lo que se restituyeron las siglas originales. Por último, y por si no fuera suficiente, el comité comenzó a ser hostigado por las fuerzas del orden y perseguido hasta que fueron desapareciendo muchos de sus militantes. Justo cuando estaban a punto de morir los últimos seis fundadores en una emboscada por las fuerzas del orden, un comando disparó contra ellos, hiriendo de muerte a Tomás Ordóñez; los restantes miembros huyeron por la espesura del bosque y dieron por casualidad con Pedro Montenegro, un trailero que los encontró muertos de miedo y, en un acto de caridad, los escondió bajo un montón de llantas que trasladaba a la ciudad.

Quiso el destino que los planteamientos y posturas políticas de los militantes coincidieran con las ideas de Pedro, quien era líder de una organización de trabajadores del volante que había pasado de la legalidad a la clandestinidad por las mismas razones, aunque por caminos distintos. Pedro había constituido un sindicato de transportistas que logró el reconocimiento ante la ley, pero cuando los trabajadores plantearon a la empresa la necesidad de un contrato colectivo de trabajo, el dueño, en un arranque de coraje, sacó una pistola hiriendo a un trabajador que días después murió por complicaciones, sin que las leyes se aplicaran quedando en la impunidad el crimen, ya que los abogados de la empresa argumentaron rivalidades entre los propios trabajadores que terminaron en una balacera, eximiendo al dueño de la empresa de cualquier responsabilidad. Ante ello, los trabajadores respondieron incendiando varios tráileres y las oficinas de la empresa con lo que muchos, ante la posibilidad de ser aprehendidos por la policía, optaron por incorporarse a organizaciones clandestinas y grupos guerrilleros. Fue una época muy difícil ya que durante varios años el país experimentó una situación represiva que dejó miles de muertos; sin embargo, cuando todo parecía perdido por la incompetencia de los militares que desde hacía dos décadas habían mal gobernado el país, la crisis política contribuyó a cambiar la correlación de fuerzas, dándose la posibilidad de un proceso electoral que llevó a la presidencia a un civil, inaugurando con ello un periodo de relativa paz, pero incrementando la efervescencia política que se tradujo en la emergencia de grupos, organizaciones y partidos políticos que dejaron la clandestinidad para integrarse a la legalidad.

En ese contexto el CRIS, al dejar la clandestinidad, se convirtió en CRISTO, en honor al militante muerto. El comité vio crecer el número de militantes y con ello las cuestiones de organización, la logística, las reuniones, la determinación de la línea política, la incorporación de nuevos elementos, las alianzas, la educación política, los principios doctrinarios y sobre todo, las interminables discusiones teóricas.

El camarada Pedro Montenegro consideraba que los miembros del comité le daban muchas vueltas a los asuntos y más de una vez expresó que “para qué tantos brincos estando el suelo tan parejo”, expresión que, como otras, no sólo se desviaba de los principios revolucionarios, sino lo que era peor, de la teoría marxista como la concebían todos los miembros del comité.

Montenegro, incluso, provocó un escándalo de enormes proporciones cuando se atrevió a criticar no sólo de manera irónica sino riéndose a carcajadas del acrónimo de la organización cuyos miembros, todos ateos irredentos, llevaban las siglas del “máximo representante de la ideología burguesa que durante siglos había mediatizado y condicionado las mentes de la servidumbre medieval y del proletariado”.

—Está usted completamente fuera de sí, compañero —decía Leonardo Pentangeli—, y con esa actitud reprobable y antirrevolucionaria le hace el juego a la burguesía. Si nuestra organización se llama así, ello no responde —no tiene por qué hacerlo— a la casualidad porque debe recordar, compañero Montenegro, que Tomás Ordóñez fue uno de los máximos representantes de la lucha proletaria. Las demás siglas, en este caso las primeras, responden puntualmente a nuestros principios: Comité, por las tareas que nos corresponde llevar a cabo y que son ejercicio exclusivo de aquellos que buscan minar las fortalezas del capitalismo mediante acciones, en principio pequeñas porque la concientización es un proceso largo que requiere generar nuevas formas de comprensión del mundo; Revolucionario, porque para actuar de manera contundente sobre su transformación debemos trastocar, en principio, las bases económicas del sistema, la estructura material sobre la cual descansa la ideología; Independiente, porque no respondemos a ninguna dirección ajena a los principios marxistas, y Socialista, porque hemos entendido que la primera fase de la lucha revolucionaria es el socialismo que habrá de conducirnos a la dictadura del proletariado. Así que le exijo, compañero Montenegro, que respete a nuestra organización y lo que significa cada una de sus siglas.

La mayoría de nuestros padres trabajaban en el campo y usted sabe, compañero, aunque de seguro lo sabe fundamentalmente por la parte teórica, que el campesino comienza su jornada cuando el alba y concluye cuando el crepúsculo.

—Mire, compañero, igual dirían los cristianos. Lo irónico es que se parezcan tanto.

—Parece que usted sólo busca la manera de contrapuntearse con los camaradas. No logro entender cuál es su línea. A veces me parece demasiado heterodoxo, en ocasiones actúa como todo un revisionista, otras parece navegar por las intrincadas rutas del trotskismo y, disculpe que se lo diga, camarada, pero intuyo un aire de anarquía. Su palpable eclecticismo es desconcertante y tal vez por ello muchos camaradas han llegado a desconfiar de usted, a pesar de las contribuciones extraordinarias que ha hecho a la organización.

—Mire, camarada, su preocupación extrema requiere de una explicación. Déjeme contarle algo. Tendría yo siete u ocho años, mi memoria ha perdido algo de precisión, pero el hecho ahí está, clarito, clarito en la parcela de los recuerdos. En mi pueblito casi todos éramos unos muertos de hambre y comíamos lo que se podía y cuando se podía. La mayoría de nuestros padres trabajaban en el campo y usted sabe, compañero, aunque de seguro lo sabe fundamentalmente por la parte teórica, que el campesino comienza su jornada cuando el alba y concluye cuando el crepúsculo. Y todo para mantener a su prole, que por lo regular es numerosa. Usted lo sabe, compañero, porque eso se sabe a veces aunque no se haya visto; para eso es la universidad, para conocer cosas que vienen en los libros y que, efectivamente, suceden.

“Pues bien, en el pueblito los niños a veces ayudábamos a los padres, pero muchas veces éstos, por la compasión que sale por más que se esconda, evitaban que desde temprana edad nos anduviéramos mezclando en cosas de grandes, sobre todo cuando tenían que ver con el trabajo en el campo y que usted sabe, compañero, porque ha estudiado, que es mucha joda. Es cosa de ver a los hombres y mujeres del campo, ver sus caras largas, sus rostros cansados, su andar parsimonioso, como de agotamiento permanente. Y como bien lo saben porque, aunque no lo hayan leído lo viven todo el tiempo, les gana la buena voluntad y no quieren que los críos sufran más de lo que ya sufren por tanta necesidad.

”Cuando niños, en mi pueblito salíamos a jugar, muchas veces sólo con las puras ganas, no se crea que con juguetes; cuando el gusto por andar libre y corriendo es mucho, lo que sea sirve para esos fines: piedras arrojadas al río, luciérnagas amarradas de la cola las pobres y luchando por soltarse mientras uno se llena la mirada viéndolas hacer piruetas todas desconcertadas; verle formas a las nubes y todo lo que la imaginación pueda cambiarle a la realidad. Así nos divertíamos muchos, casi todos. Sin embargo a veces había otras formas de encontrarle chiste a la niñez de uno. En la calle donde yo vivía uno de los niños, El Gordo, hijo del carnicero, hacía honor a su apelativo gracias no sólo a que comía todos los días, sino que comía carne en tanto primogénito del rico del pueblo. El Gordo no sólo estaba lleno por lo bien comido, sino además tenía con qué. A todos nos gustaban las canicas por sus redondeces, por sus colores, por sus brillos, pero si bien las conocíamos, casi nadie tenía y para esa condición en la que nos encontrábamos de fregados, tener una canica era como tener un diamante o más. ¿Cree que todavía le encuentro más mérito a una simple canica que a un vulgar diamante, compañero?

”Pues le digo entonces que un día salió El Gordo haciendo alarde de sus redondas formas como para reafirmar no sólo que era hijo de un hombre rico de pueblo, sino que además salió con una bolsa de canicas, muchas, de muchos colores. Ante tal vista, porque El Gordo las enseñó, más como presunción que como para deleite de todos, muchos pensamos que había llegado la fortuna y con ella la oportunidad de jugar con esas joyas; yo aceptaba de principio que no serían para mí, pero que yo y todos los demás podíamos jugar y regodearnos en la tierra disfrutando con esas canicas, como dioses que lanzaran al espacio diminutos planetas que habrían de rodar por el humilde suelo lanzando destellos por todas partes.

”Con ese pensamiento en mente, un niño llamado Roberto me ganó la idea y tan pronto vio las canicas le pregunta al Gordo:

”—Oye, amigo —nótese la instantaneidad del vínculo que la vista de las canicas produjo—. ¿Qué tal si jugamos, pues?

”—No —contestó instantáneamente El Gordo

”—Con esas canicas podemos jugar, amigo —insistió Roberto.

”—No —volvió a responder El Gordo. Note otra vez, camarada, la instantaneidad del rechazo que revela un irrefutable egoísmo de clase.

”—Amigo —repitió una vez más el Roberto— vamos a jugar con tus canicas. Préstanos una, tú tienes muchas.

”—Sí, pero son mías —escupió El Gordo.

”En ese instante, compañero, no le sé decir qué cosas pasaron por mi cabeza, pero haga usted de cuenta que toda la historia desfilara por mi mentecilla infantil y muchos sentimientos se cruzaron por esa carretera mental. Lo único que acerté a decir fue:

”—Son muchas canicas para uno solo.

”—Son mías —repitió El Gordo.

”—Pues aunque sean tuyas, son muchas y alcanzan para todos.

”—No —dijo El Gordo.

”—Pues no —dije yo. Me abalancé sobre El Gordo y de un certero golpe en la nariz se la quebré y el pobre no sólo fue a dar de nalgas contra el suelo, sino que soltó las canicas. Para entonces yo ya tenía la bolsa de canicas en mi mano e indiferente a la sangre y las lágrimas del Gordo, comencé a repartir, por partes iguales, todas las canicas a los niños quienes, haciendo eco de mi indiferencia, llenaban sus manos y sus sentidos con esas perlas de colores.

”Fue justamente, compañero, cuando comprendí claramente todo eso de lo que ustedes hablan, discuten y polemizan en las reuniones del comité, justamente todo eso que ustedes que han ido a la universidad han extraído de los libros. Yo, compañero, he abrevado, como usted puede ver, de otras fuentes muy distintas. Dígame ecléctico, pragmático, espontáneo, intuitivo, anarquista o lo que con sus estudios alcance a analizar”.

—Entonces usted no es marxista, compañero Montenegro.

—Marx tampoco lo era, camarada. Y mire…

Ramón Ojeda Bringas
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