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Los crímenes de la A

martes 28 de mayo de 2024
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Por alguna razón, cuando informaron en la estación de policía que la A había desaparecido, todos se quedaron perplejos. Esa es la palabra, perplejos. La desaparición de la A puso a todo el mundo de cabeza, porque eso significa que ya no podíamos usarla, y los policías se rascaron el cogote confundidos y, sobre todo, perplejos, porque en la palabra no había ni una sola A. Aunque alguno hubiera querido sentirse anonadado, asombrado, arrepentido o estupefacto, la falta de la A se lo hubiera impedido.

La buscaron por todas partes. Sobre los diccionarios, detrás de los portones, debajo de los cerros, en medio de los espejos. Incluso hubo un erudito que abrió un ejemplar de Madame Bovary, y la A no estaba ni siquiera en el título, que ahora rezaba M d me Bov ry. Leer fue pronto imposible. Para los más lentos de mente, incluso era difícil pensar.

La buscaron por todas partes. Con bombillos, cortejos e himnos. La invocaron por todos sus nombres conocidos, los mejores de todos, los políglotas, que tenían con la A la misma intimidad que con los buenos amores.

Le gritaron por las calles: “¡ei!, ¡ayn!, ¡alpha!, ¡alef!, ¡a!, ¡ao!” y demás. Pero nada que aparecía.

Fue tan arduo y absorbente el empeño, que los más curiosos entre todos comenzaron a sospechar. El inspector no era un fulano de mente cerrada, y tenía cada ceja tan distante de la otra, que en medio de la frente le cabía muy cómodo un saco entero de dudas.

—Le digo yo, que es muy sospechoso e inusu l, que se esfum r sin m s. Algo muy raro p s. Hemos decidido busc rl, cu ndo debemos busc rnos mejor nosotros mismos.

Al principio, muy pocos hicieron caso. Pero el tiempo amenazaba con destruir todo el empeño y darle la razón al fulano, así que los más influyentes de la comarca abrieron sus orejas a los curiosos y los reconocieron como expertos en la desaparición de la A.

Aquellas dudas, o dud s, se agigantaron.

Ya la cosa no era un secuestro de una letra, sino una rebelión. Insistían en que la A se había fugado, y muchos incluso afirmaban haberla visto en el país vecino, jugando con los niños al papalote, deporte que, por tener dos veces A, en nuestro pueblo estaba ahora prohibido. Era la doble reminiscencia de su desvelo. Otros, los seductores, confesaban sufrir una gran tristeza, puesto que la A ya no palpitaba sobre sus lenguas, sino que se humedecía en las de los poetas extranjeros.

Una soñadora desesperada, que tenía muy buena memoria, cantaba sobre las azoteas de la ciudad esta melodía:

Ay, A, tan asombrosa, apabullante y amena. Cuán grata eras hasta asistida, cualidad mía, caras severas; la A ya ha marchado, amante añorado, anhelo arrebatado a mis almas arteras...

Y nos contagió a todos de su suprema tristeza. Nos cogimos de los hombros y lloramos a cántaros en las plazas, a garganta batiente y seca, frente a las bibliotecas mutiladas, dibujando su silueta sobre las paredes, golpeando nuestros muslos y sacándonos las lagañas. ¡Y todo esto sin atrevernos a nombrarla! ¡Con el máximo ingenio de nuestra mente para usar sólo las otras cuatro vocales, en palabras que aprendimos a adorar privadamente! Consuelo; congojo; dolor; triste sentimiento. Qué fecunda, descubrimos, es la lengua para expresar el luto por una letra desaparecida. Porque sólo el hecho de recordar al estimado y antiquísimo grafema bastaba para derramarnos en lágrimas.

Ocurrió entonces lo insólito.

Una misteriosa viajera llegó a la ciudad, recubierta de una gris levita que se movía muy raro, como si las piernas le pendiesen de una bisagra. El grafólogo del pueblo reconoció a su vieja amiga, y aquello fue un reencuentro de muchos abrazos, de loas y de amoroso aprecio.

La A fue celebrada con un triunfo, y hasta recibió las llaves de la ciudad.

Todo hubiera terminado en sana paz, si tan sólo no hubieran hecho los curiosos su labor tan asombrosamente astuta y audaz.

La denunciaron públicamente. Propusieron que se le quitaran los honores, y ahí mismo los ciudadanos la ataron. La señalaron, arrojándole verduras y pidiendo que la excomulgasen, la arremetiesen y aprehendieran por haberse ido de pinta a ciudades vecinas.

Como la A ya había vuelto, los curiosos ahora tenían nuevos y mejores argumentos, con palabras completas que se juntaban en sus arremetidas con todas las otras voces de vocales cerradas que habían aprendido en su ausencia.

La A no podía escapar. Como era muy estoica, no se desesperó; emitió un solemne testimonio:

Amigos de ánimos altivos, puesto que mis aventuras les han dejado tan perplejos, ante estas acciones no me achicopalaré. ¡Hasta cuándo, asesinos, habrán las palabras y grafemas de someterse a su capricho! ¡Aspiran a una A, pero que no salga de la biblioteca! ¡A una A sin que sea leída! ¡A una A sin aspiración de ascender adonde pueda!

Pero no la escucharon, sino que ahogaron su discurso con insultos en su propia letra:

—¡Arribista!

—¡Acomodaticia!

—¡Antisocial!

—¡Aleccionadora!

Varios días pasó maniatada, y en un juicio convocado por los más instruidos —uno de ellos era devoto de la diéresis— la condenaron a tres chicharrazos. Sentada en la sill eléctric, la A dejó oír por primera vez sus gemidos de dolor. Era una voz cantarina. Algunos recordaban cómo le sonaban los gallos cuando era de por acá, y aún más tristes y furiosos se dijeron: ¡tan odiosa nos fue, que hasta con los otros aprendió a cantar!

Seguimos viviendo sin la A, como la vez en que se fue. Pero ahora somos felices, porque no nos ha despechado por orgullo, sino que nosotros mismos, por voluntad propia, la hemos aniquilado.

Usurpamos el fonema y lo decimos a viva voz, lo cantamos, sin que se inmute el vocabulario azaroso de sus ocurrencias. Incluso sin moldear los trazos cómicos de su cola y su pancita. Pero muchos, por no leer, lo cierto es que sí olvidaron cómo es que se escribe, y tuvimos que rehacer las reglas de nuestra lengua. Historia sin A; Histori.

En fin, ya muy pocos suspiran y lloran. Ya no quedan soñadoras.

¿Para qué conocernos? No hay A que por B no venga.

David Bastardo
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