El rey de Troya sacudió el sudor de su rostro con una mano rugosa, respirando la ceniza reseca en su palma sin darse cuenta. Había sangre en ella.
Hace días que Príamo no dormía, y muchos más que había pasado sin comer en tormentosa vigilia, soñando despierto con el sufrimiento de sus hijos y esperando, como padre amoroso, padecer cada segundo de agonía en lugar de ellos. Se maldijo porque los dioses no le habían hecho posible sacrificarse mil veces antes que provocarles la desgracia. Acudían los nombres de sus vástagos en caravana sobre su cabeza, todos los hijos de la reina y de sus esclavas, y junto a ellos legiones fieles de siervos, esclavos, magos, nodrizas y vasallos. ¡Oh, perfidia! ¡Crimen! ¡Maldad! ¡Homicidio! Se maldijo de nuevo. Los dioses querían verlo testigo de la extinción de su sangre.
El reino que heredara de sus abuelos caía ahora abatido por un feroz asedio que esperaba, doloroso, desde hacía diez años. En dos lustros, tuvo que ver la prosperidad y la ruina de su gran ciudad, y muy poco logró hacer para revertir la desgracia que avanzaba, salvaje e inexorable, hasta engullirlo todo. Cientos de nietos le habían nacido en la oprimida cornucopia de los muros troyanos; tiernas niñas daban a luz para prolongar la sangre iliónida mientras se batían los muros; jóvenes mancebos recibían el ungüento apolíneo junto con el bronce y el olivo, y se les dio mando y ejército. En un parpadeo, todo se hizo menos que polvo. La mayoría ya no eran más que huesos y carne sepultados bajo losas y columnas de mármol estampadas por furiosas pisadas de guerreros.
Los aqueos invadían en hordas desde un gigantesco caballo de madera, al que ingenuamente habían dejado pasar los siervos troyanos, asolados por el luto y la hambruna. Cortaban a cuchillo por calles sagradas y rompían los portones ancestrales de sus padres, ruidosa y odiosamente, prestos a cobrar venganza sacrificando legiones de incautos. Mancillaban a las vírgenes sacerdotisas y profanaban reliquias. Días después de que se descubrió su ardid, continuaban emergiendo del maligno cuadrúpedo en una embestida de nunca acabar, semejantes a los vapores que expide la boca del Hades. La bestia de madera se curvaba sobre la Puerta Esquea para impedir la salida, a la vista de todos, como un gigantesco féretro ocultando el sol. ¡Horror! ¡Cuitados de los hijos de Dárdano! ¡Una ciudad santa encendida en fuegos fatuos! ¡Hades reificado! ¡Muerte erigida! ¡Recién nacidos arrojados a dolorosas llamas! ¡No se salvará siquiera la sagrada Pérgamo! ¡No los conmueve la piedad! ¡Virtud maldita! ¡Piras sobre piras sobre piras en los techos de las casas! ¡Sangre inocente en el altar del Cronión! ¡Auroras boreales a plena luz del día, y el destello solar en la oscuridad de la noche!
En su implacable marcha por las calles, los aqueos imprimían inhumana crueldad sobre todo lo viviente. Decapitaban a soldados y niños, mutilaban a los ancianos, y derramaban tanta sangre de troyanos por las calles que las aguas del Escamandro se tiñeron de un permanente carmesí. ¡En toda la tierra no había espacio para tanto horror! Violaban a toda mujer de cualquier estrato y edad, y profanaban los templos de sus mismos dioses, aniquilando la esperanza de sus súbditos y maldiciendo para siempre a sus hermanos. Ponían fin con un violento golpe de rencor al legado centenario de un imperio.
Príamo lloró.
No de tristeza o de luto, sino de coraje.
Lloraba de coraje por su inasible destino.
Como tantas otras veces, golpeó y arañó el rosado pecho bajo su peplo hasta tornarse morado. Escupió gotas de sangre, pero eso no evitó que se golpeara más fuerte, hasta causarse contusiones en los nudillos. Hizo lo mismo con las costillas y caderas de su viejo cuerpo.
Quería reventarse. Arder. Desangrar del mismo modo que los más pobres e inocentes, y provocarse el dolor que creía merecer. Ser el aqueo de sí mismo.
Cuando respirar se le hizo difícil y colapsó sobre el gastado y viejo cartílago de sus rodillas, entendió que se había pasado del límite, adelantándose a los invasores.
—¡Ya no! —exclamó la reina con voz escarlata desde las alturas, en furioso llanto y envuelta en una pira—. ¡Ya no!
Hécuba lo abrazaba, descubriendo de nuevo la calidez del afecto matrimonial, hace décadas olvidado. Los milagros de la ruina y la tragedia.
En su vejez, la reina de Troya revelaba nuevas formas de ternura, expresadas en la paciente y anhelante mirada que dirigía a su triste suerte. El luto por el joven Héctor le había hecho sufrir sin consuelo, pues el joven había encarnado cada una de las esperanzas que todas las líneas tracias y troyanas consiguieran trocar en una persona. Más tarde oyeron que al niño más pequeño, Polidoro, lo habían matado sus parientes al otro lado del mar. En cada costa, en cada orilla y ciudad amiga, ¡parricidio! ¡Muerte atroz y sufrimiento sin fin! El mundo segaba su contrato con el género humano, y desmembraba a la troyana estirpe como un motín de mil aletas; Príamo comprendía la justicia de su final. Ya no quedaba más que aguardar pacientemente lo inevitable.
El rostro oliva de la reina, turbado por incontables arrugas, se colmaba ahora de una paz absoluta. Observaba plácida la noche de tremebundos colores y a menudo cerraba párpados de lienzo y suspiraba sencilla. Las manos en posición de rezo y una plegaria tracia en sus labios, susurrando un canto amazónico que hacía danzar sus labios. Pronto partiría a los solares de Perséfone, suspiraba, y los caminos de la Estigia le darían la grata bienvenida infernal de silenciosos y hermosos rostros de parientes difuntos. Eso antes de verse esclava, en manos de sus enemigos.
Príamo hallaba el único consuelo accesible para él en la serenidad de su esposa, y la contemplaba en su misterio anhelando compartir aquella sabia piedad.
Se asomaron por el risueño balcón que antes había sido el deleite de todas las cortes de la Hélade. En esa misma recepción, Creonte el de los corintios se había agasajado con dátiles de Ilión, mientras esclavas tracias entonaban liras persas y los guerreros con espadas curvas afilaban, jugando a la guerra, entre peanes y gimnopedias. En época de sus padres, el famoso Heracles demostró su fuerza para ganar una cuadriga de los mejores caballos, antes de desatar la guerra contra los muros de la ciudad, y a su joven hermano Anquises lo seducía la diosa del Amor con la promesa de una gloriosa prole, todo desde ese mismo balcón. Más tarde, se aparecieron allí Oilo, Telamón, Tideo y los hijos de Edipo. Pedían sortilegios y buenos augurios a los ritos de Pérgamo, para que las flechas del Excelso les fueran propicias en su guerra contra Tebas, que habría de cobrar la vida de todos. Y luego se apareció Paris junto a su raptada Helena. Los dos se asomaron por el mismo lugar para ver a Menelao guerrear contra el amante en vísperas de guerra, y tras la muerte de él, la habían casado presta con un niño, Deífobo, al que también había asesinado una sangrienta mano en la oscuridad.
Y hace cosa de diez años, en ese balcón se reunieron como buenos amigos Héctor y Aquiles, el capitán y rey de los mirmidones e hijo de una diosa. Se habían abrazado como hermanos, jugando en lides de sana paz, y se habían regalado esclavas. Y junto a ellos, muchos hermosos y fuertes jóvenes. Áyax, el hijo del famoso Telamón. Troilo, de su propia sangre, por entonces un niño. Crésida, la del adivino traidor, al que no osaba llamar por su nombre. Y una doncella a la que había prometido a su Héctor, una tal Andrómaca.
Ahora ese mismo recinto se volvía el teatro de una proverbial desgracia. Un mosaico de pirotécnicos azotes que prometía el despojo de una civilización, y la cicatriz de la humanidad. ¿Por qué? Príamo se sorprendió preguntándose a sí mismo, emboscando a su alma vieja con una duda joven y elemental. ¿Por qué, oh Zeus, por qué debe ponerse fin a nuestra vida con tanta inmerecida crueldad?
Habló dentro de sí, cortando respiraciones y suspiros, tan rápido y violento que no podía articular palabra alguna.
Puso adjetivos y cantos a su tristeza. Halló los esmaltes correctos. Su voz interna se elevó.
—¡Oh, dioses! ¡Oh, dioses! ¡Ya no! ¡Ya no...!
Laocoonte, el sabio sacerdote, amado de todos, ¡estaba muerto! Él conocía los manes y los hados, y nos advirtió a todos cuando Paris aún no había partido. Lo hizo antes que Casandra, su hija. ¡La maldita! ¡Casandra había tenido razón desde el comienzo!
Pero tuvo que morderse los labios e inducirse la sangre con sus débiles y amarillos dientes, manando coraje más allá de su decrepitud y fuerza desde la aniquilación. Mucosidad y lágrimas corrieron por su boca, y el olor a muerte solapó las emanaciones de humo polvoriento e ígneo destello del fragor de la noche.
—¡Mi nieto! —lloró—. ¡Hécuba...! ¡El hijo de Héctor! ¡Mi nieto...! ¡Ay, dioses! ¡Mi pobre nieto!
Era un bebé.
¡Astianacte era un bebé!
Lo arrancaron del pecho desnudo de su joven madre y lo arrojaron salvajemente a las llamas, como si hubiera sido menos que un pergamino. Y Príamo sabía bien quién había sido el desalmado. ¡Pirro! ¡El joven Pirro! ¡Ay, dioses! ¡El hijo del justo Aquiles!
Rojos, los fuegos infanticidas danzaron con el sacrificio y se elevaron hasta pintar el cielo en un canto maldito, agradeciendo el holocausto; ¡Hades orgiástico! El horrible llanto del niño se extinguió bajo el batir de los escudos y espadas de bronce. Sólo un doloroso recuerdo que destruía el corazón de los viejos reyes. Los aqueos habían perdido toda noción de piedad porque les habían matado a Aquiles, y no había un hombre entre sus filas más dispuesto a la justicia y el perdón que aquél. Por eso Casandra había sido violada en el templo de la Tritonia, ¡frente a sus reliquias!, y sometida a Agamenón. Porque Aquiles ya no estaba presente. ¡Oh, dioses! ¡Qué impío! ¡Qué diabólico! ¡Hades ha invertido las leyes del orbe y decretado la injusticia universal! Sabios eran asesinos y asesinos, sabios. Santos batían cuchillas en la oscuridad. Se amamantaban bueyes y se sacrificaban infantes. Perdida la nobleza, los reyes de Argos y de Micenas pavorizaban a los hombres y mancillaban el rostro de todo lo humano. Odiseo cortaba cuellos. Diomedes inducía al sueño eterno a familias con la hoja de su espada. Idomeneo aplastaba. Filoctetes arrojaba flechas asesinas. Áyax vencía al tullido con su descomunal fuerza. Pentesilea, la magna guerrera, sobre la que se habían depositado esperanzas centurionas de los troyanos, dormía putrefacta al fondo de negras y ásperas aguas.
Apiladas, las broncíneas figuras y escudos esmaltados con sangre levantaban un puente sobre la ribera del Escamandro. Los guerreros corrían descalzos sobre él, iluminados en su camino por las llamas que habían causado invocando los manes de Hefesto. Anhelaban carne troyana a la cual apagarle la vida.
Laocoonte le había advertido que Paris sería la ruina de Troya, y los reyes no escucharon, cegados de su amor paterno. La guerra vio la muerte de Héctor a manos del hijo de Peleo, y el rey consultó entonces al devoto lo que debió haber hecho antes.
—Ya no puedes hacer nada —le había dicho, como si hiciera falta saberlo—. Tus hados están decididos por las Parcas. No hay sacrificio posible, fuera de toda la estirpe de Ilo. No te salvarás de la perdición, aunque rindieras tributo a Febo, clamaras al misericorde Zeus, rogaras por el vigor de Ares, o hicieras sacrificios al pie del altar de Atenea.
Lo último era lo más doloroso, para la santa ciudad troyana.
—Si los hijos de Príamo hubieran vencido, su gloria prevalecería inmortal. Pero caerán por manos aqueas. Y diez mil años pasarán en un abrir y cerrar de ojos, para que un mundo irreconocible se regocije ante tu destino, y sus sabios y sus humildes recordarán estos hechos y pensarán en Príamo como el más desgraciado de todos los hombres. Troya burlada en la boca de la plebe, eternamente.
Como todos sus hijos, el rey acudió muchas veces al templo de la Tritonia. Los ritos a cabalidad, los sacrificios sinceros y las intenciones nunca faltaron. Multitudes dispuestas y acéfalas. Clamaba el pueblo piadoso; las viudas depositaban ofrendas; las vírgenes ayunaban y los huérfanos pedían pan. Ciegos y mancos ofrecían deshacer la naturaleza, combatiendo con lo que tenían. Pero la magna diosa no tenía oídos para los troyanos. Así lo advirtió la sacerdotisa, resignada al impío arrebato de su templo. Incluso la estatua de Palas Atenea se había oscurecido en el semblante, tornado en dirección al oeste, hacia Micenas.
Imploraron a Zeus y le sacrificaron bueyes en el altar.
Pero Zeus no escuchó.
Atendieron a los oráculos de Febo, recordándole que por su gracia Hécuba había dado a luz a Héctor, y así a muchos más. Loaron sus santas flechas. Los troyanos asaltaron la ciudadela de Pérgamo y desenterraron a sus muertos. Quemaron hogueras y dispararon saetas encendidas; cantaron himnos a su gracia y su belleza.
Pero Apolo no respondió.
Casaron a los más jóvenes con viudas y huérfanas. Los bastardos recibieron apellidos; los huérfanos se incorporaron al hogar; bendiciones se decretaron; nacieron niños muertos. Ungüentos se esparcieron. Pidieron el consentimiento de Hera.
Pero Hera no replicó.
Retiraron a los difuntos del Escamandro y lavaron sus aguas. Rindieron honores y exequias al sacrificio de Dárdano y la justicia de Ilo. Tributaron la gloria de Poseidón al levantar la ciudad, rogando por un ejército prodigioso desde las aguas.
Pero Poseidón no emergió.
Levantaron un túmulo para los guerreros caídos en el combate de las llanuras. Sabios troyanos que recordaban sus nombres cantaron loas y rogaron a Ares por su magnanimidad.
Pero Ares no otorgó.
La joven Crésida lloró desconsolada al pie de la Unigénita en memoria de su amor perdido, maldiciendo el día en que conoció a Diomedes y abjurando de su tío, el adivino traidor que rendía sus frutos para los enemigos. Sentenció que sería una esposa amorosa y fiel al primer troyano que la tomase.
Pero Afrodita no cedió.
El Olimpo permanecía cerrado a todos los troyanos.
Entonces Príamo, como testigo de un gigantesco eclipse que devorase el cielo, soportó el peso de su ennegrecido y canoso cuerpo. Dio pasos hacia el origen del ruido: el portón de piedra cuya estructura reverberaba el forcejeo de invasores impíos que batían brazos sin descanso.
Allá afuera, entre los asesinos, se encontraba el pasaje a su destino.
Llorando sangre con los ojos cerrados, el viejo rey troyano se acomodó la corona sobre las sienes y cerró su peplo, haciéndose regio a base de voluntad. Con supremo esfuerzo, se puso en pie.
Si partía del mundo de los mortales sin el alivio del Cronida, entonces lo haría con toda la dignidad de la que era capaz.
La reina tuvo que adivinar sus intenciones, porque haló en vano su brazo impulsándose con sus hombros. El llanto reseco en su frente de oliva daba aires solemnes a su sacrificio. Príamo se mantuvo de pie sin inmutarse; pronto reconoció las pisadas del otro lado de la piedra y fue poseído por una resolutoria serenidad.
El joven, cuya descripción le había venido de la boca de Hermes, era un hermoso tallo alto y radiante como una espiga; de negro corazón y divina apariencia. Contaba con el vigor y la fuerza de su padre, el Pelida, pero sus nefastos orígenes le habían concedido un alma cruel.
Ese espíritu de Pirro era despreciado hasta por el mismo rey de los aqueos. Supo de buena fuente que Agamenón le temía. En una sola noche ejecutó a cien familias, y en las líneas de los invasores rumoraban con desprecio que la hoja de su espada no se veía en las refriegas, pero que gustosa acechaba en las alcobas serenas y en los patios de las casas. La antítesis del padre.
Aquiles había violado a una mujer para procrearle, y este crimen, incluso viniendo de un justo, era fuente de un ser maldito.
—Así veré a mi nieto —se dijo, tranquilo, el rey perdido.
Con un estallido furioso, el seguro de bronce se rompió. Brazos fuertes y sudorosos que blandían espadas, envueltos en una espiral de fuego negro, acecharon desde el borde hasta convertir las paredes del recinto en una inmensa grieta.
Ahí asaltaban los aqueos. Hécuba corrió hacia el altar y se postró ante los amuletos del Padre, orando con soplo visceral, produciendo un sonido más similar al trueno que a una voz humana.
Entonces lo vio.
La espada de Pirro cortó el aire, seguida de su yelmo broncíneo, y el cuerpo desnudo, inmenso como un titán. Príamo supo en ese momento el terror indescriptible que había conocido Astianacte, y fue peor cuanto mayor era el parecido del asesino con su justo padre.
Aquiles se había conmovido ante su situación, ofreciendo un gesto piadoso y el cuerpo de su hijo. El que profanase su descendencia, en cambio, era una bestia rapaz y diabólica a la que las palabras no movían. Tampoco la familiaridad de un anciano decadente que había perdido todo en un arrebato impío.
Pero logró rebotar la violencia del golpe:
—¡No eres digno de él!
Y así Príamo maldijo la sangre de Aquiles, el piadoso, antes de que la espada de su hijo le diera la muerte.
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