La sombra me ciega. Se expande. Se convierte en pequeños pedazos de vidrio de colores. Un halo gigantesco que desaparece. Un silencio. Después dolor, mucho dolor. Analgésicos, dos. Dolor persistente, sordo. Mareos. Me acuesto. Los ojos caen. Calma.
Aparece la sombra, otra vez, otro día. Es un poco más grande. Se rompe en pedazos cristalinos. La luz molesta. Las nubes brillantes lastiman. Manejar el carro se presenta como un peligro. Necesito oscuridad. Analgésicos, dos. Calma.
Hoy no hay sombra. Una sensación de que hubo dolor. Analgésico, uno.
Amanecí con dolor. La cabeza punzaba, latía. Abrí los ojos, la sombra. Cierro los ojos. La cabeza punza. Abro los ojos, la sombra... una figura. La sombra es una figura. Se rompe en pedazos de colores. Calma repentina. Analgésicos, cero.
No duermo. ¿Era una figura? Tomo café. Varias tazas. ¿Era una figura? Veo series cómicas. Caigo rendido, sin darme cuenta. Sueño: una figura bailando, se acerca a mí, se burla, sonríe/Me despierto. Oscuridad total. La televisión sigue prendida. Malestar, crece. ¿Estoy ciego? Escucho alguien que ríe. Vértigo. Súbitamente, luz, mucha luz. Sombra, más grande, sí es una figura, sonríe. La sonrisa se expande, luego se dispersa en cristales. Dolor de cabeza. La figura sigue allí, sin sonrisa. Cierro los ojos, en mis párpados se proyecta un ojo distinto. Abro, la figura recuperó su sonrisa. Analgésicos, cuatro. El dolor se acrecienta. Pierdo el equilibrio. El dolor va cediendo. La figura se derrite. Calma. Me baño con agua fría. Veo mi reflejo, mi ojo ha cambiado de color.
Estoy irritable. Del trabajo me regresaron a casa. Fui al médico. Un severo caso de migraña, alucinaciones provocadas por el dolor, como si fueran pequeños ataques epilépticos o de paranoia. Estudios. Cita para resonancia magnética del cerebro. Una risa lejana. Analgésico opioide, dos.
No he ido a trabajar. No he visto la sombra. Cuerpo lánguido. Me he pasado un poco de la dosis de opioides. Sigo durmiendo.
Teléfono suena, suena, suena. Una risa lejana. Me despierto. Suena nuevamente el teléfono. Cimbra en mis oídos, me los tapo. Vértigo. Suena nuevamente. Un golpe agudo en mis tímpanos. Dolor. Suena, risa, sangre. Toco mis lóbulos y escurre la sangre. La sombra aparece, más grande o más cerca. La figura sonríe, dientes de colores. Siento su respiración. Abre sus ojos. Se expande y estira un brazo. Corro al espejo, mis ojos se tornan verdosos. Me tomo los opioides sobrantes, no los cuento. La sombra avanza, avanza, avanza, avanza... caigo, me convulsiono. Espuma en la boca. Sobredosis.
Latidos, latidos, pitidos, pitidos. Cama de hospital. Tengo un respirador metido hasta la garganta. Me atraganto. Alguien se acerca, toma mi mano y la baja. Retira el tubo, dice algo que no entiendo. Mis ojos ven borroso, una o dos cabezas. Toman signos vitales. Pitidos. Dejo caer mi cabeza hacia un costado, veo a alguien sentado en un sillón. Enfoco, ¿mi padre? Se levanta y se acerca, lo sigo con la mirada, sonríe. Dicen otras cosas que sigo sin entender. Levanto mi mano para alcanzar a mi padre, él toma mi mano y la baja. Duermo.
Llevo varios días en el nosocomio. Me siento mejor, como sin problema. Me han visitado varias personas. Los dolores de cabeza ya no se han presentado. Los doctores dicen que debo tomar terapia para manejar el estrés. Me dijeron que mis ojos tienen una deficiencia que me provoca las migrañas: la luz penetra directamente al cerebro. Usaré lentes especiales, eso disminuirá los episodios. Permanezco semiacostado, observo el cielo a través de la ventana, pienso en la sonrisa de la figura.
Regresé a casa, me retiraron los opioides. Alguien hizo el favor de limpiar mi departamento. La recámara se siente tranquila. Me acuesto en la cama y veo por la ventana... escucho una risa. El miedo me envuelve y entra al cuarto mi novia riendo, ella limpió el departamento. Se acuesta a un costado y me abraza.
Los días han sido normales, en el trabajo han sido benévolos. Decidí ir a terapia. La psicóloga me pide escribir todos los días durante veinte minutos, todo aquello que haya sucedido en el día. No lo he hecho. Antes de llegar a casa paso a una cafetería, me siento, tomo café y observo a la gente. Quiero convertirlo en un nuevo ritual.
Estoy otra vez en la cafetería. La gente va y viene. La gente se percata de que los veo. Sonríen. Siguen sonriendo. Sonríen demasiado. El rostro se les desfigura con la sonrisa. Me quito los lentes, cierro los ojos. Limpio los cristales. Me pongo los lentes y abro los ojos. Sonrisas descomunales que explotan en cristales, a los lejos la figura. Grito. Tiro la mesa con todo y café, trato de salir, quiero correr, todos sonríen, el dolor llega como una patada en la nuca y caigo al suelo. Me agarro la cabeza, siento las manos de alguien, ¿mi padre?, sonríe, levanto la mano para alcanzarlo y me voy rompiendo en cristales. Todo se convierte en grandes vitrales en movimiento. La figura es lo único nítido. Estoy vencido. La figura abre su hocico y me devora.
Mis ojos se han vuelto vidriosos, como un fondo de botella verde. Mi vista es una migraña constante. La figura me indica el camino. Mi colección de ojos y sonrisas se está ampliando: tengo las de mi padre, las de mi novia, las del chico que atendía la cafetería, la enfermera; mis ojos se atavían de esos ojos por las noches y de vestido me pongo las sonrisas.


