Nunca hago cosas como esta, pero era el único banco a la sombra y me sentía cansado.
—Disculpe —dije—. ¿No molesto?
El hombre se limitó a mirarme por encima de la montura de sus gafas negras.
—Lentes —musitó.
—¿Cómo? —dije yo, confundido.
—Usted quiso poner lentes. Puso gafas, pero en realidad pensó lentes.
—¿Cómo sabe...?
—Sé. Eso es todo. Ahora sé.
Le miré atentamente. Me recordaba a alguien. Alguien lejano —¿en el tiempo, en el espacio?— pero entrañable.
—Pues claro, pibe: yo puse alguna piedrita en su educación. Haga memoria.
Repasé mentalmente los rostros de mis profesores del instituto, de la escuela...
—¿Don Matías? —pregunté, por ganar tiempo. El primer nombre que me vino a la mente.
Me contempló un instante con gesto de fastidio.
—Déjese de joder. Usted sabe de sobra quién soy, o no se hubiera sentado aquí.
Permanecí en silencio, casi sin atreverme a mirarle. El tono de su voz me atemorizaba un poco. Y esa absurda sospecha. Ya lo dije: sólo el calor y el cansancio...
—Está bien. No estoy enojado —dijo en un tono algo más bajo—. Admito el factor inconsciente. Pero ambos sabemos que las coincidencias no existen...
Entonces, al escuchar en su voz esta sentencia, me fijé un poco mejor y le reconocí de inmediato. Me invadió una gran alegría, y luego una gran confusión. Y me sentí un poco idiota.
—Pero, claro... Maestro. No sé cómo...
—No se aflija. Antes sólo me conocía en foto. Nada que ver.
—Ah, pero yo debería... Usted sabe. Siento una gran admiración...
—Ahora querrá conversar. Querrá preguntarlo todo. Claro. Así son los jóvenes.
—No le negaré que me gustaría mucho, pero he aprendido a respetar el silencio de los otros. Además, hace ya tiempo que dejé de ser joven.
Después de unos minutos, durante los cuales ambos permanecimos mudos, como absortos en la corriente, el hombre dijo:
—No tengo sus respuestas.
No contesté. Tan sólo arrojé al río un palito de madera con el que había estado jugueteando sin darme cuenta, y concentré mi atención en las ondas provocadas por su caída.
—Claro que tengo respuestas —explicó—. Ahora tengo todas las respuestas. Pero ninguna que le sirva. Usted necesita sus propias respuestas. Formule las preguntas adecuadas. Las respuestas nunca son tan difíciles como las preguntas. Si acierta con éstas, aquéllas vendrán de forma natural.
No supe qué decir. Todavía me sentía confundido.
—Seguro que hay algo que le gustaría preguntarme. Pero debe hacerlo. Aunque yo ya conozca la pregunta, tiene que formularla. Y aun así, le advierto, dudo que pueda ayudarle.
Le miré, como evaluándole, como intentando averiguar si, en efecto, él tendría alguna de las respuestas que yo necesitaba.
—El 24 de junio... —empecé.
—Es una fecha muy precisa. Yo nací ese día.
—En su novela, Vidal también nació un 24 de junio...
—Así es. Quizá con eso quise simbolizar algo.
—Es demasiado complejo.
—Antiguamente se pensaba que era el solsticio de verano (invierno en el hemisferio desde el que le estoy hablando). Sea por esa o por otra razón, desde tiempos remotos es una fecha con un significado especial.
—Ya. Sin embargo, para mí es algo concreto. Ese día nació una mujer que amé.
—¿Amó? ¿Y ya no ama?
—Sí. Claro que aún... ¡Cómo no amarla!
—Nunca diga que amó. Ese verbo no se conjuga. Sólo tiene presente.
—Un amor difícil.
—Todos lo son. O serían otra cosa. Algo conjugable, algo pasajero, fútil.
Me quedé callado. Un pato sobrevoló el río y se posó unos metros más allá, entre unos juncos.
—Ella murió.
—Siempre estamos muriendo. Somos humanos.
—Pero es doloroso.
—La ausencia siempre duele, pero la vida es una sucesión de ausencias. Usted ya lo sabe. Al final terminamos por acostumbrarnos. A convivir con las cicatrices. A consumir analgésicos.
Sobrevino otro silencio, pero transcurrió de forma natural, como un reflejo del río que, lento, discurría ante nuestros ojos.
—Pero es algo más —dije—. No sólo la ausencia. El dolor por la ausencia es egoísta. Yo, ese, lo he sentido otras veces. Siempre hay mujeres que se van, o que nos arrojan fuera de sus vidas. Un día dejan de estar, se convierten en recuerdo, en lágrima. Pero cuando entra la muerte en escena... No importa mi dolor. No sé traducirlo, lo que siento es algo así como la espantosa certidumbre de que ella ya nunca va a poder acariciar un gatito, ni mirará el mar desde los acantilados, y que, a pesar de todo, el gatito y los acantilados y el mar seguirán estando ahí, sin ella, como si...
—Dígame. Si desde el principio hubiera sabido, ¿habría hecho otra cosa?
No esperaba esa pregunta. Quizá por eso me sorprendió la rapidez, la seguridad de mi respuesta.
—No. No lo creo.
—Entonces, ¿sabía?
No atiné a decir nada. Me quedé mirando la otra orilla, donde unos chicos arrojaban piedras al agua. Me quedé mirando los dibujos que se formaban en el agua, formas difusas que desaparecían en pocos instantes; pensé en el sentido de la palabra efímero.
—Pero esa era sólo una parte de la pregunta —habló mi acompañante.
—Sí. ¿Sabe cuándo nací yo?
—Por supuesto. Usted nació en Navidad, o mejor dicho, en Nochebuena. La pregunta es si ambas fechas están relacionadas.
—Eso es. Siempre he pensado...
—Las fechas guardan relación. Sin embargo, los hechos sucedidos en ellas pueden ser totalmente independientes.
Medité su respuesta. No era lo que yo quería oír, así que insistí:
—Entonces, ¿sugiere que la relación con mi amada fue algo casual, sin ningún significado?
—No ponga en mi boca palabras que no he dicho. Por supuesto que su relación fue significativa. Usted no sería quien es de no haberse producido el encuentro con esa mujer. Pero no puede saberse si las fechas tienen algo que ver. Aunque, como ya le dije antes, y ambos sabemos, las coincidencias no existen.
—La simetría, entonces...
—Claro. La simetría. A veces es como un imán. No podemos escapar a su influjo. Sin embargo, usted no era consciente de ella.
—No al principio. Lo fui más tarde, cuando ya habíamos empezado a intimar.
—Sí. Es curioso cómo las piezas encajan siempre...
Un viento leve, irreal, mueve las cañas y levanta algunas gotas de agua, que se proyectan en un corto vuelo hasta aterrizar sobre las piedrecitas de la orilla o vuelven a caer en la imperturbable corriente, tal fue su breve aventura, la libertad de que, por un instante gozaron. ¿No es así siempre en la vida?
—Es hermoso este río —dijo.
—Lo es –admití.
Y a pesar de todo, era algo grande estar allí, junto a ese hombre, conversando con él. Hubiese querido añadir algo más, preguntarlo todo, pero no se me ocurrió nada o tal vez, de algún modo, supe que ya todo estaba dicho. Sólo miré el cielo, donde se aventuraban unas pocas nubes, salpicando el lienzo azulado como pequeñas manchitas que la mano del pintor hubiese hecho por descuido.
Comprendí que era ya hora de marcharme. Me levanté y le miré. Nos despedimos sin palabras. Mientras me veía alejarme, seguramente Sábato pensó que para qué avisarme, para qué hablarme de los anversos y reversos, para qué contarme la inexorable verdad; era mejor que yo la descubriera por mí mismo, que llegase a entender que, ahora que ella estaba muerta, yo era ella, o que en realidad era yo el muerto, o que ella vivía en mí mientras yo siguiese caminando por el mundo, o que ambos vivíamos y estábamos juntos, pero en otra parte, de otro modo. Cuando me volví a mirar, el banco estaba desierto. Las cañas de la otra orilla se mecían suavemente y el río seguía ahí, como una sorda confirmación de la escena que ya se iba difuminando en mi memoria.
- Fecha - jueves 30 de abril de 2026
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