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Alberto Zurrón espía la vida de los otros
(sobre Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores)

lunes 15 de julio de 2024
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Alberto Zurrón
Alberto Zurrón se pasea por peculiaridades y anécdotas en Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores, historias sobre el escritor y la ciudad, el escritor y la familia, el escritor y sus deseos o el escritor y sus contemporáneos, entre otros temas.

“Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores”, de Alberto Zurrón
Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores, de Alberto Zurrón (La Esfera de los Libros, 2024). Disponible en la web de la editorial

Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores
Alberto Zurrón
Historia
Editorial La Esfera de los Libros
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-84-1384-838-9
464 páginas

El escritor, cuya poesía glosó Antonio Gala, con varias novelas desopilantes en su haber (El juez que soñaba con ballenas, La soledad de las cajas muertas, El paraíso del que te hablé, etc.), maestro en la erudición fulminante en otros tantos estudios (el celebrado, en dos volúmenes, Historia insólita de la música clásica; Editorial Nowtilus, Madrid) enfrenta ahora, sin despegar el hocico del suelo, obeso del rastro tenaz y las pocas pistas, el abracadabrante Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores (La Esfera de los Libros). Encontrar la verdad es una hazaña —mandato supremo del periodismo— y no hay escritor brillante sin una biografía secreta detrás, ajena al mundanal ruido.

Terencio, en el 165 antes de Cristo, cifró para el mundo el lema universal del Humanismo en mayúsculas, frase abrasiva y en llamas de su comedia El enemigo de sí mismo: “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”. Horacio, casi a la par, a título de poética, divulgaba entre propios y extraños apenas un balbuceo de oro quieto y viento lunar: “Prodesse et delectare” (“Entretiene y enseña”). Zurrón, sin apartarse de ambos, busca lo humano e inhumano del creador literario, para ejemplo de todos o contraejemplo, sin el menor atisbo moralista, donde, sí, encontrar la verdad y contarla dulcemente por escrito es el mejor tránsito de la hazaña a la justa epopeya: cuatrocientas sesenta y tres páginas apretadas y nerviosas donde el Arte —como tanto quisieron el grupo Fluxus y en particular Robert Callois— es siempre todo aquello que hace que la vida sea más importante que el propio arte. Así Picasso firmó toda su obra como diario o dietario de vida, y cada nota de Zurrón es un mordisco, un susto, la mejor cata de aire acorralado en un tiempo y espacio precisos. A la manera clásica: Zurrón muestra pero no juzga; Zurrón muestra pero no cuenta. El espejo en el camino (Stendhal) es la vida ajena (tantas veces salvaje, inasible, violenta, secreta) y al natural.

Sexo, libros y extravagancias: historia salvaje de los grandes escritores es un cuerpo orgánico repleto de moléculas interminables: el escritor y la ciudad, el escritor y la familia, el escritor y sus deseos, el escritor y sus contemporáneos, la vocación salvaje, el desdén social... la vida por la letra. Cada página guarda como camafeos o talismanes imágenes con las que no es posible volver a conciliar el sueño indemne: Walt Whitman, por ejemplo, recitando a Homero en el ómnibus que recorre Brooklyn o, quizá, Truman Capote a la vera de la piscina, borracho y beodo, explicando cómo todos los Kennedy juntos no hacen una buena polla, diciéndolo él, confesado maestro universal de penes y vergas. Zurrón ha saqueado correspondencias, biografías, autobiografías, artículos, conferencias y toda letra menuda rendida a su paso sin la menor coquetería, al puro asalto, sin más tregua que la de la pista cumplida, el hilo que también nos une al secreto y al cometa. El paseo es lento por el borde del pasadizo: la altura no impide el vértigo ni los peores impulsos.

Las dos grandes tradiciones españolas quedan condensadas en la cabeza bicéfala de una misma risa: uno se ríe “con” un cojo (Cervantes) y otro se ríe “de” un cojo (Quevedo). Zurrón pertenece a la primera, y ese humor de los inteligentes, la llamada ironía, en el mejor tono, es el regalo añadido al bagaje de conocimientos aquí expreso. Francisco Umbral bebía cerveza caliente, de bote o lata, mientras repetía monocorde en la calle Puebla de Majadahonda: “Hay que hacer biografía”. Efectivamente, la vida no basta, y hay que hacer biografía, nunca otra que la “vita pericolosa” de Dante o Hemingway. Un escritor al que no le pasa nada difícilmente puede contar algo. Unos —como quería González-Ruano— se empeñan tenazmente en escribir mientras otros lo hacen en vivir para luego contarlo mejor. Alberto Zurrón hace cantar a todo su monstruario a cuestas, circo ambulante y presidio festivo, para conseguir justo eso: el mejor canto, las mejores palabras en el mejor orden, la expresión de la belleza por medio de la palabra que produce en el lector una turbación inmediata. El lector electrocutado y el muerto vivo de la página se abrazan así en este gigante desafío espectral.

Diego Medrano

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