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Borges y la invención del espacio literario:
una relectura de “El acto del libro” a cuarenta años de la muerte de Borges

miércoles 29 de abril de 2026
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Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges reescribe el Quijote cruzando categorías: autor y personajes se entrecruzan en la trama borgeana porque esa es la noción del autor de Ficciones.

Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar.

(...)

No haber salido de mi biblioteca.
Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote
Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo.

(...)

Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino.
Ser ciego.
Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender.

“La fama” (La cifra, 1981)

La cifra es el penúltimo libro de Borges, publicado en 1981. En 1985, un año antes de morir, dio a conocer Los conjurados, también integrado por textos poéticos. En la cifra aparece “El acto del libro”, una brevísima narración que vuelve sobre un tema que transversaliza su obra: el Quijote, el libro, el personaje, el autor; mejor: el entrecruce entre esas categorías, fluctuantes y dinámicas, que siempre significan, para Borges, el pliegue donde sucede la invención literaria, donde aparece el espacio propiamente literario, es decir, la noción de lo borgeano.

“La cifra”, de Jorge Luis Borges
La cifra, de Jorge Luis Borges (Sudamericana, 2020). Disponible en Amazon

La cifra
Jorge Luis Borges
Poesía
Ediciones Sudamericana
Buenos Aires (Argentina), 2020
ISBN: 978-9500763790
96 páginas

En “El acto del libro”, Borges relata una historia que presupone una atenta lectura del Quijote, especialmente de su portentoso comienzo.

Entre los libros de la biblioteca había uno, escrito en lengua arábiga, que un soldado adquirió por unas monedas en el Alcana de Toledo y que los orientalistas ignoran, salvo en la versión castellana.

(El primer espacio borgeano ya está fundado: la biblioteca donde estaba el libro. No hay tal libro en la biblioteca de Alonso Quijano, sí en la que inventa Borges para cifrar su texto y hacer ingresar al de Cervantes —“un soldado”—, quien cuenta que encontró manuscritos escritos por un árabe como texto embrionario que luego él mismo completó. Por eso los orientalistas, como dice el humor de Borges, lo desconocen, ya que no existe sino en su versión castellana).

Ese libro era mágico y registraba de manera profética los hechos y palabras de un hombre desde la edad de cincuenta años hasta el día de su muerte, que ocurriría en 1614.

(El hombre, ahora, es Alonso Quijano, que “frisaba la edad de cincuenta años”, como dice Cervantes, quien lo hace morir en 1614, cuando se publica la segunda parte. Quijano decide ser don Quijote, pero morir como Quijano —“Yo sé quién soy”, dice—. Su conversión deviene de obsesivas lecturas, pero no, obviamente, del propio Quijote, ausente en la biblioteca del rústico pastor).

Nadie dará con aquel libro, que pereció en la famosa conflagración que ordenaron un cura y un barbero, amigo personal del soldado, como se lee en el sexto capítulo.

(Borges reescribe el Quijote cruzando categorías: el soldado —Cervantes, combatiente en la batalla de Lepanto— es “amigo” del cura y el barbero, personajes que actúan como críticos literarios a la hora de quemar los libros que afectan la salud mental del vecino Alonso Quijano. Autor y personajes se entrecruzan en la trama borgeana porque esa es la noción del autor de Ficciones. Todo se reinventa en el espacio literario, la ficción incide y transforma lo real; es la noción de lo borgeano. El libro quemado no está, pero está, porque en el texto cervantino no aparece el Quijote en la biblioteca, sí como cenizas en la trama de Borges).

El hombre tuvo el libro en las manos y no lo leyó nunca, pero cumplió minuciosamente el destino que había soñado el árabe y seguirá cumpliéndolo siempre, porque su aventura ya es parte de la larga memoria de los pueblos.

(El pastor pobre y viejo nunca leyó el libro, claro. Cumplió el destino que el texto profetizó construyendo una marca en la memoria de los pueblos: extraordinaria concepción del acto del libro, de la significación de lo literario en la cultura civilizatoria del mundo. Esa marca, para Borges, es una argamasa donde conviven el ser y el no ser en el pliegue de lo posible; ahí, en el territorio de la posibilidad y la imaginación, sin certezas ni afirmaciones, el lenguaje literario se despliega como invención).

¿Acaso es más extraña esta fantasía que la predestinación del Islam que postula un Dios, o que el libre albedrío, que nos da la posibilidad de elegir el infierno?

(Las interrogaciones surgen no sólo del texto sino de toda la obra de Borges, de su mirada global: ¿somos sueños de un escritor? ¿Quién nos sueña? ¿Qué texto nos confunde como soñadores o soñados en cada noche imaginaria?).

El espacio literario borgeano alberga, dinamiza y explora, sin cesar, esas zonas de lo posible, donde el lenguaje vuelve la mirada sobre sí.

Sergio G. Colautti

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