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La fiesta

jueves 29 de agosto de 2024
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La música de fondo es tranquila y levemente romántica, podría decirse, invitando a tomarse más tiempo del realmente necesario. Su iris azul refleja el trozo de carne de vacuno envasado al vacío, perfectamente empapado en sus líquidos carmesí y que sostiene entre sus manos. Verifica que tenga un grado de limpieza aceptable: con poca fibra transparente —esa que hace que la carne se encoja cuando está a la parrilla—, con la grasa justa para darle sabor una vez asada, y que sea de un peso adecuado para la cantidad de comensales.

—Dos paquetes de kilo trescientos van a estar bien —piensa, mientras pone en su carro la pieza seleccionada y gira su torso para buscar otra.

 

Al mismo tiempo un hombre, con una mano en el bolsillo de su parka, mientras con la otra sostiene un cigarro encendido, camina por una céntrica calle de la ciudad, poco concurrida para ser fin de semana. Son las 17:30. Se detiene donde siempre y bota la colilla aún incandescente al suelo, aplastándola con su zapatilla. El amplio pasillo de la galería se encuentra casi vacío, salvo por una peluquería abierta, en la que sus dependientas matan el aburrimiento sentadas escuchando música mientras conversan. Él las observa por un momento y ellas lo saludan con una efusiva familiaridad. Él les devuelve el saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa, mientras avanza por el corredor iluminado por el techo de vidrio sobre su cabeza. Se detiene frente a la boletería, saca de su billetera tres mil pesos y los entrega a la cajera, quien le da un recibo. No hay mayor diálogo entre ellos: la expresión de tedio de la cajera no da cabida para entablar ningún tipo de interacción, pero esa situación es como siempre, y él lo sabe.

Luego, avanza y sube una amplia escalera embaldosada, mientras gira su cabeza y se observa en la pared espejada a su derecha. Se detiene por un momento para arreglar su cabello negro y tieso, el cual complementa su moreno rostro, con surcos profundos esculpidos por años de trabajo e insomnios. Llega al vestíbulo y entrega el ticket a un pequeño hombre sentado sobre un taburete. Su pelo canoso, las bolsas bajo sus ojos perdidos, la piel colgante de su papada, su boca apretada, sus manos huesudas, de venas marcadas, le revelan como el anciano que es: uno que no desea estar allí, pero que lleva su contexto con resignación.

—¡Hola, Julito! —le dice el hombre al anciano, con tono seco. El anciano, sin responder, se limita a recibir el boleto mientras otro empleado se apresta a abrir la puerta roja.

 

La Cata ahora se encuentra en el pasillo de los vinos, donde ha seleccionado dos botellas de Cabernet Franc para acompañar la carne. En su carro lleva los dos paquetes de carne, una bolsa de carbón, dos piezas de queso roquefort, un paquete de uvas blancas, dos bebidas cola sin azúcar y un pack de botellitas de agua tónica con sabor a pomelo. Deposita ambas botellas cuidadosamente en el carro, de manera que éstas no se muevan libremente, mientras ella se desplaza por el local. Mira la hora en su Cartier. Ya son las 17:45, debe apurarse. Se arregla el pañuelo beige anudado alrededor de su cuello, de forma que no sobresalga de su parka negra sin mangas. La compostura, la pulcritud y la apariencia deben ser sostenidos permanentemente y en todo lugar, porque para ser gerente no basta con serlo, sino que además hay que parecerlo. Mira a su alrededor, nadie conocido. Entre el flujo de carros movidos por los clientes, ella avanza. Un tipo, por el mismo pasillo, pero en sentido contrario, conduce su carro con una mano mientras habla por celular. Hace una mueca de pedir disculpas y mueve el carro para dejar espacio para que la Cata pueda seguir avanzando.

Cata se desplaza por el pasillo y se dirige al sector de los destilados. Una pareja se encuentra allí decidiendo sobre cuál Gin llevar: si el rosado o el azul, mientras una pequeña les pregunta si le van a llevar un chocolate, porque tiene hambre. La Cata no se complica, toma una botella de Hendrick’s y la echa al carro. Luego se gira al pasillo de enfrente y saca una botella de pisco envejecido. Reanuda su marcha, esquivando a otro carro empujado por una pareja de abuelos que, a paso cansino, avanzan por el pasillo.

Se dirige al sector de las galletas y rápidamente elige unas a base de higos y nueces y un paquete de castañas de cajú, y luego camina hacia la caja. Lo ventajoso de ir al supermercado un sábado en la tarde es que a esa hora no va mucha gente a comprar, dado que, o lo hicieron un poco antes de la hora de almuerzo, o lo harán cerca de las 19:00 como parte del ritual antes de las reuniones de amigos, las previas a los panoramas de los más jóvenes, o las citas románticas de los amantes de siempre.

Llega a la caja y la mujer que le atiende, perfectamente uniformada y peinada, lleva con dignidad su cansancio.

—Buenas tardes, ¡ánimo que falta poco! —le dice Cata, con forzada simpatía. La cajera le mira de reojo y le devuelve un saludo (sonrisa forzada mediante).

Pone todos los artículos sobre la banda transportadora, saca de su mochila Fjällräven las bolsas para compras y ejecuta con precisión todo el proceso de registro y embolsado, lo que le toma cinco minutos, incluido el pago con tarjeta de crédito para acumular kilómetros para viajar.

Pone las bolsas dentro del carro y se dirige hasta fuera del supermercado, al sector de estacionamiento, donde busca su SUV color grafito y sube la mercadería al portamaletas. Se sube al auto y mira la hora: son las 18:05.

 

El ambiente oscuro se corta con el pesado olor del humo de cigarros y marihuana. Héctor se pasea por el pasillo en declive, observando el entorno. En la segunda fila un grupo de personas, amparadas en la oscuridad y débilmente iluminadas por la proyección en la pantalla, se encuentran de pie, contemplando la acción donde se escucha el gemido de un hombre, seguido por el sonido de unas palmadas. Es lo de siempre: un hombre penetrando a otro. Mientras, en la hilera de asientos que se encuentra a su costado izquierdo, y a dos asientos de distancia, otro hombre se masturba. Ambos hacen contacto visual, Héctor avanza y se sienta al lado de aquél. Lo mira por un instante, se gira hacia él y pone su mano sobre la pierna del sujeto, deslizándola hasta llegar a su rabo. El sujeto retira su mano y deja que Héctor haga el resto. Sólo basta que aquello ocurra para que otros paseantes del pasillo olfateen lo que está sucediendo y se agolpen en torno a ellos, formándose un grupo de unos seis o siete mirones del encuentro sexual.

Pasados unos minutos, y como es habitual, el gemido del sujeto anuncia la salida de sus fluidos, los que se escurren por la mano de Héctor, quien luego limpia con pañuelo de papel que saca de su bolsillo. El primer acto ha terminado, y los improvisados asistentes al mismo se dispersan y continúan su recorrido por la sala XXX. Héctor se pone de pie, de su bolsillo saca un pañuelo y limpia su mano. Vuelve al pasillo en declive y prosigue su recorrido.

Los asistentes a aquel sitio son en su gran mayoría hombres de mediana edad y unos pocos de edad avanzada, con mochilas colgando de sus espaldas y jockeys sobre sus cabezas. Sólo al acercarse a ellos ya resulta posible distinguir otras características sobre sus vestimentas en medio de la penumbra.

Algunos travestis también se encuentran en búsqueda de lo suyo, al igual que la única mujer de tacones altos y pin-up blancos, en busca de algún improbable cliente hétero. Dicho lo anterior, el lugar es ruidoso y es posible distinguir los diversos acentos y tonos de voz: algunos gruesos y otros más agudos, entre risas, conversaciones y algún grito.

 

La sordidez del lugar resulta avasalladora, intimidante y —sobre todo— inimaginable para quienes nunca han siquiera husmeado un contexto semejante. Sin embargo, aquel espacio es quizás uno de comunión surrealista, de encuentro y relajo para quienes se sienten marginados del privilegio de poder expresarse en libertad y sin temor a ser juzgados. Es un lugar donde la carne —en tanto carne— se disfruta casi gratuita y generosamente por aquellos a quienes se les ha negado el soporte afectivo, los recursos o la confianza suficiente para aceptar y vivir su propia naturaleza. Ellos —acaso conscientes de esto— lo intuyen: de ahí los códigos tácitos, pese a lo violento de la fiesta, sostienen un cuidado no dicho.

 

De pronto, Héctor siente una vibración en el bolsillo del pantalón. Un mensaje ha entrado a su WhatsApp: “Don Héctor, ¿pudo terminar el arreglo en la terraza? Tengo citada a la gente a las 20:00, y necesito saber si faltó algo. Saludos, Cata”.

Javier Aránguiz Léniz
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