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No me preguntes

martes 1 de octubre de 2024
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I

De todos los hijos, yo era el único que se llevaba bien con nuestra madre, ey. Los demás se fueron de casa en cuanto tuvieron la oportunidad. ¡No, qué va! Nadie se llevaba bien con la ñora. Sólo yo me quedé, pero nos agarrábamos bien feo del chongo, ey. Recuerdo que siempre le llevaba la contraria por algo que hacía mal, y por eso me metía santos madrazos. ¡Imagínate tú! Casi a mis cincuenta años y mi madre me seguía dando mis chingazos, ¡oh!, no te rías, mano. Si te dijera que mis hermanos se fueron por eso. ¡Sí! Se largaron desde jóvenes porque no querían tener nunca más las marcas que les dejaba mi jefa. Yo me quedé porque no quería dejarla sola. Me sentí responsable de cuidarla, de ayudarla con la casa, los gastos. Sentí la responsabilidad de ser, de entre todos sus hijos, lo que ella hubiese querido. Con todos sus problemas encima, ¿cómo no hacerlo?

 

II

Pues no me preguntes dónde están mis hermanos. Trataron de regresar a casa, pero sólo para visitarla. Fíjate que una vez, mis hermanos querían hacer las paces con ella. Se sentían culpables de no dejarla ver a los nietos, así que utilizaron a los niños para unir un poco más a la familia. Pero mi madre no cambió: cuando los niños se quedaban y hacían una que otra travesura, ella les daba santa madriza como a nosotros, sus hijos. Yo los defendía de su afán.

Un día, mis sobrinos y yo hablamos con mis hermanos y les mostré los moretones de los niños. Total, que mis hermanos fueron a echarle bola a mi jefa y nunca más volvieron a poner un pie en la casa. En ese momento yo también tenía ganas de irme. Me sentía atrapado entre la culpa y el deber, pero me di cuenta de que tal vez se quedó sola por mi culpa. Me sentí responsable de curar esa soledad. Pero fíjate alrededor, hoy tampoco vinieron.

Sí, muchas veces quise irme, pero ya no pude. Nadie le iba ayudar a mi madre, y yo no tenía el corazón para dejarla.

 

III

¡Uy, manito! Oportunidades para casarme me sobraban. ¿A poco no sabías que yo andaba con la Lupita? ¡Ey! Lupita es, de entre tantas, una de mis decepciones amorosas por mi responsabilidad de cuidar a mi madre. Cuando salió el tema de qué iba a pasar con mi madre, empezaron los problemas. Me dejó. Y así como ella, muchas me dejaron. Me dijeron que no podían con la carga de mi mamá, que no podían compartir eso. Yo también me quedé solo, con mis pensamientos, mis recuerdos y mis deseos. Tantas noches en las que pensaba en construir, por fin, una vida, una familia propia. Pero ¿cómo iba a dejarla sola?, ¿cómo iba a abandonar a la persona que me dio la vida y que se quedó sola por mi culpa? Con esa responsabilidad me di cuenta de que mi vida estaba ligada a la suya, como si fuera una cadena que no podía romper. Esa vida, ni ninguna otra, era para mí, ey.

 

IV

No, no me preguntes sobre mi señor padre. Él tampoco se quedó. Ese señor nomás iba y venía, iba y venía. Nunca llegué a conocerlo como hubiera querido, tampoco estuvo en el consuelo de un niño. Hasta donde sé, se encaraba a un camino requetedifícil que para darnos una buena vida. Nunca vimos ni un pinche peso. Pero ya grande uno ya sabe a qué venía mi apá. Llegaba, hacía lo que tenía que hacer con mi madre y se iba. Así nacimos todos nosotros. Horita quien sabe dónde anda el canijo, ey.

 

V

Fíjate que no me acordaba de mi papá hasta ahorita que me preguntaste, pues de las ausencias uno casi ni se acuerda.

No están mis hermanos ni mi señor padre y les tengo coraje por eso, pero no me duele. Fíjate que lo que más me acongoja es que en los últimos días, mi madre se hizo más abierta, un poco más sensible. Pero, manito, ¿por qué se tuvo que esperar hasta su último suspiro para decirme un mísero “te quiero”? Y ahora que ya lo tengo, ¿a dónde voy ahora?

Luis Gerardo Reyes Luna
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