

Absurdos cotidianos
Rubén Darío Buitrón
Cuentos
Editorial Edino
Guayaquil (Ecuador), 2007
ISBN: 978-9978-21-043-7
150 páginas
El acumulado de vivencias imperceptibles —unas— y tangibles —otras— del ser humano se leen con interés y curiosidad en Absurdos cotidianos, de Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966). ¿Qué hay en común entre un taxista honesto, la decadencia de una relación marital, las penurias de quienes subsisten con la incertidumbre y la miseria, el cáncer como preámbulo de agonía, la pasión por la pelota de fútbol, la emigración como alternativa y luz en el camino, la rutina como desgaste tras la jornada, la añoranza familiar, la espera de la llamada telefónica jamás recibida, la fuerza inquebrantable de la fe, las creencias asombrosas, la psiquis alterando la paz interior, los retornos postergados, el miedo como sombra al acecho, el anhelado reencuentro en la antesala del aeropuerto y el apego a las mascotas? Pues, que son episodios frecuentes que, de manera fragmentaria, se imbrican en relatos personales que reflexionan, alientan, duelen y atormentan tras la tesitura y el azar.
Por supuesto, hay un cuestionamiento ante sucesos, emociones y pensamientos con soltura y atributo narrativo. Se juzga lo necesario, con cuentagotas, ya que son las imágenes retratadas en sí las que determinan la composición retórica. Buitrón sabe que la elaboración textual no es simple, ya que presupone miradas delatoras que van más allá de la epidermis de sus personajes provenientes de la realidad, y que alcanzan un rol activo a partir de la mixtura genérica entre el arte literario y la labor periodística. Tal realidad tiene perspectiva propia con el ejercicio ético reporteril que ahonda en los entresijos de la mujer y el hombre de a pie (Clemente, Fernando, Carlos, Pedro, Concepción, Sandra, Michelle, Porfirio, Leonor, María, Giovanny, Elena, Cecilia, Manolo, Verónica, Juan Manuel, José, Susana, Jorge, Galo, Roberto, Mayra, Rosa, Alicia, Sebastián, Cristina,...). Así, también, de rostros anónimos que fraguan luchas particulares en la hondonada de sus noches y amaneceres subsiguientes, en un ritmo convocante a la resistencia y a la plenitud de los sueños, pese a las vicisitudes y dificultades. Estos actantes, no obstante del pasado ineludible, tienen fijada su meta en el futuro, ya que, a fin de cuentas, qué queda de las estaciones remotas sino “nostalgias estridentes como una manera simulada de llenar los profundos abismos que vamos construyendo en nuestra diaria abulia, en nuestra desesperación por vivir el momento sobre refugios frágiles, en nuestra insólita manera de pensar que todo cambia pero nada cambia”.
En Absurdos cotidianos se hallan historias entrelazadas (aunque mejor correspondería considerarlas intrahistorias desde el sentir unamuniano) como producto del ojo observador y analítico del autor, quien asume la condición de testigo del tiempo que le ha correspondido transitar sin ambages, cuya apuesta está en identificar las virtudes y errores, los logros y las derrotas de una sociedad: la nuestra. Contradictoria. Paradojal. Esperanzadora. Siniestra. Cada escena nos conduce al lugar mismo de los acontecimientos: el hospital, el asilo de ancianos, la carretera, el estadio, la habitación modesta, el barrio marginal, el lugar de trabajo, el restaurante, el terminal aéreo, la calle. Y a ciudades como Guayaquil, Quito, Cuenca, Loja, Quevedo, Santo Domingo, San Lorenzo, Colta, Echeandía (con sus rincones de siempre, aceras angostas, balcones de antaño, cúpulas de impresionantes iglesias, parques donde se anidan amores febriles, comerciantes informales, montes majestuosos, vértigo infranqueable, ruido ensordecedor y contaminante). Se atisba el contraste regional del Ecuador (con su zonificación abismal: urbe-campo). Al igual que el paisaje —al vuelo— de esta patria lacerada por las malas decisiones de los prestidigitares de la política, “(...) donde camina algo peor que el pesimismo: una maquinaria del dolor manipulada por fantasmas específicos”.
El hilo conductor temático —que guarda actualidad— tiene a la gente como matriz protagónica. La destreza comunicativa acopia asuntos universales que decantan y develan al individuo en carne y hueso: el amor y el desamor, el exilio, la pobreza cuyo “enorme muro hay que derribar”, la delincuencia y el crimen, la precariedad laboral, el paso inexorable de los años, la enfermedad como latente disputa introspectiva, la mediocridad burocrática, la envidia y mezquindad, las quimeras inalterables..., con estilo singular y alcance crítico respecto del impacto social palpable en las esquinas de los semáforos, en las afueras de los edificios en la madrugada, en la intemperie en donde pululan menores de edad vendiendo caramelos, rosas y hasta sus inocentes cuerpos. Sobre el empeño de emancipación femenina, extraigo el testimonio de mujeres indígenas de la comunidad rural La Merced (Chimborazo), quienes corren la cortina de la malhadada práctica machista, para exteriorizar “que no es fácil cocinar para el marido adivinando lo que ese día querrá comer y con el riesgo de que la insulte y la agreda si el plato no es lo que él pensó que sería. Que no es simple levantarse a las cuatro de la mañana en medio del frío más penetrante que baja de los volcanes y de la nieve para preparar el desayuno de los niños, para peinar a las niñas, para vestir a los hijos a fin de que vayan limpios y dignos a la escuela. Que no es fácil cuidar a los animales, llevarlos a pastar, saber exactamente dónde está cada uno, conducirlos hacia buenos pastos, subir laderas empinadas, vigilar la choza desde lejos, sentir nostalgia por el hombre que la escogió como esposa y que no entiende de amor a la pareja sino de yugo, servicio, abnegación, utilidad, atención a sus necesidades”.
Absurdos cotidianos recoge crónicas que emanan sonrisas, lágrimas y abrazos desde el yo, el tú y el nosotros. En definitiva, refleja la vida y la muerte, no como elementos contrapuestos, sino desgarradoramente complementarios e interdependientes, similar a lo que dice Haruki Murakami en Tokio Blues: “La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”.
Rubén Darío Buitrón irradia en su obra el mensaje de su maestro, Miguel Donoso Pareja (quien también es captado para la posteridad en estas páginas): “Si no fuéramos inconformes seríamos lineales y aburridos, no tendríamos nada que escribir (...). Sólo escribimos preguntas, un solo libro, un libro eterno e inacabable de obsesiones y preguntas”.
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