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Cien años de La montaña mágica, de Thomas Mann

lunes 11 de noviembre de 2024
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Thomas Mann
Mann temía ser escritor de una sola obra. Cuando emprende la escritura de La montaña mágica sólo había publicado una “gran” novela, Los Buddenbrock (1901), y algunas nouvelles, entre ellas Tonio Kröger (1903) y La muerte en Venecia (1912).

Anhelas tener una tumbona en el balcón y durante las frescas jornadas empaquetarte en algunas mantas blancas para leer allí La montaña mágica, fantasear con las largas peroratas del apestado Settembrini, las charlas de amor y medicina del doctor Krokovski, la estridencia de Marusja, las frases sin fin (literalmente) de Pepperkhorn o, simplemente, para contemplar la calle desierta mientras emulas una terapia de curación y haces crepitar uno que otro cigarro María Mancini hasta ver la aparición, entre la humareda y después de escuchar un portazo, de tu propia eslava Madame Chauchat. Aquellas imaginerías producto de la prosa fantástica de Thomas Mann no cesan desde que terminas la primera lectura del libro. En ese momento sientes el desconsuelo propio del fin. Decides reiniciarlo, ávido por recrear de nuevo la dichosa alucinación sobre la nieve. Lamentas no saber alemán para abordarla en su original. Te prometes aprenderlo sólo para leer a Mann en su idioma, acariciando el deseo de imitar a un joven Borges que se había enseñado alemán para leer El mundo como voluntad y representación. El desconsuelo crece en los años ulteriores cuando procuras un análisis más detallado del texto y los profesores no lo ven con buenos ojos. El motivo es unánime: tu desconocimiento del idioma alemán. Aunque guardas la esperanza de aprenderlo, tu propósito se ve trastocado por la enfermedad moderna: la falta de tiempo, de la que justamente Hans Castorp huyó por unos años. Aun así, vuelves al libro una y otra vez, leyendo capítulos disgregados o listo para su íntegra relectura, una sin fanatismos ni prisas y, aunque todavía no tienes la chaise longue ni el balcón, vuelves a delirar con la forma en que todo sucedió.

Entre los meses de mayo y junio de 1912, sin lograr precisar una fecha cierta, Thomas Mann llega por vez primera a Davos, Suiza. Aunque agotado por las jornadas de travesía, la ilusión del viaje —capaz de alejarlo de su universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas, como escribiría posteriormente— es más vigorosa. Al bajar del tren en Davos-Dorf escucha el repiquetear de un taconeo sobre el asfalto que le permite reconocer —incluso antes de verla— a Katia, su esposa, internada días antes en el sanatorio de la ciudad para recibir tratamiento médico debido a la afección pulmonar que la aquejaba desde hacía algún tiempo. Lo alivia reunirse de nuevo con ella. Se encaminan hacia el blanco edificio ubicado en lo alto de la montaña. Transitan en coche junto a la vía del tren, por una senda pedregosa, giran a la izquierda sobre los rieles y cruzan un arroyuelo. Al descender, Mann distingue sobre su cara una brisa desconocida y ligera que revolotea hasta acariciar también a Katia, luego ulula entre los árboles y, a continuación, se desvanece. A la distancia, sobre una meseta herbosa, se alza la edificación a la que llegan minutos después: el Berghof, el sanatorio.

El portón se abre y un hombre de librea gris lo saluda desde la garita. Mientras anota su nombre, algunas voces de fondo reafirman la tranquilidad del lugar. A su lado permanece Katia, de quien no se ha separado. El gozo de verla, percibe después, no es menor que el producido al errar atónito por el edificio. La fascinación del escritor por el sanatorio es de tal índole que, durante doce años —entre 1912 y 1924—, con algunas interrupciones, lo evoca en la memoria mientras, día y noche, en su residencia familiar localizada en Múnich, escribe ascéticamente hasta culminar una de sus más aclamadas y representativas novelas, La montaña mágica (Der Zauberberg).

Mann temía ser escritor de una sola obra. Cuando emprende la escritura de La montaña mágica sólo había publicado una “gran” novela, Los Buddenbrock (1901), y algunas nouvelles, entre ellas Tonio Kröger (1903) y La muerte en Venecia (1912). Sin embargo, el inicio de otros proyectos inacabados había sumido al alemán en una suerte de incertidumbre literaria que se profundizaba por la popularidad de su hermano y rival, Heinrich Mann, un escritor más ilustrado, leído y admirado en su momento, un zivilisations literaten, comprometido con lo social y defensor acérrimo de lo global y la democracia, y de quien Thomas, para aquel entonces partidario de un conservadurismo pronacionalista y granburgués, vivía a la sombra. En el libro venidero, atravesado por la Gran Guerra, estaría su redención. Se habla de la existencia de dos manuscritos de La montaña mágica, uno anterior al conflicto y que se llamaría El aprendiz de brujo en atención a un poema de su maestro, Johann Wolfgang von Goethe, y el que actualmente conocemos, sin mayores certezas sobre qué elementos del primero persisten en el final.

Incluso sin terminar su escritura, la obra ya era anunciada a un público impaciente. La publicación de La montaña mágica hace cien años fue acompañada, atendiendo a fines económicos, de una intensa publicidad que oscilaba entre cartas, entrevistas y lecturas públicas. Hacia 1920, antes de haberla concluido, Brecht escuchó en Múnich de la propia voz de Mann el capítulo tercero y lo calificó negativamente, quizá más llevado por el recelo hacia el alemán como personaje político que por consideraciones objetivas; Walter Benjamin, a pesar del odio hacia su coterráneo, a quien calificó de Publizisten (una especie de “charlatán”), en una carta a Scholem escribió que Mann se había acercado a él con un libro que ha abordado las cosas más intrínsecas que me conmueven y me han conmovido siempre, de una manera que puedo controlar y aceptar estrictamente, y que de hecho en muchos aspectos debo admirar enormemente. Por su parte, Heidegger, en una carta a Hannah Arendt, admitió la sorpresa e impresión por el magistral tratamiento del tiempo en la obra.

Las traducciones fueron casi inmediatas. En el mismo año de su publicación fue traducida al húngaro, en 1927 al inglés, en 1931 al francés y en 1934 el escritor Mario Verdaguer la tradujo al castellano por encargo de la editorial Apolo. En 2005, como conmemoración de los cincuenta años de la muerte de Thomas Mann, la editorial Edhasa publicó una nueva edición al castellano a cargo de la filóloga Isabel García Adánez, que recupera de forma íntegra el texto y refleja con mayor fidelidad el estilo de Thomas Mann.

“La montaña mágica”, de Thomas Mann
En 2005, como conmemoración de los cincuenta años de la muerte de Thomas Mann, la editorial Edhasa publicó una nueva edición de La montaña mágica traducida al castellano por la filóloga Isabel García Adánez, que recupera de forma íntegra el texto y refleja con mayor fidelidad el estilo de Thomas Mann. Disponible en Amazon

La montaña mágica
Thomas Mann
Novela
Traducción: Isabel García Adánez
Edhasa
Barcelona (España), 2005
ISBN: 978-8435018388
1.056 páginas

Mann no fue ajeno a las influencias de sus mentores y decidió escribir sobre lo que Goethe y Schiller años atrás habían pensado: una Bildungsroman —con ciertos rasgos del Märchen o cuento maravilloso alemán, evidentes desde el título y las “intenciones del autor” (Vorsatz). Como en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, y Enrique el Verde, de Keller, el héroe de La montaña mágica también transita su etapa adolescente, una época de crisis propicia para avizorar el proceso de cambio a través del tiempo. Mann nos acerca entonces al periplo de iniciación, la historia de aprendizaje de Hans Castorp, el viajero, una especie de Ulises en extinción. Fue suficiente alistar una pequeña maleta con algunos utensilios imprescindibles y acercarse a la estación de Hamburgo con el propósito de visitar a Joachim Ziemssen, su primo tuberculoso, durante tres semanas en el sanatorio Berghof, en lo alto de Davos. Sin embargo, su aventura vacacional se extendió tanto que el adjetivo bien podría olvidarse. Siete años transcurrieron para que un renovado burgués retornara a su Ítaca, al mundo de abajo, real, desligándose de los encantos oníricos de una Calipso cimera en donde la música, la enfermedad y la muerte estaban a la orden del día.

El tiempo —casi inexistente en esa cortina que es el Berghof— y su meditación se edifica como el leitmotiv de la obra, que es, como el mismo autor lo aludió, “sobre el misterio del tiempo”. Los planteamientos de Schopenhauer serán rescatados por Mann primero en Los Buddenbrook y luego en La montaña mágica. Sin la percepción del tiempo y la sucesión, el espacio sería rígido e inmóvil, sin acción ni variación ni progreso. Los excursos sobre el tiempo abren cada uno de los capítulos preparándonos para la metamorfosis del héroe. Suele discutirse sobre el aprendizaje del modesto Hans Castorp, o sobre la pérdida de tiempo que fue su ascenso, caso en el cual el lector se vería también engañado. Y es que no es fácil, en el fragor de la neurosis moderna, disponerse para una narración lenta, excesivamente detallada, incluso para algunos frustrante, y, al finalizar, admitir la inutilidad de los días invertidos, admitir que el mismo Castorp que subió fue el que bajó. Y es que la narración del tiempo en la obra es paradójica: el primer día del héroe en el Berghof ocupa más de cien páginas, las primeras tres semanas se extienden a lo largo de doscientas cincuenta páginas, el primer año se despliega en quinientas páginas, y los primeros dos años abarcan setecientas. Paradójicamente, los restantes cinco años, esos breves años, como los califica el narrador, se condensan en tan sólo las doscientas cincuenta páginas restantes. La representación inverosímil del tiempo refleja cómo el autor juguetea con su percepción a lo largo de la narrativa y, sobre todo, cómo juega con el lector. Con todo, el ritmo aletargado de la montaña es el mismo de la narración, uno hipnotizante, de ensueño, vital para la maduración y conversión de Castorp, de lo contrario, las casi mil páginas, atestadas de detalles, exordios y excursos, serían un mal chiste para el seguidor de Gregorio Samsa, cuya transformación en unas horas no le exigió a Kafka más de un par de cientos de páginas.

Los hechos ordinarios, tal vez intrascendentes a primera vista, se tornan extraordinarios cuando se desarrollan sobre una base fuera de lo ordinario, en el tiempo y espacio que permite ese olimpo espiritual. Leer sobre la montaña es subir en ella, palparla. Una especie de embriaguez suele envolverla —percibimos—, como si un vaho ligero e hipnótico impregnase el aire del Berghof. A menudo, el paisaje se trastoca de repente y la conciencia de la estación del año se torna irrelevante: la primavera puede volverse verano y el verano de agosto saluda a un invierno prematuro atiborrado de lluvias en ocasiones guiadas por heladas que se transforman en fuertes nevadas y, sobre todo, en el desconcierto de los asistentes a aquel espectáculo climático. El pronóstico del tiempo no puede ser anticipado. Cada día con su afán. La calefacción es necesaria algunos días de canícula y durante los inviernos se cuelan jornadas cálidas donde la montaña y el valle saludan al espléndido cielo azul y al sol que procura la ligereza en los ajuares de los residentes. Ese pico, de tiempo evanescente, se impregna de un hálito de misterio en el que parecen flotar los personajes de la obra, y son justamente los detalles los que nos permiten familiarizarnos con cada uno de ellos, como si también fuésemos pacientes, como si viviéramos a su lado y comiésemos en sus mesas. La buena literatura es la que nos permite vivir la vida que otros soñaron. Entonces nos sentimos abatidos hasta la médula con el desvanecimiento del castrense Joachim, palpitamos con el amor inconcluso hacia Clavdia, sentimos vértigo ante la tormenta de nieve que por poco nos sepulta junto a Castorp, lidiamos con el olvido al que nos sometió la llanura, o sencillamente aprendemos a aceptar la enfermedad y la muerte, el extravío ante la vida, el derrumbamiento paulatino del mundo. Lo cierto es que la formación de Castorp es también la de Thomas Mann —cuya mesa de escritura permanecía colmada de libros de diferentes ciencias y oficios que estudiaba y parafraseaba directamente y cuyos conceptos propalaría a lo largo de la novela— y la del lector, quien advierte con o sin indiferencia el catálogo de información que allí reposa pero, sobre todo, se colma del humor que invade las páginas. No es extraña la sorpresa que suscitó en Mann la lectura atenta que causó su novela teniendo en cuenta la costosa inversión que requería de su público: dinero y tiempo.

Como El Aleph, La montaña mágica podría ser el punto que contiene todos los puntos, el texto que contiene todos los textos. Con el tiempo como artífice, se intervienen quirúrgicamente diversas disciplinas. Schiller obra como precursor de aquel reto. La especialización exigida socialmente atrofia al hombre, pues lo aleja del resto de saberes y pasiones. Schiller acude a la idea de educación estética, de los sentidos, como forma roussoniana de perfectibilidad al abrir los horizontes del hombre con la intención de hacerlo íntegro y ético. Mann no fue indiferente ante tal postura. Filosofía, historia, política, astrología, medicina, teología, música, estética e, incluso, alquimia, son algunas de las áreas en las que oscilará la vida de Castorp y, cómo no, la del lector, cuyo estupor podría ir en aumento al leer esas disertaciones. Algunos pasajes pueden generar desconcierto en un lector ansioso y sin mayor interés por la diatriba de biología y botánica a la que sucumbió Castorp acerca de la materia orgánica, las propiedades del protoplasma y los depósitos calcáreos, las vidas animales y vegetales inferiores como la ameba y el animal invertebrado, la naturaleza inanimada, la vida como un calor, una fiebre de la materia en descomposición y renovación, la mágica visión de cada vena, cada arteria, la linfa, los ligamentos, los huesos, las vértebras, los tendones, los órganos encargados del funcionamiento del cuerpo, la imagen de la vida que se revela ante los ojos del héroe; páginas posiblemente prescindibles para algunos. Sin embargo, precisamente en la reflexión de asuntos de los cuales Castorp allá abajo no hubiera entendido ni una sola palabra está lo mágico de la montaña, pues ¿qué es la vida si no precisamente aquel infinito escudriñar y revolotear en procura de su anatomía, de su sentido?

No es sorprendente que la curiosidad de Castorp sea impuesta a todo lector. Es como si Mann quisiera catapultarnos hacia el descubrimiento, la epifanía, como si estuviese convencido de que al descifrar su texto desentrañaremos asimismo la existencia. El ingeniero sacia su curiosidad de manera autónoma, instruyéndose como un autodidacta, fisgando en algunos libros de su interés, conversando socráticamente en los inviernos prematuros e indagando —es un preguntón empedernido, un pesado— a sus caricaturescos mentores que se disputan su alma y su simpatía: el humanista y burgués ilustrado, Ludovico Settembrini, y el jesuita pangermanista y reaccionario, Leo Naphta, emblemas de dos corrientes de pensamiento opuestas que se alzan como un trasunto de las posturas políticas previas a la Gran Guerra, cuya terminación es decisiva para Mann y para la escritura final de su obra.

Tres años después de iniciada, Mann suspendía la escritura de La montaña mágica para dedicarse a consignar su postura política en un panfleto antidemocrático y apasionante —dado su carácter denso, ambiguo y no del todo logrado al mezclar torpemente estética y política— llamado Consideraciones de un apolítico (1915-18), afín al autoritarismo del frente nacionalista alemán, y que será condenado por su hermano Heinrich en Zola (1915). Sin embargo, el fin y las consecuencias de la Primera Guerra Mundial inclinaron a Thomas hacia la defensa de la República de Weimar y la democracia, lo que sutilmente proyecta en La montaña mágica. Gran parte del texto irradia una prevención, una distancia crítica con el demócrata Settembrini, bosquejado como un sujeto bufonesco y anacrónico, así como cierta simpatía hacia el fascista y teócrata Naphta; actitud que parece alterarse en las páginas finales, escritas luego de 1922 tras una interrupción de cinco años, cuando Mann ya había entrevisto y proclamado en su discurso La república alemana (Von deutscher Republik) los dones del humanismo y la democracia contra las tinieblas y la cultura de la muerte representada en el autoritarismo y nacionalismo. Aunque Castorp aparenta neutralidad en las disputas de sus consejeros —cuya resolución victoriosa para uno u otro jamás se zanja—, con delicados empujones del narrador se va decantando hacia el italiano: Settembrini se vuelve cercano, agraciado, emblema de la luz, el pacifismo y la salvación mientras que el oscurantismo de Naphta es decididamente condenado. La novela, sus personajes, incluso el estilo intrincado en ocasiones de la narración, representa también la propia búsqueda del autor, su formación política, la revisión de su concepción del mundo, su indagación sobre lo propiamente burgués, una evolución enredada y paradoxal que funcionará a la vez como crítica anticipada al autoritarismo alemán de 1933 y como alarma: el liberalismo burgués, de no incorporar una fuerte dosis de equidad social, tenderá al totalitarismo.

Pero es imposible no volver una y otra vez a estos peripatéticos antagonistas. Sus controversias parecen inusuales en la inmovilidad. Es caminando por las montañas, hacia Davos o por el pueblo que tienen lugar gran parte de las agudas controversias de Naptha y Settembrini, de las cuales es imposible dar cuenta sin perdernos en un desesperante laberinto de contradicciones, como el mismo narrador admite. Las diatribas en las que se ensartan esos charlatanes, quienes procuran disimular sus males corporales, son indicadoras de una dolencia más penosa que les aqueja esta vez el alma: la pedantería. Las apasionadas y, como el autor lo admite, cargadas teorizaciones allí disgregadas, han permitido al lector académico encumbrar a la novela como una robusta y enriquecedora enciclopedia, pero indigerible para el lector real, un ladrillo para quien sólo quiere gozar del libro, de la ironía, de las fiestas y de lo que pasa en aquel alto encantado, y para el mismo Castorp quien “con la cabeza ladeada, abría pequeños surcos en la nieve con su bastón y reflexionaba sobre aquella confusión tan tremenda”. Esto no puede desalentar la lectura. Reparar con minucia en cada sermón de los contendores, aunque significativo, podría abatir de antemano al lector en las primeras de cambio e impediría identificar lo que es igual de trascendente: la representación discursiva y gestual de los adversarios. La experiencia de lectura se torna tan gozosa al considerar aspectos como la despiadada ironía de Settembrini, el movimiento implacable y desesperado de sus manos, sus ojos desviados que se mofan con resignación de cada una de las inocentes dudas e intervenciones de su discípulo Castorp (“Cállese, ingeniero —le dice Settembrini, mientras lo mira con los ojos como platos—... instrúyase pero no produzca” o “Lo ininteligible de su observación, ingeniero —le respondió Settembrini— deja traslucir, sin embargo, su carácter censurable”), o de los planteos deletéreos de su adversario Naptha (“La lógica es su forma —le dice al jesuita— pero su esencia es la confusión”), un hombre frágil y enfermo pero que no reside en el Berghof.

¿Qué hay en esa montaña si no dolientes? Mann, como buen hipocondriaco, en La muerte en Venecia plantó la semilla que eclosionaría en lo alto de Davos: la enfermedad está a la orden del día. Paradójicamente, el ascenso del ingeniero al sanatorio es el descenso de Ulises al Hades, al reino de las sombras (“Así que ha subido voluntariamente a vernos, a nosotros, los que hemos caído tan bajo” sugiere Settembrini), donde lo reciben sus otros mentores, Radamante y Minos: los doctores Behrens y Krokovski, respectivamente, guardianes del Berghof, donde se concentra la enfermedad prebélica: un mundo febril y perturbado, sin identidad, extraviado ante los distintos órdenes humanos. Los internos, conscientes de su enfermedad, procuran cumplir con las recomendaciones médicas. Qué mejor ambiente para hacerlo: festines, agasajos, abundantes manjares, paseos, entre otros, son algunos de los encantamientos y adicciones para los enfermos, quienes —con algunas excepciones— optan por permanecer allí antes que ser dados de alta y volver a la llanura. Si la muerte es inevitable, la conciencia de ella permite su olvido. Los pacientes lo hacen, se alejan de ella: ríen, bailan, comen, toman el té, aman, cotillean, chismean y mueren en general sin tanta pompa, como si jamás hubiesen existido. Castorp, de familia acomodada, también se atiborra y embelesa con los lujos de la alta burguesía y aprende a ser un buen paciente. Adquiere el termómetro más costoso de una variada gama que le ofertan, se toma la temperatura regularmente y lleva un registro de su estado febril, cumple con los horarios de las comidas, excursiones y reposos, asiste a los exámenes médicos necesarios y su corta estadía inicial se extiende, felizmente para él, por siete años.

Las críticas a este modelo clínico no se hicieron esperar. En diversas cartas al autor, el gremio médico le reprochó la visión del sanatorio y de la medicina como un negocio. No es un secreto que la ubicación del Berghof y su clima eran idóneos para fines comerciales, pues ¡cualquiera se debilita y siente palpitaciones al llegar abruptamente a esas alturas! Mann siembra en las páginas cierta desconfianza hacia los médicos que germina paulatinamente en el lector. Pareciera que los galenos, valiéndose del desconocimiento general de la medicina y en atención al posible lucro para el sanatorio, se encargasen de enfermar a los visitantes sanos para que decidan permanecer en lo alto y tratar sus padecimientos —como tal vez le sucedió a Castorp y a su tío, Tiennapel, quien logró escabullirse—, o de ver en los pacientes ya recluidos algún indicador de la persistencia de la enfermedad: un leve enrojecimiento en la cara, un ligero temblor en el párpado, una mancha deslucida, un estertor anormal, una pequeña elevación febril y en apariencia normal a esa altura, son signos de alarma cuya consecuencia es la reclusión por años. Lo cierto es que pocos de los pacientes logran restablecerse en el tiempo señalado primigeniamente por Minos y Radamente; los que no lo logran siguen costeando su estadía para recibir con profunda resignación las magnificencias del lugar.

Sin duda, en Mann la preocupación por lo burgués es tan alta como el Berghof. Así como algunos autores procuran presagiar lo venidero, otros son, como alude Lukács, “espejo del mundo”. Mann entra en esta última categoría. La conciencia burguesa del alemán le permite desnudar la imagen y problemática identitaria de tal clase social para la época. No parece entonces paradójico que en La montaña mágica haga patentes, tal vez sin quererlo, las fantasías marxistas dirigidas al reconocimiento de una jornada laboral reducida —incompatible con la jornada alienante y de producción superlativa— donde es factible una pausa. En efecto, Castorp goza del tiempo libre y de ocio para empaparse y desarrollar otros conocimientos artísticos como la música, la literatura o la filosofía, o científicos, como la medicina, la botánica y la biología. La subrepticia invectiva de Mann al pensar calculador, irreflexivo, de la sociedad burguesa, emerge también como aspaviento: el tiempo y la reflexión sobre la propia vida, gustos, pasiones e intereses, a pesar de estar sumidos en el tráfico capitalista, es requisito para una verdadera formación.

Tal conjetura no es baladí ni, sobre todo, obsoleta. Tal vez allí reposa el emblema de un clásico: en su actualidad. El trabajo —fundamento del mundo moderno—, las labores de orden práctico colonizadas por lo económico, desembocan en el afianzamiento del pensar calculador y en la alienación. De la vida imparable del hombre moderno brotan la producción y la utilidad en aras de eludir la meditación, la quietud, la conciencia del tiempo y su consecuencia unánime, la muerte. La terapia de curación, curiosa sesión consistente en apostarse cómodamente sobre la chaise longe a cavilar, es la insignia en la obra del pensar meditativo. Las reflexiones multidisciplinarias y versátiles de Castorp alimentan menos su conocimiento que su curiosidad, de la que brotan las preguntas que le realiza a su primo o que propala al horizonte de la montaña y cuya respuesta es el silencio. El amor no escapa de sus reflexiones. Aunque en la literatura alemana de la época los personajes primordiales son en su mayoría hombres, la figura de Clavdia Chauchat es transversal en La montaña mágica. La pasión de Castorp por sus ojos grises azulados, fijación que brota de la evocación de su antiguo compañero de escuela, Privislav Hippe, y cuya connotación homoerótica permea otras escenas con Pepperkhorn y Settembrini, amenaza la vida racional del héroe. Aunque tentado, no sucumbe a la pasión. Como Ulises ante el canto de las sirenas, Castorp se extasía ante los gozos y dones de Clavdia, pero logra resistir racionalmente sin claudicar ante su presencia, ante su recuerdo, ante su retorno a Davos.

Esa resistencia ante las pasiones puede validarse en “Nieve”, un subcapítulo bisagra del libro al que quisiera dedicarle unas palabras. Allí, el pensamiento sucede a la par que la acción y da la impresión de que asoma, finalmente, un aprendizaje que se estimaba huidizo. Esquiando por las montañas, anheloso de un silencio verdadero propio de la desolación, Castorp se aleja más y más del Berghof, confiando en su sentido de la ubicación y en sus destrezas para el retorno. Pero se va haciendo tarde, el horizonte se esfuma, la bruma es cada vez más espesa y la tormenta que se avecina estalla de repente. Castorp, extraviado en medio de ninguna parte, sucumbe ante el estruendo de la nívea soledad. Los esfuerzos para salir indemne son vanos, las alucinaciones dichosas se patentizan y el desenlace parece unánime: dejarse morir. A pesar de las reticencias emergentes en medio de la tormenta hacia sus mentores, cuyas disertaciones califica como puras habladurías, las enseñanzas de Settembrini, quien lo espera en el pueblo, brotan como destellos en su cabeza: el humanismo como acción que resiste ante la inercia, ante la decadencia del entorno, ante el fervor del mundo mortífero y ante los poderes deletéreos de la guerra que añoran el sepulcro de Castorp y de la humanidad. Entonces el ingeniero mimado por la vida, consciente de la muerte, y del amor como la única fuerza capaz de hacerle frente, resiste, porque Mann resiste, porque el amor de la humanidad democrática, libre y humanista resiste en el tiempo, un tiempo cuya relatividad es notoria. Como le sucedía al opiófago por excelencia, Thomas de Quincey, para quien los breves momentos de inmersión en los efectos narcóticos son suficientes para experimentar sueños y pesadillas que pueden extenderse incluso por cincuenta años, desbordando los límites de la experiencia humana del tiempo, el lapso en apariencia interminable en el que sobreviene la tempestad sobre Castorp, en el que peregrina sin rumbo claro por los inciertos caminos de la montaña rastreando un refugio y en el que lo embisten los largos sueños, pesadillas, meditaciones y cuitas —disgregados ávidamente por el texto y la narración—, es un lapso muy corto para el héroe, que se sorprende al ver el reloj, y para el lector que ha seguido con alarma las peripecias de aquél. La luz, que parecía una quimera, asoma tan sólo treinta minutos después de haber arremetido la tiniebla eterna, y Castorp, sorprendido por la percepción del tiempo alterada, vuelve a su hogar, aunque zaherido, victorioso.

El escepticismo inicial acerca del aprendizaje permanece intacto. Se desconoce si Hans Castorp finalmente encuentra una vocación. En las alturas del sanatorio, más que una vocación, Castorp se convierte en un diletante. Merodea asiduamente entre las diversas disciplinas que ya hemos nombrado hasta el cansancio, pero nos atrevemos a conjeturar que sin encontrar en ninguna de ellas una certeza.

Cada quien tiene sus gustos, sus preferencias, y el gusto por cada libro a veces depende del momento en que se lee. Quizá La montaña mágica se estime aburrida por algunos al ser el relato de la vida, de la que justamente —mediante la literatura u otros goces— queremos descansar, no recordarla en sus más insondables profundidades: la percepción del tiempo disímil, el amor, la enfermedad, la muerte. Sin embargo, aunque eso hace Mann, recordársela al lector que osó leerlo, su invitación para que lo visitemos en su fantasía es diferente, incluso novedosa: tal vez algo aprendamos, algo que nos permita salir a afrontar la vida, no a huir de ella.

Una conjetura postrera. La aventura del lector en el sanatorio termina con el libro. Al cerrarlo, llega un temor sutil por la realidad habitual que se tornó extraña, pues haberla ignorado —mientras leía sobre el héroe— es haberla olvidado. Un hombre desconocido —el lector renovado— frente a un nuevo viaje, a esa existencia olvidada, su realidad. Afrontar la vida, disfrutar el amor, abrazar la muerte. ¿Acaso qué otra cosa es la vida? Y mientras Castorp canturrea su melodía favorita y se pregunta (¡sigue haciéndolo ese sujeto entrañable!) si surgirá el amor de la bacanal de muerte, nos despedimos con el anhelo de volverlo a encontrar allá arriba, en esa fantasía que nos permitió Thomas Mann.

2024, noviembre. Se cumplen cien años de la publicación de La montaña mágica, cien años que pueden ser tres semanas, o seis meses o siete años. Como ocurre en lo alto, lo mejor es no contarlos; a la larga, cien años son lo que son, el tiempo que merece el libro: la eternidad.

David Andrés Iregui Delgado
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