Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Intemperancias del olvido

miércoles 27 de mayo de 2020
¡Compártelo en tus redes!
Intemperancias del olvido, por David Andrés Iregui Delgado
En la mitad de la sala exaltaba un escritorio de madera adornado por un colgandejo en el que don Gregorio enlazaba su bastón. Justo en el medio de la mesa destacaba una Remington negra.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

A L.H.

Su nombre era Gregorio; nunca supe de quién fue decisión darle aquella existencia quimérica, pero el Zamora, intuyo, se lo debía al padre. El paso de los años le consintió una leve inclinación de espalda que se acentuó con su postura doliente y se manifestó en un caminar pausado y seguro que intentó refrendar con el uso de un bastoncillo de mármol que, desde que lo conocí, fue su acompañante perenne al cual se aferraba con el ímpetu del náufrago. Sin importar las fechas festivas, siempre vestía un traje negro que combinaba con dos o tres corbatas que parecían agarrotar su cuello y que, aun así, usaba. Desconocedor de su procedencia —quizá una aldea en el flanco macizo de la ciudad o las montañas del bajo Orinoco—, de su apariencia temprana y de su edad; lucía con decoro una barba monótona que tapaba algunas manchas de su cara —macilenta las más de las veces— y que hacía juego con los pelos blancos y exiguos que emanaban de su cabeza oronda. En fin. Nadie ha escrito o al menos nada he encontrado acerca de aquel memorable hombre y no han sido pocas las veces en que me he sumergido en los libros de todas las bibliotecas de Bogotá buscando así sea una levísima referencia a su vida; incluso no pensé escribir sobre él hasta el presente día en que rememoré con exactitud su figura y temí que el fluir del tiempo pudiese arrojarla al olvido.

Son cinco años desde que vivo en la carrera cuarta de Bogotá, en un viejo edificio de ladrillo desprovisto de jardines y huertos y atestado de parqueaderos al que bautizaron Parques del Lirio, y en pocas ocasiones me topé con Gregorio Zamora; incluso puedo contarlas con los dedos de las manos. El conserje, un bajo y gordo gorgojo con ínfulas de superioridad y aires de prepotencia, me dijo que “el viejo” había vivido allí toda su vida y pocas veces se le había visto salir a la calle. Sus visitantes, dos extrañas mujeres de mediana edad, una vez al mes le llevaban bolsas con comida y utensilios varios y de paso recogían los recibos para el pago de los servicios que, según revisó, llegaban a muy bajo costo. Su labor, afirmó, se limitaba, siempre que hubiese dinero de por medio, a subir los talegos a la tercera planta, tocar el timbre y esperar a que el viejo asomara el perfil por la pequeña abertura que emergía al abrir la puerta, momento en el cual, ante su asentimiento, el conserje volvía a su resguardo del que emergía, a cualquier hora, el sonido de algún vallenato que cantaba con pasión desde la poltrona que tenía a su servicio mientras sus pies se encaramaban y adormecían sobre la repisa de marfil, justo al lado del citófono.

Ya había comprendido la prevención de don Gregorio hacia la otredad, de modo que poder intercambiar palabras con él resultó una paradoja estimulante.

Todas las mañanas salía de casa a hacer las compras que mamá me encargaba. Una que otra vez me crucé con Gregorio en el pasillo cuando me disponía a bajar las escaleras y él a subirlas con dirección al altillo, en donde lo encontré tres o cuatro ocasiones más. Asfixiado por números y ecuaciones, allí me dirigía a tomar aire fresco. Al llegar, lo veía apoyado sobre la barandilla que lo distanciaba del abismo, casi siempre fumando un cigarrillo. Por fortuna, los dos últimos encuentros en lo alto, que precedieron la cuarentena general, terminaron en conversaciones estimulantes, no tanto para él, creería yo, aunque para mí fueron como un bálsamo con el que me intentaba deleitar hasta que su esencia se evaporara. Para ese entonces ya había comprendido la prevención de don Gregorio hacia la otredad, de modo que poder intercambiar palabras con él resultó una paradoja estimulante y, ahora que lo pienso, desconsoladora dado su carácter pretérito.

En efecto, ese lunes permanecía sobre la reja que acostumbraba mientras contemplaba, en total silencio y sin fumar, el arrebol. Me animé a saludarlo, no con la aplacable convención retórica sino acercándole un cigarro. Lo tomó con delicadeza, como si aborreciera el eventual contacto, y asintió. Me vi impelido a retirarme a una butaca posterior, temeroso por haberlo interrumpido en su labor introspectiva hasta que, pasado algún tiempo que creí largo y lapidario, como si hubiese cavilado todas las formas posibles de dirigirse a mí, se animó a tomar la palabra.

—¿De casualidad tienes fuego? —me preguntó. Me acerqué a la verja con prisa mientras sacaba del bolsillo de mi pantalón el encendedor. Al llegar lo prendí cubriéndolo con mi mano izquierda, con el deseo de que el aire no hiciera infructuosa la llama que salía de su cavidad. Don Gregorio se ligó a ésta con el cigarrillo entre sus labios mientras se esforzaba por dar una que otra chupada. Lo tomó en las manos para retirarlo de su boca y poder verificar que el tabaco ardía. Sin permitirme el regreso, retomó la palabra.

—Qué gran técnica —susurró impasible mientras aspiraba el humo que parecía calársele hasta los huesos. No tenía claridad sobre la referencia exacta que alentaban sus palabras, pero con mi gesto de confusión intentó hacer más diáfano su comentario.

—Me refiero al rodeo que hiciste con tu mano sobre la llama. Es curioso que ahora lo hagamos con tal naturalidad, cuando antes ni se pensaba. Lo que ahora es sentido común, antes fue un gran descubrimiento. Ahora ya no hay hallazgos, no hay asombro.

Sus palabras eran diáfanas y el tono de su voz pausado y uniforme. Aun así, la confusión se hizo patente y mi mente se enlució. Me limité a sonreír.

—Prometeo robó el fuego a los dioses para darle la chispa de vida a los seres humanos —afirmó segundos después.

—Es una leyenda cuya única conclusión es el escepticismo o el deleite —le dije mientras pensaba en Ovidio y sus míticas alusiones.

—O ambas, pero no omitas ni olvides lo verdaderamente importante. La metáfora emergente en donde el fuego es el conocimiento que apaga la ignorancia del mundo, ignorancia que hoy ha tomado el nombre de indiferencia —dijo, e hizo crepitar largamente el cigarrillo.

Yo desconocía el paso a seguir. Debía hablar y temía hacerlo. Con seguridad mis palabras resultarían obsoletas, así que callé mientras ordenaba mis pensamientos y, aunque sentía curiosidad, el silencio me postraba entre lo grotesco y lo insignificante. Finalmente me animé a pronunciar, con total prevención, la única frase que cercenó mi mente; al cabo que ninguna persona es dueña de sus comentarios pasados ni futuros.

—Pitágoras decía que no había que atizar el fuego con un cuchillo porque, de hacerlo, tomaría venganza

Con premura volteó la cara y posó sobre mí sus ojos azules y pesados, cubiertos ligeramente por los párpados, en los que percibí algo de curiosidad y burla, como si no pudiese obviar que mi afirmación era una encantadora superstición y deseara saber más sobre ella. Yo temía que mi lectura de sus pensamientos fuese correcta, pues si bien era consciente de la conjetura que había pronunciado —de la cual empezaba a lamentarme—, no sabía de dónde había salido ni cómo mediocremente explicarla, quizá por su misma naturaleza.

Esperaba con atención los sonidos provenientes del otro lado de la puerta que me indicasen la presencia de mi vecino.

—Sí, eso leí en un libro sobre las ideas de la humanidad. Tal vez lo hayamos visto en el mismo texto —dijo, seguro de la exquisitez de su memoria. Arrojó la colilla del cigarrillo sobre el asfalto y la pisó mientras expiraba con frescor la última humareda—. Heráclito comulgaba con esa postura. Decía que el fuego era un agente, así como de renovación —era esa la visión prometeica—, también de destrucción. Sin embargo, sus esperanzas no estaban en el fuego sino en el río y en sus aguas heladas que jamás serán las mismas. Ni tú ni yo somos los mismos de hace algunos años y a medida que el tiempo pasa, recorremos senderos diferentes que desembocan en el mismo lugar. Quizá allí nos encontraremos —afirmó y luego lanzó un suspiro que lo alivianó. Una que otra cosa agregó acerca de los griegos, ya no recuerdo con exactitud qué, y la reforzó con alguna máxima de Berkeley. Minutos después, sin mediar palabra alguna ni ademán de despedida, se retiró. No me atreví a ofrecerle otro cigarrillo; temía parecer inoportuno o empalagoso, y volví a casa a seguir con mis labores.

Esa tarde de arrebol, y hasta que el sueño me abrazó, seguí pensando en Gregorio, aunque en ese momento hasta su nombre era un misterio, y celebré, con una inusitada mesura, que esa puesta de sol hubiese sido el detonante para el posterior encuentro cuya casualidad menos permití que aparenté.

A diario, apostado sobre la silla abullonada que soportaba mis ínfulas académicas y numéricas y en donde, desde la mañana, me postraba con la radio encendida que me comunicaba, temeroso, el avance de la pandemia global y las consecuencias de que llegase a Bogotá, esperaba con atención los sonidos provenientes del otro lado de la puerta que me indicasen la presencia de mi vecino. Sólo una vez los ausculté, así que me dirigí hacia la entrada, miré por el ojo mágico —confesor de novedades— y, al verlo acercarse a mi puerta, descreyendo de la posibilidad de la coincidencia, tomé mi chaqueta y esperé algunos segundos, los suficientes para hacerle creer que todo era obra del destino, y salí hacia el altillo con el mechero y la caja de cigarros que había comprado en la tienda, aunque no fumara.

Esa segunda y última ocasión, tras intercambiar algunas ideas del clima, de su salud, que parecía inquebrantable, y de la influencia helénica en la medicina actual, me invitó a su casa a pesar de, momentos después, parecer receloso o haberse arrepentido de su decisión. Esa conmovedora diáspora, en donde sospeché que pululaban el indulto y el misterio, no se repetiría, lo supe al instante, así que no dudé en aceptar dadivosamente su solicitud. El piso, similar al de mamá, tenía dos habitaciones; la principal exhibía una cama sencilla, suficiente para su fisiología, y un armario pequeño en donde se agazapaban algunas piezas de vestimenta azotadas por un polvo gris y un hedorcillo a humedad que impregnaba toda la morada. Una leve ojeada bastó para percibir las grasientas ollas de la cocina y el abandono a que estaba sometido el cuarto de baño, de modo que seguí con premura el camino que demarcaba mi vecino en dirección al salón del fondo el cual, desde la distancia, parecía orgulloso de sus relucientes anaqueles colonizados por textos para todos los gustos. Al entrar, la visión pretérita se confirmaba. Una biblioteca de madera, dividida por repisas arcaicas y displicentes, rodeaba las paredes del lugar y los libros, amontonados unos sobre otros, buscaban un lugar seguro de descanso. Muchos de ellos lo encontraban sobre el suelo colmado de hojas rezagadas por el paso del tiempo de las que despuntaban símbolos negros que cifraban mensajes ignotos. En la mitad de la sala exaltaba un escritorio de madera adornado por un colgandejo en el que don Gregorio enlazaba su bastón, al costado izquierdo por una resma de hojas aplanadas por un ejemplar dorado y tapa dura de El gran Gatsby, al otro lado una pluma china y justo en el medio de la mesa destacaba una Remington negra de cuyo rodillo emergía una hoja titulada “Antropología del hinduismo: Buda y Schopenhauer”.

Apenas entrar, don Gregorio tomó la palabra. Si bien no recuerdo con exactitud la distinguida soflama que surgió como una letanía de su boca, pues la memoria siempre se aferra con exactitud a los sucesos dolorosos y no a los eminentes, plasmaré aquí las cuestiones más notables que se han forjado, desde aquel entonces, como una cicatriz enaltecida por la fruición del momento.

Había interiorizado a Borges, por quien fue consciente, tras salir pensionado como profesor universitario, de que el único éxito era el olvido.

Empezó por hablarme, en un español refinado y seguro que contradecía su escepticismo universal, de los artículos que había escrito en la Universidad Nacional de Colombia, por allá en los años ochenta, que versaban sobre desde la geografía de Tlön, un manual de sepultura y un tratado de flores y jardinería, hasta la influencia de las tragedias griegas en la obra de Schopenhauer pasando por alusiones concretas a Parerga y Paralipómena como obra maestra de la filosofía universal, la herencia de Schopenhauer en los textos del maestro Rubén Jaramillo, la convergencia filosófica entre las obras del pesimista alemán y Hannah Arendt, Tucídides en El mundo como voluntad y representación, entre muchos otros que en el momento quiebran mi memoria; los cuales firmaba con diversos seudónimos que prefirió dejar en la clandestinidad. Guardaba en un cajón, con especial cuidado, los originales de las revistas en que sus escritos, de una sutileza colosal, habían aparecido y, entre las páginas moteadas de aquéllas, reposaban las críticas que había recibido con independencia de su connotación y de los términos en que su sustituto era calificado, pues, a su juicio, siempre dejaban un legado del cual resultaba importante aprender; “a eso venimos”, me dijo. Temeroso, se encaminó hacia uno de los anaqueles centrales de la biblioteca que organizaba por áreas e idiomas, siempre primero los escritos en latín pero cuyos libros se hallaban despatarrados por las repisas acicaladas con ambrosía, y sacó delicadamente tres textos de tapa dura que acarició como reliquias romanas y que, tras un suspiro que colmó de añoranza la sala, me permitió sujetar: dos novelas y un tratado de filosofía que había escrito hacía varios años y que envió a la imprenta solicitando un tiraje de diez copias cada uno, los cuales remitió a sus más cercanos allegados; ellos, mediante cartas que sabía de memoria, le habían felicitado y agradecido el gesto. Al abrir su primera novela, El camino rosado, cien páginas más extensa que Los clamores del exilio, el folio inicial enaltecía en negrillas el Gregorio Zamora; aunque lo había imaginado embebido por ese nombre, jamás lo habría creído su titular. No publicó sus volúmenes, temeroso hacia el rechazo que eventualmente le generarían; se limitó a escribirlos, cumpliendo sus anhelos más íntimos mientras pretermitía la idea del éxito. Había interiorizado a Borges, por quien fue consciente, tras salir pensionado como profesor universitario, de que el único éxito era el olvido. Sin embargo, no evadía que la memoria valedera era la que otorgaban los libros, entonces se acercó al anaquel más alto ubicado justo al lado de la puerta de entrada para subirse a una escalera y mostrarme sus reliquias de latinajos que besaba al atenazarlos y a los que se aferraba con el apego de un niño por sus juguetes, como si su mayor aprensión fuera verlos lejos de su alcance; luego de evocarlos, casi de memoria, se trasladó con pasos azorados a los demás estantes, donde reposaban algunos clásicos de la literatura adquiridos a lo largo de sus años y que adulaba como a la mujer amada, así como sus libros de patafísica, metafísica, astronomía, alquimia, lingüística, nadaísmo y sociología, por los que sentía un especial cariño, entre otros.

En sus textos buscaba desarrollar una teoría uniforme que paso a exponer de manera ramplona, con el ánimo de que el interés les permita acercarse a ellos, en caso de que emerjan de las tinieblas. Alentado por el individualismo spenceriano, observaba al ser humano como una creación autónoma e independiente, no influenciada por el mundo exterior, libre de su anhelo constitutivo, pues a su juicio, el mundo de allí afuera, en tanto representación, creación e interpretación del sujeto, terminaba por ser una premisa derivada de un ejercicio introspectivo y personal. Concluía que gracias a voluntad, mente y pensamiento, el ser humano sería consciente y aceptaría su soledad en el cosmos sin barajar la posible existencia de otro referente que no fuese su propio yo en un universo cuya supuesta precepción y gratitud se sustentaba en su imposibilidad de forjar, influir y crear. En fin.

El tiempo, entre libros, ideas, palabras y utopías, había pasado como un rayo. Ya era medianoche. Doce horas habíamos conversado mientras, como una unidad, nos aventurábamos con embeleso entre los compartimentos de su biblioteca y avanzábamos, socorridos por un pequeño quinqué, por la penumbra de sus textos y artículos, buscando iluminar el alma de cada uno de ellos hasta llegar a la fuente eterna, y omitía que desde la tarde mi madre me esperaba en casa. Me despidió sentado en la silla del escritorio; yo le di las gracias y levanté con dilación la mano, demorando el éxodo; anhelaba que pronunciase unas últimas palabras en las que me estimulara al retorno, ya fuese al día siguiente o algún otro, pero mis ambiciones resultaron una entelequia, de modo que crucé el pasadizo y entré sigilosamente en casa. Mamá había tomado de la mesa de noche el directorio personal y había llamado a todos mis contactos quienes, como ella, desconocían mi paradero. Su enojo era irreprochable; escuché su estridencia, su convulsa retahíla magnificada por el deber ser y la empatía, y posteriormente le conté lo sucedido durante la tarde y parte de la noche, gracias a lo cual se tranquilizó e, incluso, se mostró interesada.

La radio confirmó los presagios. A los pocos días, Colombia le dio una afligida bienvenida al encierro; circunstancia peculiar que tornó engorrosos los encuentros esenciales con el dueño del piso contiguo, pues a pesar de saberlo cerca, al extremo opuesto del pasillo, los primeros días nos limitábamos a reconocernos con un ademán a la distancia, temerosos ante la amenaza que había emergido de la naturaleza para vapulearnos con el ímpetu de Poseidón. Los murmullos que me indicaban que salía de casa desaparecieron. Dejé de arrimarme a la puerta, cuestión que me catapultó, de nuevo, hacia los vanos arrestos académicos. Aun así, aunque me hubiese gustado charlar de nuevo con él, temía que mi presencia en su vivienda o en lugares cercanos fuera un motivo de discordia o incomodidad.

El pánico generalizado fue inminente. Dos veces a la semana nos intercalábamos con mamá la compra de los artilugios para nuestra sobrevivencia. A pesar de mi negativa a que saliera, escapaba de casa; parecía no soportar aquella congoja descomunal que se cernía sobre su cabeza y que la impulsaba a lo indebido. Las peleas no fueron en vano. Acordamos, tras varias habladurías obstinadas y otras más serias y sosegadas, que cada uno saldría una vez por semana. Así lo hicimos. Cuando era mi turno, compraba las cosas del hogar y otras, las fundamentales, para don Gregorio: jabón líquido y antibacterial, tapabocas, algunos alimentos y hojas y tinta para su máquina de escribir. Lo imaginaba encantado con aquellos presentes, escribiendo con primor mientras yo percibía, al otro costado del inmueble, el repiquetear de su máquina que tenía el privilegio de deleitarse con cada palabra, cada frase que emergía de su mente y que acechaba con ímpetu el papel. Estuve tentado a llevarle las compras, pero del arrebato pasé a la mesura, así que cada semana le daba unos pesos al conserje para que cumpliera el encargo. Ese mismo día, el primer viernes de cuarentena, le pregunté si habían vuelto las conocidas de don Gregorio, pero su respuesta fue negativa; me dijo que tampoco lo había visto salir y, como hace mucho tiempo que sus parientes no iban, desconocía cómo sobrevivía; supongo que del aire, agregaba y reía. Yo sólo disimulaba mis enviones coléricos y callaba. Concluimos, apáticos, que tenía algunas reservas de alimentos destinadas para tal fin o que salía los domingos, día en que el conserje no trabajaba, a comprar lo necesario. Me tranquilizó saber que mis envíos podrían ayudarle.

Antes de dirigirme al piso, sin un diálogo mediador, sobre el mostrador le dejé al vigilante las bolsas para Gregorio junto con un billete.

Las jornadas de encierro se dilataban. Aproveché para avanzar con solvencia por los laberintos de mis números mientras que mamá, cuando no hablaba por teléfono, desde el gran sofá de la sala que habíamos comprado un par de meses atrás, incursionaba en el manejo diligente de las plataformas virtuales en que se repitió, con el entusiasmo de la primera vez, las telenovelas que más le habían gustado, y vio las que en épocas pretéritas había omitido. Parecía haberse convencido de las pérfidas circunstancias que de un momento a otro acorralaban la existencia de la humanidad y que la mejor decisión era hacer caso a las recomendaciones. Finalizada la primera semana, dejó de salir de casa y las compras y demás obligaciones externas se asentaron sobre su hijo.

Dos veces por semana, como se volvió costumbre, traía para don Gregorio los utensilios que creía necesarios para su supervivencia y, antes de subir a casa, se los dejaba al conserje para que los llevara. Él sólo asentía y, para verificar que mi esfuerzo no era dilapidado, miraba por el ojo mágico a que hiciera su triunfal aparición por las escaleras. En efecto, tocaba la puerta y esperaba, momento en el cual me daba por satisfecho y volvía a mis labores diarias.

El jueves de la tercera semana salí en la mañana y, antes de internarme en el súper para comprar los encargos que mamá había anotado en una hoja, aproveché el sol para caminar algunos minutos. El césped permanecía húmedo y las hojas que caían sobre las calles espectrales no crujían al pisarlas. Como un destino ineludible, pasado algún tiempo mis pasos me situaron frente a la tienda, así que obedecí sus clamores y realicé las compras. Volví al edificio y antes de dirigirme al piso, sin un diálogo mediador, sobre el mostrador le dejé al vigilante las bolsas para Gregorio junto con un billete. En la tarde mamá me dio el dinero para el pago de la administración, labor que recaía en el conserje; bajé al primer piso en donde lo vi untándose el jabón líquido comprado en la mañana a don Gregorio y que aspiraba ya estuviese en su poder. Me acerqué un poco más y pude otear, aunque aquél intentaba empujarlas con los pies bajo el mostrador, las bolsas que le había encargado llevar.

—Ese es el jabón que esta mañana le compré a don Gregorio, ¿verdad?

—Sí —replicó indiferente el conserje.

—Lo está usando, y las bolsas, ¿no se las ha llevado? —observé con desconcierto.

—Sí, señor. Ya se las llevé —respondió y calló. Fruncí el ceño, como preguntándole lo que era obvio para mí, pero parecía que no lo era para él. Al ver mi expresión, mientras se miraba las uñas ennegrecidas, su voz volvió a resonar—. Debo ser sincero, el viejo nunca ha abierto la puerta. Me quedaba esperando afuera el tiempo suficiente, pero nada pasaba, así que ahora sólo timbro y vuelvo a mi lugar. No puedo descuidar mucho tiempo la vigilancia del edificio, usted entenderá —dijo y volteó la cara.

Sentí una profunda melancolía. Sin tiempo para reproches, me fui de la garita y subí con prontitud los escalones hasta llegar a casa de Gregorio. Toqué el timbre y golpeé el portón; la única respuesta fue el silencio. Mis pensamientos unánimes eran sólo malos augurios. Mamá, que había escuchado los golpes y bramidos, creía que sus familiares se lo habían llevado, lo que me apaciguó un poco pero no lo suficiente. En el edificio no había datos de contacto de las forasteras que venían a dejarle las compras, ninguno de los vecinos sabía cómo ubicarlo y Gregorio no usaba celular. Decidí, ya que los demás residentes se habían limitado a responder mi llamado para luego volver a encerrarse en sus moradas, avisar a la policía y a una ambulancia mientras forzaba la puerta. Para cuando logré abrirla, dos agentes y dos médicos equipados que recién llegaban entraron al piso, en donde lo encontraron temblando, agonizando sobre la Remington. Me impidieron la entrada y, desde la puerta de casa, vi cómo lo sacaban exánime en una camilla para adentrarlo en la ambulancia.

La enfermera con quien siempre hablaba alabó mis llamadas matutinas, las únicas que don Gregorio recibió desde que había sido internado.

Al día siguiente, luego de algunas llamadas, me informaron que lo habían llevado al Hospital Simón Bolívar. El diagnóstico era el esperado: el virus lo azotaba desde hacía algunos días y las causas eran desconocidas. Por razones evidentes, ni mamá me dejó visitarlo ni en el hospital me dejarían verlo; de modo que desde el siguiente lunes me exilié de la tesis para adentrarme, con todas las precauciones y una vez al día, en la casa de Gregorio, en donde busqué información de familiares, amigos y conocidos. La pesquisa que pensaba sencilla fue ardua. Cada mañana, luego de telefonear al hospital en donde me decían que la neumonía avanzaba y que la fiebre no cedía, me dirigía a su piso a escarbar entre los libros, cajones, mesas y libretas, por datos de conocidos. Consolidé una lista de personas de quienes no sabía su relación con Gregorio, pero con las cuales me comuniqué. Descubrí que su esposa lo había abandonado hacía muchos años y que tenía dos hijos, una hija y dos nietos que no conocía pero que dos semanas atrás le habían enviado una carta desde Milán, epicentro europeo de la pandemia, en donde vivían, a quienes contacté para informarles lo sucedido y cuya reacción no fue compasiva. Durante jornadas completas dialogué con amigos, profesores, críticos y personas que aparecían en las fotos que guardaba en la gaveta más alta de su cómoda y que en algún momento se habían contactado con él, quienes de manera endeble lo recordaron, lamentaron lo ocurrido y le desearon pronta recuperación. Me había dado cuenta de mi responsabilidad y por esos días saludé cierto sosiego al pensar que Gregorio ahora tendría acompañantes que se interesarían por su salud. Mis llamadas al hospital se forjaron como una rutina diaria esa semana. La enfermera, desde el lunes, me dio respuestas similares sobre el estado de salud de mi amigo —¿era mi amigo?; sentía cierto orgullo de estar en lo cierto— hasta que el sábado me informó la sumisión parcial de los síntomas. Aquel día incluí en las compras matutinas un vino argentino recomendado por mis amigas que tomamos con mamá durante la cena. En la noche soñé que don Gregorio salía del hospital decidido a publicar sus libros, determinación que festejábamos los tres, con mamá.

El domingo desperté y puse la radio en donde una voz informaba la importancia del encierro y lamentaba los cientos de muertes que a diario se presentaban; ya no había nombres, la gente se había convertido en cifras. Me entristeció la congoja de mamá al oír aquellas noticias; así que sintonicé otro programa mientras le ofrecía algunas frases de consuelo. Desayunamos juntos y luego telefoneé al hospital pensando que serían pocos los días para que Gregorio retornara a su morada. La enfermera con quien siempre hablaba alabó mis llamadas matutinas, las únicas que don Gregorio recibió desde que había sido internado, y luego, con tono afligido, me comunicó el largo suplicio que padeció durante la noche.

Gregorio Zamora, postrado en una cama de hospital, con su ejemplar del Gatsby sobre el regazo, murió en el 2020 de una neumonía causada por la pandemia del siglo. Sus fuerzas de vida se dispersaron en lamentos de ahogo que, hasta el último instante, no pudo apaciguar. Aún no saben qué hacer con su cuerpo, con el de Gregorio y el de cientos de abandonados más; eso sí, me advirtieron la imposibilidad de una despedida. ¿La hubiese querido?, me pregunto. Aún nadie se aparece por Parques del Lirio, por el andrajoso apartamento de Gregorio; estoy por pensar que nadie lo hará, aunque, como él, seguiré esperando.

¿Qué somos nosotros y quién era ese tal Gregorio Zamora? No concibo todavía una respuesta. Mi única certeza, insólita certeza, es que logró el tan codiciado éxito.

David Andrés Iregui Delgado
Últimas entradas de David Andrés Iregui Delgado (ver todo)

Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo