La poesía nos circunda siendo nosotros los llamados a descubrirla, a desencriptarla desde sus misterios, utilizando nuestra propia experiencia de vida y nuestras percepciones, abriendo nuestros sentidos y aprehendiendo la circunstancia que atrapa nuestra atención.
Así las cosas, la poesía para mí es una suerte de intentos y de atentados; de intentos por descubrir frente a la hoja en blanco, las claves del objeto poético. A veces sale y otras no. Es un oficio de ensayo y error según la óptica con que se observe el mundo, cómo se manifiestan los hechos y los objetos, pero también puede ser un atentado cuando no se consigue la estética, la ética y la esencia de la comunicación entre la circunstancia y la palabra. Ese es el riesgo del proceso creativo.
Porque la poesía es irreverente, debe ser insumisa, pero, sobre todo, transformadora, como cada circunstancia que le da origen. Con la poesía debemos explicar la “mecánica del alma”, y es que el alma no es el intangible, el vacío o la nada, precisamente. “La mecánica del alma” es el objeto del poeta y de la poesía misma pues el alma anima lo invisible, invitando a la exploración de una circunstancia, convirtiéndola luego en emoción y, desde allí, en descripción y materialización de la simpleza, de lo más cotidiano hasta lo más complejo de la existencia, y todo, gracias a la palabra.
Tragedia o realidad
Primer acto: confidencia al exterminio
A Luis Caballero, pintor
Por los cuatro costados
El cuerpo sacudido en el asombro.
La ráfaga ensordece mi silencio.
Cuerpos que se desprenden de la vida.
Cada cuerpo yacente
es hito que define
esta geografía
de la tragedia.
Segundo acto: los fantasmas
Los fantasmas preparan sus venablos;
apuntan desde los ojos de las víboras
que retozan en las aguas bermejas
empozada la sangre de inocentes.
También miden sus túnicas para levitar
entre el pavor de los noctámbulos
que a esa hora enrostran la violencia
buscando redención.
Preparan las mortajas para embalsamar
a las creaturas escogidas esa noche
en el aquelarre de la muerte.
Sin freno, los caballos galopan narcotizados.
Pájaros y Chulavitas se embriagan con la sangre
que hace curso en los ríos de la patria.
Coda: ácido y metal
Subversión.
Para voltear el mundo
una voz que destroce los sonidos,
una voz que rasgue la incerteza
del miedo y de la guerra.
Aullar es el signo salvaje
de la raza primigenia.
No es locura.
Es un gramo de ácido
en la ración de la sopa matutina.
Subversión (bis)
Que ellos se embriaguen
con su napalm y su uranio empobrecido.
Subversión (bis)
Nosotros nos drogamos con anfetaminas
con opio y fentanilo.
Flotamos solamente en la ingravidez,
en la burbuja de esta sicodelia
del hedonismo y el nihilismo:
ya no hay futuro.
Subversión (bis).
Es la época del desencanto
Subversión (bis).
Comienza por romper las cuerdas de la guitarra,
deja las marcas del SI MAYOR retumbando
en los oídos de los orates
que deliran de codicia y de lujuria
en las bolsas de valores del mundo.
Subversión (bis).
Consume mucho más,
que suban los histogramas del hambre y la miseria,
de la barbarie,
del marketing del holocausto.
Consume más y más
hasta agotar lo que los dioses
te prodigan con amor.
Acumula
Acumula
Acumula
Hasta que se agote tu grito
en la hartura y el boato.
Sólo acepta una pizca de heroísmo
para ejercer con él, o ella,
la subversión.
Poesía
Escribir poesía es exponernos,
descubrir abiertas las heridas
y los goces más íntimos al mundo;
todo lo imperceptible de nosotros
sale y se hace visible,
peor aún: comprensible.
Por eso, escribir poesía
es un acto de fe,
de creer en sí mismo,
de aceptación tal cual
y sin prejuicios ni preceptos ni conceptos.
Es exhibirnos y sufrirnos en público.
Aceptar la hoguera de la academia,
y las piras de sectas y clubes y cofradías;
el exilio o el destierro, el silencio,
la orfandad de las editoriales,
de la industria del show business,
pero, sobre todo, del ego
que no admite la creación
sino el producto.
Un vecino
Desde la orilla de mi encierro,
presintiendo el crujir de las hojas
bajo los pasos imposibles,
telegrafié a mi vecino,
un amarillo chicalá,
por la urgencia que tuve de abrazarlo.
Sólo me contestó el rumor de sus ramas:
—“Acerca tu mirada a mi follaje
y deja que la alondra
te entregue mis mensajes vespertinos”.
Hablan los muros
Hablan los muros;
yo guardo silencio.
Las paredes rumian su sarta de tragedias.
En las paredes se resumen
la estética y la ética de los viandantes
que, borrachos, buscan la madrugada
para la redención de sus propios pecados.
Ha sido así por siempre,
han pasado cien años y mi ciudad
es una metamorfosis de lo mismo.
En cuanto a mí,
intenté lo imposible por detener mi tiempo;
conseguí solamente
el precario silencio y el olvido
que hoy habito.
Eroticus 1
El nácar de tu piel
y la luna temblando en el asombro.
Desnuda despertabas,
tu sexo como un faro en la tormenta
orientando mi falo por las rutas
de acuáticos misterios.
Salados musgos en tus profundidades
y el lúbrico panal oculto entre los pliegues,
como una estalactita,
huidiza y rosada al pulso de mi tacto,
descubierta al final para el hechizo.
- La mecánica del alma, de Carlos Arturo Arbeláez Cano
(selección) - viernes 21 de marzo de 2025 - La vorágine, de José Eustasio Rivera, cien años de vigencia: una lectura entre la manigua - lunes 13 de enero de 2025
- Recital en tiempos de tragedias o de realidades - lunes 11 de noviembre de 2024


