Desde que mis hijos no viven conmigo
hago todo lo que dice mi psicóloga
que no haga.
Como, por ejemplo, imaginármelos
de mi tamaño, imponentes
y velludos,
invitándome a pelear una tarde en el futuro
porque la vida los maltrató
de pequeños
y ahora su pasatiempo preferido
es desquitarse
con desconocidos.
Desde que mis hijos no viven conmigo
estoy jugando básquet de nuevo—
arrojo el balón lo más fuerte que puedo
contra el tablero y me siento
a media cancha a llorar.
Al ratito anochece
y azules tiritan los astros a lo lejos.
Hasta ahí mi conocimiento
de astrología.
Por lo demás, allá está la luna, las nubes,
las estrellas. Eso otro—
no me emociono—
tiene que ser
..............un avión.
Desde que mis hijos no viven conmigo
miro hacia el interior de las casas
en el vecindario donde vive mi mamá
que es también donde vivo yo ahora. ¿Estás vivo?
Me pregunta mi vieja cada mañana.
Yo me pregunto si aún seré papá
o si me habré convertido en mi papá,
que nunca se desveló conmigo. Me imagino
brincando la verja del vecino, sentándome a su mesa,
tirándome a ver la tele en su sala de estar —Estoy triste, le explico,
como señal de vida. Me mira con pena y me veo
abriendo y cerrando gavetas ajenas, para sanar.
Desde que mis hijos no viven conmigo
he vuelto a hablar malo
con mis amigos
imaginarios de intermedia.
Asomo la cabeza afuera de mi caverna
y apunto hacia la luna como si amenazara
al lanzador con un vuelacercas
en el juego de estrellas.
De más está decir que no hay estrellas hoy.
O sí las hay. Pero todas están adentro de mí.
Soy un monstruo comeestrellas, le decía al mayor de mis nenes
a la hora de dormir, y mi poder es vaciar el cielo de ellas.
Desde que mis hijos no viven conmigo
me siento a llorar con el marido de mi mamá
que recién enterró a su hijo. El viejo
me agarra con sus manotas, me levanta
y me abraza como si exprimiera el dolor de mí,
que es como abrazan los papás. Y yo
que no sabría qué decir para consolarlo,
lloro sin tregua sobre su hombro
por mis hijos vivos. O por mí, no lo sé.
Casi quiero pedirle perdón, pero no quiero
que me suelte. Es siniestro este sentimiento,
o es hermoso. Lloro también por no saber.
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