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cuatro poemas de c. a. campos

lunes 13 de abril de 2026
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tiza

tu equipo perdió anoche
y hoy, para más inri, es lunes
y te has despertado con una resaca
y con una multa sobre la mesa
por no pagar a tiempo el agua
o la luz (ahora no recuerdas)

como no puedes recomponer tu cuerpo
(por no hablar de tu corazón),
haces la cama como te enseñaron
en la milicia y pones el café,
alejándote estratégicamente del espejo
y acercándote a la ventana:

hay niebla y se siente fresco
y pájaros ocupándose de la música,
del itinerario de los vientos;
parece que a la noche no le fue tan bien,
que la confundieron también
con un pizarrón

 

trompadas

me levanto chueco y llego a tientas al baño,
sin los espejuelos.
con sigilo, cierro la puerta y prendo la luz.
un espejo que no me agrada, que paso de largo,
me saluda con una cara de yo no fui.
la limpieza no se puede seguir
dejando para después,
me reprocho, fijándome en el lavamanos,
en la pequeña alfombra (que no vuela)
y que me recuerda a mi isla.
no sé desde cuándo
me da miedo mear a oscuras,
ni la última vez que en casa tuve los cojones
de mear de pie.
no veo sangre en el inodoro y me persigno,
respiro aliviado como si fuese un boxeador
después de recibir una serie de trompadas.
eso sí, antes tenía mejor puntería,
me digo tirando de la cadena,
y el daño (el caño) llegaba más lejos.

 

hibernation

nos meten en guaguas,
van por las calles de nueva york
y nos fuerzan a todos los adultos,
a punto de pistola a meternos en sus aparatos.

cada año, sin falta, a finales de octubre
empezamos a ver manadas de guaguas siniestras
recogiéndonos para encerrarnos en monasterios.

sin saber por cuál penitencia,
ni para qué majestuoso objetivo.

hasta principios de marzo, hasta el inicio de la primavera,
sin ver mujeres, sin disfrutar de su arte, de su carne
(todas forradas como monjas),
nos encierran sí o sí los hijos de puta.

y luego nos sueltan, todos hechos unos animales,
listos para el divertido y pervertido verano
que nos espera.

 

borrachera

una trayectoria de fracasos asumidos
y dudosamente administrados,
de triunfos pasajeros
nunca al pie de la letra
(como si estuviésemos contando hasta diez),
y al margen de la página
que tiramos al zafacón después de leerla,
de comprobar
que nos habíamos equivocado
por ser tan concienzudos

c. a. campos
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