Castidad
Vamos a encender la luz
para saborear nuestra prudencia.
Nuestro fuego no se forja en caricias,
poses, lencerías o flagelos;
es sólido en silencios,
ayudas, promesas y dispensas.
Muchas veces fuimos dichosos
en la sombra y las almohadas,
sin unir nuestras manos,
sin libar aliento.
Nuestra luz no se basa en constantes,
ni en mesetas, refracciones o jadeos.
Ha sido un barquito de papel
navegando milagroso en la tormenta,
esquivando remolinos
y al sol que nos acecha.
Vamos a apagar la luz
para descansar nuestra inocencia,
dejar que madure, superando la mente.
Nuestra llama, bien caliente,
no surge de arrebatos,
fantasías, lujurias o sadismos;
está hecha de eternidad en la mirada.
Advertimos que nada supera a la simpleza,
que un día, más tarde o más temprano,
diremos juntos: “para siempre”.
Rasgado
Frente al espejo
se agolpan mis bemoles
fieros, fluviales, remanentes.
Soy lo vulnerable en carne y hueso,
cada piel más frágil que el pasado,
un sentido marchito tras el otro,
desfile de inseguridades.
Decido, entonces, despojarme,
dejar caer el escudo, la armadura,
mi barba y mis lentes,
carga de años milenarios,
ojeras centenarias,
centinelas del insomnio.
Sólo queda
un niño entre mi pecho,
cosiendo fantasías con hilos de esperanza,
esperando a Papá Noel en Nochebuena,
regando azúcar en todos mis bolsillos,
antes que el sueño me aniquile.
Hora de cerrar el caño:
mi barba y mis lentes
aún resisten la tormenta
aunque el niño sigue soñando,
tejiendo luces en la oscuridad.
Dudas
¿Para quién engendramos
pesares y ansiedades?
Somos meros concursantes
transitando un abismo poderoso,
donde cada paso es un desafío
y las púas nos acechan,
sin refugio a los regresos.
Estamos transidos y llenos de dolores,
pugnando efímeros consuelos,
que se enfrían como café con atareos;
poco saboreamos la miel de nuestro esfuerzo.
¿Será vivir lo máximo posible,
andar a tientas en el riesgo,
hundirnos fieles al pie de la hecatombe?
¿Para quién este suspiro?
Este afán nace de los huesos,
y sólo algunos lo advierten.
Todos miran su sendero,
las otras rocas no importan,
mucho menos el caído que clama por ayuda.
Ojalá valga la pena
postergar el camino del relajo,
dejar atrás lo que calma.
Debo avanzar sin premura,
emergiendo en la oquedad,
en la tiniebla, sin destino ni futuro.
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