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Poemas de Antonio Jerónimo

viernes 29 de mayo de 2026
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notas en torno al margen de un límite

Itzel, todo este corazón avulsionado se seca
sucede que pronto nos cansaremos de ver mandíbulas grises
y dejaremos que todo se pudra.
yo veo cómo el espejo fractura el vientre de los pájaros
el tiempo se arquea, Itzel, así como la corteza del cuerpo,
así como la última radiografía que me enseñaste,
a contraluz; es dolor domesticado,
cadáver invadido por el diminuto recuerdo del movimiento.
afuera el futuro es pulpa desgajada.

estamos suspendidos, Itzel,
queriendo salvar el escalofrío de la tierra
interrogando un latido oxidado, huyendo del nervio
de la espina enfermiza que agujerea con fuerza
la respiración que no tiene forma.
cuando me dijiste que el cuerpo era una radiografía
intenté buscar adentro, muy adentro,
exigiéndome sentir el peso de mi vida
donde por un instante
me degradaba al igual que el mundo
porque mi tiempo, me han dicho,
tiene forma de cruda melancolía.
afuera el futuro es pulpa desgajada.

 

melancolía endogámica

pretendo que fumo de tu fiebre aceitosa,
sembraré tu saliva entre mis muslos
para arrancarla como un animal rabioso
después de que me extirpes de tu columna.

primero tendré que hacerme angosto
en mi propia cama y sentir que tú eres
el centro de la tierra. Será un buen momento
para llamarte mío y sentir
que sacias el hueco de mi tórax
con tus posiciones baratas y tus dos arcadas
de dientes, opacas y curtidas.

saldré a la calle con el alma roja,
sintiendo la forma de tu cuerpo en mi lengua,
con las coyunturas enredadas en el óxido de tus pulmones.

queriendo elegir tus tallos favoritos
pero,
en el proceso de elección,
yo también soy un producto.
me quiebro como las costillas
del gato que te regalé,
maullido o acento obsoleto que no evocas,
hoja que se repite y se necrosa en la
misma banqueta,
polen que te causa alergia.

sólo quedará el olor a pólvora muerta, ya no será necesario el dicho de empezar o llamarlo nuevo escucharemos las voces limítrofes abrazadas al mundo crepitante; coición in vitro

breve será la ceniza que seduzca nuestros miedos breve como el año breve como el llanto de los insectos breve como tus sílabas dobladas

sólo quedará el sabor a hollín en nuestros estómagos sabremos que estamos vivos porque tendremos hambre lo demás no será necesario empezarlo o decir que existió o que pudo ser sentido

 

Parafraseo de la presa (o versión del castigado)

I.

De las grietas de tus dientes salían pájaros e insectos emitiendo sonidos opacos cuya boca no podía pronunciar. Yo observaba como un ciervo ciego, lamiendo la mano de su cazador, saboreando el perfume del presagio, creyendo que era alimento eterno. Quien nace en su pasado nace creyendo que la fruta podrida es dulce, crece esperando que su cazador le dé una caricia y muere sin recordar el arrullo de su nacimiento.

Una especie de fiebre me recorría la boca; escupía una y otra vez, como quien canta una canción de cuna a un bebé sordo. En la casa, la cama era hacha y el cuarto una criatura a punto de huida. Entre las grietas, la mirada del cazador era una picadura enferma que se desleía en la lengua del tiempo. Hay que decir que el veneno no es más que líquido que no encaja en la vida. Yo también era un ser extirpado que no cabía en la mano de la tierra, porque alguna vez el cazador me había dicho que los que estamos fracturados existimos en pedazos, sin totalidad.

La última vez que tuve palabras, el tiempo era pegajoso y pesado; apenas sabía respirar. De todo mi cuerpo brotaban polillas, y yo pulía sus alas una a una hasta dejarlas sin ningún peso o alimento. Era materia contaminada, barro infectado de la multitud nocturna. Incluso el viento tenía llagas y se extendía por la habitación, intentando mutilar los tentáculos de la ciudad permeable.

 

II.

Cuando el cazador me alimentaba, un sabor amargo me recorría el tórax. Tragaba sigiloso, como quien es fuego en esta tierra de papel, como quien corre entre perros rabiosos buscando un tacto eterno. En el envés del futuro, lo último que había de quedarme era el cazador, el testigo, la residualidad cotidiana que me inoculaba a la realidad, a lo único que me pertenecía para poder decir que había existido. Porque así somos los que no tenemos fecha, ni madriguera, ni piel gruesa que nos amortigüe del golpe de la muchedumbre; porque así somos los que escribimos desde el útero del cosmos, buscando el órgano rojo o una lengua cursiva en la que no se entienda el hálito que se escapa la intemperie.

 

III.

Era incurable esa fiebre desastrosa, era noche espesa, demasiado oscura para ser habitada, salvo por las pesadillas y los calambres que el granizo interno socavaba en la boca de quien habita al cazador. A veces las presas no somos más que lluvia dispuesta a lavar las manos teñidas del cazador, sombra que se diluye cuando las antorchas tocan nuestro esqueleto.

Antonio Jerónimo
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