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Limbano Montero

jueves 27 de marzo de 2025
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Limbano Montero, por Juan Francisco Barrera Gaytán
Limbano me dijo que, siendo muy chico y con sólo saber leer y hacer cuentas, dejó la escuela para aprender del padre la cafeticultura, el mejor oficio de un campesino serrano para quien la montaña es origen y destino.
Todo lo que vive, vive porque cambia; cambia porque pasa y, porque pasa, muere.
Fernando Pessoa.

Limbano

Limbano Montero jugaba el juego del buen samaritano como pocos. Ayudaba por ayudar más que por interés propio. Se desprendía de la camisa, los zapatos o la comida para compartirlos con cualquier necesitado. Siempre dispuesto a enarbolar banderas ajenas, asumía como propias guerras y cruzadas que soltaba tan pronto surgían otras qué perseguir. En las reuniones del ejido para tratar asuntos de la producción y comercialización del café, era el primero en pedir la palabra y sus intervenciones —ya legendarias en la comunidad— comenzaban con “Disculpen ustedes, pero...” o “Sin ofender a los presentes...”; otras veces, cuando decía “Me parece que no es así...”, las personas presentes agarraban paciencia hasta de las piedras para escucharlo. No se le daba la paz: “Era inquieto hasta en el dormir”, según Violeta, su esposa. En otras palabras, Limbano Montero se movía en las montañas sembradas con café como pez en el agua, pero siempre en el limbo de lo conocido.

Sólo había algo que Límbano no dejaba ni dejaría mientras lo conocí y antes que la edad y la enfermedad nublaran su razón: cultivar su parcela de café. Había algo en el cafetal que sembraba en él el arraigo por ese pedazo de tierra. Nunca supe exactamente qué era, pero hace ya mucho tiempo yo mismo sentí la magia que emana del cafetal: es como un mundo arbolado acompañado por una sinfonía de cantos de aves, zumbidos de insectos y arroyos de aguas tintineantes, lo más parecido al Paraíso en la Tierra. Sin embargo, ese arraigo en la parcela, según Limbano, tenía una explicación más terrenal: ingresos seguros; tan seguros que con ellos construyó su casa y pagó la educación de sus hijos.

Como otros de sus coetáneos, Limbano Montero heredó la parcela del padre, don Mateo, un líder campesino que luchó por un poco de tierra contra el hacendado que la poseía toda, en el México de principios del siglo XX. En uno de esos días que la tarde invita a la confidencia, Limbano me dijo que, siendo muy chico y con sólo saber leer y hacer cuentas, dejó la escuela para aprender del padre la cafeticultura, el mejor oficio de un campesino serrano para quien la montaña es origen y destino.

 

Violeta

En sus tiempos mozos Violeta debió ser una mujer hermosa. Sus ojos verdes, tez clara y cabello castaño —ahora muy cortito— debieron cautivar a muchos pretendientes, pero sólo uno como Limbano Montero compaginó con su altivez y fuerte carácter.

Violeta me dijo que inició la relación sentimental con Limbano un 15 de septiembre, mientras la gente del poblado gritaba al unísono los vivas por los héroes que nos dieron patria. Ella, de largas trenzas y labios pintados de carmesí, vestía blusa verde, falda roja y un rebozo blanco para estar a tono con la festividad. Él, con la camisa impecablemente limpia y fajada y el bigote bien recortado, no dejó de cortejarla toda la noche entre el gentío y el retumbar de los fuegos artificiales. Al despedirse, quedaron de verse por la tarde del día siguiente en el changarro de doña Chema. Allí, con una taza de café como testigo, el joven Limbano le tomó la mano y le cantó su amor; ella, conmovida hasta el tuétano, le juró amor eterno.

Dos meses después se casaron en la parroquia del pueblo un tres de enero y, al día siguiente, ya trabajaban para ganarse el sustento. Violeta lavaba y zurcía ropa ajena, atendía una tienda de chucherías y administraba el hogar, mientras que Limbano se ganaba el sueldo en la parcela del papá. Desde aquellos tiempos Violeta y Limbano no se perdían las fiestas del ejido, en las cuales bailaban mejilla con mejilla y muy arrejuntados al ritmo de valses, polkas, mambos o boleros al son de marimbas, tríos o bandas musicales que subían hasta aquella montaña a amenizar las fiestas. “Estaban hechos el uno para el otro”, decían en el ejido.

Mucho tiempo después, ya postrada en cama debido a una rodilla inservible, Violeta rememoró aquellos tiempos en que toda la familia ayudaba al esposo en la cosecha de café. Recordó con nostalgia que trepaba a los cafetos Typica que, más que arbustos, parecían árboles, para recolectar sus rojos frutos de las ramas más altas. A la hora del almuerzo, marido y mujer compartían tacos de huevo con frijoles y apapachos bajo la sombra de un chalum en forma de sombrilla. Me dijo que subir y bajar el camino que conducía a la parcela con los frutos cosechados, acabó por destrozarle la rodilla que ahora la mantenía prisionera en una cama.

 

La descendencia

Dos hijas y dos hijos vinieron a agrandar y consolidar la familia de Violeta y Limbano: ellas, Matilde y Limbania, fueron las mayores; les siguieron Pedro y Mateo. Cursaron hasta la secundaria en el ejido y migraron a la ciudad para sus estudios superiores. Sin embargo, los fines de semana, días de asueto y vacaciones, siempre estuvieron al lado de sus padres trabajando en el cafetal, aunque mientras crecían la parcela fue el lugar perfecto para el juego y la diversión. Ahora, las dos hijas y uno de los hijos son profesionistas y se ganan la vida trabajando como empleados en empresas o en el gobierno, mientras que el más pequeño de los hijos emprendió la búsqueda del sueño americano. En opinión de Violeta, todos les salieron buenos, incluso el ausente que no dejó de enviarles algunos dólares.

 

La parcela de café

Antes de ser un predio ejidal, la parcela de café del padre de Limbano Montero fue parte de una finca cafetalera de varios cientos de hectáreas perteneciente a un hacendado que se instaló en el sur de Chiapas. Con la llegada de Lázaro Cárdenas a la Presidencia de México (1934-1940), se inició la nacionalización y repartición de los latifundios entre los trabajadores y sus familias. Su padre fue uno de los beneficiados por la llamada “dotación de tierras”. Aquellas familias aguerridas, según Armando Bartra y su equipo, aprendieron a confraternizar con el café e iniciaron la campesinización del otrora cultivo finquero.

Además del café, la parcela de Limbano ha sido un vergel donde crecen árboles maderables, naranjos, guanábanas, rambután, guineo de seda, guineo manzano, zapote y camote chino. Hoy día muchas parcelas ejidales como la de Limbano sobreviven ante el impredecible vaivén de un mercado zarandeado por los grandes intereses comerciales, las heladas o sequías, y las plagas que el día menos pensado se presentan de manera explosiva causando graves pérdidas. No obstante, “la lucha continúa desde la parcela de café”, llegó a decir Limbano.

 

El ocaso

Caminaba del brazo de una de sus hijas, dando pasitos como quien camina en la obscuridad para no tropezar. Al llegar frente a mí, Limbano me miró con esa mirada que no busca ni rehúye, sino que se pierde en el infinito, que ve a través de uno; esa mirada que mira sin mirar. Mi conmoción fue mayúscula pues no se me advirtió de su estado de salud. Lo abracé con ternura, pero él permaneció inmóvil, ausente. No lloré allí mismo porque fui educado con aquel dicho que reza que “los hombres no lloran”; sin embargo, ya en la intimidad, a los ojos de nadie, lloré como una magdalena.

Me dolió mucho no haber visto a Limbano cuando menos una vez más como lo recordaba, con esa sonrisa traviesa, con ese ánimo insuperable que me contagiaba cuando estaba a su lado. Fue muy duro saber que ya no podría conocer sus proyectos ni contarle los míos, que no volveríamos a platicar de las cosas que pasan en la vida de las comunidades cafetaleras. Al lado de la cama de Limbano estaba Violeta acostaba como la última vez que la vi. “¿Quién eres?”, preguntó con trémula voz mientras tendía su frágil y temblorosa mano para saludarme.

Ese día que estuve de visita en su casa, Limbano no habló. Triste fue mi regreso; conduje por la serpenteante carretera que baja de la montaña sin tener conciencia de ello, como en trance; me di cuenta al llegar a la ciudad.

 

Reflexión

Días después reflexionaba sobre mi amistad con Limbano Montero y su legado. Una pila de recuerdos me inundaba, como cuando juntos conversábamos sobre los días buenos del precio del café y de otros que no lo fueron tanto debido a los daños provocados por la broca y la roya.

Si bien pensaba que Violeta y Limbano representan la historia y legado de esa estirpe pionera de mujeres y hombres cafetaleros del sur de Chiapas, también me preguntaba si sus hijos continuarían arraigados a la parcela de café; si ellos y ellas valorarían ese pedazo de tierra como lo hicieron sus padres y abuelos. ¿Tendrán la sabiduría y la fuerza para continuar con la cafeticultura a pesar del mal precio del café, la afectación por las plagas y el mal clima que se pronostica por el cambio climático?

Juan Francisco Barrera Gaytán
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