La pesadilla
Lucas, un indígena chamula de pelo crespo y dientes de ardilla, se fue a dormir con el mal presentimiento que lo acosaba desde hacía tres noches. Presentía que no dormiría bien, que lo esperaba otra noche insomne llena de murmullos y sombras que lo perseguían por el cafetal, hasta que caía rendido en un pantano surgido de la nada. El clímax de la pesadilla llegaba al sentir que unas manos de uñas largas rasgaban su piel y, sujetándolo de los pies, lo jalaban hacia las profundidades del pantano maloliente. En ese preciso momento, que coincidía con la media noche, se despertaba sudoroso, tiritando de miedo y con intenso dolor en su pierna derecha, a la altura del tobillo.
Horas después, a las cuatro de la mañana, Lucas sorbía traguitos de chocolate bien caliente en una taza de peltre que sostenía con ambas manos para quitarse el frío de la madrugada y la temblorina. Mientras Lidia, su esposa, le sobaba el tobillo adolorido con pomada de árnica, él le contaba detalles de la pesadilla que recordaba nítidamente y tocándose el pecho describía la opresión que sentía.
—Es un mal presentimiento —dijo Lucas—; creo que algo muy malo me pasará.
Lidia, preocupada por las ojeras y el miedo que desfiguraba las facciones de Lucas, lo alentaba a olvidar y tranquilizarse, que todo había sido un mal sueño.
Más o menos apaciguado, pero con la inquietud que deja dormir mal y la angustia de un mal presentimiento, Lucas salió de casa con itacate al hombro y machete en mano y, como todos los días, tomó la vereda que lo conducía al cafetal de la finca donde trabajaba como peón de campo. Esa mañana, 12 de julio de 1917, a Lucas lo esperaba una larga jornada de trabajo en el chapeo de la maleza. Por su parte, Lidia se encaminó hacia el casco de la finca donde trabajaba como cocinera para el patrón finquero. Antes de salir de casa, se había armado con un “detente” del Sagrado Corazón de Jesús que se colgó al cuello y guardó en su seno la estampita milagrosa de San Salvador de Horta, el santito de su devoción. Mal sueño o no, más valía prevenir que lamentar, pensó.
En esos días de 1917, en que Lucas y Lidia trabajaban en una finca de Soconusco, región del sur del estado mexicano de Chiapas, la humanidad era testigo de la sangrienta Primera Guerra Mundial y México se debatía en las luchas fratricidas de la Revolución mexicana.
En busca de vida mejor
Tres años antes, cuando supieron que se buscaban trabajadores para la tapisca del café en la región Soconusco, Lucas y Lidia no dudaron en engancharse con el hombre flaco de cara de ave rapaz que llegó a su comunidad ofreciendo transporte, comida para el camino y un adelanto del salario. Otros más también se enlistaron y todos, adultos, jóvenes y niños, emprendieron el viaje al sur con la esperanza de encontrar una vida mejor, lejos de la precariedad de las comunidades indígenas de la región chiapaneca de los Altos Tsotsil-Tseltal.
El calor, la humedad del aire, las lluvias torrenciales y los mosquitos fueron un tormento para los recién llegados a la finca cafetalera. Ellos, más acostumbrados al clima templado, tardaron en adaptarse a la tropical región Soconusco. Sin embargo, tan difícil o quizás más que el clima tropical fue el trabajo mismo por duro: trabajaban desde que salía hasta que se ocultaba el sol. Además, casi todo el salario se les iba en cubrir las deudas contraídas con la finca y en adquirir la comida en la tienda de raya con las fichas que recibían como moneda a manera de salario. Encima de todo esto, los peones tenían que aguantar el mal trato de los capataces, quienes, para satisfacer al patrón finquero, exigían máximo esfuerzo de todo mundo en el trabajo.
A principios del siglo XX, el sistema de endeudamiento y las precarias condiciones laborales acentuaban la explotación de los trabajadores indígenas, como Lucas y Lidia, en las grandes fincas cafetaleras de Soconusco.
Peligro en el cafetal
Aproximadamente una hora después de iniciado el chapeo de la maleza, Lucas se detuvo para limpiarse el sudor de la frente con el paliacate rojo que su mamá le regaló el año pasado en su cumpleaños número dieciocho. Ella, al poner el paliacate en sus manos, le dijo que era para limpiarse el sudor de la frente, sudor que lo acompañaría en su trabajo toda la vida, pues como dice la sagrada Biblia: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. En esas estaba Lucas pensativo cuando una piedra le tumbó el paliacate al golpear su mano. Rufino, el capataz que comandaba la cuadrilla de Lucas, había sido el agresor.
—¡A trabajar, huevón! —le gritó el capataz.
Rufino como Lucas era de San Juan Chamula, pero a diferencia de éste, era un tipo bajito, arratonado, de temperamento hosco, que había aprendido a mandar con severidad a los peones en una finca cafetalera de Guatemala cuyo propietario era un general, por eso los apresuraba a cumplir con sus tareas sin darles descanso suficiente. A su parecer, todos los peones eran flojos e irresponsables, lo cual lo irritaba y lo mantenía casi siempre de mal humor.
La suerte no cambiaría para Lucas: a media mañana, el odiado y temido capataz se encabritó al ver que se retrasaba en chapear la maleza y, como castigo, lo asignó a la parte más enmalezada, cerca de un arroyuelo donde un zacatal formaba macollos que, en partes del cafetal, crecía tan alto como dos veces la estatura de un peón. Excepto Lucas, no había en la cuadrilla quien no supiera que allí abundaban los cantiles de agua, esas serpientes de tan mala reputación entre la gente del campo por la peligrosidad de su veneno, pero con el vengativo capataz de por medio nadie se atrevió a prevenirlo.
Apenas llegó al zacatal, Lucas sintió la opresión en el pecho con más fuerza; era ese mal presentimiento que lo agobiaba, pero ante la mirada vigilante de Rufino que se encontraba a unos pasos detrás de él, no le quedó más remedio que comenzar a chapear: con el garabato inclinaba los tallos de la vegetación y con el machete los cortaba de un solo tajo. Así, poco a poco, Lucas fue avanzando en la ardua tarea.
En el casco de la finca, Lidia se asustó mucho cuando, al romper los huevos para preparar el desayuno de los patrones, observó que la yema y la clara formaron un amasijo negro y podrido de embriones de pollo. Al comprender que tan asquerosa imagen era la señal que anticipaba la desgracia que tanto preocupaba a Lucas, se arrancó la vestimenta culinaria y sin pedir permiso corrió en busca del marido lanzando plegarias al cielo.
Por un pelo de rana calva
Primero, tres ratas salieron a toda prisa del zacatal en dirección a la zona recién despejada de maleza donde estaba Lucas. Cual bólidos, las ratas pasaron entre los pies de Lucas y se dirigieron hacia donde estaba Rufino. Enseguida, un cantil de agua de gran tamaño salió veloz de la vegetación en pos de los roedores. La serpiente pasó de largo sin ver a Lucas —o si lo vio, no le interesó—, pero más adelante, en su frenética carrera, el cantil chocó de lleno con los pies de Rufino que, paralizado por la sorpresa y el miedo, no pudo evitar que lo mordiera en el tobillo del pie derecho. Antes que el ofidio mordiera a Rufino una vez más, Lucas le cortó la cabeza de un tajo certero con el machete.
Lidia llegó al lugar de los hechos pensando lo peor, pues creyó que los horribles gritos que oía provenían de su esposo. Mientras Rufino era llevado al casco de la finca para recibir auxilio, Lucas puso a su mujer al tanto de lo ocurrido. Le dijo que por un pelo de rana calva la serpiente no lo mordió y que la opresión que sentía en el pecho había desaparecido.
—Nada de un pelo de rana calva —corrigió Lidia a su marido—, te salvaron mis plegarias al Sagrado Corazón de Jesús y a San Salvador de Horta, el santito hacedor de milagros de mi devoción.
¿Qué pasó con el malvado Rufino?
Muchos años después, en una casita de las orillas de San Juan Chamula, casi al ocultarse el sol, Lucas sentado en su sillón predilecto contaba a su nieto y cuatro nietas la aventura con el cantil de agua en la finca cafetalera de Soconusco.
—Yo era muy joven, muy trabajador... —decía Lucas cuando la nieta más pequeña, que para su edad era muy avispada, le preguntó qué había pasado con el malvado Rufino.
Lucas contó el trágico final del capataz: había salvado la vida, pero no la pierna. El médico Rigo, un experimentado galeno de Tapachula que casualmente visitaba al patrón finquero ese día, amputó la pierna de Rufino por arriba de la rodilla para evitar la que sería una muerte tan terrible como segura.
—Como en la finca no había instrumentos quirúrgicos ni cloroformo —les dijo Lucas—, el médico hizo la amputación con una sierra para cortar madera y sin analgésico. Los aullidos de dolor de Rufino se oyeron por toda la región —y agregó con dramatismo—: Rufino se salvó por un pelo de rana calva.
—¡Nada de pelos de rana calva! —se oyó decir a la abuela Lidia desde la cocina—; fue obra del Sagrado Corazón de Jesús y del milagroso San Salvador de Horta, el santito de mi devoción.
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