Ofrenda
Que no hay color,
o casa que alumbre más el sol,
ni esquina del mundo
que salve de la angustia
a un ser humano
arrojado al vacío,
sin instrucción.
Que no hay camino elegido
que retorne a casa
de donde nos exiliaron.
¿Es el destino sólo el tránsito?
¿Qué de eso
llevaremos al regreso?
¿Cuál debe ser nuestra carga?
Si todo aquello que abrazamos,
que logramos vislumbrar,
lo vamos perdiendo.
Aprendemos a ofrendarlo a la tierra
sin saber de qué manera
su presencia
será devuelta a Dios.
Puente
Caminaste sobre el abismo
y yo siempre fui el puente.
Mi presencia entumecida
sólo encorvaba ante tu peso
¿Cuántas veces te sostuve yo
mientras mi interior
se desgajaba todo?
El exterior intacto
Sólo rodeaba tus vacíos.
Y yo que caer quería,
sólo me sostenía
en la esperanza de tu abrazo.
Tránsito
La niña jugaba a dormirse
cuando la tristeza la cobijaba,
y se sumergía en las profundidades.
Jugando con la muerte,
sola,
ella se ahogaba.
La niña, en las olas, se revolcaba,
y su ser inamovible
se suspendía entre los golpes.
Una mariposa descansaba
sobre la telaraña,
esperando de ella capullo.
Ningún revoloteo cambiaba su destino:
la tristeza era su tránsito,
y el capullo nunca más
sería hogar.
Niña póstuma
¿Quién te amara a ti
que con tanto empeño
te cuidara
y volviera tu cuerpo cobijo?
¿Quién te diera palabras nobles
y lograra en ti la caricia definitiva?
Estás ahí, dulce niña.
Te escondes tras la cortina pálida
que poco oculta tu ser
Y mis ojos se posan sobre ti
con una intriga antigua;
no eres más que esa niña póstuma
sin un abrigo
y con todo el frío del mundo
en sus manos.
Los velos no serán cobijo, mi niña,
no ofrecerán calor humano.
La desnudez no es más que un umbral
a la morada del alma
Deja que el otro te atraviese
con su arsenal,
tendrás el tuyo,
sabrás usar
Báñalos con la ternura
y castígalos con frialdad
No compongas las melodías
con el eco de tu ayer.
Ríete de la maldad,
ama en el silencio
Y así, el manto será cobijo
y nunca más trinchera.
Muchachita de ojos pálidos,
cómo me entristece que el sol
no haya atravesado tus ventanas.
Que tu único ruego sea el amor
de un hombre sordo.
Que hayas tenido tan sólo un deseo:
aquel que no se cumplió.
Tanto quisiera que no fueras luna,
ni sufrieras nuestros afectos.
Que anduvieras por la vida ciega,
y ésta te fuera permisiva.
Que no lloraras a cántaros,
sino que, al ver tu ser pasar —
efímero—
otros ojos se desbordaran.
Mas la verdad camina otro sendero,
estás aquí,
y sólo te abraza otra mujer.
Sólo en sus ojos reposas bajo la sombra,
y sólo ella comprenderá
los vacíos inexpresables de tu ser:
aquello que los permitidos roban,
por ser dueños de todas las tierras
y por la cualidad pétrea de su corazón.
Aquí estaremos, del otro lado:
la restitución.
Constituidas por el vacío
y sostenidas en la palabra.
Mientras que los guerreros
conquistan todo
y al final,
ningún artificio
los logrará salvar
de la angustia
de la orfandad.
- Poemas de Laura Sofía Hernández Gallego - miércoles 2 de julio de 2025


