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Caja de zapatos

sábado 6 de septiembre de 2025
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“Hasta entonces había procurado no pensar en ello, confiado en que ese momento quedaba aún muy lejos”.

No: ese momento ya respira a mi lado. No sé cómo mirarlo.

Estoy en una caja de zapatos.

Un cuarto estrecho, quizá, pero me aferro a la esperanza de que mañana el sol acaricie mi rostro con sus dedos de fuego. Abriré los ojos despacio, como quien vuelve de un largo viaje, para reencontrar su imagen.

Las horas se disuelven... ¿o son minutos apenas?

El sol se filtra por una rendija de mi memoria.

¿Es recuerdo o invención?

Un resquicio mínimo en la mente deja ver una ventana altísima, inalcanzable. No sé qué ocurre tras sus cristales, pero presiento que el astro me contempla sorprendido, al verme encogido dentro de mi propio pellejo.

Otro día más.

Estiro los brazos buscando aire, y un leve alivio me visita.

El cuarto es tan angosto que no puedo erguirme.

¿Cómo estar de pie si soy prisionero de mi propio cuerpo?

¿Me encerré yo?

¿Me encerraron?

Hubo, acaso, una razón precisa. Me decían que el mal se curaría dentro de esta caja de zapatos.

¿Voluntad o condena?

El sueño me niega clemencia.

Quisiera despertar aliviado, pero no sé de qué.

Estoy sentenciado... ¿al ostracismo?

¿A la diferencia?

¿Al abandono? Tal vez a su partida.

¿Dónde está?

¿Fue para siempre?

Quizá sólo fue un pretexto, porque mi mal es infinito.

Siempre fui solo.

Acompañado, sí, pero solo.

Invisible entre los demás, ciego por decisión propia.

El ruido se transmuta en marcha fúnebre. La lluvia se precipita sin anunciarse, y lo único que escucho es la música incierta de sus gotas contra el techo del cubículo. ¿Cubículo? No, es más estrecho aún: apenas me deja respirar.

Mi madre solía decir: La lluvia es alivio; riega, despierta, hace brotar flores en primavera.

Pero en este encierro no florece la primavera: sólo un invierno perpetuo, frío, oscuro, cubierto de nieve que se hiela al caer y mata.

Si pudiera verla de nuevo, quizá se quebraría esta prisión interna. Quizá... ¿felicidad? Nunca lo sabré.

La sospecha me dice que se fue, harta de guardarme en una caja de zapatos.

¿Dolor?

Sí, pero no un dolor cualquiera: es un dolor solemne, casi sagrado, vestido con luto, como sentencia dictada por un dios implacable.

Mi madre me aconsejó: Mira a los ojos de ese enemigo oculto en tu cerebro. Si tu mirada no se aparta, al final se cansará y desaparecerá.

Entonces verás la luz al final del túnel donde vives.

¿Cómo se mira a un enemigo invisible?

¿Cómo se descubre en la penumbra un par de ojos escondidos?

Cada intento se convierte en laberinto de sombras y voces viejas.

Hasta entonces había procurado no pensar en ello...

Nací en la noche y he crecido en esta caja de zapatos de la que no sé salir. Felizmente pienso... pero ¿vivo?

Apenas floto en un mar de recuerdos borrosos y fantasías imposibles.

Mi noche no es larga: es perpetua.

Cierro los ojos e invento un mundo distinto, donde la luz atraviesa las paredes, donde los días no son un desfile de horas vacías.

Allí veo campos verdes, cielos abiertos, y siento el abrazo cálido de una primavera imposible. Allí, sus labios tibios se confunden con los míos.

Son destellos de ilusión: breves, frágiles, pero suficientes para sostenerme.

Me aferro a esa chispa que titubea en la oscuridad, esperando que se encienda hasta romper las paredes de esta caja de zapatos.

Tal vez un día, cuando menos lo espere, hallaré la fuerza para abrir la puerta y caminar hacia la vida, hacia la primavera que aún me aguarda.

Hasta entonces, seguiré buscando esa mirada en mí mismo, ese enemigo escondido que quizá no sea más que mi propia sombra pidiendo ser aceptada.

La lucha persiste, en cada latido, en cada suspiro, en cada gota de lluvia que golpea mi prisión, porque, aunque todo parezca imposible, sé que más allá de estas paredes frías existe un mundo intacto, esperándome.

Carlos Decker-Molina
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