“...no soy excesivamente monógamo, pienso que se pueden tener muchas ciudades que se amen al mismo tiempo”.
Julio Cortázar
New York: Danza en la oscuridad
Ella, al llegar a New York por primera vez, en medio de aquel gélido enero, supo de inmediato que en cada esquina la esperaba un croupier, quien lanzaría los dados indicándole el camino a seguir; también la esperaban la ciudad, el amor y la danza. En el top de ese día, de esa semana, de ese mes, estuvo la canción Dance in the Dark, de Lady Gaga; se escuchaba en cada esquina, en cada tienda, en cada taxi; incluso, en la capella errática que pretendían entonar algunos transeúntes desde la soledad de sus audífonos que, a manera de coro, más bien parecía responder a irreverentes e involuntarios tics de Tourette. Tanta insistencia la motivó a detenerse en su letra premonitoria (Some girls won’t dance to the beat of the track / She won’t walk away, but she won’t look back). En medio del frío caminó sin destino cierto, avanzando por la avenida Broadway treinta calles hacia el norte. Éluard sostuvo siempre que las manos están hechas para los bolsillos y para las frentes; de la misma manera ella entendió que sus pies estaban hechos para bailar y para recorrer Manhattan, descubriendo, a cada paso, una orfebrería urbana de exceso barroco; una ciudad de lo real maravilloso, multicultural, parecía un catálogo de todas y cada una de las culturas del mundo. Extenuada, entre la 72 y Broadway, sentada en el parque Verdi, a un lado de la estación del tren, leyó un grafiti que estuvo allí por mucho tiempo: “New York: la amas y la odias a la vez”. Se imaginó la ciudad y cada calle recorrida ese día como la gigantesca escenografía de un interminable musical, siempre en desarrollo, sin principio ni fin; probablemente una versión bizarra de West Side Story que ahora tomaría por nombre Upper West Side Story, visto desde un banco cualquiera a la salida del metro de la 72. Bajó al subterráneo y tomó el tren de regreso a South Ferry; luego de un corto recorrido se anunciaba la estación Columbus Circle, una encrucijada que ella siempre había querido conocer. Salió a la superficie y se detuvo un largo rato en la entrada suroeste del Parque Central para observar a una bailarina danzando al ritmo de la insistente canción del momento (Cause when he’s looking she falls apart / Baby love to dance / Dance in the dark); cada marcación en la coreografía revelaba un movimiento atado siempre a un acto reflejo que se disparaba involuntariamente, pero siempre al ritmo de la obsesiva canción. Tomó la calle 59 y continuó rumbo al río; durante el trayecto, contra una vidriera, observó a un joven solo, con audífonos, devorando un pastel familiar; la retorcida imagen y su exceso de realidad la acompañaron en su travesía a lo largo de varias avenidas, preguntándose ¿qué escuchaba?, ¿qué celebraba en solitario?, ¿formaba parte esa escena del musical dejado atrás? Continuó su recorrido hasta llegar al agua y pudo observar, frente a sí, un majestuoso escenario: el Hudson. Del otro lado del río, hacia el norte, divisó West New York, donde años más tarde ella creyó encontrar el amor; hacia el sur pudo observar, abrumada, el momento en que un avión estrepitosamente se posaba sobre el río produciendo grandiosas olas y de sus alas, por el roce intermitente con la superficie, grandes volúmenes de agua eran devueltas al río en forma de aspersión de una inquietante, extraña y terrible belleza. Ella se sintió especial, estuvo en el momento y en el sitio indicados para observar cómo de nuevo el Vesubio esculpía Pompeya. Pensó: si la isla griega de Esciros recibe cada día un barco con música de Strauss, en un dramático y extraordinario atraque, New York ahora abraza el exitoso amerizaje del Airbus A320, cumpliendo el vuelo 1549 de US Airways y 155 pasajeros a bordo, con música urbana (Never let you fall apart / Together we’ll dance in the dark) como una obertura irreverente que transgrede el frío de la tarde. Ese hecho, que pudo haber sido una tragedia, se transformó en evento, en una puesta en escena épica e hiperreal. Muchos años después, de camino a su celebración de cumpleaños, ella atravesaba de nuevo el parque Verdi mientras recordaba su primer día en la ciudad y tantos episodios que se adicionaron a ese musical sin fin. Supo entonces que nunca hubo un croupier, todo giró alrededor de su intuición que la iluminó intermitentemente, como un faro, al atar una rutina a otra en aquella danza en la oscuridad.
Caracas: La caminata de Kant
Esa tarde, como todos los martes, me dejé seducir por los lomos de los libros, por el olor que expelían los incunables creando una atmósfera sacrosanta. Todo llegaba, me acompañaba un tiempo, crecía, devenía en podredumbre y moría, repitiéndose así incansablemente el ciclo: todo detritus termina siempre en el mar. Sin embargo, el Adagietto, ese cuarto movimiento de la Quinta Sinfonía de Mahler, seguía allí: escucharla todas y cada una de las veces era siempre la primera vez. La escuché, inicialmente, noctámbulo, en aquella estación que radiaba veinticuatro horas de música clásica; la escuché luego, durante muchos años, a través de un disco de vinilo de etiqueta roja; la escuché a través de un reproductor de carretes de cintas magnéticas de alta fidelidad; la escuché, en el automóvil, en aquellos cartuchos de cintas sonoras sin fin; la escuché, en ocasiones, en la fonoteca de la Biblioteca Metropolitana, último refugio en aquella devastada ciudad; la escuché a través de casetes de corta duración; la escuché, en mi oficina, discretamente reproducida por los altavoces del hilo musical; la escuché al final de la mañana de algunos domingos, durante las temporadas sinfónicas en la Ciudad Universitaria, donde el sonido discreto del arpa se colaba siempre entre las nubes de Calder, sigilosamente, para no provocar su descarga a manera de lluvia o de llanto aluvional; la escuché en los primeros discos compactos de colecciones musicales encartados una mañana en el diario; la escuché, muchas veces, mientras caminaba en la playa y el sonido ascendía por los sinuosos cables hasta los audífonos, desde un walkman asegurado a mi cintura; la escucho aún, en ocasiones, gracias a un inquietante algoritmo que, en modo aleatorio y a la manera de un Dios arbitrario y omnisciente, selecciona el Adagietto entre infinitas opciones en un intrincado bosque digital y me lo ofrece. Nunca supe por qué razón, de manera asidua y sin rumbo fijo, no exactamente a la manera de la caminata de Kant, yo transitaba la ciudad adquiriendo libros y pequeñas obras de arte. Mi biblioteca era una síntesis de esos momentos. En aquella ocasión, hace ya mucho tiempo, desandando la ciudad, decidí que en adelante sólo releería, porque cada vez que volvía sobre un libro, lo hacía siempre por primera vez, tal como Mahler volvió continuamente en vida sobre su Quinta Sinfonía, terminada pero jamás concluida. Hoy pienso que, como los libros, cada día somos otro, siendo exactamente el mismo, y la relectura no es más que la evidencia de aquella presunción de otredad a través de un ejercicio de eternidad: todo evento se hace eterno, pero a la vez se extiende, paradójicamente, sólo por los diez minutos y cuatro segundos de duración del cuarto movimiento de esa sinfonía.
París: La lluvia sobre Montparnasse
De joven, leí una y otra vez la biografía de Vallejo y siempre quise visitar su tumba en París. En la primera ocasión, directo, desde el aeropuerto, me dirigí al cementerio en busca de su tumba, la cual debía decir en su epitafio: “Ha tenido que nevar tanto para que duermas”. Sus biógrafos coincidían en que el 24 de marzo de 1938 había sido ingresado al hospital con una enfermedad desconocida, hasta el 15 de abril, día de su muerte. No era una peregrinación a la Meca, sólo fue una visita postergada. No tuve que cruzar desiertos, sólo atravesé la ciudad. En aquella ocasión, arribé por el Aeropuerto d’Orly y, ayudado con un plano, me embarqué en el tren hasta la Gare d’Austerlitz. Pensé, mientras avanzaba el tren, en las personas ensimismadas dentro de los abrigos que los contienen, sujetos que sólo comparten, indefectiblemente y sin saberlo, un espacio impreciso, difuso e innominado; paradójicamente la exhalación de uno es la inhalación del otro. Ya en Place d’Italie, tomé la línea 6 (Nation - Charles de Gaulle - Étoile) y, a gran velocidad, el tren devoró Corvisart, Glaciére, Saint-Jackes, Denfert-Rocherau, una detrás de la otra como una involuntaria, magnífica e insistente repetición, hasta llegar a Raspail. Salí a la superficie, caminé hasta alcanzar el boulevard Edgar Quinet y desde un sitio alto y descampado pude observar, de lejos, la quietud del Cementerio de Montparnasse. Entre la lluvia, el frío, los lejanos graznidos de los cuervos, árboles negros y deshojados, mausoleos, panteones, pequeños templos y grandes monumentos, encontré su sencilla tumba. Sobre ella reposaban, casi deshechos por la humedad, recientes notas, folios, libros, manuscritos, flores marchitas y cartas de anónimos remitentes. Los hice a un lado para observar el epitafio y con sorpresa leí: “Yo nací un día en que Dios estaba enfermo, grave”.
La Habana: ron y yerbabuena
Para Jorge Moreno
Había salido del Museo de Napoleón y, caminando por una estrecha calle entre el museo y la universidad, me dirigí hacia un fuerte que en algún momento había sido un cuartel de policía, y ahora, entre sus pórticos, bóvedas y una dramática iluminación, exponían algunos artistas. La intención era asistir a un taller demostrativo de tragos que sería dictado por un experimentado barténder en una pequeña taberna en las alturas de esa ciudadela. Ingresé; al fondo se escuchaba Benny Moré: “Cómo fue, no sé decirte cómo fue, no se explicarme qué pasó”. La dubitativa historia del barténder sobre los ancestros del trago involucraba a un renombrado mafioso quien frecuentaba un prestigioso hotel en La Habana en los años 40, haciéndose habitué del bar y especialmente de aquella mesa junto a la ventana donde se cultivaban hierbas fertilizadas accidentalmente entre cenizas y restos de tabaco; una de esas hierbas, la yerbabuena, de manera distraída él arrancaba y mascaba junto al ron que consumía y, gracias a la consuetudinaria libación, se hizo costumbre su previa maceración en el vaso, instituyéndose como un trago prêt-à-porter. Con destreza, en un largo vaso de cristal, el barténder maceró yerbabuena con azúcar refinada creando al fondo un mortero, una argamasa, luego vertió ron blanco, abundante hielo, jugo de limón, agua gasificada, una rama de yerbabuena y agitó. El rito de la preparación lo repetimos muchas veces, ronda tras ronda, hasta el amanecer. Hablamos largamente sobre el arte de la mixología: aquel deliberado oficio que atendía, igual que la culinaria, a la lógica del azar, de la aventura, del accidente, produciendo, en ocasiones, insospechados resultados. Entre tragos, supe de una bebida tropical y mundana que originalmente se servía en cocos y, dada una prolongada huelga de recolectores, comenzó a servirse en piñas, transmutándose desde el coco loco a la piña colada. Otro cuya base original fue la ginebra, y al escasear ésta, se empleó ron blanco disfrazado con zumos, surgiendo el daiquirí desde el disimulo. Sólo entonces entendí la razón de tantos cócteles, surgidos de arbitrarias alquimias, que únicamente pudieron ser alumbrados en madrugadas insomnes. Amaneciendo, ya en la calle, observé una ciudad de majestuosa arquitectura devastada por el tiempo, como una hermosa dama decadente con aroma a humedad y tabaco en el ambiente. Atravesé unas calles donde el día anterior, en un mercado callejero de artistas, éstos se despojaban de sus obras por unas pocas monedas. A lo lejos, escuché un oscilante sonido, similar a un metrónomo que se acerca; al pasar a mi lado, advertí que el esfuerzo de la ciclista y su patada a fondo sobre los pedales, semejaban un émbolo que transformaba su cuerpo y la desvencijada bicicleta en una compleja maquinaria de tracción a sangre. Cuando empezaba a extinguirse aquel sonido pendular, como un metrónomo en moderato que ahora se aleja, me percaté de que desde lo alto aún se escuchaba, entre trompetas y violines: “Cómo fue, no sé decirte cómo fue, no se explicarme qué pasó”.
- El discreto encanto de aquella pandemia
(un cuento de Bandas sonoras, de César Rodríguez Barazarte) - domingo 12 de abril de 2026 - Cuatro ciudades
(ejercicios narrativos) - martes 2 de septiembre de 2025


