
“En sentido estricto, Fernando Pessoa no existe”. Son palabras de Álvaro de Campos, ingeniero naval, consumidor de opio y absenta, cuyo comportamiento era siempre el de un dandy futurista y, por último, pero no menos importante, uno de los setenta y dos heterónimos con los que Fernando Pessoa escribió algunas de las páginas de poesía más sorprendentes de toda la literatura del siglo XX. Junto a él, C. R. Anon, un filósofo inglés apasionado por el libre albedrío y los aspectos del determinismo; Ricardo Reis, un monárquico portugués, poeta influenciado por Horacio y profesor de latín de vez en cuando; Alberto Caeiro, autor de El cuidador de rebaños, una de las obras más sutiles de crítica del lenguaje y de la metafísica, con partes de su obra al menos tan perspicaces y convincentes como algunas de las mejores páginas de Wittgenstein, son sólo algunas de las máscaras adoptadas por Pessoa durante su actividad literaria, que es, al fin y al cabo, un presagio original de la condición posmoderna, desprovista de una identidad estable y única, que se ha abordado con tanta frecuencia en las últimas décadas. Pero entre todas ellas, quizá la más cercana al espíritu de Pessoa sea, si damos crédito a la propia confesión del autor, Bernardo Soares, el autor ficticio de Libro del desasosiego,1 subtitulado “Una autobiografía sin hechos”.
Si bien elegir un seudónimo (o varios, para el caso) no es infrecuente en la literatura y la filosofía, elegir “heterónimos”, como los llamaba el propio Pessoa, es la expresión de una actitud artística fundamentalmente diferente, ya que cada una de estas “voces” literarias tiene su propia técnica, su lenguaje individual, su estilo fácilmente reconocible, al tiempo que se relaciona con una tradición cultural bien definida (distinta en cada caso) y, por sorprendente que parezca, tiene biografías complejas y es plenamente consciente del sutil sistema de influencias que se ha tejido, de forma casi imperceptible, entre ellas. Y si Octavio Paz describió a Caeiro como “todo lo que Pessoa no es, y un poco más”, debemos admitir que, tras leer Libro del desasosiego, nos sentiremos tentados de definir a Bernardo Soares en los mismos términos; parcialmente, por supuesto. La fragmentación y la técnica de la omisión intencionada resultan ser, en realidad, la esencia misma del espíritu de Pessoa, encarnada, en mayor medida que en cualquier otro lugar, en esta obra en prosa, que se publicó sólo después de su muerte y que suscitó un acalorado debate entre los críticos literarios. Y estas controversias fueron generadas, como es natural, por el detalle real, reconocido por el propio editor, Richard Zenith, de que este libro nunca podría tener lo que estrictamente hablando se llamaría una edición definitiva. Habiendo sido escrito a lo largo de más de veinte años, con la aparente intención del autor de atribuirlo a un heterónimo diferente, Vicente Guedes, y habiéndose convertido, en plena elaboración, en una especie de legado literario inesperado de Bernardo Soares, Libro del desasosiego es, más que una mera “autobiografía” en el sentido estricto de la palabra, una colección de pensamientos, de reflexiones filosóficas, de recuerdos imaginarios y de sentimientos minuciosamente examinados, todos ellos susceptibles de atraer a los lectores y hacerles organizar por sí mismos el vasto material del proyecto inacabado de Pessoa. Una imagen que recuerda claramente a un auténtico “libro de arena”, por citar el famoso sintagma de Borges, pero también al afán de Fernando Pessoa por idear una identidad ficticia sorprendente, como lo demuestra el detalle esencial de que, como veremos, el propio Pessoa definió a Soares como uno de sus semiheterónimos.
Por otro lado, la multitud de heterónimos imaginados por Fernando Pessoa también pretende subrayar, de manera indirecta, la creencia del escritor portugués de que la subjetividad individual, fundamento del pensamiento occidental, es una mera ilusión. El yo es plural (“Soy plural como el universo”, como afirmó el escritor portugués, y no por casualidad) y prueba de ello es toda la obra literaria de Fernando Pessoa, quien, al hacerlo, no se limitó a anotar sus propias experiencias, sino que presagió una de las tendencias que más tarde influirían en toda la cultura europea: un agudo sentido del yo, unido a la falta de una visión exclusiva o estable del mundo exterior. Precisamente por eso, desprovisto del apoyo de la religión o de la anterior creencia ilustrada en el progreso, el autor se retrae en sí mismo, sólo para encontrarse con la duda y la desconfianza, elementos que Bernardo Soares, el autor ficticio de Libro del desasosiego, reitera, con diferentes grados de énfasis, a lo largo de su texto.

Around the World in Fifty Books:
Collected Essays on Contemporary Writers
Rodica Grigore
Ensayo
Traducción: Mirela Petrașcu
Editorial Cambridge Scholars
Newcastle (Inglaterra), 2026
ISBN: 978-1-0364-6506-3
270 páginas
Pessoa, cuyo nombre significa precisamente “persona” y, por extensión, “máscara”, no fue el único escritor del siglo XX que intentó convertir la imagen del individuo, permanentemente desprovisto de una identidad estable, en el núcleo de sus inquietudes literarias. En la práctica, esta experiencia también se encuentra en la obra de Robert Musil, si mencionamos su obra maestra, a menudo relegada, El hombre sin atributos. Por otra parte, para los lectores atentos al detalle, Libro del desasosiego revelará una intensidad algo comparable a la que se encuentra en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rainer Maria Rilke, o un tono afín al carácter ominoso de Nietzsche. Sin embargo, con este texto Pessoa superó a cualquier obra similar, especialmente por su capacidad para destacar la relación crucial entre el sueño, la ilusión y la realidad, y para crear un espacio ficticio, una Lisboa verdaderamente resplandeciente en cada una de sus páginas, que eclipsa, por su conspicuidad, incluso al espacio real, siendo en realidad más que la mera capital de Portugal y convirtiéndose imperceptiblemente en un territorio genuinamente mítico. De este modo, Pessoa demostró ser plenamente capaz de hacer, en el ámbito de la ficción, precisamente lo que algunos de sus contemporáneos o críticos posteriores le acusaban de no haber logrado, es decir, superar sus propios límites, su propia timidez, un notable triunfo de la ilusión ficticia sobre la realidad. Y si Adorno afirmaba que, en la era contemporánea, una obra finita no era más que una mentira, Fernando Pessoa corroboró literalmente esa idea con su convincente Libro del desasosiego. Porque, al haber sido escrita, de principio a fin, con un toque de melancolía que quizá sólo se encuentra en las mejores páginas de poesía de Pessoa, esta obra, verdaderamente única en la literatura mundial, no es ni una mera autobiografía ni una mera colección de reflexiones filosóficas.
Como si recopilara elementos que parecen evocadores de los Cuadernos de Coleridge, del diario intelectual de Valéry o de los Diarios de Robert Musil, la crónica absolutamente singular de Pessoa es un complejo mosaico de anotaciones psicológicas y filosóficas, de viñetas pseudobiográficas, de páginas de teoría literaria y aforismos reunidos como para confeccionar una especie de ingenioso libro de texto de fracasos asumidos, aceptados e incluso anticipados. Y si tuviéramos que señalar su denominador común, el hilo conductor de todos estos fragmentos, sin duda nos centraríamos en la introspección y en el significado que Pessoa le atribuía al sueño, en todas sus posibles versiones. Es como si, una y otra vez, el autor de estas páginas se mirara en un gran espejo y se preguntara obsesivamente en voz alta: “¿Quién soy y qué es lo que me hace escribir?”. La inclinación del autor por la introspección y la autoironía es quizás equiparable a los mejores extractos de las obras de Baudelaire, Melville o, en el plano filosófico, Wittgenstein; además, como un elemento más bien inesperado, muchas de las notas apuntan a una forma sui generis de surrealismo. Los temas que ocupan un lugar destacado en Libro del desasosiego son la soledad, el distanciamiento, el cansancio en medio de una ciudad percibida como esencialmente ajena, pero que sin embargo se convierte en una geografía genuina, imperiosamente necesaria para el auténtico conocimiento de uno mismo y también para establecer una estética centrada en la contemplación de la vida. A veces llamado por los críticos “un epicúreo modernista”, otras “un cínico posmoderno”, Pessoa era fundamentalmente capaz de observar y, además, de plasmar a fondo no sólo la soledad del individuo que vive en la era moderna, sino también el fracaso de muchas tendencias filosóficas, con un tono sin parangón y una sorprendente perspicacia sobre la profunda humanidad del ser humano, prueba definitiva de su firme creencia de que “si el corazón pudiera pensar, se detendría”.
Mucho antes de que el posmodernismo se convirtiera en una auténtica empresa académica (y más), Fernando Pessoa había logrado definir plenamente el concepto mismo de “deconstrucción”; y, sin embargo, no fueron pocos los que escribieron estudios exhaustivos sobre la ironía posmoderna y pasaron por alto su obra sin vacilar, ya fuera por diversas razones pseudoideológicas o simplemente por desconocimiento... No obstante, Harold Bloom lo incluyó en El canon occidental como uno de los escritores representativos del siglo XX y de la literatura mundial en general, una distinción honorífica que el escritor portugués sin duda habría estado tentado de recibir (y contemplar) con una sonrisa condescendiente: la actitud que rezuma casi cada página de Libro del desasosiego. Porque, al haber sido concebido como una “autobiografía sin hechos” de Bernardo Soares, este libro corrobora de una vez por todas la imagen del escritor que se ha retirado dócilmente del mundo, deseando imponerse como una “figura inexistente”, siempre detrás y bajo el velo de las máscaras de sus heterónimos y, sin duda, detrás de su obra: la prueba definitiva de su creencia de que la literatura “es la confesión de que la vida no es suficiente”.
Pero Libro del desasosiego genera una complicación adicional en cada paso del camino, porque Pessoa subraya repetidamente, de forma subtextual —y a través de las cartas dirigidas a algunos de sus amigos y colaboradores— que la personalidad de Bernardo Soares no es ni idéntica ni diametralmente opuesta a la suya. Lo que corrobora el hecho de que, como él mismo intentaba sugerir, el autor dependía y estaba vinculado a su obra de ficción. Por otro lado, tal y como se le retrata en el presente texto, Soares muestra, al menos temporalmente, actitudes similares a las de Alberto Caeiro, sin dejar de lado toques que recuerdan claramente al clasicismo de Ricardo Reis. Así, no por casualidad, Soares reflexiona sobre sus viajes por mar, menciona datos relacionados con técnicas de ingeniería y se queja de su propia insignificancia, que, al igual que Álvaro de Campos, experimenta de forma aguda; de ahí la obsesión genuina, predominante en Libro del desasosiego, por la pluralidad, las identidades múltiples y la complicada relación entre el individuo y quienes le rodean. Y de ahí también la insistencia de Richard Zenith, editor de la primera edición de esta notable obra, en que los lectores no deben confundir a Fernando Pessoa con Soares, ya que Pessoa tenía claramente la intención de escribir una obra de ficción, dados los sobres en los que, antes de su muerte, había guardado varios fragmentos de este texto, mientras que Soares, por su parte, simplemente había reunido esos fragmentos. El resultado es, ante todo, un excelente ejemplo de juego irónico en el que se invita a los lectores a participar plenamente, pues la yuxtaposición de las ideas de Pessoa con la realidad imaginada de Soares, su semiheterónimo, delimita con precisión la diferencia inherente entre una serie de aparentes similitudes y confusiones que Pessoa introdujo deliberadamente en el texto; de ahí la creencia, compartida tanto por algunos lectores como por una parte significativa de la crítica, de que el escritorio que Soares describe con obstinación era, en realidad, el propio escritorio de Pessoa.
Por otra parte, la propia forma de concebir el texto de Libro del desasosiego puede atribuirse a la misma estrategia de la doble intención, o más bien a la estrategia de una intención plural: al igual que Pessoa optó por presentarse bajo la apariencia de una multitud de heterónimos que, en determinados momentos, refutaban sin vacilar las ideas de los demás, el presente texto también parece multiplicarse infinitamente y, en consecuencia, su recepción dependerá en gran medida del orden en que se lean los fragmentos (sólo) aparentemente dispares. Es como si Libro del desasosiego fuera un auténtico recitativo en el que intervienen una profusión de voces y notas esenciales, todas ellas subyacentes a la estructura falsamente narrativa (y falsamente autobiográfica) del texto. Precisamente por eso, cuanto más elaborado es un fragmento, más indeterminado parecerá el conjunto, convirtiéndose en la expresión adecuada del “desasosiego” mismo, no de una mera incomodidad, sino de una forma de inquietud que, en líneas generales, constituye el sello distintivo de la gran literatura en su conjunto. Sólo en este sentido puede considerarse a Bernardo Soares, el autor del texto, como un “fragmento” del propio Pessoa, con la distinción entre ambos que se encuentra en la diferencia, muy debatida en el libro, entre realidad e imaginación. Y si, según Pessoa, “un individuo es siempre la transformación sufrida por otro individuo”, del mismo modo, la imaginación resulta ser una alteración de la realidad.
Después de todo, para el desasosegado autor de este desasosegante texto, la imaginación ofrece mucho más que un simple escape del ámbito de la realidad cotidiana y, en este sentido, uno comprende que sus sueños se convierten en la expresión de una realidad alternativa, un espacio de idealidad que puede controlarse para que se superponga perfectamente con el antiguo campo de la imaginación, en el sentido algo tradicional del término. Sólo así Soares puede afirmar estar satisfecho con su empresa y su conclusividad. Porque, a diferencia, por ejemplo, de los poetas románticos a los que criticaba por su rechazo de la contemporaneidad en favor de una superrealidad a menudo fantástica, Bernardo Soares no rechaza el presente ab initio, sino que sólo consigue superar cualquier condicionamiento de la vida cotidiana para alcanzar un reino de absoluta satisfacción. En otras palabras, citando al propio Pessoa, “elige coexistir”.
El “Prefacio” de Libro del desasosiego, objeto de debate desde diversas perspectivas críticas, es la pieza central del texto de Pessoa, en la medida en que impone el tono adecuado necesario para la comunicación irónica indirecta. Asumida por Pessoa y valiéndose, entre otras cosas, de la convención del manuscrito encontrado, esta introducción ofrece incluso una descripción física de Bernardo Soares, al tiempo que proporciona detalles sobre el encuentro entre ambos. La atmósfera se captura de manera sobresaliente, en la clara línea de dramatización poética ya impuesta por el poeta portugués en algunas de sus obras maestras anteriores. Porque es precisamente ahora cuando la sutil ironía del autor da consistencia a Bernardo Soares: esta introducción proporciona al lector los rasgos de la existencia exterior de Soares, mientras que el texto que sigue será la expresión de su realidad interior, siendo Pessoa, sin embargo, totalmente hábil a la hora de subrayar el hecho de que la realidad imaginada es aún más real que la que tradicionalmente se denomina real y también, de alguna manera, protegida por la primera. Fernando Pessoa demuestra así haber superado hábilmente la etapa de la ironía socrática, considerada como la primera etapa en la que se puede alcanzar la plena conciencia de uno mismo. Adoptando algunas de las posturas filosóficas avanzadas por el erudito clásico portugués Francisco Sánchez, cuyas teorías precedieron al cartesianismo, Libro del desasosiego demuestra, mediante la gran literatura, que la negación implícita en algunas de las afirmaciones de Pessoa/Soares no es, en realidad, más que el signo de la afirmación más absoluta, transmitiendo, de la misma manera, algunas verdades esenciales sobre la tragedia de la condición humana, marcada por la imagen de un Orfeo perpetuamente desgarrado que anhela eternamente emerger como un nuevo Proteo.

Viajes, libros y ventanas abiertas
La investigadora rumana Rodica Grigore —asidua colaboradora de Letralia desde 2008— escribe en la introducción de La vuelta al mundo en cincuenta libros: ensayos escogidos sobre escritores contemporáneos, obra de la que forma parte el texto que hoy presentamos a nuestros lectores: “Este volumen, que reúne cincuenta ensayos sobre escritores contemporáneos, puede verse como un mapa simbólico destinado a ayudar al lector a comprender mejor la literatura contemporánea. Con una actitud a veces lúdica o irónica y otras veces perspicaz, esta colección de textos sigue, en cierto modo, como sugiere su título, el ejemplo de Julio Verne de viajar alrededor del mundo; esta vez, simbólicamente: no en ochenta días, sino en cincuenta libros; tal vez más como Julio Cortázar, en su La vuelta al día en ochenta mundos. Nuestro viaje intelectual cubre un amplio espacio cultural, desde Portugal, Francia y el Reino Unido hasta Estados Unidos y Japón, leyendo (o releyendo) novelas, cuentos o memorias modernas y contemporáneas, con el objetivo de encontrar nuevos significados incluso dentro de ciertos textos conocidos. Un acercamiento que invita a la reflexión a la literatura mundial, este libro pretende ofrecer perspectivas originales y una mirada fresca a la ficción contemporánea, teniendo en cuenta la geografía literaria y también una interpretación personal de algunos escritos relevantes publicados en las últimas décadas”.
- Fernando Pessoa: el juego de las identidades
(del libro La vuelta al mundo en cincuenta libros, de Rodica Grigore) - lunes 2 de febrero de 2026 - Estudios y ensayos sobre las literaturas románicas, de Rodica Grigore
(fragmento) - lunes 30 de junio de 2025 - Viajes y literatura / Viajes en literatura, de Rodica Grigore
(introducción) - lunes 24 de febrero de 2025
Notas
- Fernando Pessoa, The Book of Disquiet. Traducción: Richard Zenith (New York & London: Penguin Classics, 2018).


