Exterior.
Noche.
Bueno, en realidad son como las seis o las seis y media de la tarde, pero es invierno en Albacete y por eso la escondida callejuela está sumergida en sombras. El aire se ha convertido en cristal y cada susurro lejano en una aguja de hielo. Por alguna razón, el letrero que reza An Chruit Corcaigh1 está apagado y silencioso. Una guirnalda de colorines parpadea tras la cristalera, dando quizá más sensación de soledad a la escena. La figura indistinta da una última vuelta a la llave, la guarda en el bolsillo y camina, sin prisa, en dirección a las luces de la esquina.
—Alfa a Bravo, Alfa a Bravo, el pavo sale del horno; repito, el pavo sale del horno.
—¿Quién es Bravo?
—¿Cómo que quién es Bravo? Tú eres Bravo.
—¿Pero no habíamos dicho que nos llamábamos Equipo Uno, Equipo Dos, hasta el infinito y más allá?
—Yo no puedo quedarme mucho —contesta otra voz—; al hablarme del pavo me has recordado que mi santa me ha encargado que compre carne para mañana y como me cierren la carnicería me voy a cagar.
—¿Entonces soy Equipo Dos o soy Bravo? —insiste Petardín.
—Me da igual. Lo que te dé la gana. ¿Hacia dónde va?
—Pues entonces llamadme Charlie.
—Pero Charlie sería el tres, no el d... a la mierda. ¿Hacia dónde va?
—Charlie a Papá Conejo; responda, Papá Conejo —salta otro.

Guadaña
Juan J. A. Ochoa
Novela
Íbera Ediciones
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-9893785935
708 páginas
—¿No hemos quedado en usar nombres en clave, so simple? ¿Para qué rebuznas “¿Papá Conejo, Papá Conejo”?
—Creía que, como estamos usando nuestros teléfonos, daba igual.
—Tú no eres Charlie, Charlie me lo he pedido yo —insiste Petardín.
—¿Hacia dónde va? —repite Papá Conejo, con el tono engañosamente calmo que algunas maestras reservan para los días malos de las pequeñas bestezuelas a las que tienen que desasnar.
—No lo veo.
—¿Cómo que no lo ves? ¿Hacia dónde iba?
—Ha salido en dirección a la esquina de la calle Huertas.
—¿Alguien lo ve?
—Yo lo veo, Papá. Estoy siguiéndole a distancia —respondo.
—¿Y por qué no has dicho nada?
—Estaba esperando a ver si nos aclarábamos con los nombres —digo—. Por cierto, soy yo: Simplón.
—Papá, ¿sabes si esto va a durar mucho? En serio, tengo que ir al súper.
—No. No lo sé. Os recuerdo por enésima vez que hemos montado todo este tinglado para ver si podemos averiguar qué demonios le pasa. No tengo ni idea de cuánto puede tardar. Síguelo todo el tiempo que puedas y cuando te vayas a ir, avisa —responde Papá Conejo.
—Vale. Por cierto: soy Iris.
—¿Cómo Iris?
—Me gustan los nombres de chica. Los vuestros suenan mucho a macho y peli americana.
—Se ha parado en un escaparate, ¿qué hago? —intervengo.
Debo ser el único que está haciendo lo que hemos acordado hacer. Desde que Aengus ha cerrado el An Chruit para perderse caminando por las calles de Albacete, me he convertido en una especie de sombra, pegado a sus pasos.
Aengus lleva un grueso abrigo gris marengo embutido hasta las cejas. Luce un incongruente gorro de lana con un pompón rojo y la punta de una bufanda del mismo color le asoma por las piernas. Como el tipo me conoce, cuando se ha parado, he cruzado la calle y me he metido en el primer portal que he encontrado. Las aceras están llenas de gente y de luces de colores, de tiendas abiertas y de coches. Una banda sonora de coros infantiles atruena desde las alturas en un derrame incontenible de inocencia, pureza y cursilería.
—¿Puedes verle? —contesta Papá.
—Puedo —contesto—. Y si yo puedo verle a él, él puede verme a mí.
—¿Dónde estáis?
—Casi llegando al Gran Hotel, dirección al Altozano.
—Vale. Ahora mismo te hacemos el relevo. Bravo y Delta, esteee, Charlie e Iris, adelantaos y cubrid las rutas más probables. Cambio.
—Papá.
—¿Qué?
—Déjalo ya. Estamos en una llamada de grupo, no en la radio —digo, aunque sé el profundo, dulce, exquisito dolor que le causo cuando le obligo a abandonar una fantasía.
Unos días atrás (cosa de un mes, día arriba, día abajo), Aengus nos sorprendió con la noticia de que, a partir de ese momento, el An Chruit permanecería cerrado todos los jueves desde las cuatro de la tarde.
Cuando tu pub es tu refugio, el único oasis de cordura y cerveza en un mundo que se agota embrutecido sucumbiendo a una estudiada marea de mediocridad y malevolencia; saber de pronto que habrá momentos en los que no podrás contar ni con la consoladora idea de su presencia permanente y benévola, nos puso, para qué negarlo, al borde del terror más abyecto. Fuimos (me avergüenzo al recordarlo) casi groseros con el pobre Aengus.
A lo que él respondió con un alzamiento de sus cejas, sirviéndonos una última ronda de pintas, avisando de que cerraba por aquella noche y dándonos la espalda sin soltar prenda acerca de las razones que motivaban tan extraordinaria decisión.
Y por eso estábamos ahí.
Yo a unos veinte metros por detrás de Aengus, escondido en un portal. Papá Conejo, en su fantasía, había planeado seguirle desde los tejados, para encontrarse con que la única azotea a la que había podido subir sin ser propietario ni inquilino estaba a una distancia del siguiente tejado que ni Usain Bolt en un día bueno podía soñar en saltar. Para colmo, se había olvidado las gafas en casa de modo que no distinguía una mierda de las caras de la gente cuatro o cinco pisos por debajo.
Petardín (quiero decir, Charlie) había pasado cerca de donde yo me escondía, y estaba a unos treinta metros por delante, intentando averiguar por qué calle iba a ir nuestro objetivo. Otro tanto hacía Iris (No. No sé quién es Iris).
Y de los demás... ni idea.
—Oídme todos: se dirige hacia la estación de tren. Por cierto, soy Iris.
—Ya lo has dicho antes, cansino. No lo pierdas de vista —respondió Papá.
—Ya, pero es que me estoy quedando sin batería. Yo aviso.
Un oportuno lapso en la cobertura ocultó piadosamente a nuestros delicados oídos la blasfemia que se le escapó a Papá Conejo.
—Papá, Papá; responda, Papá —dijo Iris.
—¿Qué cuernos pasa ahora?
—Que me tengo que ir al súper. Hasta luego.
—Ya lo he localizado —dije—. Lo tengo delante, a unos veinte metros. Como lleva ese gorro rojo es casi imposible perderlo de vista —añadí.
En ese preciso instante, una nutrida horda de seguidores de la Selección Española se bajó de tres autobuses e inundó la puta calle de todo tipo de ridículos sombreros rojos.
Como no sigo muy de cerca el fútbol, no puedo deciros con certeza para qué coño estaban aquí todos esos humanoides saltarines. Durante los siguientes minutos fue como si alguien con graves problemas de espasmos musculares estuviese sujetándote una de esas láminas para que, sin tus gafas de leer, buscases a Wally.
Durante un terremoto.
No me oculté piadosamente a mí mismo el pedazo de barbaridad que se me escapó. En otros tiempos menos amables hubiera supuesto mi muerte de una forma especialmente ingeniosa lenta, dolorosa y dedicada, amén de la excomunión y el aventamiento de mis cenizas por los caminos. Quizá también borrar mi nombre del registro parroquial.
Quizá hemos avanzado a mejor. Ni idea. Yo por lo menos me quedé muy a gusto.
Cuando estaba a punto de darme por vencido y llamar a Papá Conejo, de puro milagro alcancé a distinguir el pompón rojo del ridículo gorrito de Aengus. Emergía en la marea de gorros, bufandas, guantes, pompones y otros adminículos de vestir rojos, claro y distinto, como si fuera mi cría de pingüino emperador en un mar de monísimos pingüinos emperadores absolutamente idénticos. Caminaba a buen paso, dejando la estación de tren a su derecha.
—¿Qué podéis decirme? —suplicó Papá Conejo—. Decidme que no le habéis perdido.
—Lo tengo, lo tengo —contesté.
Estábamos ahora en una calle secundaria oscura y silenciosa, lejos de las luces navideñas y de la caterva de hinchas; en la que, sin duda, si yo podía escuchar los pasos quedos de Aengus, muy sordo tenía que estar él para no escuchar los míos. Mi presencia, caminando como distraído a unos veinte metros tras él debía resultar cuanto menos conspicua.
—Aquí Charlie, ¿dónde estáis? —tronó Petardín por el móvil, dos décimas de segundo antes de que se me ocurriera que sería conveniente bajarle el volumen.
En un paroxismo de perfección técnica que mi móvil no está dispuesto a repetir cuando de verdad tengo que enterarme de lo que están diciéndome en una llamada importante, los ecos de su voz llegaban nítidos a todos los rincones de la calle.
Otra vez me metí corriendo en el primer portal que vi, para salir rebotado de espaldas a la calle al dejarme las narices en una puerta cerrada a cal y canto. Es difícil hacer ver que todo es normal después de que el golpe que te has dado con una puerta ha resonado por todo el vecindario, pero ahí estuve, en mi mejor encarnación de Buster Keaton. Una señora mayor apartó brevemente las cortinas de su ventana para tener mejor recepción de mi persona. Probablemente me vio hasta los cálculos biliares y esa fisura que tengo en la cuarta costilla derecha. Cuando me volví a mirar, Aengus había desaparecido. En toda la longitud de la oscura callejuela no se veía un alma.
—Mierda, Papá, lo he perdido.
—No te preocupes y sube al coche —su voz me llegó con una claridad pasmosa, como si lo tuviera justo al lado.
—¿A qué coche?
—Al mío, Simplón, estoy aquí.
Me volví y, efectivamente, estaban allí: apretados en los dos asientos que el caos que reina dentro de la furgoneta de Papá Conejo deja libres. Todos ellos.
Papá cabalgaba ahora a lomos de una nueva fantasía: la persecución en coche. Me iba a doler tener que bajarle de la nube tan pronto: la calle, peatonal, de servicio para la entrada de los garajes, terminaba en un parquecillo cercano a las vías del tren.
Hubo una breve sesión de codazos, empujones, quejas y resoplidos mientras me embutía en el único asiento de la parte de atrás de la furgoneta, con los otros tres. No me explico para qué diablos quiere Papá una furgoneta si, a la hora de la verdad, no cabe un alma dentro.
—Si ha ido por el paso de bicicletas para cruzar las vías, no vamos a poder seguirle con el coche —aclaré al fin.
—Hostia, es verdad —dijo Petardín.
Pude sentir el dulce, exquisito dolor de Papá bajando de su fantasía.
—Vale. Voy a aparcar la furgo. Acercaos hacia la pasarela. Si ha cruzado las vías sólo hay un lugar al que pueda ir: al cementerio —suspiró.
En realidad, aunque es una parte de Albacete que no conozco bien, se puede ir a bastantes más lugares una vez que cruzas todas las vías del AVE. Hay áreas recreativas, vías verdes, en la distancia se extienden campos llanos como la palma de tu mano, hay caseríos, fábricas, el canal de María Cristina se pierde en el horizonte... pero guardé silencio. Papá ya estaba sufriendo bastante.
Hubo otra sesión de empujones, quejas, manotazos y resoplidos mientras nos bajábamos de la furgoneta a sumergirnos en el tradicional y archiconocido viento helado de las noches de invierno albaceteñas (¡Ahora extraseco! ¡Consigue en pocos segundos el cutis de un explorador ártico!). Ni distancia social ni pollas, buscábamos los unos el calor de los otros, agrupados como cachorrillos al abrigo de una ubre, mientras un especialmente alicaído Papá Conejo daba marcha atrás y se perdía por la esquina.
Si caminar a solas por la callejuela resultaba conspicuo, imaginad el aspecto de un pelotón de personas intentando fundirse en una sola masa para ofrecer menos superficie al viento. Por suerte, no había un alma.
—Creo que le he visto arriba en la pasarela ciclista —dijo alguien. No fui yo porque entre la mierda de la mascarilla y las gafas llevo mucho tiempo viviendo en una niebla difusa que me impide hacer tales alardes.
—¿Lleva un gorro con un pompón?
—Sí —contestó—, aunque también podría ser un pelirrojo con el pelo rizado, cuello muy largo y una cabeza muy pequeña.
—Seguramente es él —dije.
Bien abrazados los unos a los otros abandonamos la relativa protección de la callejuela para afrontar como huskies de pura raza el ventarrón catabático que limpiaba la pasarela de toda forma de vida pluricelular (especialmente ciclistas). Cualquier desgraciado que intentase en ese momento cruzar las vías y la circunvalación por aquel funesto puentecillo se habría perdido ululando en la distancia arrastrado por el tifón, alto, lejos, helado. Poco se ha hablado de esos detalles climáticos de alto estanding que Albacete reserva para las tardes de su temporada otoño-invierno.
Las luces de la autovía teñían de amarillento nuestras caras tersas y suaves —ay, ese airecillo milagroso— cuando, azotados de arena, hojarasca y basuras diversas, llegamos por fin a la puerta del cementerio.
—Yo creo que estamos haciendo el gilipollas —graznó Petardín resumiendo magistralmente los pensamientos de todos los presentes.
—Ya que estamos aquí ¿echamos un vistazo dentro? —dije yo, pensando que en realidad Aengus, arrebatado por el vendaval, se había desvanecido de nuestras vidas para siempre.
Mientras deliberábamos Papá Conejo se unió a nosotros resoplando, acompañado de lo que quizá fueran unos copos de nieve que cortaban como cuchillas.
—¿Y bien? —dijo (realmente nos tiene fe).
—Es posible que haya entrado —dije— pero no lo hemos visto.
El cementerio de Albacete es un cementerio extenso, una réplica silenciosa de la ciudad llana, luminosa y amable a la que presta servicio. No es un lugar que uno recorra en diez minutos. Y, para los que gusten de esos detalles, está lleno de cipreses, callecitas, panteones y otros monumentos entre los cuales es muy fácil pasar desapercibido; si es lo que uno desea. En la tarde noche de invierno albaceteña, parecía también muy oscuro. Sin darnos cuenta, empezamos a hablar en susurros; por aquello de no molestar. Uno de los efectos, supongo, de estar en un sitio que, literalmente, está lleno de gente y donde, a la vez, no hay nadie.
—Podemos dispersarnos por el interior a ver si le vemos —dijo Papá—. Por parejas. Cada pareja por una calle.
—También podemos preguntar al vigilante de la entrada si le ha visto pasar —señaló un inusitadamente juicioso Petardín.
—O también podemos hablar con él —dije yo señalando hacia el rincón protegido del viento en el que Aengus nos estaba esperando.
En lo oscuro, el brillo súbito de la brasa de una pipa recortó contra la noche el pompón rojo. La puntilla para las fantasías de Papá.
—Hola, Aengus —dijimos.
Sus cejas nos miraron de arriba a abajo, como, supongo, Zeus y todos los dioses antiguos nos contemplan desde el otro lado del microscopio. Fascinantes criaturas, los humanos. Casi parece que piensen.
—Me preguntaba cuánto tiempo tardaríais en aparecer —nos dijo al fin—. Todos, coño; habéis venido todos. ¿Y bien? ¿Debería sentirme halagado?
—Estábamos preocupados, Aengus —dijo Papá Conejo—. Has empezado a hacer cosas extrañas últimamente...
—Cosas extrañas como tomarme una tarde libre a la semana —murmuraron las cejas de Aengus, quiero decir, el propio Aengus.
—Y por si acaso estabas teniendo algún problema, queríamos hacerte saber que puedes contar con nosotros, Aengus. Somos tus amigos —terminó, casi como si hubiese argumentado algo, Papá.
—No sois mis amigos —contestó Aengus—, sois mis putos clientes. Y tendríais que respetar el pequeño detalle de que la gente tiene vida privada al margen de sus trabajos.
—Bueno, Aengus —tercié yo—, tampoco es que seamos perfectos desconocidos, leche. Somos gente que te conoce y te aprecia.
—Algunas cosicas hemos pasado juntos ya —dijo Petardín.
—La verdad es que sí. Nos hemos pasado un poco —dijo Papá—. No queríamos meternos en tus cosas, pero es que estábamos preocupados de verdad, joder —titubeó un poco ahí. Resulta un poco difícil defender la nobleza de tus motivos cuando te han pillado cotilleando, al estilo de la vieja del visillo.
—Nadie que no fuera amigo tuyo se habría tomado tantas molestias para saber qué está pasando, Aengus —terminé yo—. Sabes que eso es así —me encanta esta frase porque, si el oyente no se para un momento a pensarla, hace que todo lo que has dicho sea automáticamente cierto.
Las cejas de Aengus volvieron a analizarnos. Es curioso porque, aunque el tío no es especialmente peludo, la combinación entre bufanda, gorro y cejas nos daba la impresión de estar tratando con una suerte de primo lejano del Yeti. Chewbacca, tal vez.
—Vale —suspiró (suspiramos todos)—. Es verdad que sois lo más parecido a un amigo que tengo en este mundo.2 Voy a enseñároslo. Y os contaré hasta donde pueda. Pero tenéis que prometerme que no me preguntaréis nada y que os conformaréis con lo que os cuente. Lo que no sepáis no puede haceros daño.
—Prometido —dijo Papá.
Hasta yo pude ver cómo cruzaba los dedos a su espalda.
Que cabrón.
—De acuerdo —la profunda voz de bajo de Aengus comenzó a escarbar una especie de hueco cálido en el aire helado—. Venid conmigo. Tíos, vosotros sabéis que no soy exactamente de por aquí cerca —dijo—. Pero ¿tenéis una idea de dónde vengo?
—Eres irlandés, ¿no? —dijo Papá.
—¿Cómo irlandés? —respondió Petardín—. Ese acento lituano lo delataría en cualquier sitio.
—¿Escocés? —dije yo.
—Kazajo —dijo alguien—. Fijo: kazajo.
—No, hombre, es casi murciano, de Cancarix.
—Papá —dijo una voz por mi teléfono—. Ya he comprado la carne, ¿dónde estáis?
Aengus volvió a suspirar. Esto va a ser un poco más largo de lo que pensaba, dijeron sus cejas con un leve, casi imperceptible, cambio de ángulo.
- Guadaña, de Juan J. A. Ochoa
(primer capítulo) - jueves 12 de febrero de 2026 - Una de las mil y una, por Juan Jesús Amo Ochoa
(de su libro Cuentos masticables de todos los sabores) - martes 21 de septiembre de 2021
Notas
- El An Chruit Corcaigh, verdadero protagonista de nuestras historias. Es un pub. Es el centro del universo. Pásate cuando quieras y pídete una pinta de Guinness y el sándwich de salmón ahumado. No te vas a arrepentir. (N. del A.).
- Es importante, amigos y amigas de nuestras historias, que notéis la cursiva. (N. del A.).



