
El merideño que viaja lleva la iluminada fábula de su paisaje como permanente nostalgia.
Mariano Picón Salas
La primera vez que viajé a Mérida fue por invitación de mi hermana Margarita. Tendría yo unos nueve años. Ciertas imágenes son difusas pero recuerdo verme sentado ya en Mérida, frente a una mesa, haciendo mis tareas escolares. Ante mí una ventana que me permitía ver parte de las majestuosas montañas de la cordillera andina. El viaje había sido una aventura extraordinaria. Salimos en las primeras horas de una mañana ligeramente húmeda y calurosa de enero. Ir a Mérida desde Maracaibo era una travesía que podía durar más de nueve horas, dependiendo de las paradas, las alcabalas, los huecos y obstáculos de la carretera. Me habían dicho que Mérida era lugar de montañas, neblina, frío, riachuelos con sus cascadas, plazas para pasear, parques, que ascenderíamos por una carretera de muchas curvas. Todo ello creaba en mí intensas expectativas e inquietudes. Ya en la vía no dejaba de preguntarle a mi hermana cuándo aparecerían las montañas. Obedecí su sugerencia de dormir un rato. Cuando desperté ella me dijo que acabábamos de entrar a Valera y que íbamos en dirección a La Puerta. Noté que ascendíamos por una carretera que se había tornado más estrecha, flanqueada por montañas. También la temperatura había descendido y podía sentir ya un poco de frío.
Pronto ante nuestra vista apareció La Puerta: un pueblo hermoso como nunca había visto. Sus pequeñas y humildes casas, unas al lado de otras, tendidas sobre dos estrechas calles rodeadas de montañas, me decía, tal como me lo observó mi hermana, que estábamos frente a un pueblo típicamente andino. Estacionamos frente a la plaza Bolívar. Hacía frío. Cerca están la iglesia y una estación de policía. Era ya hora de desayunar. Preguntamos por un restaurante y un señor amablemente nos indicó una casa cercana. “Es la casa llamada San José, señora Olga”. Allá fuimos. Una señora de mediana edad nos ofrece pasar y sentarnos en el comedor. Nos dice que tiene carne mechada, arroz, ensalada y arepas de trigo. Decidimos comer para reparar energías y continuar hacia Mérida. La señora Olga nos advierte que ha estado lloviendo, que tengamos cuidado con la neblina. Ya en el trayecto, a la salida de La Puerta pude ver cultivos de distintas verduras y hortalizas, extendidos en pequeños valles y en las cercanías de los cerros y personas que parecían cuidar sus sembradíos. “Este es un pueblo de campesinos, gente trabajadora”, me dice mi hermana.
Continuamos ascendiendo por una estrecha carretera. El frío se hacía cada vez más intenso y la neblina comenzó a obstaculizar la visibilidad. Había que avanzar con cuidado. Pronto, si el tiempo mejoraba, me hizo saber mi hermana que estaríamos en Timotes, una población que era ya parte del estado Mérida. Al entrar al pueblo observo un escrito en forma de poema sobre una pared y le pregunto a mi hermana. “Son unos versos del poeta Andrés Eloy Blanco, quien tuvo este lugar por cárcel, por oponerse a la dictadura de Juan Vicente Gómez. Aquí estuvo marginado, con prohibición de salir del pueblo y de reunirse con personas. Aquí continuó escribiendo poemas como su famoso ‘Palabreo de la loca Luz Caraballo’”. Mi hermana, admiradora del poeta Blanco, me indica que en ese poema el poeta refiere la historia de una mujer que enloqueció debido al hambre y la miseria, y que al parecer deambulaba por el páramo, entre Timotes y Apartaderos. “Algunos niños de estos pueblos —agregó mi hermana— se saben este poema y lo recitan a los turistas por algunas monedas”. ¿Cómo sería la vida de este poeta, me pregunté, errando por estos pueblos? Años después supe que Andrés Eloy Blanco había participado en las protestas estudiantiles de 1928 contra la feroz dictadura de Juan Vicente Gómez, por lo que estuvo en prisión y luego fue confinado en distintos lugares.
Es ya plena mañana. El tráfico en el centro de Timotes se hace lento. En la plaza, que está frente a una gran iglesia, observo movimiento de personas. Algunos entran a la iglesia, otros parecen comprar en las tiendas o bodegas cercanas. Hay dinamismo alrededor de la plaza. “Timotes es un gran productor de verduras y hortalizas”, me informa mi hermana señalándome un extenso camión-cava que lleva productos del campo a otras ciudades como Valencia y Caracas.
Al atravesar Timotes mi hermana me hace saber que estamos ya ascendiendo hacia el páramo, en la ruta hacia el Pico del Águila. El niño que yo era miraba deslumbrado los cambios en el paisaje, los extensos cultivos de los campesinos, las cascadas que comenzaban a ofrecer sus pequeños caudales de agua, el intenso color de ciertas flores propias de las montañas. Era como si la naturaleza, con sus olores, su frescura, sus matices de verdes, inundara mi cuerpo. Mi hermana me indica que por aquí florece el frailejón morado y el díctamo real que, según los campesinos, tienen propiedades curativas, como mágicas. Ante mis ojos maravillados comienzan a desfilar pueblos y nombres que escucho por primera vez y que tienen para mí una extraña y como antigua resonancia indígena: Chachopo, Apartaderos, Mucuchíes, Mucubají, Tabay. Pronto entramos a Chachopo. Este pueblo, más pequeño, a diferencia de Timotes se nota muy tranquilo. Pocas personas transitan por la calle de piedras por la que lentamente asciende nuestro vehículo. Siento que, ante mis infantiles ansias de conocimientos, este es un viaje que es como el descubrimiento de un país ignorado, lleno de muchos regalos visuales y sorpresas de geografía: todo es nuevo, hermoso, atractivo. El páramo andino, me digo, es majestuoso, bello de sólo mirarlo. Así debió ser la creación el primer día.
Más adelante, a medida que subimos por la carretera, me doy cuenta de que estoy ante a un inmenso paisaje que no había imaginado y una naturaleza prodigiosa; mi vista se asombra y regocija. Sin embargo, con temor, a medida que las curvas se hacen más pronunciadas, observo los enormes precipicios que bordean la carretera y la desolación que habita las montañas. Un silencio infinito lo recubre todo. La soledad de estos páramos, tan cercanos al cielo, me recuerda lo que dice mi maestra acerca del universo, de su inmensidad, de la infinitud del cielo y las estrellas. Observo, hacia algunos márgenes o curvas peligrosas de la carretera, pequeñas cruces. “Son recordatorios de que alguien tuvo un accidente y murió allí”, me dice mi hermana. De pronto vemos que alguien camina con mucha lentitud. Nos detenemos frente a ella para constatar que estamos en la dirección correcta y preguntarle dónde podríamos surtir de gasolina a nuestro auto. Es una joven simpática. Su rostro se nota rosado, como algo quemado por el sol y el frío. Nos dice que sí, que sigamos la carretera principal, que más adelante encontraremos una estación de servicio, en el sector llamado La Venta. Todo aquí es muy distinto a la prisa que lleva la gente en Maracaibo y a la agitación que anima la ciudad. Imagino que las personas en estos pueblos están más cerca de Dios. He visto que cada pueblo o sector tiene su iglesia. A lo lejos, dispersas, cerca de las montañas, se nota una que otra vaca y una u otra vivienda.
Me distraigo en pensamientos y recuerdos de días anteriores y de juegos con mis amigos: Andrés, intentando elevar su volantín más alto que el mío, Juan diciéndome que no le gano en barajitas, que llenará su álbum más rápido que yo, y sobre todo pienso en Ana, la más bella de mi colegio, castigada por la maestra porque no lee bien. La maestra hace dictados y regala caramelos a quienes sacan menos errores. Siento que este viaje es como una ascensión al cielo, cada vez estamos más cerca de las nubes. Una curva por la que desciende un camión nos lleva a detenernos para dar paso; me saca de mis pensamientos. Nunca había visto tanto cielo y tantas montañas y tanta soledad. Me pregunto si este viaje es realidad o es parte de un sueño. De pronto mi hermana interrumpe mis ensoñaciones, deteniendo el auto e invitándome a que nos tomemos un chocolate caliente en un pequeño restaurante para contrarrestar el frío. Me dice que podemos almorzar con arepas rellenas y una pisca andina. “Ya estamos en el Pico del Águila, en una de las zonas más visitadas de la Sierra Nevada”.
Bajamos del vehículo. Observamos la belleza e imponente majestuosidad del paisaje así como los innumerables turistas que han venido. Es sábado, recuerdo, y por eso, pienso, se notan muchos visitantes. Se ven montañas y picos cubiertos de nieve. Le pregunto a mi hermana y me explica que el pico más alto que se ve es el Bolívar y sus picos hermanos son el Humboldt y el Bonpland. Me refiere que estamos en el punto más alto de nuestro recorrido, a una altura de más de 4.180 metros sobre el nivel del mar. Me siento una partícula ante el grandioso espectáculo de estos paisajes. Me sugiere que camine despacio para que no me vaya a dar eso que los lugareños llaman “mal de páramo”. Cerca, me informa mi hermana, hay grandes lagunas como la de Mucubají, la de Los Patos o la Laguna Negra, “en cuyas aguas, se dice, habitan duendes y criaturas sobrenaturales”. Si hay duendes, pienso, debe haber hadas madrinas. Le digo que vayamos allí, pero mi hermana argumenta que hay que desviarse y eso retrasaría mucho nuestra llegada a Mérida. A un lado de la vía observo pequeños e improvisados locales que ofrecen artesanías, dulces típicos, licores de frutas, manzanas, duraznos, fresas. Nos acercamos. El vendedor que nos atiende, un señor de avanzada edad pero muy gentil, nos dice que en la mañana muy temprano cayó una ligera nevada y nos recomienda continuar nuestro viaje con cuidado.
Mi hermana compra unas fresas que generosamente me ofrece. Algunos visitantes disfrutan en familia, compran; otros toman fotos mientras sus pequeños hijos, inadvertidamente, suben al pequeño monumento que exhibe un cóndor, el ave emblemática de estos territorios. Siento la cercanía afectuosa de mi hermana, que se esmera en indicarme datos y características de esta privilegiada zona del país, porque me dice que conocer es amar: “No se puede querer —me observa— lo que no se conoce”. Ella es maestra en un colegio católico y yo, además de ser uno de sus hermanos menores, soy también su discípulo. En la escuela me aconseja que, por ser su hermano, debo tener una conducta intachable.
De nuevo dentro del auto continuamos nuestro viaje. Miro un reloj despertador que hemos traído: son las tres de la tarde. Comenzamos ahora a descender por una carretera que sigue estando llena de curvas pero al mirar afuera veo que los precipicios ya no son tan pronunciados. Ha comenzado a caer una ligera llovizna. El paisaje sigue siendo hermoso y la vegetación, antes escasa, musgosa, rastrera, es ahora más verde y más fértil. Se notan pequeños arbustos y algunos riachuelos. El frío se ha tornado menos intenso pero aún llevamos abrigos. De pronto nos detenemos porque dos vacas pacen en la carretera y obstaculizan el tránsito. Esperamos un rato. Mi hermana toca corneta y finalmente se hacen a un lado. A lo lejos diviso una vivienda cercana a la montaña, a distancia otras dos. Aunque son humildes no son feas, pues parecen como emerger del propio paisaje, construidas, me hace saber mi hermana, con materiales de estos lugares. Imagino familias campesinas que tienen sus animalitos de corral y sus sembradíos. Más adelante el tráfico se ha detenido y se ha formado una cola de vehículos. Preguntamos. Hay una procesión y como ya es enero, nos informan, se celebra una Paradura del Niño. Estamos en la entrada de Apartaderos. Desde nuestro vehículo se escuchan los triquitraques, música y salvas con pólvora de celebración. A medida que avanzamos podemos ver a la gente alegre reunida como en una fiesta popular. Me emociona ver a niños y jóvenes vestidos con trajes blancos o celestes, con alas de angelitos. Se les nota muy alegres. Entonan canciones religiosas: villancicos, aguinaldos de alabanzas al niño Dios. Mi hermana me dice que en general la gente de los Andes suele ser muy creyente y respetuosa de Dios. Me refiere que estas fiestas son también ocasiones para agradecer por sus cosechas, se pagan promesas y se reafirma la fe, así como la unión familiar y de la comunidad. Invocan la protección de Dios.
Descendemos del auto y nos unimos a la celebración, como observadores. Hay un pesebre en la casa de un vecino y los concurrentes se agrupan en torno a él y entonan canciones de alabanzas al Niño, acompañados de un grupo de músicos. Muchos llevan velas encendidas. Esto es ser humildes y tener fe, me dice mi hermana, una lección de vida. Unos “padrinos” toman al Niño, lo colocan en un pañuelo de seda y se inicia una procesión por los alrededores del pueblo. Mi hermana, en vista de la hora avanzada, me invita a que retomemos el viaje pues la cola de autos ya ha avanzado. A medida que atravesamos la calle principal de Apartaderos queda encendida en mi mente la fiesta de la Paradura del Niño como una celebración de nacimiento y vida, y vuelve a mí el recuerdo de otras navidades con los regalos del Niño Jesús: el caballito de madera, aquel primer trencito que me llevaba por países imaginarios, el velocípedo que me daba vueltas alrededor de la casa, la pequeña bicicleta que me permitió descubrir nuevos territorios. Días de felicidad y belleza.
Cada Navidad, como la de estas personas que hemos visto alrededor del pesebre, es la alegría y la sorpresa de una inesperada dicha, la felicidad de ese gran acontecimiento que es devoción, esperanzas y plegaria en torno a un Niño divino. “¿Qué significa ese Niño?, ¿por qué lo adoran con tanta devoción?”, le pregunto a mi hermana. Ella me responde que ese Niño representa a Dios y significa la salvación del mundo, la redención del pecado. Mi hermana agrega que le conmueve la fe de los habitantes de estos páramos que en su soledad y pobreza hacen de Dios el centro de sus vidas.
Nos detenemos en una posada que está ubicada a la salida de Apartaderos para comer algo ligero y para contemplar los imponentes paisajes que rodean esta comarca. La joven señora que nos atiende nos ofrece unas mantecadas y un café con leche caliente. Mi hermana le pregunta por los cultivos. Nos habla de los sembradíos de hortalizas, de papas, de zanahorias y flores que ahora cultivan y de la organización solidaria de todos en el pueblo que les ha permitido reclamar y tener asistencia sanitaria, semillas de calidad y agua potable. Nos indica que Apartaderos, al ser uno de los pueblos más altos de Venezuela, es también un gran atractivo turístico debido a su clima de montaña, la hospitalidad de sus habitantes, su condición, como lo indica su nombre, de ser un lugar apartado, apto para el retiro y la meditación. Nos dice que son afortunados debido a la presencia de ríos como el Chama, el Santo Domingo o el Motatán, que irrigan sus valles y hacen del pueblo uno de los más hermosos del país. Nos explica que las familias viven del cultivo de las tierras, pero además, suelen tener sus animalitos, sus vacas o gallinas para la alimentación, y algunas personas practican la artesanía. La señora luce contenta en sus gestos y palabras.
Esta alegría de vivir que se ha expresado en la Paradura del Niño la hemos sentido en todo nuestro recorrido, como si ascendiéramos a una desconocida y enigmática ciudad, Mérida, en torno a la cual hay tantas leyendas. Por eso me pregunto cómo surgió esta ciudad escondida entre montañas, cómo serían sus primeros años, mientras mi hermana detiene el auto para evitar chocar con una gran piedra. Pienso si será que en Mérida habitan también duendes y hadas madrinas. Ya al salir de la posada vemos unos animales conducidos por campesinos entregados a labrar la tierra. “Son bueyes”, nos dice la señora, mientras se despide de nosotros con una espléndida sonrisa. La luz del sol ha ido desvaneciéndose. Los habitantes de estos páramos, me recuerda mi hermana, ya embarcados de nuevo en el auto para continuar nuestro viaje, tienen toda una cultura propia en la que convergen creencias místicas y religiosas, leyendas y mitos populares como el de la loca Luz Caraballo y el de las Cinco Águilas Blancas. Son tan firmes estas creencias, agrega, que se han expresado en monumentos que se han convertido en auténticos atractivos turísticos.
Seguimos avanzando por una carretera rodeada de agua de riachuelos y de piedras. El verde de las montañas parece cada vez más intenso. Una ligera llovizna nos acompaña. A punto de entrar en Mucuchíes, me dice mi hermana que de esta zona es el famoso perro de Mucuchíes, del que se dice que acompañó a Bolívar en su gesta libertaria por estos territorios. Ha oído decir igualmente que a veces viene algún circo a estos pueblos a divertir a los niños y a romper la rutina de sus habitantes. Mientras esto me dice mi hermana, yo veo un letrero en la vía que anuncia que ya estamos en Mucuchíes. Tomamos la calle principal y mi hermana se detiene frente a un hotel para descansar, comer algo y contemplar el paisaje. Entramos a la recepción del hotel. Nos atiende una señora de cierta edad. Notamos algo raro en ella. Cuando sale de recepción para indicarnos que pasemos al comedor, vemos que es enana. Recuerdo inmediatamente lo que me dijo mi hermana acerca del circo. La señora da un silbido y aparece otro enano. Mi hermana y yo nos preguntamos con los ojos si estamos ante una escena de circo, pero todo lo demás luce normal: las mesas del comedor tienen sus manteles, sus platos, sus copas. Todo está limpio e impecable. El enano que ha aparecido nos ofrece el menú, en el que escogemos sopa de vegetales, pollo con champiñones y ensalada. Comemos.
Ya para despedirnos mi hermana le pregunta a la señora enana su nombre y si de noche siguen cayendo heladas en el pueblo. Le dice que se llama Estela, que ya no hace tanto frío de noche como cuando ella llegó hace diez años como parte de un circo. Nos explica que Mucuchíes es junto a Apartaderos una de las comarcas más altas del país, que su santo patrono es San Benito, cuyas fiestas acaban de celebrarse en diciembre con gran jolgorio y afluencia de visitantes. Entrando en confianza le dice que le gustó Mucuchíes y se quedó a vivir aquí con su pareja, que las personas son respetuosas, que los han tratado con cariño, que era trapecista y payasa en el circo pero prefirió vivir una vida más tranquila. Nos despedimos y continuamos nuestro trayecto. Ya de salida observamos que el pueblo es, quizás, el más grande de todo el páramo andino, con varias posadas y pequeños locales comerciales de víveres y ventas de comida. Hemos visto también sembradíos y campesinos cuidando sus cultivos. Es la alegría de la tierra, pienso. Ha dejado de llover pero cae neblina. Pronto, me dice mi hermana, estaremos en Tabay, y de allí a Mérida serán quince o veinte minutos. Me quedo pensando en los enanos, imaginando sus actos en el circo, sus payasadas, sus viajes alrededor de varias comarcas y países. Siento que todo lo que he visto va a girar en mi mente durante un tiempo, que este viaje ha sido también una exploración de mí mismo, que mis ojos de niño, tan de mi casa y de mi madre, se han deslumbrado ante la inmensidad del cielo y de la tierra, que la Paradura del Niño, la alegría y devoción de las personas, el esplendor de la naturaleza, las leyendas de santos y aparecidos, los ríos, los duendes de las lagunas, el fulgor y la abundancia del agua y las piedras deben ser parte de un mundo inmenso, secreto, y quedarán en mi memoria como expresión de una belleza mágica. Sí, me digo, hay una magia de estos páramos que perdurará en mis recuerdos. Mérida, me dice mi hermana, como adivinando mis pensamientos, pudo ser parte del paraíso creado por Dios; roguemos que no sea arrasado o devastado en nombre del progreso.
Entrando ya en Tabay vemos que aunque es prácticamente de noche se nota cierta alegría y movimiento de personas alrededor de su plaza principal. Un anuncio invita a comer cachapas en un restaurante, otro a degustar dulces típicos. Vamos en tránsito hacia Mérida y no nos detenemos. A medida que avanzamos crecen más mis expectativas por conocer la que me han dicho es ciudad cortés y de gran hermosura. Noto a mi hermana cansada. Creo que en algún momento me he quedado dormido. He soñado con Mérida como una ciudad encantada pero amenazada por genios malignos. Temo despertar y no haber emprendido ningún viaje. De nuevo volvemos a subir, lentamente. “A lo lejos —me dice mi dice mi hermana—, mira, se ve ya la ciudad”. Veo imágenes difusas. Algo de irreal parece tener toda esta experiencia. La ascensión a Mérida, me digo, ha sido como una ascensión fantástica.
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