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Las dudas de Eugenio Darín

martes 3 de marzo de 2026
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Este cuento forma parte del libro Todos los años de un día, con el que el español Ignacio de Saavedra ganó en 2021 el XI Concurso Internacional de Relatos Granajoven del Ayuntamiento y de la Academia de Buenas Letras de Granada.

Pronto sabré quién soy.
Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra

La noche en la que Eugenio Darín se enteró de que el marido de la mujer a la que amaba tenía un revólver, ya era demasiado tarde. Apenas unos días antes de conocernos, Greta se lo había confesado en uno de sus encuentros clandestinos con la misma naturalidad con la que podía haberle hablado de cualquier otro asunto intrascendente. Según me contó él unas horas después de comenzar nuestra conversación, con esa extraña confianza que sólo otorga el alcohol, la camaradería partidista o la inminencia de una muerte segura, ella se lo reveló en una de las habitaciones de los muchos hoteles de Madrid en los que se refugiaron durante la última semana para planear la huida juntos y para hacer el amor como si el mundo fuera a desaparecer a la mañana siguiente. “Yo la tenía abrazada por detrás —me dijo, mientras miraba cabizbajo el vaso de güisqui— y observábamos la ciudad a través de las ventanas, compartiendo un cigarrillo a medias, desnudos y en silencio, como si entre nosotros habitara una sospecha de fracaso o la intuición de una despedida”.

Aquella noche de enero de 1974 en la que vi por primera y última vez con vida a Eugenio Darín, sólo éramos cuatro personas en el bar que estaba frente al matadero y el mercado de ganados, a un centenar de metros del río Manzanares: de aquel lado de la barra, el camarero, cansado y antipático, vestido entero de blanco salvo por unas manchas de grasa que dibujaban sobre su pecho lo que parecía un agujero de bala; de este lado, y si la memoria no me falla, una mujer que se apoyaba sobre los codos y coqueteaba conmigo con una sonrisa dramática y roja desde la esquina opuesta, Eugenio Darín y yo. Bajo la luz mortecina de los fluorescentes, aquella situación me trajo a la mente el cuadro de un pintor estadounidense que me era familiar, y del que no fui capaz de recordar el nombre. Tampoco el lugar en el que lo había visto. Sé que miré a través de la amplia cristalera por unos segundos, tal vez para recordar esto último o con la intención de imaginar la escena que Eugenio Darín acababa de contarme. Evité su rostro pálido, de eso estoy seguro, que era ya la sombra de un hombre deshecho entre dos universos por el injustificado retraso de Greta. “Estoy esperando a una amiga —me había dicho nada más llegar, dubitativo, necesitado de una constante disculpa con la que justificar su soledad de sospechoso—­­. Debe de estar a punto de llegar”. Lo que todavía él no sabía, y yo sí, es que ella no acudiría a la cita aquella noche. Afuera, en las calles nubladas, vacías y con olor a sangre animal, el frío escarchaba las cañerías y congelaba el tiempo.

Escuchando hablar a Eugenio Darín pocos habrían creído que era argentino, como él pretendía hacer creer a sus interlocutores o perseguidores con aquel acento impostado. “Del mismísimo Buenos Aires —me había dicho al principio, el puño derecho cerrado como dando credibilidad a su mentira—. De Balvanera, el barrio en el que vivió el maestro Carlos Gardel. De allí eran mis padres y mis abuelos. Y ya me ve usted: aquí, lejos de mi patria por este jodido trabajo”. Pero a mí, aunque al principio lo pretendiera, no logró engañarme. Y no sólo porque yo ya supiera su auténtica nacionalidad, su nombre real y sus objetivos políticos, ni tampoco porque fuera la segunda vez que lo escuchaba (la primera unas horas antes a través del teléfono del recibidor, con su voz algo distorsionada por la urgencia y la ocultación, por la premura de quien se siente observado y amenazado las veinticuatro horas del día), sino porque Paulo Ferreira era incapaz de disimular por completo su original acento portugués.

Al principio, en los primeros veinte o treinta minutos de conversación, tras sentarme esa noche a su lado en uno de los siete taburetes de madera que había junto a la barra triangular del bar y preguntarle si tenía un cigarrillo para darme, percibí el miedo en esos ojos pequeños e intensos que jamás he olvidado y que volví a recordar tiempo después bajo unos párpados cubiertos de tierra y ramas, ojos de cadáver condenado a la resurrección en una fotografía en las páginas de sucesos de un periódico. Era el suyo un temor reposado y llevadero, una prevención más bien, como si estuviera acostumbrado a cargar con él en los bolsillos. Su hablar pausado, su postura algo ladeada con ambos brazos apuntalados a la barra y la gabardina todavía abrochada hasta el cuello, como si estuviera de paso no sólo por el bar y por Madrid sino también por la vida misma, le conferían más gravedad y aplomo de los que había imaginado al escuchar su hablar frenético por el teléfono (“Te espero allí, donde la primera vez. ¡Ven cuanto antes!”) y al conocer después una parte de su historia, la que me había contado Greta entre sollozos. Fragmentaria y abreviada, como son siempre las versiones que uno relata cuando le conciernen o lo comprometen.

Al encontrarme días después con su rostro desfigurado, la nariz quebrada y los labios hinchados sobre un perceptible gesto de dignidad de quien se sabe ya muerto, bajo un titular voluntariamente manipulado o involuntariamente desinformado (“Hallado el cadáver accidentado de un ciudadano argentino, E. D., en las inmediaciones de la frontera con Portugal”), sentí una punción de culpabilidad y perturbación en el alma. Al morir, todos deberíamos tener derecho a que se nos recuerde con las iniciales de nuestra auténtica identidad. En un breve fogonazo que duró apenas lo que un disparo, cerré los ojos como quien se arroja al vacío e imaginé a Greta besando sus labios amoratados (“como si cada beso fuera de despedida”, había recitado él en algún otro momento de la conversación, parafraseando a un poeta portugués), esos labios cubiertos ya de umbría, musgo e insectos, y pensé en el cadáver de Greta junto al suyo, cogidos acaso de la mano o desparramada sobre él, como sólo mueren los fusilados o los amores heroicos.

Inmediatamente leí la noticia en busca de Greta, saltando con urgencia las líneas y los párrafos de la misma manera en la que esa noche había cruzado los semáforos en rojo de Madrid al encuentro de aquel otro Eugenio Darín de pasaporte falsificado, del genuino Paulo Ferreira, de ese hombre real embozado tras una coartada que había tenido que exiliarse de Portugal a España, después de España a Francia, y que durante el tiempo que compartimos en el bar todavía soñaba con una vida de claveles, vino y felicidad junto a Greta en los húmedos atardeceres de Oporto. “Paulo es un hombre íntegro —porque ella sí podía permitirse usar su nombre original—. Está participando en los preparativos de un levantamiento contra el Gobierno de Marcelo Caetano. Va a jugarse la vida por la libertad de sus compatriotas. Y yo pienso marcharme con él...”, había confesado Greta con el ardor y la imprudencia propios de los enamoramientos. Por fortuna, en la noticia del periódico no decían haber encontrado también su cadáver.

Un mes, había dicho ella. Les había sido suficiente tan sólo un mes para enamorarse y darse el privilegio de fugarse juntos. Porque el amor es un privilegio que no todo el mundo se atreve a concederse. La mañana en la que se conocieron, él estaba en Madrid de paso desde París, camino de Portugal. Ella había quedado en aquel bar a tomar un café con una amiga. “Yo estaba sentado cuando las vi entrar. En esa mesa precisamente —y señaló una de las mesas del fondo—. Al principio no presté demasiada atención, pero joder... Fíjate que yo había visto mujeres. Sobre todo en París. Unas mujeres que quitan el sentido. Sofisticadas, elegantes. Mujeres de revista. Pero Greta... Greta era diferente. No sé cómo explicártelo. Eso hay que sentirlo. ¿Tú estás enamorado?”, me preguntó. Yo afirmé con la cabeza, creo recordar. Y él continuó: “Pues ya sabes de lo que te hablo. Se me vino el jodido mundo encima. Jamás me habría atrevido a flirtear con una mujer que no conozco. Pero ella me quita todas las dudas. Me hace ser valiente. Cuando su amiga se marchó, yo me senté con ella. Como lo oyes. Y empezamos a charlar... Aquí estuvimos hasta la hora de comer. Y luego nos citamos al final de la tarde en un cine. Aquella noche no pegué ojo pensando en ella. Sé que es una locura, pero al día siguiente retrasé mis planes y decidí quedarme en Madrid. Jugándome la vida. Jugándomelo todo. Temiendo que ella eligiera a su marido. Pero ya ves, Paulo Ferreira es así. Pensarás que soy gilipollas, ¿verdad?”.

Eugenio Darín hablaba de sí mismo desde la distancia y el desarraigo, como si el pasado viviera en él con la suavidad de la brisa o estuviera evocando la trama de una película. En las horas que duró nuestra conversación (hasta que el camarero, que había atendido solapadamente a nuestro diálogo, apagó alguna de las luces y nos dejó sobre la barra la cuenta de las muchas copas que habíamos bebido), Eugenio Darín me resumió su vida sin el más mínimo indicio de incertidumbre o ambigüedad y sin ninguna muestra de rencor hacia los culpables de su condición de proscrito. Era como si quisiera ocultar todos sus sentimientos excepto los relacionados con Greta, que eran quizás los que con más urgencia le habían atormentado en los últimos tiempos. Yo lo atendía impasible, tratando de escoger el momento en el que desvelarle mi identidad y llevarlo al coche o meterle tres tiros allí mismo. Sólo me despistaban las continuas miradas de la mujer de enfrente, a medio camino entre la promiscuidad y el fisgoneo, y que terminó marchándose con la blusa a medio abrochar apenas unos minutos antes de que cerrasen el bar. Fue cuando pensé en la posibilidad de que ella o el camarero nos hubieran escuchado y se hubieran quedado con nuestras caras y sus nombres grabados (el de Greta y el suyo, porque el mío creo que nunca llegué a dárselo). A ratos, observando a Eugenio Darín y tratando de comprender la pasión con la que hablaba, tuve la sensación de que no le importaba vivir o morir si ella no aparecía aquella noche por la puerta. Era un hombre que se iba vaciando por momentos, una incógnita algo más teatral que corpórea; un hombre sin nombre y sin dirección, perseguido por varios Gobiernos y al que acaso ya sólo le quedaba escoger el motivo por el que morir. “Siempre hay que tener una causa por la que estarías dispuesto a entregar tu vida —me dijo en voz baja, casi como a sí mismo—. Un principio moral. Una razón ética. Un impulso del corazón”.

El Paulo Ferreira de antes de que todo ocurriera era profesor de Filosofía en un colegio de Oporto. Había nacido también allí, en el vestíbulo de la estación de trenes de São Bento. La mañana en la que su madre se puso de parto, iba camino a la catedral a rezar por la salud de su esposo. “Ella no era creyente, pero en los últimos días de la vida de mi padre se aferró a lo poco que le quedaba. Ella decía que si él la hubiera visto rezando, se hubiera muerto antes...”, me explicó con un gesto de nostalgia en los ojos. Yo imaginaba la estación llena de viajeros, el humo gris de los trenes sobrevolando los techos y a aquella mujer sola, con su marido a punto de morir, dando a luz a un ser al que yo estaba obligado a despreciar. Su padre murió unos días después y ella siempre creyó que Paulo era su reencarnación. Tal vez por eso tuvo que llamarse igual que su padre, educarse en los mismos valores que su padre y estudiar lo mismo que su padre. Como una condena familiar. “Ya ves, Alonso —había dicho mi nombre, sí, ahora lo recuerdo, y en sus labios me sonó como una herida profunda o una especie de maldición—, nuestra existencia es un sarcasmo: me he pasado toda la vida a la sombra de mi padre, sin saber muy bien quién era, incapaz de elegir, paralizado ante las grandes preguntas del mundo. No he tenido muchas certezas a las que agarrarme, tan sólo a los libros y al amor de una madre. He dudado de todo y de todos. Y justo cuando mi vida, ¡la mía!, empezaba a marchar, cuando me había jurado a mí mismo que era el momento de tomar mis propias decisiones, tuve que dejar mi casa y escapar a París. Allí he sido un hombre insignificante y anónimo. ¡Pero ahora soy Eugenio Darín —alzó el vaso, todavía sentado, tan ebrio de alcohol como de melancolía—! ¡Brindo por los pelotudos como yo!”. A continuación, dejó el vaso vacío sobre la barra, se levantó, sacó un mechero del interior de la gabardina y encendió un cigarrillo. Las chispas del encendedor atrajeron la atención del camarero. Tras dar un par de caladas, y antes de dirigirse a la esquina del bar para llamar por teléfono, me sostuvo la mirada por unos segundos y me habló. Todavía sin saber que yo era su marido y que tenía un revólver, me dijo: “Greta es la última verdad que me queda”. Y oí sus pasos alejarse por detrás de mí.

Aquella fue la última vez que escuché la voz de Eugenio Darín. Yo lo había visto a contraluz descolgar el teléfono negro y esperar pacientemente a que su interlocutor descolgara el suyo. Intuí el ruido de los tonos y lo vi mover los labios despacio, solemnes, como si aquella fuera una sencilla llamada de trámite. Acaricié el revólver para comprobar que seguía bajo el abrigo y pensé en las grandes conspiraciones y en los tiroteos de las películas, que siempre suceden en tabernas o restaurantes a altas horas de la noche. Tenía la voluntad de asesinarlo allí mismo. En el tiempo que duró su llamada debí de distraerme pensando la mejor manera de hacerlo. La menos sangrienta. La que menos testigos dejara. Era la primera vez que iba a disparar un revólver. La primera vez que iba a matar a un hombre. Si hubiera estado solo, quizás habría encontrado el valor. Pero allí estaba aquel camarero, que sólo dejó de martillearme con la mirada cuando pagué la cuenta. Al volverme hacia Eugenio Darín, ya no estaba. El teléfono colgando del cable, la puerta de la calle cerrándose y un hilo de silencio entrando hasta el fondo del bar.

Salí corriendo tras él. El frío me abofeteó la cara. Giré la cabeza hacia todas las direcciones buscando su silueta bajo la luz de las farolas. A esas horas, la ciudad parecía abandonada. Al fondo de la calle vi el vuelo de su gabardina por entre los coches aparcados, el perfil de su rostro como una sombra bajo la penumbra de las copas de los árboles. Lo perseguí, de la misma forma que lo había hecho la policía del régimen portugués otra noche de años atrás por las calles empedradas del barrio de Oporto en el que vivía. Lo imaginé huyendo entonces de la ciudad en un taxi similar al que ahora se montaba, con las luces de los faros como los de un buque en medio del océano, sin tiempo para hacer una maleta ni llevarse algunos de sus libros, sin poder despedirse de sus familiares y amigos y con el dolor profundo de alguien a quien lo condenan a deambular por el mundo sin nada más que su recuerdo. ¿De qué lo acusaban? “De tener amigos en la disidencia —me había dicho—, de escribir algunos artículos imprudentes...”. Me detuve al ver que el taxi giraba la esquina. Podría haber corrido calle abajo a por mi coche y haberlo seguido, pero estaba cansado. El aire en Madrid, a esas horas, había adquirido una promesa de pérdida.

Cuando al amanecer llegué a casa, Greta se había marchado. Lo primero que hice fue descolgar el teléfono del recibidor, desde el que la noche anterior los había escuchado citarse, y denuncié los planes de Paulo Ferreira a la policía. Lo hice de forma anónima, sin mencionar a Greta. No quería involucrarla, ni que pensaran que era un hombre despechado en busca de venganza. ¿Qué otra cosa podía hacer? A continuación, cogí el revólver y dejé el abrigo sobre una silla. Todavía quedaba su aroma por los pasillos y la mayoría de su ropa en los armarios. Abrí las ventanas. Su ausencia llenaba las habitaciones de un silencio espeso. Me senté en uno de nuestros sillones del salón (en el que solía sentarse ella, para ser exacto) y lloré todavía con el revólver en la mano derecha. Sin usar. Comprobé que tenía dos balas. Con una era suficiente para volarme la cabeza. Muy mal se me tenía que dar para fallar. Apoyé la espalda, la mirada puesta en el techo. Quité el seguro. Abrí la boca. Noté el frío del cañón en el paladar. En aquel instante todavía tuve tiempo de pensar en el descubrimiento de sus voces por el teléfono, en la confesión de Greta (“Pienso marcharme con él”), en el olor a sangre animal de las calles oscuras y vacías de Madrid, en el rostro pálido de Eugenio Darín mientras me contaba que amaba y se follaba a mi mujer como si el mundo fuera a desaparecer a la mañana siguiente; tuve tiempo de pensar en sus ojos pequeños e intensos, en el humo gris sobrevolando los techos de la estación de trenes de São Bento, en su desahogo final antes de salir huyendo (“Greta es la última verdad que me queda”), en el teléfono negro del bar colgando del cable, tal vez después de llamarla a ella; tuve tiempo de pensar en el vuelo de su gabardina por entre los coches aparcados, en su silueta huyendo de la policía por las calles empedradas de Oporto, en la sonrisa dramática y roja de la mujer que flirteaba conmigo desde la esquina opuesta del bar y en los planes de Eugenio Darín para derrocar al régimen portugués de Marcelo Caetano. Tuve tiempo de recordarlo todo en esos largos segundos en los que no me atreví a apretar el gatillo.

Sin embargo, durante todos estos años que han transcurrido desde entonces, cada noche sueño con las mismas imágenes que atormentan mi conciencia en una pesadilla dolorosa y recurrente. En ella veo a Greta, viva, triste y hermosa, como la vi tiempo después en una fotografía repartiendo claveles por las calles de Lisboa durante el levantamiento militar del 25 de abril de 1974. Junto a ella camina agarrado de la mano el cuerpo asesinado de Eugenio Darín, su rostro desfigurado, la nariz quebrada y los labios hinchados. Cada noche que el sueño se repite, despierto empapado en un sudor culpable por no estar muerto, meto la mano por debajo de la almohada y acaricio el tacto del revólver, que duerme junto a mí con el brillo callado de un secreto. Y me repito: “Soy él. Soy Eugenio Darín”.

Ignacio de Saavedra
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