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Ya no importa

martes 21 de abril de 2026
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La taza está astillada en el borde. No corta, pero puede raspar el labio si uno no tiene cuidado. El vapor sube lentamente formando ondas. De fondo suena el típico jazz suave que ponen en todas las cafeterías. La puerta se abre y la campana del techo tintinea. Entra un grupo de jóvenes; deben ser alumnos de la universidad cercana. Hablan fuerte. Ríen. Alguien jala una silla a mis espaldas. La señora R., la dueña, toma un par de menús de la barra. Es ella la que atiende.

Miro por la ventana. Hoy me he sentado en la tercera mesa desde la entrada. Casi nunca está ocupada. Tal vez a la gente le incomoda que la vean comer desde la calle. A mí no. El movimiento de los autos y de las personas me resulta relajante. Doy un sorbo al café. Está tibio. Olvidé la astilla. Me raspo el labio. Paso una servilleta por mi boca. No hay sangre. Le pido a la señora R. que me cambie la taza y ella se disculpa. Dice que me traerá otra con refill, pero que tardará un poco. Cuando se aleja noto que en la mesa vacía de al lado hay un periódico. Alguien debió olvidarlo. Lo tomo para pasar el tiempo. Echo un vistazo a la primera plana. Lo mismo de siempre: conflictos en Medio Oriente, narcotráfico. Busco las noticias locales. No me enfoco en algo en particular, sólo paseo mi vista rápidamente por los encabezados hasta que uno llama mi atención.

HALLADO SIN VIDA A LAS AFUERAS DE LA CIUDAD

El encabezado en sí no es lo que me atrae, sino algo que resuena entre las líneas. No dejo de leer. Se trataba de un hombre de mediana edad que fue encontrado colgado en el cuarto que rentaba. Ex alumno de mi facultad. Leo el nombre. Lo repito en silencio. Parece un nombre común y corriente. Entonces algo encaja, apenas. Doblo el periódico para aislar la nota. La reja del campus con su pintura verde descarapelada que permite ver el óxido acumulado por los años aparece sin aviso, como una fotografía colocada a la fuerza frente a mis ojos. La señora R. deja la nueva taza sobre la mesa. Le doy las gracias y bebo de inmediato. Está caliente. Me quemo la lengua. Ella parece no notarlo. Mira el periódico.

—Es muy triste lo que le pasó a ese muchacho —dice llevándose una mano al pecho—. También era cliente nuestro. Un día dejó de venir y no supimos nada de él.

Me ve revisando mi lengua y me advierte, muy tarde, que el café está caliente. Regresa a la barra. El sonido de una cuchara golpeando una taza deja un residuo. No es exacto, pero se parece. La puerta del cubículo de psicometría de la facultad. Lo recuerdo ahora: los libreros con los manuales pegados a la pared, los archiveros con las pruebas y baterías, la fotocopiadora y el escritorio del encargado cerca de la entrada. Nadie cuidaba muy bien ese espacio. Pero nunca hubo un incidente hasta ese semestre.

Una tarde, fui a buscar un manual para fotocopiar unas páginas. Cuando iba llegando vi salir a un hombre del cubículo. Caminaba en dirección contraria a la que yo me encontraba. Sólo pude verlo de espaldas. Creí reconocer la coronilla calva. No le di importancia. Entré. El encargado no estaba. Tomé el manual sin permiso, lo fotocopié y me fui. Eso fue todo.

Al día siguiente nos informaron que algunas baterías psicométricas habían desaparecido del cubículo. El encargado dijo no haber notado nada raro. Hasta que alguien mencionó el nombre del hombre del periódico. Un compañero o compañera dijo haberlo visto entrar y salir del cubículo cuando el encargado no estaba. Yo también estuve ahí, pero, por suerte, nadie me vio. Había compartido algunas clases con él, sin embargo, sólo cruzamos algunos saludos y despedidas. Nada importante. No tenía por qué pensar en él más de lo que podía pensar en cualquier otro compañero. Las autoridades escolares actuaron rápido. Quizá demasiado. Dudo que investigaran mucho después de haberlo señalado. Lo último que supe fue que lo expulsaron sin opción a reinscripción en ningún plantel de la universidad ni en escuelas incorporadas. No tuve mucho tiempo para pensar en la situación. Me encontraba en período de evaluaciones finales. No era mi asunto. Es cierto, yo también estuve en el cubículo el mismo día, pero no había tocado nada más allá del manual y la fotocopiadora. Decir algo habría implicado explicaciones innecesarias: por qué estaba ahí, para qué había entrado, quién lo había autorizado. También habría tenido que mencionar al hombre que vi salir del cubículo.

No se podía hacer más.

Doy otro sorbo al café. Ya está frío. Miro el reloj. Podría pedir otro, pero no lo hago. No quiero llegar tarde a clase. Desdoblo el periódico y lo dejo tal y como lo encontré. Saco unas monedas del bolsillo y las apilo sobre la mesa. El sonido vuelve. Sé que no es la puerta del cubículo de psicometría cerrándose porque los sonidos no tienen memoria o no deberían. Aun así, recuerdo la imagen del hombre, la coronilla calva.

Me levanto y muevo la silla con cuidado para no hacer ruido. La señora R. se despide desde la barra agitando la mano. Le respondo inclinando la cabeza. Camino hacia la puerta y me detengo unos pasos antes de llegar a ella: siento que olvido algo, aunque no sé qué. Ajusto el cuello de mi camisa. Salgo del lugar dejando atrás el tintineo de la campana.

Raymundo Macías
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