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El coloquio fortuito

jueves 14 de mayo de 2026
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Él siempre tuvo claras sus ideas sobre la vida y la muerte. Sobre lo inexplicable de la existencia del hombre y su claro destino, inexorable, de la muerte para todos sin importar su desempeño en este mundo.

Nunca le pareció justo que un héroe, un mesías o lo que fuera, tuviera la misma suerte que el farsante, o borracho, maltratador de mujeres y niños, asesino y tantos otros epítetos; siempre creyó, y así lo sostenía, que la vida era un acontecimiento vano, sin sentido, nacido quién sabe de dónde, y menos claro veía por qué el humano debía transitar por esos vericuetos de la existencia.

Solía meditar sobre estos temas siempre, estuviera donde estuviera: en su casa, el mercado, la oficina, la cafetería de don Lencho, que era su refugio. En ella aparecían consuetudinariamente personajes famosos que entablaban interesantes tertulias sobre el universo, la vida, lo ignoto —un tema que lo envolvía haciéndolo viajar por lugares insospechados, llenos de luz y de tinieblas—, que era su tema favorito.

Pese a que en la barra se entablaban las pláticas más interesantes, también estos personajes se reunían alrededor de las mesas a degustar un buen café o un trago de licor —cualquiera que fuera—, especialmente el whisky, su favorito. Solían retirarse en horas de la madrugada, después de discutir acaloradamente sobre el origen de la vida, su propósito, el destino y otros temas concomitantes.

Esa tarde, sentado a la mesa junto a la ventana en la cafetería de siempre, con una taza de café humeante, pensaba en lo mismo cuando —de pronto— una mujer despampanante, linda, lindísima, se detuvo frente a él esbozando una sonrisa angelical. Lo vio con esos ojos negros, brillantes, bellos que, la verdad, lo desconcertaron. Él perdió su mirada en ese océano que eran sus ojos, y la escuchó decir con meliflua voz:

—¿Puedo acompañarte?

Se levantó —perplejo— y, haciendo una venia, la invitó a sentarse. Hacía tiempo que no se sentía así, como flotando en la inmensidad del espacio cual estrella.

—¿Por qué tan serio? ¿En qué piensas?

La vio como si ella fuera un querubín y se preguntó: “¿Qué mosca le picaría a esta dama?”. Y por un momento pensó decirle cualquier cosa, pero algo lo impulsó a ser sincero.

—Pensaba en la vida —le dijo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué piensas de la vida, de esta agradable subsistencia que nos permite conocernos los unos a los otros?

—Pensaba en lo injusta que puede ser, en su sinsentido, que no importa lo que tú hagas, siempre llegarás al mismo destino: a un nicho en cualquier cementerio.

Ella lo vio como queriéndole arrancar de adentro todo lo que tenía. Sintió que la mirada de la dama lo recorría —de arriba abajo— como si fuera un río y ella la peregrina sedienta que anhelaba refrescarse. Se sintió auscultado como lo hace un médico con un paciente grave, de esos que ya no tienen remedio y que pronto, muy pronto —pese a todo esfuerzo—, abandonarán este mundo.

—Pero la vida es linda —dijo la dama— y hay que gozarla a plenitud, porque sólo una tenemos.

—Cierto. Debemos gozarla mientras podamos, pero la pervivencia del hombre sobre la tierra, repito, no tiene ningún sentido: porque eso de nacer, reproducirse y morir es totalmente incongruente con la existencia humana. A menos —digo yo— que haya algo después de la muerte: subsistencia eterna —según los religiosos— o reencarnación —conforme a las creencias de algunos agnósticos— a otra vida para continuar nuestra purificación y perfeccionamiento.

—La muerte no es mala, es la culminación de la vida. Como cuando llegas a la meta de una competencia —dijo ella—. Es la apoteosis del razonamiento y la voluntad que cada individuo ha ejercido durante su permanencia en la tierra. Es el resultado de la vida plena lo que te lleva al desarrollo intelectual, económico, sentimental y de todo tipo. En ese sentido, alguien que ha vivido a plenitud, forjando una familia, proveyendo lo que debe proveer, que ayuda a otros incondicionalmente, no puede catalogarse igual que un pordiosero, un borracho o delincuente que riñe con la sociedad, aunque su destino final sea el mismo: la muerte.

—Entonces, si la muerte es parte intrínseca de la vida y completa el ciclo de la existencia natural y humana sobre la tierra, ésta —la muerte— no es definitiva, ni el final de los seres humanos, sino sólo el proceso de transformación que confirma la subsistencia eterna de la naturaleza.

Según concluía él en sus meditaciones diarias, al momento de expirar, y debido a la actividad cerebral —similar a los sueños—, el hombre puede experimentar calma o alucinaciones y recordar vívidamente su existencia, buena o mala —según los testimonios de algunas personas que han retornado de la muerte—, hasta culminar en la pérdida de conciencia y la desconexión sensorial.

—Sí —dijo la muchacha—, pero no puedes comparar el desempeño del humano que vive a plenitud con el que no lo hace. Todo el sufrimiento, el padecimiento de una vida mal llevada, es el castigo terreno para las almas descarriadas y, al llegar la muerte, pasa por la mente de ese individuo lo nefasto de la vida, en contraposición de lo que pasa por la cabeza de alguien que ha vivido a plenitud. Por eso te digo que, aunque a la vista de todo el destino final sea el mismo, en realidad no lo es.

—No, no estoy de acuerdo. La vida, y la del humano como tal, sea como sea que ha vivido en este mundo, no tiene ningún sentido si ésta ha de concluir en un nicho de cualquier camposanto. Pero, si después de la muerte se dan situaciones como las que te digo, religiosas o no, el sentido de la vida comienza con la muerte.

Ella permaneció absorta en sus pensamientos, como si su mente vagara por el espacio infinito en busca de la respuesta a las interrogantes que se planteaban. Él se la quedó viendo fijamente y por su pensamiento atravesó raudo un sentimiento de zozobra e incertidumbre. De su boca brotaron las palabras que pretendían aclarar la situación.

—Hemos estado hablando de situaciones fundamentales del ser humano. Me he abierto como nunca ante ti al expresar mi concepto de la vida y la muerte. Mi desacuerdo total con el devenir del mundo hacia la desaparición eterna, o la creencia de un renacimiento perpetuo o reencarnación a una nueva pervivencia. Aún no sé de dónde vienes, por qué llegaste a mí, cuál es la razón de esta plática. Es más... todavía no conozco tu nombre. Yo soy Eustaquio Ruiz y pretendo ser fanático de la existencia, de la vida, del desenvolvimiento del ser humano, pero estoy en desacuerdo total con el destino del hombre que me parece injusto, torcido, como si quisiera burlarse de nosotros. Y tú, ¿quién eres?

Él nunca había visto una transformación como la que se presentó ante sus ojos: ella, mujer lindísima, de mejillas rosadas, hoyuelo en la barbilla, cuerpo escultural, piernas como los pilares de un templo romano, comenzó a palidecer y su rostro se tornó del color de una hoja de papel blanco. Sus lindos ojos negros refulgieron como el carbón, sus labios —casi sin color— se tensaron y temblaron cuando, persuadida en sí misma, con voz ligeramente ronca y temblorosa, hablar pausado y una determinación palpable en sus palabras, dijo:

—Yo soy la muerte.

Antonio Cerezo Sisniega
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