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Lavanda

domingo 26 de abril de 2026
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Nancy miraba el grifo del agua. Y luego a su hermano en puro calzón, hincado y viendo a las hormigas: el pelo lo tenía apelmazado, ya se le notaba la piel áspera y el sarpullido se le extendía por diferentes partes del cuerpo.

Cerró los ojos y giró la manija; soltó un ligero suspiro cuando sólo escuchó el aire.

Abrió los ojos y, a la distancia, miró que su madre aún hacía fila en la calle, con un balde. Cada día les daban menos. “Quéjense con el municipio, no conmigo”, siempre decía el pipero.

—¿Qué haces? —le preguntó a su hermano a la vez que se hincaba a su lado.

El niño aún no hablaba; sólo le apuntó al hormiguero mientras se rascaba las pequeñas ampollas del cuello.

—Déjate ahí —le agarró la mano—. Vente, vamos a ponerte sábila.

En la tarde, cuando su hermano dormía, acomodó una camisa sobre la mesa de la cocina. La revisaba con detalle; todo parecía aceptable, hasta que notó mugre al pie del cuello. Escupió poca saliva en él y lo comenzó a tallar. Una, dos y tres veces lo hizo.

—Mija —escuchó.

Era su madre, que entraba con un balde.

—A ver, dame acá y párteme un limón.

—Cada vez menos —le dijo a su madre, cuando miró el fondo del balde.

—Pos di que nos tocó; hubo gentes que ni eso —su madre raspaba el limón sobre el cuello y, con las puras yemas de los dedos, agarraba agua del balde para enjuagarlo—. Ándale, vete a dormir, que mañana trabajas.

Cuando entró al cuarto, notó que su hermano estaba dormido y no quiso prender el foco. Era tan caliente la noche que se durmió en calzones y brasier.

Su madre la levantó en la madrugada. Le dio la camisa y, cuando revisó el cuello, no había rastro de la mancha.

—Apúrate, que se te va el camión.

Al salir de la casa, Nancy notó el balde de agua vacío.

El camión tardó una hora en pasar frente a la casa de la familia Castillo. Al bajarse, los pies chapotearon en un charco de agua que fluía desde la casa. Siguió el cauce hasta llegar a una alberca de aire donde el agua se desbordaba. Tomó la manguera y cerró la llave de agua; después entró por la cocina.

—Qué bueno que llegaste —le dijo doña Castillo al mirarla.

La señora le dijo que mañana se irían de vacaciones y que ocupaba dejar la casa impecable. Nancy asintió, con una ligera reverencia. Todo el día trapeó y barrió toda la casa; dobló y planchó la ropa; limpió y aceitó los muebles.

Al terminar de tallar el inodoro, Nancy continuó con la tina del baño. No pudo evitar oler de nuevo el jabón de cuerpo. Un día, con mucho cuidado para evitar que se notara, se lavó las manos con él; cuando llegó a su casa, puso las palmas debajo de la nariz de su hermano; él sólo sonrió ante el tenue bálsamo de lavanda. Se le formó una mueca de complicidad en el rostro. Sin dejar de ver la puerta, raspó una viruta del jabón y abrió sólo un poco el agua de la tina; la sintió cálida y el aroma empezaba a soltarse. Dio una lenta y profunda respiración, aprisionando todo el aire floral que pudiera; tomó la poca espuma que se formó y se la pasó por todo el brazo. De pronto, escuchó unos pasos llegar al baño y rápido se secó con el mandil. Era la señora, que sólo pasó, sin entrar ni voltear a verla.

Antes de concluir su día, Nancy limpiaba una de las ventanas de la cocina. Al remover el jabón del cristal, sonrió un poco al notar a los hijos de la señora Castillo jugar en la alberca; salían y entraban en ella con grandes saltos; tomaban la manguera y la sostenían en el aire para simular la lluvia; el agua parecía absorber toda esa energía, se revoloteaba y saltaba fuera de la alberca. Entonces, por la ligera presión de su mano, la ventana se abrió un poco. La miró con detenimiento y notó el cerrojo oxidado que ya se había quebrado. Estaba a punto de tocarlo cuando escuchó que la señora le llamaba.

—Mándeme —dijo, cuando llegó al comedor.

La señora le dijo que sería todo, que nomás al salir si podía sacar la basura; Nancy sólo asintió.

Arrastrando las bolsas de basura, Nancy llegó hasta la barda, donde tenían los botes. Dio un gran salto al abrirlos al mirar cómo un gato brincó de dentro y se escondió detrás de los botes. Nancy, con la mano en su pecho, esperaba verlo salir, pero al ver que nunca salió, lentamente movió los botes. El animal había huido por un gran hoyo debajo de la barda. Se hincó para verlo mejor y del otro lado notó que el camión ya había llegado. De un brinco se levantó y corrió hacia él para no perderlo.

Al arrancar el camión, no dejó de mirar el gran hoyo desde la ventana.

Llegó ya de noche a su casa; el camión se había averiado en el camino. De puntas, para no levantar a su madre, entró a su cuarto. Su hermano se había quedado con una vela prendida. Nancy se quedó con el pantalón en las rodillas al notar las plantas de los pies de su hermano: estaban partidas y ennegrecidas. Terminó de quitarse el pantalón y se acostó al lado de él. Lo miró abstraída por casi una hora; la pequeña nariz soltaba un silbido cada vez que jalaba lento el aire; ella pasaba una y otra vez la mano por el cabello untuoso de su hermano, dejando ver unas pequeñas placas amarillas. Sintió un ligero piquete en el pecho al mirar que hasta dormido se rascaba las ronchas del cuello. No pudo dormir en toda la noche.

En la mañana siguiente, cuando su madre se fue con el balde vacío, Nancy vistió a su hermano; él aún se tallaba los ojos y daba pequeños bostezos.

—Ándale, apúrate —le dijo—, que se nos va el camión.

El niño no dejó de sonreír todo el camino; jamás despegó sus ojos de la ventana.

Cuando bajaron del camión, Nancy miraba despacio a ambos lados de la calle; no había nadie.

—Vente —le dijo y caminó hacia la barda—. Pásate por allí —le decía mirando para todos los lados—. Ándale, antes de que nos vean.

Su hermano se pasó por debajo de la barda y después ella.

Al cruzar, su hermano no pudo evitar correr hacia la alberca, pero antes de llegar se detuvo y, con una sonrisa, volteó a ver a su hermana, que colocaba los botes frente al hoyo.

—A ver —le dijo.

Lo cargó de las axilas y, lentamente, lo fue acercando a la superficie. Su hermano reía mientras miraba cómo sus dedos casi tocaban el agua. En cuanto la tocó, sus piernas se contrajeron y soltó un ligero grito de emoción.

—Ta fría, ¿verdad? —dijo Nancy entre risas—. Mira, mejor vente.

Lo pegó a su pecho y caminó hacia la ventana de la cocina. Del espacio que se había abierto, ella se apalancó y la pudo abrir. Ambos se metieron.

Mientras ella lo guiaba por la casa, el niño, con la boca abierta, miraba todo aquello.

—Cierra los ojos —le dijo—. Y no los abras, eh.

El niño cerró los ojos y dio otros pocos pasos.

—Espérate allí.

De pronto, a los pequeños oídos comenzó a llegar el sonido de un chorro de agua que se estrellaba en el suelo. Dio ligeros saltos al sentir en sus pies pequeñas gotas tibias. Después, con una ligera sonrisa formándose en el rostro, comenzó a sentir debajo de su nariz un olor fresco y floral.

—¿Huele rico?

Norman Jessel González Calderón
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  • Lavanda - domingo 26 de abril de 2026

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