A Ramón Gómez de la Serna
Los caballos sueñan con zapatos de hierba.
Me miré cierto día ante el espejo. Parecía otro. Y lo era. Era el otro.
¿Ven aquel magnífico sombrero tan sesudo? No hay día que no pierda su cabeza.
Como siempre la tristeza se anuncia en carteles vacíos.
No quise despertar al harpa. Todavía roncaba.
Las promesas mundanas se parecen a cuadros de nenúfares, esos bellos ataúdes blancos sobre océanos muertos.
Créanme, desconozco qué es el automatismo, desconozco qué es el automatismo, desconozco qué es el automatismo...
Filósofos, centauros cuyas flechas se disputa el silencio.
Ayer lo detuvieron después de toda una vida de apariencias. Sorprendentemente había encontrado la manera de estafarse a sí mismo.
Aprendió a trepar enseguida, a volar cual ánade. Y eso que estaba lleno de raíces.
Era un café tan espeso que no lograron salir a flote las estrellas.
La humildad, esa isla desierta.
No tenía nada, así que tuvo que empeñar todos sus principios.
La soledad es una multitud vacía.
La intolerancia rebuzna como nadie. Lo peor es el eco.
Dicen que el sentido común murió hace tiempo. Oh sí. La historia es su epitafio.
Me encantan los chistes sobre ajedrecistas, aunque no los entienda.
Conocí una vez a un tertuliano posromántico. Se compró un reloj de arena, pero sólo veía el mar.
Una vez en un vergel florido la abeja fue engullida por el néctar.
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