Saltar al contenido

G’schichten aus dem Wienerwald
(Los bosques de la Viena de otro siglo)

miércoles 13 de mayo de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Un denso olor a bosque se siente en primavera y, al tiempo que el ranúnculo renace entre caminos, se sienten los verdores, donde, alegres, mezclados con abetos perezosos, los árboles caedizos se engalanan: parece que despiertan de su sueño, no lejos de viñedos optimistas que admiran la ciudad en lo lejano.

Y Viena, ante la magia de un Kahlenberg risueño, disfruta de los trinos y el beso de las brisas. Y corren los arroyos al Danubio y al júbilo que tiñe de poesía los ocres y los verdes de sus aguas. El ländler que se endulza con el aire que corre fresco y vivo, a su capricho, enciende los callados corazones: el verso de la tarde nos canta con sus cítaras, lo mismo que el labriego que espera otro crepúsculo. Y, lejos de los parques elegantes y hermosos, y las calles y avenidas, los pueblos de la orilla del Danubio se llenan de emoción en las tabernas y sienten esa brisa cuya danza ya advierte los rigores del verano.

Y suelen ser las aves heraldos de ese brillo: pinzones, carpinteros, dichosas oropéndolas que viven en los estros de Beethoven, en sextas sinfonías y en adagios que escuchan al riachuelo mortecino. Y el corzo que se esconde en el hayedo, y el perro y su ladrido cuando hay caza. Y el eco de una danza campesina, y el cuervo, negro siempre, y, siempre colorido, feliz, el arrendajo, que vuela en la arboleda, que busca su aventura en la arboleda que teje el vals de Strauss en estos pagos —quién sabe si esas bellas melodías proceden de la aldea y de sus gentes, del bosque o de las náyades y duendes, los gnomos, los dragones de las grutas...

Me dicen que esos cuélebres conocen a la dama que viste su blancura, llegada ya la niebla: los viejos la suponen el espíritu que advierte al caminante, en su camino, que el bosque es un santuario y que merece respeto y el temor de quien lo cruza. Lo saben bien en Grinzing, si la noche sorprende a los viajeros en la senda.

Y, entonces cae la noche, y suenan, con la cítara, rumores al ocaso, y el bosque se hace místico, mientras la gente bebe el vino joven. Y el cárabo se escucha en lo lejano y, en medio de la sombra, los anfibios, los zorros, los tejones y el erizo, que sienten los rumores del Danubio, monótonos y tristes, melancólicos.

Y viene pronto el alba, rompiendo en las alturas con ese brillo mágico. Mirad ese rocío que cubre pronto bayas y cerezos, después de las escarchas de la noche —abril es como un niño caprichoso que juega con las vides, desde luego. Y siempre son posibles nuevas nieves, no lejos de las prímulas tempranas.

José Ramón Muñiz Álvarez
Últimas entradas de José Ramón Muñiz Álvarez (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio