Las luces azules del patrullero me eran hipnóticas, cómo alumbraban rebotando por toda la cuadra con esa periodicidad abrumadora. Me habían dejado sentado en la vereda, esposado, como quien saca la basura y la deja sin más, sin preocupación, desprendiéndose de lo indeseado, lo que hay que destruir. El fiscal se me acercó cigarrillo en mano, se agachó y me dijo:
—Listo, pibe, ya te van a llevar.
—Gracias —le contesté sin saber bien qué agradecía, quizás que me hablara.
Me agarró una oficial del brazo y me llevó hasta el patrullero. Me metió bajándome la cabeza para que no me golpease, con cierto cariño, y me preguntó si estaba cómodo.
—Sí, muchas gracias.
Me sonrió y cerró la puerta. Estuve esperando un rato hasta que, guareciendo de las primeras gotas que empezaban a caer, se subieron. No tardó en transformarse en una lluvia torrencial. Cerré los ojos y sentí cómo el patrullero se empezaba a mover.
Esa mañana, como todas, el despertador le recordó a mi cuerpo que padecía toda clase de dolores. Me senté sobre el colchón pegajoso de la humedad veraniega, con el aire del ventilador en la cara. Estuve así unos minutos, juntando fuerzas para pararme. Ya levantado procedí a mi ritual matutino, que consistía en mojarme la nuca, lavarme la cara y los dientes, agarrar mi mochila y salir. No tenía tiempo ni ganas de desayunar.
Me reconfortaba que en el tren podía cerrar los ojos un rato. A esa hora iba tan lleno que, parado, podía dormir; la masa casi homogénea de fuerza de trabajo no hacía posible que cayera. Después del sálvese quien pueda del abordaje, donde salían de nosotros las salvajadas más inentendibles, procedí a descansar lo que podía. Después de unos cincuenta minutos de viaje bajé al andén nuevamente recién despierto, con una nueva capa de cansancio sobre mí. De ahí sólo quedaban veinte minutos más de colectivo hasta mi lugar de trabajo. El primero pasó sin reparar en los tres o cuatro esperando y siguió su trayecto. El que estaba al lado mío trató de pararse en frente sin ningún tipo de resguardo de su integridad; le tiró una patada que no llegó a destino ya que el chofer, acostumbrado a este tipo de acontecimientos, lo evadió con cierta facilidad. Volvió al andén expulsando una caterva de insultos interminables directamente en mi oído. No le gritaba a nadie, le gritaba al mundo. No le dije nada —qué le iba a decir, si yo había sentido esa misma ira muchas veces. Ya ni eso tenía: no había más ira.
Debido al percance con el colectivo llegué unos minutos tarde, y sabía que venía ese reclamo imbécil de siempre. Pensé que lo había evitado, pero ahí estaba, detrás mío.
—Otra vez tarde, flaco. ¿Qué carajo tengo que hacer con vos?
—No paró el bondi, Manuel. Llegué cinco minutos tarde.
—Siempre una excusa con vos. Salí antes, no es mi problema.
¿Antes?, pensé yo, con las catorce horas que estoy afuera de mi casa. No le respondí; no tenía ganas de discutir.
—Dale, cambiate y entra a la cocina que hay mil cosas para hacer y somos uno menos.
Mientras me cambiaba, en lo único que podía pensar era en estar en ese mismo lugar doce horas después, cambiándome nuevamente para irme.
Llegué a mi partida y me puse a ver la lista de mise en place interminable que tenía mientras sacaba todo de las cámaras, porque como casi todos los días mi compañero de producción me robaba mi producción. Ya era algo con lo que contaba. Realmente no entendía si lo hacía por miedo a Manuel o simplemente para joderme, como diciendo yo acá no voy a ser el último escalafón; si me hacen mierda me llevo a alguien conmigo. Lo entendía, y como ya no tenía la capacidad de enojarme se lo dejaba pasar. Quizás le ayudaba en algo.
—Hola, hijo —me saludó José como todos los días, ese viejito adorable que siempre con una sonrisa nos trataba a todos como a los hijos que nunca tuvo.
—Hola, Josecito, ¿cómo está?
—Muy bien, hijo. ¿Y vos, pudiste descansar bien?
—Lo de siempre —le contesté riéndome mientras le cortaba un pedazo del queso que le gustaba y se lo alcanzaba.
—Que Dios te lo pague, hijo —me decía siempre.
Y se fue con su delantal blanco de mil batallas y su lento andar de arrastrar sus setenta y pico de años. Nunca lo escuchabas quejarse y trabajaba más que ninguno. Abrazaba y aceptaba la mierda que le tiraba el destino que le tocó con una sonrisa, y no devolvió más que amor. Todos lo queríamos, menos el sorete de Manuel.
Ya casi terminaba todo; llegaba justo pero llegaba, como siempre. El resto del equipo se había sentado a comer; nadie había reparado en mí ni me había ofrecido ayuda para terminar todos juntos. Acá era cada hombre por su cuenta. Hasta que apareció Josecito y con la dulzura de esa voz ajada apareció con un sándwich.
—Tomá, hijo, que si no no vas a comer.
—Gracias, José, no sé qué haría sin vos acá.
—De nada, hijo.
Y se fue despacito como vino, cruzándose con el dueño que entraba a la cocina y lo corrió como a un trapo mojado. Yo sabía a qué venía. Cuando entraba a los gritos y lo veía a Manuel aterrorizado me producía el tipo de placer necesario para seguir con el día. Me veía identificado en la gratuidad de la violencia del dueño contra Manuel. Pero era tan sorete que no podía otra cosa que regocijarme con esa sinfonía de gritos e insultos. Cuando se fue me miró con los ojos inyectados de sangre.
—¿Te pasa algo a vos, pelotudo?
—No, Manuel, no pasa nada —le contesté tranquilo, con una sonrisa interna de justicia divina.
Después del servicio caótico del mediodía, como Manuel no nos dejaba tirarnos en el depósito y yo no podía volver a casa, me fui a la plaza a comerme un pancho. A esa hora la ciudad bajaba un poco; aunque el calor era abrazador me sentaba en un banquito que tenía sombra y miraba a la gente que había tenido más suerte que yo y caminaba esa ciudad con felicidad. Siempre me dormía sentado un rato; si me acostaba en el banco la policía me sacaba. Yo les traté de explicar varias veces mi situación pero poco pareció importarles, y yo, antes de quedarme sin mi banco, hacía lo que me decían. Ese banco era un oasis en mi desierto de día. Me desperté solo; mi cuerpo ya era un reloj autómata que marcaba cuándo moverme. Me fui con esa mezcla de frío y calor que te da el cansancio extremo y caminé las pocas cuadras que separaban al cielo del infierno.
Estábamos llenos esa noche; se venía otra locura controlada. Yo me preparé lo mejor que podía; sabía que era la clave para que no se fuera el servicio al carajo. Manuel me miraba sin decirme nada. Me odiaba pero sabía que era su mejor soldado.
Los platos iban saliendo bien, pero las comandas poco a poco se iban juntando. Yo estaba en esa zona de total concentración donde todo desaparece y sólo existen mis manos y la cocina. Alguna vez pude disfrutar de esa adrenalínica sensación. Manuel regalaba puteadas y gritos para todos; yo todavía no había sido afortunado de recibir tan bello obsequio. Venía volando, perfecto, hasta que pasó lo único que no podía pasar: un compañero corrió desesperado por detrás mío sin avisar, algo prohibido en la cocina, y yo con platos listos en las manos para llevar al pase. Los miré caerse con cierta belleza, como si el tiempo disminuyera su marcha para ver esa catástrofe consumarse. Manuel giró la cabeza y escuché la musicalidad de sus puteadas. A mi compañero no le dije una palabra —¿para qué?
Todo fue a peor. Se me iban acumulando platos; todo lo que tenía ordenado y preparado iba poco a poco explotando en la mesada, como pequeñas granadas que me caían desde afuera. Manuel, como siempre, se empezó a ensañar conmigo e hizo lo que habitualmente hacía y disfrutaba.
Se me puso detrás mío. Sentía su rancio olor a pucho en mi oreja y comenzó la humillación.
—¿Ves que sos un inútil? Te das cuenta, ¿no? ¿Qué hacés? Limpiá eso, ¿no ves que está sucio? Dale, mierda humana, apurate, que sos el único que no saca los platos.
Yo iba preparando platos para llevar al pase. Necesitaba irme de ahí, necesitaba que se fuera. Iba lo más rápido que podía. Empecé a sentir cómo el cuerpo me hervía; el sudor bajaba por mi frente y goteaba por mi nariz. Con la mala suerte manchó un plato.
—Mugroso de mierda, dejá de chivar arriba de mis platos.
No respondía; yo seguía como si nada, como siempre. Agarré de la sartén el corte de carne que faltaba para llevar las cosas. Ya veía el final de ese suplicio. Procedí a cortarlo; estaba en su punto perfecto. Pude sentir lo que parecía cierto orgullo y esbocé una sonrisa. Ahí vi la mano de Manuel por el rabillo del ojo.
—Esta mierda está cruda, hacela de nuevo —me gritó mientras agarraba la carne y la tiraba al otro lado de la cocina.
Lo miré sin expresión alguna. Dejé todo lo que estaba haciendo. Miré ahí adonde había estado el pedazo de carne, la tabla, el cuchillo, y lo miré a Manuel de atrás cómo se iba riendo hacia el pase, cuando alguien me tocó suavemente el hombro.
—Hijo, limpiá esos platos que están sucios; si no Manuel te va a retar —me dijo Josecito tratando de cuidarme.
Lo miré y vi una mirada de incredulidad, de decepción. Cuando aparté la vista vi el cuchillo clavado en su cuello, mi mano sosteniéndolo; no la sentía como parte de mi cuerpo, había tomado vida propia. Cuando saqué el cuchillo mi querido Josecito cayó ahogándose al piso, no sin antes expulsar chorros de sangre sobre mis platos listos para llevar.
—¡Qué hacés, enfermo! —dijo aterrorizado Manuel yéndose corriendo hacia la puerta.
—Perdón, ahora limpio los platos.


