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Dios en dispersión
(un capítulo de la novela surrealista Martes de nunca llegar)

viernes 1 de mayo de 2026
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Vacío perfecto. Silencio único. Acontecer sensible desde la luzsombra del paso listo hacia el parpadeo de la lechuza capaz de vislumbrar el día aquel cuando las estatuas de héroes falsos ascendieron a pedestales de viento inconcluso.

La fuente de óvulos brota del mármol histórico. Miguel Ángel frutero de lo eterno esculpe bananas de cereza para llevar el dulce nuestro de cada día a niños dispersos y devolver la palabra al molde secreto del amor.

Sabe de la llegada mas no de su llegada. Entiende el arribo primero de su sombra y el tiempo largo de cuanto es. Tiempo largo como sombra de sombra en el filo sin fin bajo la luminiscencia de una señal antigua.

Extensión en todos sus matices en la cuadratura de su propio gerundio en cada devaneo. En el ocaso y en su levante sin dónde ir...

Se acerca el día quizá de algo. Se acerca el día quizá de nada. Se acerca la anunciación de la onda después de la pera arrojada contra la gota de rocío. Alguien observa el proceso crucial al desencadenar ondas hasta dar en el corazón de la fruta reverdecida por centurias de desesperanza. Es fácil observar sin juicio con ojos despejados cuando la gravedad da en el blanco. Da en el blanco la gravedad y la sustancia se esparce por la gota de rocío como si el océano no estuviera atento al proceso de dispersión genuina.

La sustancia. Dios. Sustancia de Dios en entrañas de la piedra del camaleón del ladrido del término cualquiera de la lágrima del cebollar de la zanja por donde escapa el caminar incierto hacia la página en blanco para escribir reflejo en el espejo por donde la imagen del ser supremo escapa hasta el ladrido y el eco de la voz del perro del comerciante minorista del pueblo sin campanas siempre dispuesto a negociar con sus propios fantasmas.

Él. Se instaura el filtro para decantar la sangre por beber. Jesús reclama para sí el caracol permeado por resonancias sin distingo. Expresión infinita cuando cierta hoja de la costilla de Adán arranca atmósfera arriba y perfora el gris inconcluso del horizonte. Se sublima desde la raíz como albatros gigante en el paraíso donde doña Eva cuece la tarde sin disimulo de humo por donde se elevan ánimas de matices perfectos para decorar el aire de los desahuciados.

Dios en dispersión sobre la espina y la médula del chuzón. En la rosa del color de la mirada extraviada en el fondo negro.

Dios en dispersión. Liberador. Todo está determinado a la una de la tarde milenio tras milenio. De instante en instante se acepta el pan en la boca. La boca en las ideas. Las ideas en los modos de lo finito. Se está adentro. Siempre adentro del tono y del meollo del uno absoluto. Dios es dispersión a las tres de la mañana frente a un guijarro en el río de lágrimas. Ahí está la clave. Se emancipa el miedo de la herida en el vidrio por donde se divisa el origen de cada quien.

Algo cambia. Se desenfunda el cuerpo del fondo de la cegueta. La sustancia queda huérfana. Deambular entre lo inerte. Salta de solidez en solidez en busca de su remota realidad de volver a ser vacío perfecto entre el silencio único.

Se inquietan. El mutismo es escalofriante.

Dios en dispersión pide su libertad a través de la sed del ángel. Los querubines saltan del charco para encontrarse con la luzsombra.

Cierran cremalleras del vacío. Dios.

Carlos Alberto Agudelo Arcila

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