
El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique ha pasado a la posteridad. Su muerte significa la conclusión de un largo camino que lo llevó a vivir en varias ciudades europeas y organizar el mundo para edificar una serie de novelas que no se podrán olvidar.
Ya no se trata, entonces, de reconocer que la literatura se compone de ciertas novelas o que las novelas conforman una literatura, sino que la vida se hace literatura. Porque todo en él destila la fusión entre realidad y ficción. Al escuchar a Bryce Echenique en sus entrevistas, lo que se siente es que compone historias para el deleite del entrevistador y del público. Al cerrar los ojos está visualizándose escribiendo esas palabras que luego salen de su boca. No dice nada que no se pueda —antes y después— poner por escrito.
Escucharlo, por ello, es otra forma de leerlo, y ambas forman algo que se logra con la suma de fabulación, ritmo y cariño. La fabulación le sirve para crear sobre la marcha historias que pueden ser ridículas, divertidas y sugerentes. El ritmo está marcado por ese fraseo que, de tanto usarlo y contaminarlo con el francés y el italiano, ha dejado de ser peruano. Y hay cariño porque incluso en las situaciones más extremas no deja de sentirse el cariño que Bryce Echenique siente por sus personajes, las historias que narra y por él mismo, porque se sabe actor y protagonista de sus dramas.
Lo que entonces encontramos en sus libros no es sino una señal del tiempo de la voluntad de un hombre que ha preferido los libros a la vida tras haber explorado en la vida cada instancia vital que luego se podrá traducir a palabra escrita por medio de la ficción.
Y por ello, sus ficciones no son la vida que continúa por otros medios. Más al contrario, son una forma de preguntarse por qué pasó lo que pasó. ¿Por qué la vida se parece tanto a las novelas? y ¿por qué las novelas cuando son escritas suplantan a la vida y ya ambas se confunden en historias interminables?, que para placer del lector empiezan por un lugar y pueden terminar por cualquier parte.
Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, No me esperes en abril, Tantas veces Pedro y Reo de nocturnidad son algunas de las historias que, tras ser leídas, el lector siente que desea cambiar de vida. Que quiere escribir, que necesita vivir con mayor intensidad.
Ninguna vida parece lograr el efecto retroactivo que la vida de Bryce Echenique parece irradiar. Ninguna vida podrá ser llenada del mismo modo. La literatura en el caso de este escritor peruano no es un simple artefacto para poder contarlo todo, ni siquiera para ejercer por medio de la palabra el arte de contar una historia bien contada. Mucho menos hay una reflexión teórica sobre el arte de la novela. Lo que él sabe de la novela lo pone en las ficciones. Y por esta razón sus libros son como una palabra oral que nunca deja de decir lo que desea decir, porque siempre se puede contar aquello de mejor modo, agregando detalles que hagan más y más creíble, inverosímil y enrarecida la historia.
La búsqueda de la perfección es tal que el libro no importa por su extensión, sino por lo que contiene. Lo que contiene es el mundo. Pero no es un mundo social como en Mario Vargas Llosa, o un mundo irreal, patafísico y fragmentado como ocurre en ciertas novelas de Julio Cortázar. Tampoco es un tiempo envolvente que no se desprende de mitos, tradiciones, leyendas e imposiciones e inquisiciones, tal como acontece en las novelas de Carlos Fuentes. Ni siquiera es una literatura sobre lo grotesco y la decadencia, que es la materia prima de las novelas de José Donoso. En Bryce Echenique, cuando hay crítica social, también existe comprensión.
Su explicación de la decadencia de la burguesía limeña no viene por causas revolucionarias o por la injerencia de un capital internacional, sino porque la riqueza no soporta los vaivenes del corazón.
Lo suyo es demostrar que el verdadero motor de la historia no es la lucha de clases, sino la concatenación de errores cometidos en nombre del amor o de la amistad. No hay culpables. No hay sobredeterminación histórica. Ni siquiera ideología que flote como una ola de espuma en el mar. Esas formas de hacer explícito lo real están en todos los escritores del Boom. Y rastros de esas escrituras se encuentran en autores contemporáneos que van desde Juan Gabriel Vásquez, Santiago Roncagliolo, Juan Villoro, Julián Herbert, Martín Kohan, Alan Pauls, Diego Zúñiga, Alberto Fuguet, Yolanda Reyes, Marta Orrantia, Laura Restrepo, Lina Meruane y Katya Adaui, entre otras y otros escritores que han recogido líneas de fuga de la literatura del Boom para construir, primero, su propia prosa, y luego, organizar sus historias sumando a partes distintas en cada caso, realidad y ficción.
Pero lo que hace particular el caso de Bryce Echenique es su forma de transportarnos a un espacio de la ficción que goza de tres tipos distintos de paisajes. Por un lado, está el paisaje físico, que se compone de casas, ríos, edificios, bibliotecas, universidades, automóviles, cafeterías, cines, restaurantes, calles y plazas: en todos estos lugares las acciones de sus personajes son conocidas y reconocidas. Los espacios públicos configuran el reflejo de su sentimiento. Las dudas son más profundas en la sala de un cine o frente a una taza de café mientras se recita un poema en francés. El segundo paisaje es el complemento de estos primeros espacios: es un paisaje emocional. Un sentimiento tan andino y latinoamericano que sólo puede generar problemas cuando choca contra la racionalidad europea. El ser lastimero y ahogarse en un vaso de agua cuando fuera hay un bosque es lo que aquellos personajes más entrañables de Bryce Echenique son expertos en realizar. No podríamos sentirnos parte de sus historias si sus personajes no padecieran por mano propia el destino autoimpuesto.
Sus paisajes emocionales por las palabras y frases creadas no están al servicio de la historia, ni siquiera de los personajes. Aparecen para ser transmitidas a los lectores. Hay una transferencia emocional donde, luego de la lectura, es el lector el que padece el sentimiento embriagador del amor o de la culpa o del reproche o de la justicia, que antes vimos en los ojos y palabras de sus personajes. Y es aquí cuando tíos, tías, padrastros, madres, padres, amigos, amantes, esposas y compañeros de viaje, encarnan estas sensaciones y emociones: ellos, y no otros, hacen carne para todas las ilusiones de los protagonistas que luego se reconocerán víctimas de dioses sin hogar o de destinos manifiestos dictados por ciegos fabuladores.
Así, cuando se termina el libro, el lector se da cuenta de que Bryce Echenique delega en la lectura la instancia de resolver esa historia en la tierra de lo real. Porque su literatura no termina en los libros, sino que prosigue en la realidad clavada en nuestra piel. Luego, el corazón quiere sólo lo que el corazón quiere y seguimos buscando sus novelas debido a que habremos reconocido en Bryce a un conjurador de lo mejor y lo peor que se guarda en las dilatadas formas del latido de nuestros corazones.
Y bajo ese designio, el tercer paisaje tiene que ver con uno que sólo se encuentra hoy por hoy en escritores del calibre de David Foster Wallace, Zadie Smith, Dave Eggers, Günter Grass, José Emilio Pacheco, Mark Twain y Thomas Wolfe: es el paisaje de la infancia que se hace adolescencia y luego toma la adultez para escenificar la madurez. Pero en toda madurez hay una infancia que necesita ser recobrada. Porque en toda madurez hay un sueño infantil no cumplido.
El paisaje de la niñez que nunca muere y se refleja y revela en los rasgos y gestos del adulto es justo lo que permite a Bryce Echenique profundizar y hacer con el lenguaje saltos de tiempo, intrusiones de voces narrativas distintas a las del narrador principal, descripciones que en otro escritor resultarían cursis y fuera de lugar. Pero todas esas resoluciones son las maneras que encontró Bryce Echenique para ver de cerca al amor.
Lo suyo, dicho de esta manera, es la literatura del amor que nunca muere. Pero esa literatura se asienta sobre la manera como, incluso cuando se es adulto, el amor sigue siendo visto y vivido como si se fuese un niño. Adultos que no son tomados totalmente en serio y en quienes la risa y la ironía desarma cualquier intento de hacer racionales sus acciones. Ellos mismos no se creen su propia vida y eso les ayuda a que su vida, además de ser exagerada, sea conmovedora.
Así que el amor infantil es una señal del tiempo que no transcurre del mismo modo para aquellos que han abrazado efusivamente el sentimiento de cometer mil errores en nombre de la pasión, el deseo, el amor y la entrega, que para aquellos cuya compostura, rigidez y planificación los ha llevado a la satisfacción de todas sus expectativas. El primero es el modelo Alfredo Bryce Echenique, el segundo es la perspectiva Mario Vargas Llosa.
Estos tres paisajes se complementan, se fusionan y aparecen capa sobre capa en cada novela, en cada personaje y en cada trama. Es gracias a estos paisajes que los lectores nos sentimos agradecidos con cada libro que produjo Bryce Echenique, que ya es una suma de libros y recuerdos, si no una literatura en sí mismo.
Y por ello, de ahora en adelante, lo que habría que buscar, además de sus novelas, para completar la colección de la vida, es a aquellos que van a continuar esa estela de proyecto narrativo que Bryce Echenique inició, la estela que sólo puede ser alcanzada cuando todos los paisajes y todos los colores y sabores del habla y del lenguaje sean explorados hacia el futuro para moldear desde la ficción una realidad que, lejos de estar podrida de latir, sucumba en cada segundo al impulso de la renovación y el resplandor.
Y es que de todo resplandor venimos, en todo resplandor nos cobijamos y todo resplandor debe ser compartido. Las palabras, las frases y las novelas son ese resplandor. Y Alfredo Bryce Echenique lo sabía.
- Alfredo Bryce Echenique, una literatura y tres paisajes - martes 12 de mayo de 2026
- Carlos Fuentes: ¿una estética pasada de moda?
(sobre la novela Cambio de piel) - sábado 7 de marzo de 2026 - Las estructuras sociales de Stephen King - lunes 9 de febrero de 2026


