Corrí la cortina y entré a la pieza oscura. El olor a humedad y el aire viciado me saltaron a la cara. Apenas entraba luz por la ventana, sólo se filtraba por entre los pliegues rotos y deshilachados de la tela que la cubría. De a poco vi la cama y a ella allí, sentada a la orilla. Tenía puesto su camisón visiblemente percudido. Sus pelos enmarañados enmarcaban su tez blanca y pálida que anunciaba su debilidad. Le di unas monedas a Marito, el joven que me acompañó, y salió disparado después de tomarlas. Lo conocí de niño cuando llegué al pueblo en tren por una semana, hace cinco años.
Acerqué una silla que estaba junto a una mesa y me senté enfrente de ella. Tomé sus manos y sentí sus dedos finos y pegajosos. Aunque el viento, con su canto sobre las chapas del techo y meciendo la tela de la ventana al colarse por las rendijas, mostraba el frío de esa mañana, ella sudaba. Mientras le tomaba el pulso, no dejó de mirarme. Me paré y, al auscultarla, el olor de su pelo me dio náuseas. Aparté la cara hacia un lado y tosí para disimular.
Mi trabajo como médico no fue virtuoso. Con mi historial lleno de suplencias, no logré retribuir el sacrificio que mis abuelos hicieron para que yo estudiara.
El silbido de sus pulmones avisaba de la fragilidad de una mujer abandonada por todos. Esa imagen que ahora veía no coincidía con los rumores que llegaron a mí durante aquellos años.
Recordé las palabras del joven que fue a buscarme: “La bruja quiere que vaya”. Lo dijo con naturalidad. Mientras caminábamos por el camino desparejo y barroso hacia el rancho perdido entre los campos, amplió los relatos sobre ella. Vivía sola, cosechaba su quinta y vendía huevos a los que llegaban.
Trabajó en el monte desde que se fue de su casa con un leñador que le prometió una vida sin escasez. Sus padres dejaron el pueblo y nunca más supo de ellos. Quedó sola poco después a causa de una cuchilla que se le clavó a su hombre al caer borracho de su caballo.
Volví a sentarme. Al verla nuevamente a los ojos, una opresión se instaló un momento en mi pecho.
Su mirada era calma. Casi sin parpadeos recorría mi cara y se detenía en mi frente, en mi pelo, en mis rasgos de forma minuciosa.
Ella esbozó una sutil sonrisa mientras ahogaba una tos con sus manos. Estiró su brazo lentamente de forma errática para tomar un jarro de aluminio que tenía junto a la virgen de yeso, sobre una mesita al lado de la cama, y me lo alcanzó.
Prendí el Primus. El rugido del quemador llenó el vacío de la pieza, mientras el olor a queroseno le ganaba al de la humedad del encierro. Después de calentar el agua, puse el jarro sobre la mesita como ella me lo señalaba. Con manos temblorosas, sacó de un cajón un ramito de yuyos y agregó al agua parte de ellos. Revolvió con una bombilla y dejó reposar. De abajo de la almohada, tomó un pequeño trapo y se cubrió la boca para esconder la tos que no cesaba, al parecer, desde hacía bastante tiempo.
Tomó el jarro con el té de yuyos ya tibio y lo fue bebiendo de a sorbos con la bombilla. Su sonrisa acompañó su semblante relajado y sus ojos mansos.
Le calenté un caldo que previamente vi al lado del Primus y, después de tener su aprobación, se lo serví en el jarro, que enjuagué con agua de un balde tapado en un rincón.
Lo fue consumiendo de a poco. Mientras lo hacía, se aseguró de que los apellidos de mis abuelos fueran los que creía. Se encargaron de mí, después de que mi madre murió y mi padre se ausentó, cuando yo no llegaba al año.
Los conoció y quise saber más sobre la vida de ellos en aquel pueblo. No supo decirme mucho, se fueron cuando ella era una adolescente.
Prometí volver al otro día para traer medicinas, ropa y útiles de higiene para mejorar su estado de ánimo, además de su salud, y que no me olvidaría del chocolate que dijo gustarle.
Le tomé su mano para despedirme y ella dejó muy despacio el jarro sobre la mesita para liberar la otra y apretó las mías como agradecida. Sus cejas se elevaron levemente, mientras sus ojos brillaron y rodó lentamente una lágrima por su mejilla grasosa. Otra vez la opresión en el pecho me obligó a un suspiro profundo. Sin mostrar mi angustia, la ayudé a recostarse, la tapé y sonriendo me despedí de ella.
Amaneció nublado. La llovizna, a veces fugaz, profundizaba el frío del viento sureño. Salí bien temprano cargando lo prometido: ropa de abrigo, calzados, un surtido de verdura, carne y condimentos.
La vieja, como ella quiso que le dijera al preguntarle su nombre, merecía un buen almuerzo que yo iba a prepararle cuando llegara. No la iba a salvar del final que ya había sentenciado la neumonía adquirida, pero estaría al menos, sus últimos días, acompañada.
La casa estaba helada. La puerta entreabierta alimentaba la sensación de abandono y vacío. Le hablé para no asustarla y corrí la cortina para entrar a la pieza.
Allí estaban la oscuridad, la humedad, el olor a encierro y ella.
Corrí la tela que colgaba en la ventana y la luz del día entró como un alud tibio.
Acostada, quietita, estaba ella, parecía dormida. Tapada hasta el cuello mantenía su tez pálida, sus pelos algo ordenados y un gesto apacible. Como si hubiera sonreído al escucharme. Me incliné para ver cómo estaba y siguió inmóvil. Sus mejillas heladas anunciaban mis sospechas.
Me dejé caer en la orilla de la cama.
Sobre la mesita, debajo de la virgen de yeso, había una foto y un papel arrugado, doblado con cuidado.
En la foto aparecía una muchacha jovencita sonriendo y un bebé en brazos. Desdoblé el papel. La letra hecha con lápiz era irregular, escrita con esfuerzo por una mano temblorosa:
“Evaristo Fortuno Rodríguez. Soy tu madre. No fue mi decisión que te fueras. Yo era una niña. Estoy orgullosa de vos. No me animé a decírtelo antes. Gracias por venir. Perdoname. Matilde”.
Observé detenidamente la foto y pasé mi dedo sobre su sonrisa.
Apoyé mi frente en la suya hasta empapar su rostro frío con mis lágrimas.
- La pieza oscura - sábado 16 de mayo de 2026


