—Mamá, ¿es verdad que la vida comienza con un meter y sacar y que siempre quedas contento?
Mi madre dejó de tejer. Se quedó inmóvil, con la aguja suspendida en el aire, antes de clavar la vista en la mía.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó.
—Se lo escuché a Sofía anoche, mientras veíamos la película con su novio. Después se encerraron en el cuarto.
No pude decir más. Mi madre se levantó del sofá, abandonó la costura y salió sin mirarme. Me dejó a solas con el eco de mi hermana y aquella duda en mí como una gaveta que no termina de meterse. Tenía seis años, pero en ese momento, frente al televisor, comprendí que mi destino no era jugar, sino meter y sacar.
Sofía posee una facultad casi biológica para el tira y encoge. Desde mi nacimiento, su único oficio ha sido desquiciarme; posee una retórica tan punzante como la aguja que mi madre olvidó clavada en el sofá. Ella es el eje de mi inestabilidad; no busca tener la razón: si la realidad no le otorga la victoria, la pliega, la tuerce y la fuerza a golpes hasta que encaja en su propia versión de los hechos. Es como una gaveta de doble fondo: parece destinada a guardar los desperdicios que nadie quiere ver, pero te obliga a sacarla cada vez que buscas la única llave que abre la casa. Ante el mundo, Sofía practicaba su falsa inocencia: encogía los labios, mostraba los dientes y parpadeaba con dulzura. Pero cuando la ira la vencía, metía su vida en un cajón bajo llave e incendiaba todo lo que se hubiera quedado fuera.
Crecí con esa frase que ni mi madre se atrevió a explicarme. A medida que maduraba, mi duda crecía: ¿de verdad la vida era sólo ese rítmico meter y sacar?
Comencé a asediar gavetas; las de Sofía, por curiosidad y venganza. Invadí las de mis padres, las de mi casa y las de mis abuelos. Esa inquietud maduró hasta convertirse en una búsqueda compulsiva de todo aquello que pudiera meterse y sacarse. Con el tiempo, la obsesión me volvió un ser solitario, calculador, alguien capaz de cultivar amistades por puro interés táctico; desarrollé habilidades que despertaban una extraña admiración en mi entorno.
El horario escolar me permitió asediar el cuarto de Sofía. Su habitación, con las cortinas cerradas, facilitaba mi intervención. Su cama, doble, sin nada que ocultar debajo y con las sábanas distendidas, me aterraba. A un lado, el escritorio frente a la ventana ciega; al otro, el gabinete heredado de los abuelos y el gavetero encerrado en el armario. Fue allí, al fondo de la tercera gaveta, donde hallé los artefactos cuya utilidad sólo comprendería años después.
Con los años, perfeccioné mi técnica de auscultar gavetas. Interpreté diversos papeles para extraer el pulso de los hallazgos: su historia, su carga, la memoria y el rastro de quienes custodian secretos recónditos. Jamás me atreví a usar la información recabada; el miedo a ser descubierto y a la magnitud de la venganza era mayor que el placer del hallazgo. Con el tiempo, aprendí que mi verdadera adicción no era el secreto, sino la silenciosa victoria de la incursión. Dejé de ser un recolector de sombras en cajones ajenos para convertirme en el depositario silencioso de la vida privada.
Aún dudo si Sofía tenía razón, pero descubrí que cada gaveta era un universo en sí misma. Con un estetoscopio al cuello, guantes de látex azul y una linterna, las intervenía asumiendo roles según su peso o su chirrido: médico, zapatero, cerrajero o estilista. Exploré la cocina, las habitaciones y el garaje, pero en ningún momento experimenté la satisfacción de la que hablaba mi hermana.
Me fascinaban las gavetas de mis abuelos: cronologías protegidas del polvo que mi edad no alcanzaba a descifrar. Aprendí pronto a no alterar el orden de los objetos ni a remover los restos de aquel pasado detenido. Su habitación era una cueva de tres umbrales sumergida en la penumbra de las cosas postergadas. Una tarde de lluvia me escabullí descalzo hacia el vestier; la linterna era mi única guía. Con el pulso golpeándome el pecho, me arrodillé ante el mueble y saqué el primer compartimento. Allí descansaban piezas envueltas con rigor en sus cajas originales, en un simulacro de eternidad. Un arrastre de pies me heló la sangre. Apagué la linterna. No me atreví a meter la gaveta por temor a su chirrido y me hundí entre la ropa colgada de la abuela, que apestaba a naftalina. Se cerró la puerta del baño; era él. Aguardé en la oscuridad hasta que el abuelo apagó la luz y se retiró con su paso cansino.
Salí sin ruido. Me senté en el suelo y, tras meter la gaveta superior, la curiosidad se impuso a la prudencia: tenía que sacar la otra. Pero no fue tan fácil. Ésta se resistía. Probé ángulos ciegos: halar hacia arriba, presionar el fondo; un tope invisible bloqueaba el acceso. Fue entonces cuando descifré el código: un empuje seco y dos descensos rítmicos. La madera cedió con una fluidez aceitosa, sin el menor chirrido.
El interior estaba escindido en dos mundos. A la derecha, un nido de tela rosada; a la izquierda, una cartulina negra que clausuraba el resto con la precisión de una tapa de ataúd. Retiré el cartón y descubrí el inventario de lo oculto: diplomas amarillentos, una corbata de seda, la franela del equipo de fútbol de la universidad y un lapicero de oro. Debajo, un álbum de fotos de carátula desteñida con un corazón rosado y, sobre él, un retrato enmarcado que detuvo mi pulso. En la imagen, el abuelo era un hombre joven en un parque, abrazando a una mujer de una belleza inquietante que no era mi abuela. “Con todo mi amor para la parte del corazón que me toca”, leí al pie, con una caligrafía que se sentía como un susurro. Al acercar la linterna, el detalle saltó a mis ojos como una acusación: el anillo de casado brillaba en su mano.
Había descubierto que el orden de mi familia, como el de aquella gaveta, también estaba dividido en dos. Sentí la urgencia de destapar el lado rosado, pero el miedo a ser descubierto me detuvo el pulso. Devolví la cartulina negra a su sitio, metí la gaveta con la precisión de un cómplice, apagué la linterna y caminé hacia la luz ensayando mi mejor rostro de inocencia.
—Sabes, hijo —me dijo mi abuelo al verme salir de su habitación—, uno no puede deshacerse del porqué de los recuerdos tan fácilmente.
Sofía parecía incómoda ante mi insaciable curiosidad. Una mañana, mientras desayunábamos, me escuchó decir: “Cada gaveta es un mundo; su mecanismo refleja su interior y el entorno que la rodea, pero sobre todo, el lugar donde nace y se cría”. Sofía alzó la vista y me tragó con la mirada. Soltó la taza de café y, con un gesto pedagógico, me plantó la cuchara frente a los ojos.
—Robert, ¿ves esto? —la metió en el tazón con una precisión violenta—. Mira cómo se mete en la leche, cómo se llena de cereales. ¿Ves qué fácil es meterla vacía y sacarla llena? ¿Y sabes para qué, Robert? Para sentir la satisfacción de comer. ¿Entendiste?
No entendí. Pero desde entonces me gusta desayunar corn flakes.
Me tocó dar el siguiente paso: examinar las gavetas de Sofía. Las había postergado por un temor que sólo la osadía aprendida con mis abuelos logró disolver. Aquella tarde entendí que el botín es siempre más valioso que el riesgo. Sacar en secreto la vida de los demás dejó de ser una transgresión para convertirse en mi método: la única forma de descifrar el mundo a través de sus compartimentos cerrados. Comencé con el escritorio.
En la gaveta izquierda, el inventario de lo útil: lápices, reglas, cuadernos. Al fondo, tras la madera, mi mano detectó un sobre con billetes. Lo dejé intacto. Una cosa es hurgar y otra, muy distinta, robar. La gaveta derecha fue la que me detuvo el pulso. No había objetos, sino evidencias de papel. Fotos: Sofía de bebé en brazos de mi madre; Sofía aprendiendo a pedalear con mi padre. Y luego, yo: un pequeño Robert abrazado por ella con una fuerza que casi podía sentir a través del brillo del papel. Me besa en la mejilla, me sostiene el biberón mientras mis piernas descansan sobre las suyas, me rodea los hombros con su brazo protector en la puerta de la escuela. Cerré el cajón con una lentitud desconocida.
Sofía me quiere.
Esa tarde fui a buscarla a la salida del colegio. Al verme, me dirigió esa mirada que escudriña mis intenciones; no dijo nada y echó a andar. Intenté tomar su mano, buscando el mimo natural que había visto en las fotos, pero ella me la arrebató de un tirón. Me dejó con los dedos vacíos y la sonrisa fija en el rostro. No importaba. Mañana iría por las gavetas de su armario y las del mueble del abuelo.
Cumplí mi palabra. Pasé del escritorio al gabinete heredado de los abuelos que ahora habitaba en la oscuridad de su cuarto. Sofía lo había colonizado con una dualidad que me detuvo: dos gavetas destinadas a lo más próximo a su piel. La primera era el inventario de lo cotidiano: algodón blanco, elástico y funcional. Pero la de abajo era un santuario de seda y encajes reservado para lo excepcional. Al abrirla, me golpeó un perfume particular, una fragancia dulce y pesada que parecía custodiar la intimidad. Telas finas, colores suaves, diseños de encaje y cofres de bisutería variada desconcertaron mi búsqueda. Clausuré ese compartimento para siempre.
El gabinete del armario fue aburrido hasta la tercera gaveta; allí hallé los artefactos cuya utilidad sólo comprendería después. Entre baterías, cargadores y lubricantes, mis dedos tropezaron con objetos de látex y formas anatómicas que desafiaban mi lógica de diseño. No eran herramientas, pero su textura sugería un uso repetitivo.
Los devolví a su rincón sombrío comprendiendo que Sofía, al igual que el abuelo, también poseía un mecanismo secreto de “meter y sacar” que no estaba diseñado para que yo lo entendiera.
Al llegar al bachillerato, memoricé las claves de los lockers de mis compañeros, ansioso por abrir cada uno en su ausencia. Fue en esa época cuando conocí a Elena. Ella solía decirme que yo siempre estaba como encerrado en mí mismo, como si la vida me metiera en otro lado. Una tarde, mientras tomábamos algo en el recreo, me lanzó la pregunta definitiva:
—¿Realmente a qué te dedicas, Robert?
Le dije la verdad, o al menos mi única verdad:
—Me dedico a meter y sacar.
Elena me miró con una mezcla de asombro y desprecio.
—¿Entonces no eres virgen? —preguntó.
Se levantó y, antes de que pudiera procesar su error, había desaparecido de mi vista. Esa analogía jamás se me había ocurrido. Para mí, el movimiento no tenía nada que ver con la virginidad, sino con la arquitectura del hallazgo. Días después, cuando intenté explicarle mi bitácora de incursiones desde los seis años, ella sólo pudo darme un consejo que no supe dónde meter:
—No tienes que meter y sacar todas las cosas buenas o malas de la gente en tu vida, Robert. Con ser quien eres es más que suficiente.
No la escuché. Para entonces, yo ya no sabía quién era yo si no tenía una gaveta ajena frente a mí. Logramos romper el hielo. Entablamos una amistad confidente, fiel, sin gavetas extrañas de por medio; sólo las nuestras.
Fue Elena quien despojó a los artefactos de látex de Sofía de su misterio anatómico. Al principio no hubo romanticismo; fue una transferencia de información técnica. Quedamos en ensayar la utilidad de aquellos objetos en su debido momento, no por amor, sino como quien busca profundizar en su “educación sexual”, tal como ella lo definió.
El ensayo comenzó aún vestidos, con fricciones tímidas, lentas, buscando un ritmo que todavía no conocíamos. Ella, por instinto natural, se dedicó a mi miembro y yo me estremecí; me mareó el asombro de esa primera vez. Hubo sonrisas de complicidad y deseo. Nos desnudamos. Elena —con sus ojos marrones en tono arena mojada y su vientre delicado, absuelto de culpas— sostenía el deseo entre su cuerpo y sus pensamientos. Sus senos firmes encontraron mis manos. Nos besamos sin saber por qué; simplemente, teníamos ganas.
Desnudos, con los artefactos a nuestro lado, nos acostamos despacio sobre la cama de Sofía. Recorrí su cuerpo con el mismo cuidado y temor con que saco una gaveta por primera vez; esta vez buscaba el punto exacto donde la piel cede ante la ternura y el calor. El “meter y sacar” encontró su propio compás, un vaivén de piel y asombro, una curiosidad sencilla, puramente corporal. Fue un acuerdo dulce entre nuestros cuerpos y los artefactos de Sofía que nos rodeaban sobre la cama.
Al terminar, abrazados bajo el peso del silencio, me atravesó la misma sospecha que sentía frente al televisor a los seis años. Descubrí que el mecanismo del cuerpo era demasiado simple: una suma de impulsos básicos y terminaciones nerviosas que no resolvían el misterio de la aguja suspendida de mi madre. Elena buscaba una permanencia que yo no podía ofrecerle; ella quería habitar mi vida y yo sólo quería auscultarla. Cuando se marchó, no sentí dolor, sino el alivio de quien mete una gaveta que ha dejado de ser interesante. Mi destino no estaba en las personas, sino en la pureza inanimada de los objetos: con espacio, pero sin tiempo.
Esa fascinación por la mecánica de las gavetas y su lógica de utilidad me arrastró a estudiar diseño y, finalmente, a formar parte del equipo de desarrollo de Ikea.
Mi jefe me propuso que lo acompañara como caddy un sábado. No comprendí la oferta hasta que mis manos se hundieron en el cuero de la bolsa, una cavidad resistente que custodiaba trece piezas de metal. Al tocarlas, sentí la misma vibración eléctrica que en el armario de Sofía; como si nos hubiésemos visto antes.
Mi deporte es hoy un ritual de metidas contadas. Disfruto el peso del hierro al extraerlo, la fricción del metal deslizándose contra el forro, el pulso de vigilar la parábola de la bola hacia el cielo. Sobre el green, limpio cada pelota con la delicadeza de quien acaricia una piel, trazando su recorrido hacia la pequeña hondura húmeda del hoyo. Ese es el clímax de mi jornada: el momento en que la pieza blanca se rinde ante la anatomía del campo. He alcanzado un hándicap envidiable; juego al golf con la frialdad de un amante que ya no tiene secretos que buscar.
Mi madre jamás respondió, pero hoy, cuando la bola se mete en el hoyo, comprendo que siempre tuvo razón: mi vida no ha sido otra cosa que este metódico ejercicio de meter y sacar.
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