
sepulturero
dile duro el golpe y cayó seca retinta la negra mariposa
arrastró su dolor derramado en los mosaicos
alzó violenta el vuelo vengativa
dejóme la muerte su forma desmedida en la otra mano
en la frente la tiara en el pulmón su báculo
al fondo cenizas de reflexiones muertas
era el pensamiento queriendo escribir su pensamiento
era el quejido queriendo instalar su sino en el quejido
era la soledad hurgando su forma de no-ser en el abismoJosé Mármol, El ojo del arúspice, 1984
José Mármol camina con zapatos de poesía pues desde que publicó su primer libro, El ojo del arúspice, “se convirtió en un referente para la poesía hispanoamericana, una voz que los nuevos poetas reconocen y siguen, un maestro literario que ha obtenido reconocimiento en todas las latitudes de la lengua”, como asegura Fernando Valverde, poeta y profesor de la Universidad de Virginia.
En cada uno de sus poemarios, que son trece los publicados desde 1983 hasta 2019, propone una visión poética que muestra sentimientos concretos, plenos de espiritualidad y de arraigo al alma caribeña; es una poesía que conduce directamente hacia la estructura fundamental del ser humano.
Lo han dicho los más respetados críticos literarios, los más celebrados poetas, y sus fieles lectores, que su poesía definió un nuevo modo de escribir en República Dominicana, donde el lenguaje es el que define y da forma a una manera diferente y más humana de pensar y de sentir.

Octavio Paz, en el libro El arco y la lira, explica:
El lenguaje es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y asimismo es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de trasmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro, y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es un símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.
Para corroborar la influencia que ha tenido la obra de Mármol en la historia de la literatura dominicana, copio tres notas críticas sobre su poesía.
La primera es del hispanista y traductor Danilo Manera, quien señala:
El lenguaje es siempre para José Mármol un problema y un desafío, un quebradero de cabeza y un éxtasis. Es como un niño travieso, un amante caprichoso, un abuelo olvidadizo o un dios esquivo.
El lenguaje no se limita a transportar la mezcla de conceptos y pasiones, ansiedades e ideas. La anima, la reformula, la carga de inquietudes, nuevos significados y nuevas dudas. El lenguaje parece cotidiano y no lo es, parece trascendente y no lo es, parece pintado y no lo está, o parece lleno de viento y en cambio son nubes, donde sonidos y colores se multiplican hasta las más insólitas vibraciones y los más delicados matices.
La segunda es del poeta y escritor Manuel Matos Moquete, quien señala:
La obra poética de José Mármol es una fuente de múltiples percepciones y hallazgos que invita a leerse, sentirse, disfrutarse, comunicarse con ella, sin descuidar un ápice el entendimiento poético, la inteligencia poética del autor. Estamos ante un poeta, ciertamente dueño de una alta sensibilidad e intuición que le permite crear un mundo paradójico, radicalmente extraño al sentido común, rasgo principal de su poesía, pero estamos también ante un poeta intelectual, y perdónenme esta paradoja, pero es que hay muchos poetas y escritores que no son intelectuales, pero en el caso de Mármol, pensamiento y poesía, reflexión y poesía, van de la mano, hasta el punto que se advierte en él una fuerte e inusual conciencia lingüística y poética que alumbra y guía la práctica poética.
Y esta del poeta Mateo Morrison es definitoria:
Él no es un escritor. Él es un acontecimiento de la literatura, de la poesía, del pensar, de la creación, que es algo distinto. Los acontecimientos de la literatura, del arte, son permanentes... Ya a los veinte años, no sólo ha presentado una poética esencial, ha revolucionado la forma de pensar y de escribir la literatura en un ámbito totalmente nuevo.
José Mármol (Santo Domingo, 1960) es poeta y ensayista. Premio Nacional de Literatura 2013 y Premio Casa de América de Poesía Americana (España, 2012), con su libro Lenguaje del mar. Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Ha publicado, entre otros títulos, El ojo del arúspice (1984), Encuentro con las mismas otredades I (1985), Encuentro con las mismas otredades II (1989), La invención del día (1987; Premio Nacional de Poesía), Poema 24 al Ozama (1990), Lengua de paraíso (1992; Premio de Poesía Pedro Henríquez Ureña), Deus ex machina (1994; Premio Casa de Teatro y Accésit del Premio Internacional Eliseo Diego), Criatura del aire (1999), Premisas para morir: aforismos y fragmentos (1999), La invención del día (2000), Deus ex machina y otros poemas (2001), Premesse per morire (Stampa Alternativa, Italia, 2001), Torrente sanguíneo (2007; Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña), Maravilla y furor (2007), Miradas paralelas (2009) y Yo, la isla dividida (2021). La editorial Visor ha reunido sus trece libros publicados entre 1984 y 2019 en un volumen titulado Donde todo triste ruido hace su habitación.
¿Podría contar un poco cómo fue su infancia? ¿De sus padres, sus hermanos?
Nací en la capital del país, en el barrio de Ciudad Nueva, donde también por poco muero, con días de nacido, a causa del colerín. El doctor Kasse Acta me salvó la vida. Con menos de dos años, mi padre decide trasladar la familia a su pueblo de origen, La Vega, en el centro de la media isla, porque mi madre, su segunda esposa, era oriunda de Villa Vásquez, en la región noroeste.
Si tuviera que decir en una palabra el sentimiento que albergo acerca de mis padres sería, simple y absolutamente, veneración. Fuimos una familia de escasos recursos económicos, pero de una enorme riqueza en amor, respeto, buena educación, conducta ética, solidaridad y principios de dignidad humana.
Mi madre, Antonia Valeria, alcanzó el bachillerato; mi padre, José Dolores, apenas completó el tercer o cuarto grados. Mi madre le redondeó su formación básica, mejorándole sus conocimientos en matemática, lectura y escritura. Él fue siempre un hombre de la tierra, un agricultor que hizo vida citadina.
Mis primeros doce años en La Vega discurrieron en las inmediaciones de la barriada del Parque Hostos. Allí cultivé la más auténtica amistad y desarrollé habilidades deportivas, especialmente en baloncesto.
La casa de la adolescencia era muy grande, de madera, la primera nave y la segunda de concreto, con un patio enorme en el que crecieron árboles de naranja, tamarindo, cereza, mamón, entre otros. Allí, en el Parque Hostos y con catorce años, me enamoré de mi esposa Soraya, quien apenas llegaba a los trece. Era un barrio de obreros, artesanos, talleres de mecánica, de herrería, puestos de frituras, bares y colmados, habitado por familias trabajadoras y amas de casa.
Luego, en 1974, nos mudamos al barrio de la Lotería o de las Acacias, desde donde, tres años después, retorné a Santo Domingo y formalicé mi ingreso a la Universidad Autónoma (UASD). Mi hermano mayor es hijo del primer matrimonio y lleva el nombre de nuestro padre. Con mi madre y en segundas nupcias, nacimos mis hermanas Altagracia, Angelita y Rosi, la más pequeña. Yo fui el tercero en esa línea y bajo matrimonio.
Como en toda familia de recursos escasos, pero con conciencia de la importancia de la educación, las hembras asistieron a colegios privados, a veces con becas o medias becas, y los varones fuimos educados en escuelas públicas. Completé el bachillerato, desde segundo a último grado, con una beca en el Colegio Agustiniano de La Vega. Allí me reencontré con buenos amigos de la primera infancia. En donde viviéramos, tuvimos siempre un hogar; las casas eran simplemente recintos. Tuve unos padres tan amorosos y abnegados que todavía en mis sueños converso con ellos y sigo sus consejos.
¿Recuerda una línea o una imagen que le dejó algún libro que leyó en la infancia?
Recuerdo, de Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, algunos versos que me marcaron. Por ejemplo, en el canto XXI: “¿Qué es poesía? —dices mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul. / ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú”. O, por ejemplo, el canto XXXVIII, que reza: “Los suspiros son aire y van al aire. / Las lágrimas son agua y van al mar. / Dime mujer: cuando el amor se olvida, / ¿sabes tú adónde va?”. Esta poesía, la de las Églogas de Garcilaso de la Vega, del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, y posteriormente Pablo Neruda, Amado Nervo, José Ángel Buesa, entre otros, fueron autores de mi niñez y adolescencia, sobre cuya lectura influyó la poesía oral memorizada de mi madre.
En la época de la adolescencia ¿qué lo atormentaba? ¿Leía o escribía para expresarse?
Tuve una infancia y adolescencia pobre y feliz. Lo único que me atormentaba eran las preocupaciones de mis padres para, con recursos económicos limitados, eran humildes empleados públicos, solventar los gastos familiares. Les llegué a ver llorar juntos ante algunos apremios. Gracias a sus esfuerzos y sacrificios, nunca nos faltó nada básico (alimentación, salud, educación, vestimentas, etc.). De todos modos, antes que de tormentos, fueron años de ilusión y añoranzas. Lo que hice primero, en relación con las artes, fue dibujar y pintar. La lectura y la escritura derivaron de un forzado y relativo abandono de mi interés por las artes visuales. Ambas manifestaciones estéticas las inicié solo, sin orientación. La educación de los sentimientos y del espíritu fue posterior.
¿Hay otros poetas en su familia? ¿Artistas, músicos?
En la generación de mis padres, ya desaparecida por completo, hubo tíos que tocaban la guitarra y que cantaban en encuentros familiares. De mi generación, sigue habiendo primos que tocan instrumentos y cantan, siempre como amateurs. Como artista profesional, tenemos a Roldán Mármol, quien, además de vocalista y compositor, ha dedicado buena parte de su trayectoria al rescate de la música raíz y del folclor, tanto dominicanos como caribeños.

¿Cómo y cuándo supo que la poesía era un camino para seguir? ¿Alguien lo motivó?
La poesía me asalta por curiosidad y por necesidad. Lo primero, porque mi pasión estuvo entregada al dibujo y la pintura durante una etapa de mi niñez. Lo hacía de forma espontánea. Hasta que mis padres le mostraron al artista y profesor de la Escuela de Bellas Artes de la Vega, Vicente Fabré, aún activo y radicado en Miami, Estados Unidos, mis cuadernos escolares llenos de dibujos a lápiz. Fabré decidió llevarme a la escuela formal de Bellas Artes, y entregarme a las manos de los profesores Carlos Lora y Mario Lockward, quienes me acogieron, pese a que no tenía la edad requerida.
Cuando cierran por largo tiempo esa escuela vegana, entonces empecé a desarrollar mi interés por los libros, que compraba en la misma Librería Valencia, donde adquiría mis materiales de pintura y dibujo. De una vez me sedujo la poesía, ahora entonces, por necesidad. El lenguaje estético seguía forjando mi camino. Cuando cursaba el bachillerato en el Colegio Agustiniano recibí un gran apoyo, al abrirme la biblioteca, por un lado, y por otro orientándome, de parte de los sacerdotes y profesores españoles Francisco Rodríguez (Paco), Luis Henríquez y Juan Pablo Diez. Al ingresar a la UASD, entonces vino la motivación decisiva de parte del poeta y gestor cultural Mateo Morrison, quien me hizo parte de la creación del Taller Literario César Vallejo, en 1979. Allí afiancé mi interés por la literatura, por la filosofía y por los libros.
¿Cómo fue el proceso de la escritura de su primer libro? Y, de esa primera publicación, ¿qué es lo que más satisfacción le produjo?
Mi primer libro publicado es El ojo del arúspice (Santo Domingo, 1984), que primero llamé, aunque luego lo descarté, Sistemas de referencias, por la carga filosófica que contenía. De hecho, eliminé varios textos con ese matiz. Fue una apuesta disruptiva, en términos de manejo del lenguaje, de la estructura rítmica, de la cosmovisión estética y de la arquitectura y superficie morfológica del poema. Traté de manifestar una concepción distinta de la poesía respecto de lo que se ponía en práctica a partir de la estética del realismo socialista y de la idea de literatura ideológicamente comprometida. Quise rescatar lo antitético, frente a aquello, de movimientos poéticos en la tradición literaria dominicana como principios filosóficos y léxico localista del postumismo, enunciados universalistas de La Poesía Sorprendida, aires innovadores de los Independientes del 40 y del surrealismo criollo, entre otros. Pero, además, alimenté mi poética del pensar con concepciones propias de grandes momentos de la tradición poética de Occidente. Fue, a decir verdad, una propuesta arriesgada y provocadora. ¿Satisfacción por ese libro? No me arrepiento en nada de lo expresado en esas páginas.
¿Cómo sabe cuándo debe dar por terminado un poema?
Ese momento mágico, incalculable e impredecible, te lo va a dictar la destreza del redondeo o el remate del verso o de la palabra. El de la poesía es un lenguaje de síntesis, aun cuando se trate de un poema de largo aliento o extenso. Cuando en lo dicho quedan lo pensado y lo sentido, entonces ahí termina el poema. El poema es un pequeño universo cerrado y a la vez abierto. Va latiendo, como un corazón. Cuando se detiene, ahí termina.
¿Tiene un ritmo determinado para escribir? ¿Se sienta y escribe lo que tenía en mente o va anotando frases o metáforas que luego desarrolla?
Aunque es susceptible de ser disciplinada, la escritura poética no se calcula, no se somete a rutinas. La génesis del poema es un acto de absoluta libertad. Llega cuando menos la esperas. Y si la persigues, se te oculta hasta que al aluvión de palabras le venga en ganas desprenderse escritura abajo. Un poema es un acto de la imaginación, no un teorema o una ecuación. Sin embargo, ya plasmadas las palabras originarias, queda abierta la invitación a esculpir, a limpiar, a pulir y, completados esos procesos, entonces quedará el poema como constructo de lenguaje y pensamiento. A veces sólo tienes una línea en mente. La anotas y de ella se desprenden otras y otras. Otras veces, sólo queda esa línea inicial, y si vale estéticamente la pena, ella será el poema, como acto único e irrepetible. Soy disciplinado en la lectura y la escritura, ya sea poesía o ensayo. Trabajo de madrugada, regularmente. Pero un poema puede asaltarte en la esquina, cuando paseas tu perro; en un semáforo, cuando vas al volante; en una reunión burocrática, en fin. Lo importante es, en términos quevedianos, no dejar escapar el momento en que te llegan el ritmo y las palabras.
Recuerda el momento que comenzó a escribir el poema “Elección prescrita de mi epitafio”. ¿Qué sentimiento le embargaba? ¿Se acuerda de qué imagen o metáfora fue el detonante que lo impulsó a escribir?
Ese poema pertenece a mi primer libro, El ojo del arúspice (1984). Aquí figura el concepto kantiano de “yo trascendental”, es decir, la estructura formal que da constancia y universalidad al yo racional y que se antepone y trasciende al yo empírico, que es el de las experiencias y emociones. El poema resume la dialéctica entre el yo formal y anterior al yo que sustenta las percepciones, tanto de la vida como de la muerte. Se siente una danza que va de lo suprasensible a lo sensible, en tanto que formas de la intuición del yo. No sé, no podría explicar mi propio poema. Pero es lo que leo en él.
Elección prescrita de mi epitafio
he muerto y me liberé por fin de mí
mi yo trascendental se hizo puro aire
he devuelto su tributo magnánimo al polvo
antes que la eternidad opté por ser instante
movilidad continua.........un golpe de agua corrediza
un vacío que se borra y abole la forma de otro
vacío por venir
¿para qué atajar más en mis huesos
un dolor..............una angustia que nunca dije que me dieran?
no forma buscando cuerpo en desespacios pude ser
luz en la sombra..............noche en las aguas..........huella sin
huella pude ser
a falta de toda clase de herencia o vanidad inicua
de habilidad para el negocio.......autosuficiencia para
el prestigio
me llevo al olvido un puñado de palabras y sonidos
con la gran satisfacción de que nunca fueron míos
Cuente un poco cómo trabajó su más reciente antología, Donde todo triste ruido hace su habitación, publicada por la Colección Visor de Poesía, que recoge parte de su trabajo poético de más de tres décadas. ¿Cómo hizo la escogencia de los poemas? ¿Alguien lo ayudó? ¿Fue difícil dejar de lado algunos poemas? Si es así, ¿por qué?
En este volumen no hay lugar a escogencias. No es una antología. Es una compilación de los trece libros de poesía que he publicado entre 1984 y 2019. Fue una propuesta de Visor Libros, de Madrid, y de su presidente y fundador Jesús García Sánchez (Chus Visor), que acepté, con humildad y gratitud, porque, en cierta forma, reconoce, valora y exalta mi trayectoria poética, de la que nunca he presumido ni lo haría jamás. Nadie me ayudó. Fue un trabajo en completa y silenciosa soledad. Con este libro de mis poesías reunidas cierro un ciclo de vitalidad creativa. Ya he abierto otro. Veremos qué ha de pasar.
También me gustaría que hablara sobre el galardón que anunciaron este año, el Premio Hispanoamericano de Poesía José Mármol, creado por editorial española Valparaíso Ediciones y la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña (BNPHU) de Santo Domingo. ¿Fue una sorpresa para usted o ya sabía algo de ese premio, que es también un homenaje a su obra poética?
Sí, fue una sorpresa. El poeta español y profesor universitario en Atlanta, mi amigo Fernando Valverde, vino a República Dominicana como invitado a la Semana Internacional de la Poesía de Santo Domingo. Y al llegar me dice que necesita hablarme. En esa conversación me hizo la propuesta, que ya había sido aprobada por Valparaíso Ediciones en Granada, España. De una vez lo rechacé. Le dije que había nombres de poetas relevantes en el país a los que podíamos homenajear con un premio de esa envergadura. Se negó diciéndome que ese no era el propósito, que se trataba de crear un premio con mi nombre para motivar e impulsar a los jóvenes creadores de habla hispana en todo el mundo. Consulté a amigos, esperanzado en que se sumaran a mi negativa. Pero no. Acepté al cabo de casi un año, porque me hicieron ver que era una oportunidad de proyectar la poesía dominicana en todo el contexto hispanoamericano, que se trataba de algo que me trascendía a mí mismo. Agradezco al director de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, el escritor y académico de la lengua Rafael Peralta Romero, quien no sólo se opuso a mi negativa, sino que además puso la biblioteca al servicio del endoso del premio, junto a Valparaíso Ediciones. Con esos gestos tan nobles, ¿cómo podía yo mantener mi temerosa negativa? La primera convocatoria fue un éxito. Se presentaron más de cuatrocientos libros con seudónimos y estuvieron representados casi todos los países de habla hispana, desde España hasta los pueblos de América y el Caribe. Finalmente, el premio lo gana una joven poeta de origen ucraniano y radicada en España, que responde al nombre de Salomea Slobodian. Espero que las próximas convocatorias despierten similar interés.
¿Tiene algún libro al cual recurre invariablemente a lo largo de sus días?
Sí. Se trata de Residencia en la tierra (1933), de Pablo Neruda. También Trilce (1922), de César Vallejo.
¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer Santo Domingo?
El Manual de historia dominicana (1992), de Frank Moya Pons. También, Composición social dominicana (1970), de Juan Bosch. Y si se trata sólo de la ciudad de Santo Domingo, entonces sugeriría la Guía emocional de la ciudad romántica (1944), de Joaquín Balaguer.
¿Las redes sociales le quitan el tiempo a la lectura? ¿Piensa que son invasivas?
Las redes sociales son el estupefaciente digital que contribuye a la conformación de una sociedad de cretinos digitales, como ha establecido el filósofo francés Michel Desmurget. Además, las redes sociales son el refugio de los resentidos y cultivadores del odio y la discordia. Dan espacio, como gritó el escritor italiano Umberto Eco, a la injusta equivalencia entre los idiotas y los auténticos pensadores. No sólo son invasivas sino, además, aborrecibles, cuando se usan de manera irresponsable. Son la fuente de la desinformación y de la desnaturalización de la verdad. Crean una falsa ilusión de democracia comunicativa y de libertad de expresión. No sólo te quitan el tiempo, sino que te lo roban, al apropiarse de tu atención. Si los centros comerciales son, como sugiere Zygmunt Bauman, las nuevas catedrales de la posmodernidad, las redes sociales son la más desenfadada herejía del consumismo como mercurial religiosidad.
¿Ha sentido temor en alguna ocasión? ¿Por qué?
Temer es de humanos. Lo que trato de evitar es tener miedo al miedo. Sin la sensación de miedo probablemente no existieran ni las ciencias ni las artes.
¿Por qué escribe?
Porque, para mí, es lo mismo que respirar; sólo que con algo más de complejidad. Es algo que no puedes evitar. Si lo eludes, podrías desfallecer, quedar sin aliento, simplemente, morir. Escribir es, para mí, lo que más se parece a vivir.
Poemas de José Mármol
Yo, la isla dividida
Yo, como la isla,
rodeado de ti por todas partes, dividido.
Apagado. Compungido. A la sombra.
Mientras tu rayo esplende como el aura temprana.
Me acomodo en el último pasillo del ocaso.
Me contento con ser de la música el vacío
y de las palabras, cuando las pronuncias,
apenas el asomo, dividido,
resquicio tal vez de aquel instante clave, inesperado,
en que de la cosa el sentido se resbala
y la vocal se arrulla y se cierran los labios
y ya nada se dice ni ha quedado por decir.
Yo, como la isla siempre,
ahora sin ti,
rodeado de mi propio animal por todas partes.
(de Yo, la isla dividida; Visor Libros, Madrid, 2021)
Lenguaje del mar
El mismísimo, eso sí, el inmenso irrepetible,
el mar alzado en vuelo, lentitud del lastimado,
alas que no pueden los azules levantar.
Un pájaro, ese,
cautivo, tal vez, me lo pregunto,
en su líquida y revuelta enredadera de sal.
Amarrado, puede ser, a la estela del aire y los pasos de sol,
en la suave traslación reposada del disfrute.
El mismísimo, el adorado en yodo
con la luna colgada en la quilla de tu rostro,
el que riega las arenas para el toque de tus pies.
El mar tuyo, el mar nuestro,
el de los acantilados feroces y las playas de luz,
el de las bolitas de queso crujiente, calamares en su tinta,
vodka y tónica con chapas de limón.
El mar, eso sí, el de tu mirada de ámbar en la tarde de ayer,
el de la voz que dijo, mi niña,
no te vayas a mover del horizonte, quieta, ahí nomás.
(de Lenguaje del mar; Visor Libros, Madrid, 2012)
Esquicio del vuelo
voy a dibujar un pájaro que es su mismo vuelo. y un vuelo que aún no tiene pájaro. vuelo que se crea con su pájaro. pájaro agotado en los tonos de su vuelo. no voy a dibujar un pájaro volando sino al mismo vuelo dibujándose. y en mi turno de sentirme dios. voy a crear un himno para el viento y la memoria.
(de La invención del día; Bartleby Editores, Madrid, 2000)
Retrato de mujer
En tu boca tiembla un pájaro tirado a lo sediento. En tus dedos, templos altos de luz andan despiertos. Habla con tu voz aquel ángel seducido por una magia, un cuerpo, un vocablo insospechado. Nada por tus párpados un pez bello y fugaz y en la negra chorrera de tu cabello tieso, un celaje de carne con alas suena y brilla. No mis ojos te dibujan, no mi trazo maculado. No mi arte la perfila; es el agua desbordante que me asalta con mirarte, untadas por imanes lascivos ambas manos, y no importa que estés muda porque hablas con tocarme. Hay entre tus pechos matices imposibles, bosques y bahías, cañaverales limpios, mojadas poblaciones, algas finas, robles, yerba. Me asomo al intocable destello de tus manos y temo que mirándome se desnude tu voz, y como San Francisco de Asís hable a las aves, y se descalce y pese mucho menos que el aire. Mujer que lleva entera una bestia por ternura. Mujer que me desalmas con tan solo nombrarme; mas no importa si estás muda porque cantas cuando miras. En tu vientre acuna un mar con veleros erguidos, en tu pelo un surtidor de la noche se desgrana, en tu boca de nubes y pájaros me pierdo, y no importa si estás muda porque cantas cuando amas.
(de Deus ex machina y otros poemas; Visor Libros, Madrid, 2001)
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