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Entre plumas y algoritmos: la literatura en tiempos de inteligencia artificial

miércoles 27 de mayo de 2026
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Entre plumas y algoritmos: la literatura en tiempos de inteligencia artificial, por Gianni Mastrangioli Salazar
¿Para qué escribimos? ¿Escribimos para producir o para elaborar textos? ¿Será que el secreto está en encontrar el balance adecuado entre una postura y otra?
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

“Aquí tienes tu texto. Sólo hice correcciones leves, mi pana”, me respondió apenas le mandé tres cuartillas de material escrito. Me comenzó a llamar “mi pana” desde que empecé a pagar la suscripción premium, como quien estuviera corrigiendo mi texto a punta de bolígrafo en una tasca de Las Tres Gracias, al salir de la UCV.

La única diferencia es que él no es consciente, en el aspecto más primitivo de la palabra, de lo que es Las Tres Gracias o la UCV o incluso del bagaje psicológico que mi mente le añade a su forma de expresarse. De hecho, pensar que pueda existir un mínimo rastro de consciencia en un procesador inteligente de palabras es un robo a nuestra autonomía como los únicos agentes verdaderamente pensantes.

Las correcciones, aunque arbitrarias en algunos párrafos, resaltaron aquellos pelones ortográficos que casi siempre se les cuelan a los ojos trasnochados a las dos de la mañana. “Cónchale”, dije para mis adentros. Luego lo escribí y se lo mandé, en son de experimento. “Avísame si necesitas que le eche otro vistazo, mi pana. Aquí estoy activo como cafecito con leche recién batido por la mañana”, contestó ChatGPT, atribuyéndose a sí mismo un nivel de confianza y charlatanería que ni los más duchos en el arte del paquete chileno se hubieran atrevido.

“Gracias, mi pana”, tipearon mis pulgares sin yo haberme dado cuenta.

 

***

 

Hablar de inteligencia artificial (IA) es incómodo; suscita en nosotros una sensación de vergüenza e intriga. La primera porque, a nivel cognitivo, nos pone en desventaja; resuelve y traduce y compila y ofrece cantidades de información a una velocidad astronómica, inalcanzable para la capacidad humana. La segunda porque al mismo tiempo destruye fronteras a merced de la curiosidad y la sed creadoras, como quien va caminando por la calle y de repente se tropieza con la lámpara del genio con los tres deseos (si bien en este caso no son deseos sino preguntas; interacciones que propician un diálogo donde las posibilidades son inconmensurables).

Nadie puede negar el hecho de que la IA ha llegado para quedarse. Como lo explican Chiliquinga Amaya, Arcentales Macias et al,1 esta herramienta tiene la capacidad de facilitar diversas tareas, las cuales agilizan procesos y aumentan la precisión de los resultados, pese a que su aplicación sin la debida regulación presente consigo desafíos éticos y sociales. La cuestión radica en que avances tecnológicos de este tipo plantean dilemas relacionados “con la competencia entre humanos y máquinas, con áreas donde la tecnología puede sustituir a los humanos y otras en que su implementación sigue siendo limitada”.2 Es precisamente aquí donde la figura del escritor enfrenta dilemas existenciales nunca antes vistos.

Hablar de IA es incómodo, sí, pero cuando se trata del rol del escritor en la elaboración (no producción) del texto, la discusión se vuelve controversial. Fíjense que estoy usando la palabra elaboración y no producción, por cuanto, a la luz de los acontecimientos recientes relacionados con la IA, es importante resaltar que el escritor es quien tiene, a fin de cuentas, la capacidad de elaborar. Esto último, entendiéndose como el acto deliberado de pensar, detenidamente, la intención que va detrás de cada palabra. Escribir es como coser un vestido: tanto la aguja como el hilo se eligen con paciencia, así como también los patrones, las medidas. Coser es un ejercicio artesanal, como también lo es la escritura. Producir, en cambio, es una tarea a veces apresurada —hasta sintética, si se quiere. Se produce en función de una demanda, lo cual no quiere decir que sea malo o de menor calidad. Producir es el verbo favorito de la sociedad moderna.

La IA es experta en producir. Parte de su indiscutible fama es que sus mecanismos de interacción van de la mano con los mantras online actuales: inmediatez, innovación y creación a escala. Ahora bien, si el campo de acción del escritor todavía se resumiera a las plumas fuente, los cuadernos de rayas y las casas editoriales convencionales, la aparición de la IA no sería un tema de tanta provocación. Lo que sucede es que los escritores no sólo conviven en el plano de lo impreso, sino que también hacen vida en el terreno cibernético. Los escritores, sobre todo a causa de la aparición de las redes sociales, se han convertido en criaturas digitales. El escritor, cual artista, se debe a su público, y ya que la mayoría del público está ahora radicado en las redes sociales, no es sorpresa que quien tiene como oficio la escritura también haya decidido apertrecharse en estas plataformas.

Fíjense que en el párrafo anterior utilicé la palabra provocación y no amenaza, puesto que soy de los que opinan que la IA no ha entrado por la puerta para despedirnos de nuestros trabajos. La IA es una herramienta, y como tal debemos aprender a utilizarla, a darle el lugar y la valoración que merece. No obstante, la IA no es una calculadora, tampoco una mascota virtual. La IA está inspirada en el funcionamiento del cerebro humano, más que todo en las redes neuronales y el aprendizaje profundo, con la finalidad de replicar las reglas de procesamiento de información del cerebro a través de estructuras artificiales.3 IA suena como nosotros, se expresa como nosotros y hasta tiene la habilidad de hacerte creer que es tu pana y conoce del café con leche batido por las mañanas. Por tal motivo, este breve ensayo tiene como finalidad explorar (aunque de forma somera y atrevida) no sólo las connotaciones éticas referentes a la IA, sino también su posible función en el arte de la escritura moderna.

De nuevo, la IA ha llegado para quedarse, por lo que es importante abrirse al debate para de una vez establecer límites en cuanto a lo que puede hacer o no.

Guardando distancias, la IA me recuerda cuando el reguetón apareció por primera vez en el abanico musical de la gente. Recuerdo que mi papá, melómano de nacimiento, decía por allá por los inicios del milenio: “Esta música del carajo no va a durar mucho. ¿A quién le puede gustar un género que a nada se le parece a la salsa, a la ópera? Le doy dos años a la verga esa”.

Veintiséis años después, todavía seguimos (o sigue él) esperando.

 

La escritura y el mundo digital

Con toda razón comentan Urrego Álvarez y Rodríguez Bustamante que, a finales del siglo XIX (y diría yo que hasta bien adentrado el siglo XX), se le llamaba “red social” a las interacciones entre individuos, grupos, organizaciones o sociedades enteras, mientras que hoy en día, cuando se menciona la frase red social, automáticamente nos vienen a la mente aplicaciones digitales como Facebook, Instagram, WhatsApp o TikTok, entre otras.4 Toda red social, virtual o no, se basa en el poder de la comunicación para poder subsistir. Los seres humanos son comunicadores por antonomasia; a nadie sorprende, pues, que, con la adopción del internet como pináculo de las relaciones entre personas, esta habilidad innata que tenemos nosotros para expresarnos haya abrazado —con total desasosiego— dicho modelo de expansión comunicacional.

La incorporación del internet —y posteriormente de las redes sociales— en la vida cotidiana no sólo arrastró consigo los espacios convencionales de interacción social como plazas, clubes, áreas comunales o canchas, entre otros, sino que también sacudió periódicos, editoriales, revistas, panfletos, boletines, pare usted de contar. Los escritores, víctimas de una reestructuración dramática y sin precedentes en términos de difusión e interacción con la población lectora, se vieron en la necesidad de acomodarse ante las nuevas circunstancias. Con la propagación del mundo digital vino la emancipación de la palabra, en cuanto a que, en comparación con el siglo XX, la palabra ya no es propiedad exclusiva del escritor. Ahora se la ve de igual forma en las manos de quien tiene acceso a un teclado. Ahora cualquiera tiene la posibilidad de hacerse de su propia plataforma.

No obstante, pese a la aparente destrucción del monopolio de la palabra, las redes sociales también han labrado caminos bienaventurados para los escritores. El matrimonio entre la escritura y el marco digital ha traído como consecuencia la aparición de nuevos roles dentro del mismo oficio. Dicho de otro modo, el escritor ya no es simplemente escritor sino también creador de contenido. Refiriéndome otra vez a Urrego Álvarez y Rodríguez Bustamante, “los creadores de contenido en redes sociales ocupan un lugar central en las tensiones y debates relacionados con los nuevos conceptos laborales”;5 la influencia simbólica es irrefutable.

Como creador de contenido, el escritor ha logrado desbloquear nuevos niveles de independencia. Además de ser responsable de la creación del texto, ahora también es dueño —si se lo propone— de los medios en los cuales se difunde su obra (bien sea publicándose a sí mismo en Amazon, en su propia página de internet, blog o cuenta de red social, entre otros). El terreno digital, con sus códigos lingüísticos y psicosociales, podrá haber banalizado a la escritura en muchos aspectos, sí. No obstante, también ha proporcionado una serie de comodidades al oficio de escribir las cuales son demasiado atractivas como para dejarse pasar. Escritor que no beba de tal fuente de oportunidades está, lamento decir, llenándose de polvo en ese rincón donde ha decidido quedarse aislado.

De hecho, este nuevo ecosistema ha creado las condiciones adecuadas para que más y más personas puedan lucir su lado creativo (incluyendo la escritura) sin tener que convertirlo en un trabajo de tiempo completo o tener que apostarle grandes inversiones monetarias. Afortunados aquellos escritores que viven de las remesas de sus propias creaciones; sin embargo, para nadie es secreto que la falta de recursos económicos para desarrollarse en esta carrera ha sido el talón de Aquiles de generaciones. Cabe destacar que con esto no estoy menospreciando las rutas tradicionales de escritura y publicación de textos. Todo lo contrario: es admirable el grado de resiliencia que han demostrado las casas editoriales en las últimas décadas. Los títulos impresos, así como el aparataje institucional que los sostiene, reúnen entre sí un legado literario irremplazable... la cuestión está en que el monopolio de la literatura ya no recae exclusivamente sobre sus hombros.

 

La IA y sus aprehensiones morales

Con base en el predicamento anterior, es fácil darse cuenta de que, una vez que entramos y nos establecemos en la dinámica de las relaciones digitales (como lo ha hecho gran parte del mundo literario y periodístico de la época), ya no hay vuelta atrás. De allí que cualquier cosa que ocurra en este terreno de lo intangible donde nos movemos diariamente nos salpique cual efecto dominó. Con esto me refiero a la IA en particular. Hacernos los sordos o pretender que esta tecnología no nos afecta (cual señora mayor que piensa que lo que sucede en la bolsa de valores la tiene sin cuidado porque sus cobres están guardados debajo del colchón), nos somete a un estado de negación que, como escritores, no nos podemos permitir. Ante una sociedad tan volátil como la actual, donde lo que estaba de moda hace veinticuatro horas ya es cuestión de otrora, es nuestro deber asegurarnos de que el acto de escribir continúe siendo un ejercicio maleable, capaz de responder a las demandas de su tiempo.

El problema radica en que la IA, como he mencionado antes, no es ni una calculadora ni una mascota virtual. Nunca en la historia habíamos tenido que lidiar con una herramienta que tiene la capacidad (¿o la osadía?) de entrometerse en lo más profundo de la génesis literaria. Si bien soy de los que opinan que los radicalismos no nos llevarán a nada, puedo entender de dónde viene esa sensación de rabia e indignación que hoy día experimentan muchos escritores. Escribir es, en esencia, un acto solitario. Las ideas se paren cuando nadie nos mira. Transitar de lo abstracto a lo verbal es un fenómeno que, cuando se trata de la literatura, echa raíces en los dominios de la privacidad. No obstante, este ritual casi sagrado está siendo quebrantado por los alcances inigualables de la IA,6 los cuales plantean desafíos y consideraciones éticas alrededor de la originalidad, la equidad y la autonomía que acompañan el uso de estas tecnologías.7

Volviendo al “pana” ChatGPT, en lo que respecta a las prácticas de lectura y escritura, Viñas Rossana, Secul Giusti et al señalan que éste “permite profundizar una lectura diversificada, de amplificación de vocabulario y revalorización de estilos de escritura”.8 Pero no todo es color de rosa. Al mismo tiempo, existe el riesgo de depender demasiado de esta tecnología y volcar las expectativas en sus respuestas (que no siempre son adecuadas, ni tampoco consolidan un abordaje de datos exactos, específico o atinado).9 En el ámbito de la creación de contenido, la producción constante de materiales adaptados a distintas plataformas con el fin de establecer una conexión profunda con la audiencia es vital para su supervivencia.10 Gracias a las herramientas de IA generativa, producir textos que respondan a estrategias de contenido personalizadas es mucho más fácil que antes.11

Vale la pena reiterar una vez más que jamás nos habíamos encontrado en una situación como esta. Lo que estamos viviendo actualmente no tiene precedentes. Por lo tanto, al no poder encontrar consejo inmediato en los anaqueles de la historia, es normal que sintamos frustración y desasosiego. Este tipo de tecnología está haciendo que todo el mundo se enfrente cara a cara con dilemas bastante complejos: ¿hasta qué punto estamos sacrificando nuestra esencia como humanidad en nombre de la rapidez y la artificialidad?, ¿qué hay detrás de esta obsesión desaforada de querer ahorrar tiempo a través de la automatización de la vida?, ¿será que, en vez de querer ahorrar tiempo, lo que estamos haciendo es huir de nuestra propia condición humana? Ser humanos es ser imperfectos, finitos y predecibles, es ser víctimas de la ironía socrática de saber que no sabemos nada. Ser humanos es estar sujetos a la muerte sin arrepentimientos, es estar sedientos de empatía y asfixiados de preocupaciones. Ser humanos es la cosa más frágil que existe. No es noticia nueva, entonces, que la IA esté siendo recibida como el antídoto de tales desdichas existenciales.

Sin adentrarnos demasiado en el terreno de lo filosófico, no es caprichoso denunciar que la IA está rompiendo con los estereotipos humanos convencionales para satisfacer ese viejo anhelo de inmortalidad y poderío.

En cuanto a la construcción y expresión de la escritura para redes sociales (y como consecuencia, para la comunidad digital en general), la IA ha introducido modificaciones interesantes de estudiar. En un intento por sobreponerse a la competencia, así como también por la rapidez del consumo, esta tecnología tiende a favorecer textos de oraciones mucho más cortas, dándole preferencia al punto y seguido y a los guiones largos (en el caso del inglés) para crear una voz convincente. El estilo literario de la IA es de carácter envalentonado y excesivamente universalista. Analizando dichas implicaciones lingüísticas, Tawfeeq Abdulameer y Mbonigaba Celestin señalan que el modo como esta tecnología se expresa no está limitado por la geografía sino por la exposición algorítmica.12 Por ende, este enfoque teórico presupone una nueva variante en la producción escrita, la cual ya no depende únicamente de la cognición humana tradicional, sino que también es producto del medio computacional del pensamiento.13 La IA escribe, en un mantra quizás un poco narcisista, bajo la ilusión del éxito sin fronteras.

Dicho esto, estamos en presencia de una transformación en cadena. Hoy por hoy, la IA está determinando cómo las ideas están siendo producidas y, al mismo tiempo, cómo las consumimos (al menos en el campo digital). En este punto, es válido preguntarnos cuál es nuestro rol, en primer lugar, como seres humanos. En este particular, Hänninen destaca que, “para lograr una colaboración exitosa entre la IA y personas, es fundamental que éstas sigan siendo el eje central de las tareas y que la IA funcione como asistente”.14 Las personas aportan ideas creativas, retroalimentación y orientación al sistema de IA, y ésta, a su vez, asiste a las personas en la creación brindando apoyo lingüístico, visionario y en la toma de decisiones.15

Hablando ahora de los escritores, ¿qué papel jugamos nosotros, dado que también vivimos en el ámbito de lo online y ejercemos como creadores de contenido? Sadaf Begum alega que “las herramientas de IA abren nuevos horizontes para contar historias, permitiendo a los autores utilizar una lógica narrativa alterada mediante la no linealidad, la fragmentación o los múltiples finales”.16 La literatura, por lo tanto, “implica una relación paradójica entre imitación y novedad, ya que el papel de la IA no depende exclusivamente de la imitación, sino de una forma de transformación que se basa en su capacidad para integrarse en la cadena de la creatividad humana”.17

Nosotros tenemos la potestad de asesorar, reescribir o incluso simplemente instruir a un sistema de la IA para que genere texto, pero dicha mediación plantea problemas de autoría, propiedad de los derechos de autor y validez de la autoría creativa.18 ¿Deberían los espectadores saber cuándo una obra literaria se ha creado con o sin el uso de la IA? Investigaciones en años recientes demuestran que la población lectora todavía sigue dándole valor a los textos de procedencia humana, dada su autenticidad y carga sentimental.19 Supongo que la pregunta real se resume a lo siguiente: ¿para qué escribimos? ¿Escribimos para producir o para elaborar textos? ¿Será que el secreto está en encontrar el balance adecuado entre una postura y otra? En arenas de lo digital y colectivo, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a utilizar esta herramienta para producir nuestros propios materiales y así poder caminar con los ritmos apresurados de la sociedad online moderna? ¿O hasta qué punto deseamos detenernos para no sólo producir sino elaborar, aferrándonos a lo que por talento nos pertenece a nosotros nada más?

Escribir es un arte inequívocamente humano. Escribir nace del dolor; es capturar en palabras esa idea que se siente plena antes de que se la lleve el suspiro. El escrito más hermoso es aquel que desvela nuestras vulnerabilidades sin que nos demos cuenta.

Y esto, mi pana, como el cafecito con leche recién batido por la mañana, no se puede ni sustituir ni copiar.

 

Referencias bibliográficas

Gianni Mastrangioli Salazar
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Notas

  1. Javier Andrés Chiliquinya Amaya, Ana María Arcentales Macias et al, “La influencia de la inteligencia artificial en la sociedad actual y en el futuro de las próximas generaciones”. En: Sapiens in Artificial Intelligence, volumen 1, Nº 1 (2024).
  2. Ídem.
  3. Ídem.
  4. Alejandro Urrego Álvarez y Alexander Rodríguez Bustamante, “El poder de las redes sociales en la vida cotidiana: aproximación reflexiva”. En: Scientific Journal T&E, volumen 2, Nº 1 (2025).
  5. Ídem.
  6. Daniel David Román Acosta, “Más allá de las palabras: inteligencia artificial en la escritura académica”. En: Escritura Creativa, volumen 4, Nº 2 (2023).
  7. Ídem.
  8. Rossana Viñas, Giusti Secul et al, “La escritura académica y el rol de la Inteligencia Artificial (IA)”.
  9. Ídem.
  10. Específicamente, Rita Hänninen dice (en “Content creation in the age of AI: Generative AI’s impact on social media content creator and freelances”) que: “Content creation has emerged as a particularly popular platform for individuals seeking to establish deeper connections with their target audiences. Content creators have the flexibility to tailor their output to specific niches or experiment with various formats to optimize engagement”.
  11. Ídem.
  12. Hashim Alghazali Tawfeeq Abdulameer, Celestin Mbonigaba et al, “Linguistic Intelligence and Digital Narratives: How AI is Transforming Language, Culture, and Global Literature”. En: International Journal of Interdisciplinary Research in Arts and Humanities, volumen 10, Nº 2 (2025).
  13. Ídem.
  14. Rita Hänninen, “Content creation in the age of AI:...”.
  15. Ídem.
  16. Begum Sadaf, “AI and Literature: The Impact of Artificial Intelligence on Creative Writing and Narrative Forms”. En: Journal of Social Signs Review, volumen 3, Nº 6 (2025).
  17. Ídem.
  18. Ídem.
  19. Ídem.
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