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Diario de un sommelier de libros viejos

domingo 31 de mayo de 2026
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Diario de un sommelier de libros viejos, por César Rodríguez Barazarte
Nunca volví a encontrar aquel primer libro. Con igual curiosidad a la de alguien que busca a sus padres biológicos sin referentes, lo busqué durante décadas en librerías, ferias, catálogos, sin éxito. 📷 Sara Cudanov
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

“... el olor y el sabor de las cosas permanecen suspendidos durante mucho tiempo, como almas, listas para recordarnos, esperando y anhelando su momento, entre las ruinas de todo lo demás; y portan inquebrantables, en la minúscula y casi impalpable gota de su esencia, la vasta estructura del recuerdo”.

Marcel Proust
En busca del tiempo perdido. Fragmento de Madeleine

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”.

Jorge Luis Borges

“Cada libro, a su manera, es un perfume”.

@perfumologia

I. El olor iniciático

Creo haber tenido alrededor de catorce años y las madrugadas comenzaban a convertirse en un territorio posible, en una extensión apresurada del día. Quizás por el silencio y la quietud leía a escondidas, en ocasiones, con una linterna bajo las sábanas. Esa fue mi primera novela leída: recuerdo que su brumosa trama me impactó, trataba de la injusticia, de una relación opresiva, despótica, que establecía una patrona con personas caídas en desgracia, locos delirantes, mendigos, alcohólicos, hombres y mujeres que eran reclutados en la periferia de las ciudades y encerrados en grandes depósitos, haciéndolos trabajar a cambio de comida y espacios para dormir.

El libro no era nuevo, había llegado a mis manos por accidente, rescatado de una caja de libros viejos en casa, quizás perteneció, en algún momento, a uno de mis tantos hermanos mayores. El lomo estaba torcido debido, probablemente, a su disposición en la caja junto a otros libros y objetos durante mucho tiempo, las hojas amarillentas y olía a cierta humedad, sin estarlo. En algunos pasajes había subrayados y anotaciones a veces indescifrables que simulaban un cuerpo tatuado.

Subrayar un libro y escribir notas al margen es, en cierto modo, una forma de tatuarse el interior. Cada línea destacada deja una marca imborrable, aunque el papel envejezca o cambie de dueño. Al igual que la tinta que atraviesa la piel, las palabras subrayadas traspasan el papel y se quedan adheridas al lector. Es un acto de apropiación: no sólo se lee el texto, se habita en él. Subrayar es tatuar el pensamiento, una huella irreversible donde tinta y piel —papel y lector— se confunden.

Recuerdo el sonido crepitante del papel al girar las páginas: ese tibio y leve crujido, semejante al vaho, al roce de una respiración dormida. O a los protocolos que sigue un pasador de páginas de partituras de un pianista en concierto. En fin, al pasar las páginas de un libro, éste exhala un soplo, un aliento, atado a un sonido crujiente.

Aquel olor fue mi primera revelación. No era sólo papel y tinta: había algo de humedad, de madera vieja, de sombra y de cuerpo. Era un aroma que parecía contener una historia paralela a la historia escrita; el olor de otras manos, de noches de encierro, de polvo que recordaba la lluvia. Leí sin entender la totalidad de las palabras, pero la trama me envolvió y el olor me mantuvo a su lado. A veces caía rendido, despertaba en la noche y su aroma era mi brújula en la oscuridad: un catalejo con visión nocturna.

No sé en qué circunstancias extravié el libro, jamás lo encontré y, pasado un tiempo, no recordaba su título, ni su autor, sólo pasajes de su trama, que me orientaron en su búsqueda. No recordaba el argumento completo, pero sí la sensación de estar sumergiéndome dentro de algo inquietante. Las frases se pegaban al aire de la habitación y, de pronto, cada palabra parecía emitir un perfume distinto: el miedo olía a hierro, la tristeza a tierra mojada, la alegría a pan recién abierto. Entonces, creí entender que los libros también respiran, exhalan, mientras el lector inhala.

Recordé que, en ese tiempo, existía el Círculo de Lectores, una suerte de club; éstos pasaban por las casas ofreciendo suscripciones y libros a crédito. Siempre me impresionó la elocuencia de los vendedores al hablar de cada uno de los libros. Luego, yo entendería que se trataba de lectores de solapas. En sus bolsas traían catálogos, cada uno de ellos era un pequeño oráculo de papel: páginas que olían a tinta reciente, a descubrimiento y a paciencia. En la mesa del comedor se desplegaba el catálogo como quien extiende un mapa en busca de un tesoro a descubrir, o países maravillosos que visitar, y los dedos recorrían los títulos como si palparan esos países o tesoros. Años después, el círculo se rompió, los nómadas se hicieron sedentarios en algún lugar y los libros ya no llegaban, sólo quedaban los estantes con las colecciones adquiridas como quien guarda una herencia en papel moneda. Entre el polvo y el tiempo allí convivían Dickens, Sartre, Garmendia, Cabrujas, Cortázar, Hemingway, Faulkner, Zweig y tantos otros, en una maceración infinita de la tinta y del papel. Paradójicamente, yo me convertiría en un lector de solapas mientras buscaba en librerías y en bibliotecas aquella primera novela que había leído y extraviado.

Respirar es la primera y más antigua de las catas. Cada aliento es un puente invisible entre el mundo y su cuerpo, un río de aire que arrastra aromas, memorias, vidas. Me pareció asombroso comprender que el mismo conducto que permite respirar es también el que revela los secretos de todo aroma, del pan recién horneado, de la lluvia sobre la tierra, de la tinta, del papel. Que vivir y oler son, en el fondo, un solo acto: la íntima comunión entre el aliento y el asombro.

Comencé a leer sin descanso. A veces el amanecer me sorprendía con el libro abierto sobre la cara, y despertaba con ese perfume dulce, fatigado, que dejaban las páginas al contacto con la piel. No lo sabía entonces, pero estaba naciendo en mí un vicio terco, obstinado: la bibliosmia, el placer y la adicción a oler los libros. Fui creciendo entre olores y letras. En la secundaria, mientras los demás enfebrecían con los deportes, yo me enamoraba de viejas librerías. Podía pasar horas aspirando el aire de una tienda de libros usados, tratando de adivinar la edad estimada de algunos tomos por su aroma. Había libros que olían a viaje, algunos a encierro, otros a olvido. Yo los clasificaba como un catador, como un sommelier improvisado: con notas de vainilla y polvo, con bouquet de tinta seca y cuero envejecido, con fondo de humedad y tierra húmeda. El olor se convirtió en mi modo de leer y leer, en mi forma de respirar.

De estudiante, trabajé parcialmente como aprendiz en una imprenta. El aire olía a plomo, a tinta fresca, a las primeras palabras del mundo. Allí confirmé que cada olor es una forma de memoria: las máquinas de imprimir alemanas me hablaban en su humo tibio, y el papel recién nacido se transformaba en un neonato ilustrado. Yo esperaba, frente a la bandeja de impresión, el papel recientemente timbrado, como un partero que espera un alumbramiento en medio de la noche. A veces, cuando los demás se iban a casa, yo quedaba solo, oliendo el silencio impreso del taller. Muchas veces pensé que las pesadas máquinas Heidelberg simulaban dragones rumiantes de papel impreso en su hora de descanso.

También me hice bibliotecólogo, como estudiante beneficiario de una bolsa de trabajo, en el semisótano de la biblioteca universitaria. En ocasiones, en mis horas de descanso, me sentaba sobre el piso contra una alta columna. Había descubierto que los flujos de ventilación de las salas de lectura se mezclaban, exactamente en ese punto, con los vapores que exhalaban las máquinas de impresión, también localizadas en esos sótanos. Algo así como el kilómetro cero donde todo recorrido se inicia, como ese punto absoluto del ecuador del globo terráqueo, donde todo se relativiza, incluso nuestro peso corporal. Vórtices de olores, sobredosis de aromas. Ese punto medio en que se cruzan el olor a libros almacenados y la tinta en su extenso espectro de degradación. Ese estuario donde confluyen agua salada y dulce, mar y tierra. En fin, un interregno en el que los cuatro elementos de la naturaleza se funden sólo en dos: tinta y papel.

Nunca volví a encontrar aquel primer libro. Con igual curiosidad a la de alguien que busca a sus padres biológicos sin referentes, lo busqué durante décadas en librerías, ferias, catálogos, sin éxito. En ocasiones, creí reconocer una frase o una imagen que pudo pertenecerle, pero todo se disolvía como un perfume que se extingue en el aire, sin poder conocer su origen, su marca ni su firma fabricante. En algunos de mis viajes, visitaba bibliotecas para saciar la necesidad de manipular, de oler libros, y también para buscar esa novela, como quien apuesta todas sus esperanzas en una cita a ciegas. La busqué hasta en la Biblioteca del Congreso, en Washington, depositaria de todo lo que se publica, reino de los tesauros. Dadas las limitadas referencias que tenía de ella, en varias ocasiones pensé en desistir de su búsqueda.

Años más tarde, siendo librero, recorría el centro de la ciudad y me internaba en viejos departamentos abarrotados de estantes que albergaban libros nuevos y usados para su reventa. Esos departamentos eran depósitos de libros en espera de libreros independientes. Todos y cada uno de sus espacios: living, cocina, habitaciones, baños, duchas, contenían libros: una parodia urbana de las interminables salas y túneles bajo tierra de la Biblioteca de Oxford. Eran parte importante en la red de distribución de un mercado negro de letras. Adquirían libros nuevos y usados y, en ocasiones, simulando una subasta en Christie’s, en Londres, o en Sotheby’s, en New York, ofrecían dinero como contraparte del peso de cantidades de libros, sin considerar sus quilates intelectuales o su infinitesimal valor.

María Gracia, librera en la Ciudad Universitaria, en aquel largo pasillo que culminaba entre las escuelas de Ingeniería y Letras: músculo y cerebro, cantidad y calidad, razón y emoción, siempre supo de mi adicción a la bibliosmia. Ella fue una gran lectora y amante de los libros, y en su sabiduría premonitoria me obsequió una diminuta muestra original de tejido preincaico que me acompañó durante varios años, como un placebo que sustituiría los libros y su insistente búsqueda. Ese objeto siempre me acompañó como un religioso que lleva en su bolsa una cruz o una estampa y recurre a ella ante el desamparo. En algún momento lo extravié, o quizás todavía está dentro de algún libro sólo esperando ser encontrado. En todo caso, lo sustituí por una muy estimada y diminuta piedra proveniente del muro de Berlín, que aún me acompaña.

He llegado a pensar que ese libro no existió, que probablemente lo soñé, lo construí con el olor mismo del deseo. Pero cada vez que abro un volumen antiguo o usado, hay un instante —breve, casi invisible— en que el aire vuelve a llenarse de él. Y entonces sé que sigue en algún lugar, escondido entre las moléculas del papel, esperándome como un fantasma que huele a infancia.

 

II. La extinción del aroma

Una mañana abrí uno de mis libros de cabecera, Magallanes —La aventura más audaz de la humanidad—, de Stephan Zweig, primera edición, con una sobrecubierta idéntica a su portada, y al hojearlo el aire no me dijo nada. Era un tomo antiguo, uno de esos que guardo con sumo cuidado: encuadernado en tapa dura, con el hilo del lomo iniciando su deshilachado, las páginas quebradizas como las alas de un delicado insecto. Lo abrí con el mismo gesto de siempre —el gesto de quien abre una ventana al pasado— y aspiré profundamente. Nada. Ni una sombra de moho, ni una señal de polvo. Absolutamente nada. Pensé que era el cansancio. Me acerqué más, hundí la nariz entre las páginas, froté el papel con los dedos, lo acerqué a la piel. Nada. Ni siquiera el olor de mis manos. Fue como si el mundo se hubiera cerrado. Inmediatamente entré en pánico, se aceleró el pulso, la respiración, sentí confusión y mareos. Luego de varios tormentosos minutos entendí que era un ataque de pánico, como respuesta a la ausencia de olfato.

El aire, que siempre había sido un puente hacia los recuerdos, un vehículo a través del cual viajaban los aromas, se volvió plano, sin cuerpo. El silencio se extendió sobre todas las cosas: las habitaciones, los libros, mi propia voz. Fue como abrir una casa abandonada por mucho tiempo, descubrir el mobiliario de sus sábanas protectoras y no percibir nada: anósmico, inodoro, carente de olor. La enfermedad había llegado silente, pero dejó huellas. Durante semanas, el cuerpo fue una frontera. No hubo fiebre ni dolor duradero; sólo una ausencia, un vacío en el rostro. Y en ese hueco, el vértigo. Perder el olfato no es como perder la vista o el oído. No hay oscuridad ni silencio: hay un tipo de nada también cruel.

Es como si el mundo se volviera distante. Yo, que había pasado mi vida respirando los libros, me descubrí inhalando aire inocuo. ¿Qué sentido tendría, hacia el futuro, respirar sin atrapar olores? Intenté leer para calmarme, pero cada página era un sinsentido. Para mí, leer y oler eran actos complementarios o, de alguna manera, un mismo acto. El aroma era como la sal en la culinaria.

Por consejo médico y contra mi escepticismo, me uní a un grupo de terapia para personas que habían perdido el olfato durante la pandemia. Nos reuníamos por videollamadas. Había quienes lloraban porque no podían oler el pan, el café, el perfume de los hijos. Yo escuchaba en silencio. Nunca fui adepto a grupos, cofradías ni guetos. Me molestaban la queja, la rememoración del pasado que anulaba todo presente y futuro, los certámenes para escoger a la persona más desgraciada, la autoflagelación, la autocompasión.

Después de varias tormentosas semanas en que los participantes lloraban, se lamentaban, yo me recluí en el silencio. Algunos propusieron, al inicio de cada sesión, rezar algunas oraciones; otros, entonar cánticos de alegría para burlar al cerebro y alinear las energías del universo a nuestro favor. ¿Cómo explicarles que, para mí, Dios era probablemente un alfabeto y un aroma? Para no abandonar el grupo, antes de haber iniciado recurrí a un arma secreta, invicta e infalible: escuchar, al inicio de cada sesión, el Nocturno en do sostenido menor de Chopin, como bienvenida, himno, saludo e introducción meditativa del grupo. Al poco tiempo, Chopin había borrado cualquier diferencia; incluso, varios de ellos solicitaron escuchar su segmento introductorio al final de cada sesión, como despedida y agradecimiento.

Cuando me tocó hablar, dije: “He perdido mi oficio. Yo manipulaba y olía libros”. Nadie supo qué responder. En cada sesión yo hablaba de la tinta como si hablara de un muerto, de los papeles envejecidos, del olor a pegamentos, del perfume que tenía la palabra Fin en una página amarillenta. A veces me temblaba la voz, no de tristeza, sino de orfandad. Ya no era filólogo, ni librero, ni bibliotecario, ni prensista tipográfico, ni lector: era sólo un cuerpo de nariz ausente. Las terapias me ayudaron a entender que no sólo fue la pérdida del olfato, sino también la ausencia de aquel libro como iniciación en el denso mundo de los aromas. Ese período fue duro, un mundo raro, pospandemia, donde todos y cada uno atravesamos un duelo distinto.

Una noche, mientras hojeaba uno de mis cuadernos antiguos —los manuscritos de las notas de cata, debidamente numeradas—, me di cuenta de algo extraño. En cada descripción, además del olor, se producía una emoción, tímidamente similar al éxtasis que me producía oler las páginas directamente. El aroma del libro descrito en cada nota estaba unido al tono, al color, al tacto, a una sombra de pensamiento. Intuí que quizás no había perdido el olfato en su totalidad. Probablemente podía oler de otro modo; los aromas, inhibidos, tal vez yo los había escondido en las palabras.

Trabajé durante un período, con cierta emoción que hacía tiempo no experimentaba, en la construcción de un alfabeto bizarro que me permitiera lanzar puentes entre la palabra escrita y los aromas, y así, en la lectura, poder reconstruir vívidamente los olores. En ese período releí muchas veces el fragmento de la Madeleine de Proust, en el que, ante la imposibilidad del sueño, revive recuerdos de su infancia con ayuda de una madeleine remojada en té.

 

III. El breve aleteo de un ave fénix

Comencé a leer y releer de nuevo. Dejé atrás los meses que había evitado abrir los libros, como si me miraran con reproche desde los estantes. Una tarde, sin pensarlo demasiado, tomé uno al azar —un tomo antiguo de tapas blandas, con el borde carcomido por el tiempo; debió ser Los demonios, de Fiodor Dostoievski— y lo abrí. No aspiré ni esperé nada, sólo lo hojeé. Me detuve en él; las letras parecían distintas, más vivas, más amigables. Sentí que las palabras tenían textura, que la tinta poseía un pulso secreto. Luego pensé que quizás era yo quien las percibía de esa manera. Comprendí que el olor estaba allí, escondido en la memoria del lenguaje. Pensé que quizás podría prescindir del olfato si sabía bajar esas escaleras de caracol en cuya sinuosidad e imaginación se escondían los aromas. Los inciensos estaban, como aquella primera novela leída, sólo extraviados o escondidos.

Yo ya tenía un catálogo de aromas asociado a un conjunto finito de palabras, una suerte de alfabeto básico que me permitiría navegar en la lectura y, a través de la escritura, poder reconstruir la sensación de los aromas en su ausencia. Mi salvación serían las notas de cata. Allí estaban los protocolos que me permitirían acceder a los olores mediante la escritura. Ese voluminoso legajo de papeles fue premonitorio: escondía mi adicción, mi fetichismo, pero a la vez mi salvación. Todo antídoto tiene como precursor el veneno.

Desempolvé mis viejas notas de cata. Había cientos de páginas llenas de observaciones absurdas: Regusto a melancolía, Final seco de domingo, Aroma persistente de abandono. Comencé a reescribirlas, no como registros fidedignos de los aromas, sino con tono confesional y de ficción. Cada nota se volvió relato.

Localicé las notas de cata de dos de mis libros preferidos y las revisé a profundidad, su texto, el dictamen, los olores descritos. Ambas familias de aromas, al mezclarse en la memoria, trazan un puente invisible entre la ternura y el trueno: dos viejos libros respirando aún, cada uno con su tiempo y su corazón de papel y tinta degradados por los años. No podía olerlos, pero quizás me permitirían la reconstrucción de una emoción que antes era satisfecha con el olfato.

Nota de cata Nº 56: Libro: Capital del dolor. Autor: Paul Éluard

Al abrir sus páginas, un soplo de madera envejecida se eleva, como si los versos hubiesen dormido dentro de un mueble antiguo. Hay un dejo de vainilla leve, casi una caricia, que se mezcla con la aspereza seca del papel tostado por los años. En el fondo, una sombra de canela —dulce y melancólica— recuerda el olor de una biblioteca cerrada en invierno al abrir sus puertas, luego de unas vacaciones o de una pandemia. Su aroma tiene el pulso de la melancolía amorosa: cálido, íntimo, y con la humedad justa de una lágrima contenida, luego de leer uno de sus mejores versos: “Tu cabellera de naranjas en el vacío del mundo”.

 

Nota de cata Nº 124. Libro: Poemas 1917-1930. Autor: Vladimir Maiakovski

El olor de este libro es terroso y rotundo. A la madera se le suma un filo metálico y salobre, como de tinta que no ha querido secarse. Hay humedad de sótano, de vieja imprenta, con notas agrias de cuero y papel quemado. En el aire flota algo que recuerda al hollín y al café frío: el perfume del ruido y de las proclamas. No hay vainilla aquí, sino resina, humo, y una amargura que huele a lluvia sobre cubos de papel incendiados. Todo ello envuelto en un origami de papel que, al desplegarse, esparce esos aromas. Debajo de ellos, huele levemente a pólvora quizás del último disparo con el que se marchó el poeta, y con él su adiós, en el que escribió: “Acude a los ojos, líquido del adiós”.

La nota de cata expresada así en esos dos libros, y el impacto de su relectura, me guiaron para adentrarme, durante meses, de manera enfebrecida, a releer y auscultar en detalle cada texto, tomando de la medicina prescrita por mí al grupo de terapia, es decir, escuchando el Nocturno de Chopin mientras trabajaba.

Descubrí que, con las notas de cata, lo que había logrado era convertir mi versión de los aromas percibidos en dictámenes fabulados, en letras. Y ahora, sin olfato, debía desandar el camino de reversa: a partir de los manuscritos, de las notas de cata, producir en mi imaginario una versión de los aromas y hacerlos objeto de disfrute.

La vida, en el fondo, es un palíndromo; desandándola, podemos releerla de revés y con ventaja. Fue así como supe que la ausencia de olfato, aquella lesión, había mutado en lección. Así nació el proyecto que me salvó: Diario de un sommelier de libros viejos. Reescribirlo fue como volver a respirar después de un largo tiempo bajo el agua. Cada capítulo era una cata imaginaria: describía el olor, el tacto, la densidad del silencio de cada libro reseñado en las sesiones de cata. Aprendí a oler a través de los verbos, a acercarme sigilosamente con las metáforas, a saborear la pausa, el silencio, entre una palabra y otra.

Luego de su publicación, comencé a recibir cartas de lectores. Algunos decían que al leerlo podían sentir los olores que describía; otros, confesaban que habían empezado a oler sus propios libros por primera vez. Logré contagiar mi antigua adicción, pero a través de las palabras. Sólo en ese momento entendí completamente la hipótesis de Roland Barthes sobre la muerte del autor. Un texto, al ser publicado, compartido, deja de pertenecerle al autor. Implosionan todos y cada uno de los relatos superpuestos en un mismo lugar: la historia escrita, la percibida y transformada por el lector, y la que subyace en la materia significante compuesta de papel y tinta que, al hojearlas y olerlas, se versionan de múltiples maneras. Leer es aniquilar al autor, apropiarse del texto y de sus aromas, involucrarse en una acción parricida.

Una tarde de invierno, mientras caminaba tratando de sortear el frío, me topé con Carlos Hill, un viejo amigo, filólogo como yo. Nos tomamos un café y nos pusimos al día en ese raro mundo pospandemia. También era comunicólogo y experto en búsqueda y validación de información, quizás el último renacentista. Durante nuestra charla hicimos un inventario de daños: varios amigos y colegas se habían marchado de la mano con la pandemia; otros habían salido indemnes, algunos maltrechos, sin olfato. A los pocos días, lo llamé para proponerle, en un último intento, la búsqueda de mi primera novela leída, y le proporcioné las pocas referencias de la trama que yo recordaba.

 

IV. Epílogo imprescindible

En medio del otoño, recibí un correo de Carlos Hill solicitándome mi dirección postal para enviarme algo. Tenía noticias de la que pudiera ser aquella primera novela leída por mí. Al recibirlo, abrí el sobre de seguridad y pude reconocer, de inmediato, el libro: un ejemplar usado, similar al leído por mí, titulado: No una, sino muchas muertes, de Enrique Congrains. Obviamente, al olerlo no detecté nada, pero al releer su inicio entré en contacto con la disposición de las frases, con la textura del papel. Leí dos páginas y sentí nuevamente ingresar a la atmósfera en que ya había estado tantos años atrás: un cierto desasosiego. Lo cerré con cuidado y lo sostuve entre las manos. Sólo por un instante logré sentir un olor real o quizás la transfiguración imaginaria de un aroma como una revelación que se olvida, que se esfuma, como un sueño que, en tanto despertamos, tendemos a olvidarlo.

Con el esfuerzo que hace alguien en la vigilia para no olvidar un sueño, con la ayuda del recuerdo, de la evocación que me produjo la lectura de las dos primeras páginas, logré escribir su nota de cata.

Nota de cata Nº 301. Libro: No una, sino muchas muertes. Autor: Enrique Congrains

Al abrir el libro, asciende un aliento terroso, como de almacén, de sótano húmedo donde reposan recuerdos en lenta descomposición. Hay una nota punzante de tinta oxidada, casi metálica, que corta el aire como una verdad aún no dicha. Entre sus páginas se insinúa el olor a cuero antiguo, fatigado por las manos de sus curtidores, y una brizna de humo frío, como un soplo de velas apagadas tras un velorio. En el fondo, la amargura de hojas secas, rancio olor de ropavejeros, licores baratos, cigarrillos y café olvidado que se confunden con la fragancia densa que expele todo duelo. Su aroma respira la persistencia de lo que muere sin irse definitivamente: áspero, lúcido, frágil y perecedero.

No indagué mucho sobre el autor, ya tendría tiempo para hacerlo a profundidad; sin embargo, un detalle atrajo mi atención: aparentemente vivió en la sobriedad creativa, en ocasiones tratando de estar al margen de guetos intelectuales. Algunos de sus libros fueron publicados por él mismo, personalmente los distribuía y cobraba a crédito. Quizás eso hizo más difícil su localización al momento de buscarlo. Recordé, nuevamente, a aquellos libreros nómadas del Círculo de Lectores de mi infancia, quienes pasaban por casa ofreciendo sus libros y relatando animadamente, y quizás de memoria, los textos de las solapas.

Sentí, como pocas veces, un estado híbrido de paz y felicidad por el encuentro del libro, como quien, luego de buscar a sus padres biológicos, los encuentra. Esperaría el próximo invierno para su relectura completa, a la luz del humo que despide una taza de café, invitándome a imaginar su aroma y escuchando el Nocturno de Chopin y esa cascada de notas ejecutadas con una sola mano sobre el teclado del piano.

César Rodríguez Barazarte
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