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La ética de la ciencia ficción

sábado 30 de mayo de 2026
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La ética de la ciencia ficción, por Maikel Ramírez
La ciencia ficción no está del lado de los imperios de derecha ni tampoco acude a socorrer a obscenos dictadores bananeros de izquierda, como algunos parecen creer y pretenden desvirtuar en la práctica. La ética de la ciencia ficción cree en la vida y alega por su defensa. 📷 Henrique Alvim Corrêa (1906) • Ilustración para “La guerra de los mundos”, de H. G. Wells
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

“La ciencia-ficción no era para Bolaño, como lo sería para un lector ordinario, una mera premonición de viajes espaciales, planetas extraterrestres habitados por alienígenas o colosales adelantos tecnológicos, sino un estado moral, la búsqueda invertida del tiempo perdido, y por ello su obra es incomprensible sin la lectura de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick, quienes moralizaron el futuro como una extensión catastrófica del siglo XX”.

(Christopher Domínguez Michael en el prólogo a El espíritu de la ciencia-ficción, de Roberto Bolaño).

En cierta ocasión, un colega de la Universidad Simón Bolívar, institución venezolana en la que yo ejercía la docencia y la investigación por entonces, me reprochó con ponzoñoso desdén que dictara un estudio general sobre la literatura y el cine de ciencia ficción. Viaje a través del tiempo: literatura y cine de ciencia ficción fue un curso que diseñé hacia finales de 2008, estimulado por la sapiencia y el dinamismo de las enseñanzas de la entrañable escritora y amiga Iliana Gómez Berbesí, e impartí desde el año 2009 hasta 2024, cuando las autoridades impuestas por la dictadura venezolana empezaron a instalar su orden distópico endémico mediante tropelías de cualquier retorcida naturaleza, entre ellas la renuncia de profesores bajo hostilidades y el acto performativo de incoar un expediente administrativo en caso de que los docentes no dictaran clases en el campus, muy a pesar de la precariedad económica y la fragilidad corporal a las que han sido condenados los educadores venezolanos y, huelga subrayar, la debacle acelerada por el azote de la pandemia. En cuanto al colega en cuestión, su ninguneo provenía del razonamiento falaz de que la ciencia ficción es un género al servicio del imperio norteamericano. Así que, en similitud con los relatos de ciencia ficción que narran episodios sobre mensajes rezagados por haber sido enviados desde los confines del cosmos, digamos que las páginas que me apunto a escribir objetan con postergación, pero no por eso con menos vehemencia, acierto y pormenores, cuantos dislates brotaron de boca de aquel colega aquel día. Mis contraargumentos, no obstante, no se elevan sobre simpatías o cualquier otra agenda personal, sino, en rigor, sobre el propio origen y las marcas de identidad de la ciencia ficción. Otra orientación clave de este ensayo es que la ciencia ficción no sólo no complace al imperio norteamericano, sino que no lo hace con imperio de índole alguna, por cuanto su centro es el ser humano. Espero que el lector abandone cualquier resabio de prejuicio contra la ciencia ficción, ese género que me trajo enormes satisfacciones y alegrías en el aula por más de una década.

 

El fuego del Prometeo moderno

Si la ciencia ficción, en su sentido vigente, nació con la novela Frankenstein (1818), de la escritora inglesa Mary Shelley, tal y como lo arguyó el escritor Isaac Asimov, todo apunta a que el género alumbró como un correlato ficcional del positivismo científico del siglo XIX. Pormenorizadamente, habría emergido como la conciencia que le habla silenciosamente al oído del entusiasta que concibe la ciencia como el medio para alcanzar el bienestar social y el paraíso terrenal de una vez por todas, a fin de hacerle saber, o a lo sumo recordarle, que el dulce sueño de la razón científica y tecnológica, con todo y sus buenas intenciones y sus aires promisorios, puede engendrar monstruos y demás eventos abyectos. Esta lectura tradicional de la obra magna de Shelley exhibe el desvío de la ética por parte del científico Víctor Frankenstein, figura que corporiza la noción de un científico afanado por el saber y la técnica, pero que para lograr sus objetivos abandona los límites éticos que su oficio supone. Las terribles consecuencias que Víctor desata, ya sabemos, no implican sólo las tragedias personales, sino, para males mayores, la probable destrucción de la humanidad entera, objetivo calculado y comunicado por la propia criatura durante el encuentro con su creador en las alturas de los Alpes suizos.

Precisamente, la Inglaterra de Mary Shelley y los escritores del Romanticismo inglés fue el epicentro de la industrialización que hemos visto desarrollarse hasta hoy. Por fuerza, el terror que aflige a Víctor cuando está a punto de culminar la fabricación de la compañera del monstruo puede ser interpretado como una metáfora de la fabricación en serie y masificada propia de la mente de un señor industrial de la era. En tal sentido, la novela de Mary Shelley hilvana una línea distópica, o si se quiere pesimista, que advierte sobre peligros que acechan detrás de las creaciones que florecen al amparo de la ciencia y la tecnología cuando no intermedia ningún imperativo ético.

Sin menoscabo de esta luminosa interpretación y acaso afín a ella, otra lectura de la novela de Shelley se centra en las emociones humanas, un rasgo de enormísimo valor para los sujetos de la época romántica, quienes elaboraron sus principios con base en un antagonismo sin tregua contra la razón del Siglo de las Luces, lo que se llama en literatura inglesa Era Agustiniana, nombrada así por el emperador romano Augusto. En su remarcable ensayo Magníficos rebeldes: los primeros románticos y la invención del yo (2022), Andrea Wulf mantiene que la idea del yo, esto es la subjetividad, es un concepto construido por los románticos en su exploración del ser íntimo en el arte, la literatura, la filosofía y demás esferas de actividad humana. Desde este ángulo, Frankenstein es una obra cuyo núcleo temático es la experiencia de la soledad. Así las cosas, esta novela contiene una soledad derivada de la razón del hombre de ciencias Víctor, quien opta por la razón sobre cualquier sentimentalismo. Invito a que retengamos el par de conceptos industrialización y sentimientos para el examen de nuestro siguiente punto.

 

Tiempos duros y el problema de la otredad del Otro en el colonialismo

“El sol nunca se oculta en el Imperio británico”, rezaba una locución popular que durante la Inglaterra victoriana codificaba el dominio británico aun en los recovecos más distantes y disímiles del planeta. Mary Shelley, ahora con más años sobre sus hombros y con la mayoría de sus seres queridos muertos, fue testigo de época del ascenso de la reina Victoria al trono inglés en 1837. Un momento clave respecto al poderío forjado por Inglaterra tuvo lugar en la Exhibición del Palacio de Cristal en 1851, evento con el que maravilló al mundo gracias a sus hitos científicos y tecnológicos. A lo interno, sin embargo, las cosas no marchaban bien, puesto que el grueso de la población estaba hundido en la extrema pobreza, en tanto que una clase burguesa emergente significaba apenas una parte ínfima de la ciudadanía. Esta disparidad del orden social y la cuestión del Otro que poblaba las colonias serían preocupaciones neurales de la ciencia ficción de la Inglaterra de Victoria hacia finales del siglo. Por un lado, novelas como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson, y La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, exploraban el problema de las clases sociales, respectivamente. Mientras que Stevenson lo hacía mediante la historia de un honorable hombre que por un artificio científico se transformaba en el despreciable Mr. Hyde, un ser doble cara modélico de la hipocresía de los victorianos, cuyos valores de la familia, el trabajo y la moral, entre otros, eran contrariados por la práctica cotidiana de destruir familias mediante la explotación laboral hasta de los niños y la bestialización de la pobreza; Wells imaginó que en el futuro el proletariado y los propietarios del capital serían las únicas dos clases posibles y que terminarían conduciendo el planeta al colapso. Por otro lado, una obra sobre una invasión alienígena como La guerra de los mundos (1898) gravitaba alrededor de la colonización del planeta Tierra por seres, caso similar a los acólitos del Imperio británico, de gran inteligencia, por lo que se arrogaban la legitimidad de invadir otras tierras para extraer sus recursos y aniquilar a los otros, cuyas vidas eran superfluas, cuando menos obstáculos que retrasaban el progreso.

Hasta aquí, encontramos que las obras de ciencia ficción parecen contentarse con alzar la voz sólo contra gobiernos o sistemas asociados a la monarquía o la derecha del espectro político, por lo que tendría una visión parcial o sesgada, lo que haría del género un instrumento ideológico. Sin embargo, como quedó dicho, la ciencia ficción se ocupa de los asuntos humanos y la integridad de la vida, así que el próximo terreno de lucha cambia de acera.

 

El gran hermano te vigila

Si bien la incipiente ciencia ficción del siglo XIX encaró monarquías y sistemas que pueden considerarse una continuidad del despliegue del poder, apropiarse de la ciencia ficción para defender los desmanes y crímenes de la izquierda política es desnaturalizar el género e instrumentalizarlo perversamente, por cuanto, insistamos, la ciencia ficción vela por la vida humana y su bienestar. Un autor que supo cómo poner los recursos de la ciencia ficción a la orden del bien, sin detrimento de sus severos dardos contra el imperialismo patrio, tal y como da fe de ello su ensayo Dispararle a un elefante, fue el nada complaciente George Orwell. Obviamente, la obra literaria que invoco al momento de escribir no es otra que la imborrable distopía 1984, infierno secular donde abundan los aparatos de vigilancia y métodos sofisticados de tortura que remiten a la realidad extraliteraria del estalinismo en la Unión Soviética comunista. Ocurrió que mientras la mayoría del planeta centraba sus ojos en Hitler y el nazismo, Orwell supo leer el mal que crecía en el seno del comunismo soviético bajo el puño de hierro de Stalin. En la actualidad, podemos encontrar trabajos literarios de notable calidad cuyo contexto genético es la China bajo la égida del omnívoro partido comunista. Una de estas piezas memorables la firma el escritor Ma Boyong con el título La ciudad del silencio (2005), un cuento que instala al lector en una sociedad distópica donde la censura acaba borrando todas las palabras.

 

La biopolítica: la política de la vida misma

En su examen de la vida contemporánea, el filósofo italiano Giorgio Agamben concluye que la política hoy se inmiscuye en la propia biología de los individuos al objeto de gobernar desde esa instancia íntima. Dicho de otro modo, la gobernanza tradicional ha virado hacia la instauración de formas de mandato sobre la constitución biológica humana. Prestemos atención: si la política tradicional tenía como su escala menor de alcance el cuerpo y como escala macro la sociedad, la ciencia ficción actual olfatea que las especulaciones sobre biopolítica deben tomar como escala mínima la sustancia genética y como escala macro el espacio exterior. El género sabe que estos terrenos íntimos y los que envuelven al planeta Tierra serán las venideras causas de conflictos y dominio. En cuanto a la administración de la vida biológica, los gobiernos profundizan en el saber de tal sustrato primordial, al tiempo que formulan ciencia y diseñan aparatos que les garanticen controlar a los ciudadanos. Así pues, cuando un gobierno como el venezolano recrudeció su persecución a opositores durante la cuarentena por la pandemia de Covid-19, ello obedeció al conocimiento de que cuando estamos asustados hay un incremento de secreción de norepinefrina, lo que implica que nuestro cerebro bloquea las áreas de razonamiento. Los gobiernos están al tanto de esto porque financian think tanks, laboratorios e ideólogos que son amplios conocedores de este tipo de artimañas.

Un ejemplo ilustrativo de práctica biopolítica lo encontramos en la magnífica novela Riesgos de los viajes en el tiempo (2018), de la escritora norteamericana Joyce Carol Oates, en la que un gobierno autoritario ha desarrollado la tecnología para viajar en el tiempo, pero esto se aplica sobre los sujetos rebeldes como un castigo y un mecanismo para amansarlos. Fijémonos en que esto no se limita a un asunto de control gubernamental tradicional, sino que se trata de arrebatarle al condenado los marcos conceptuales con los que da sentido al mundo, para abandonarlo así en un sitio que resulta un pasado no-lugar, que gradualmente configura la percepción y amolda el cuerpo a los requerimientos del poder.

Otro ejemplo nítido de lo que representa un gobierno que abraza las ventajas de la biopolítica lo identificamos en la novela La naranja mecánica (1962), del escritor inglés Anthony Burgess, adaptada magistralmente al cine por Stanley Kubrick en 1971. La historia se centra en Little Alex, un joven vándalo que en todo caso es uno de los tantos jóvenes pandilleros que tienen a Londres bajo el terror. Acá, la administración de la violencia y el aparato judicial por parte del gobierno para proteger a sus ciudadanos es desplazada por un tratamiento psicológico que conduce a Little Alex a no poder responder a sus instintos humanos. La pregunta que nos inquieta es si un gobierno debe manejar esta ciencia y, más grave todavía, si debe modificar la naturaleza humana, pues sentimos que ante nosotros se abre una caja de Pandora.

Visto lo anterior, se pone en evidencia que el discurso médico puede convertirse en uno de los instrumentos del biopoder. La medicalización está a la orden del día para anclar a los ciudadanos a los deseos de los gobernantes. En la distopía Un mundo feliz (1932), del escritor inglés Aldous Huxley, por ejemplo, la población consume dosis de soma que les permiten estar en un estado de felicidad perpetua. La novela El cuento de la criada (1985), de la escritora canadiense Margaret Atwood, muestra que el Estado vigila los procesos biológicos de la mujer y se asegura así aparatos reproductores óptimos. En La ciudad del silencio, cuento mencionado arriba, la censura de palabras se lleva a cabo en nombre de la salud de toda la comunidad.

La saga Los juegos del hambre, de la escritora estadounidense Suzanne Collins, es un caso que escenifica la idea de Agamben sobre el Homo sacer o sujeto matable, en la medida en que cuenta la historia de distritos sometidos al hambre y a condiciones precarias por el dictador Snow. La opresión, no obstante, no se detiene acá, puesto que los distritos deben ofrecer un par de jóvenes para sobrevivir en los Juegos Anuales del Hambre, donde para la élite del Capitolio no son más que vidas biológicas desnudas, sin ningún significado, ni valor, apenas pura carne para la diversión y para desechar después de dar su energía vital en el gran show, carne desprovista de trascendencia y, por tanto, borrable de la faz del planeta.

 

La vía utópica

Aunque este ensayo ha discurrido sobre la ética de la rama distópica de la ciencia ficción, no debemos tomar a la vía utópica como contraria al espíritu del bienestar común, por cuanto, en su condición de correlato del positivismo científico, hereda el sueño de alcanzar un estado de cosas en el que las taras que han fustigado a la humanidad son extirpadas para siempre. Pongamos por caso ejemplar el libro Yo, robot (1950), en el que los robots asisten a los humanos en sus tareas, así como se integran en las relaciones sociales. Por regla general, o al menos en una porción mayoritaria, la vertiente utópica descansa en manos de científicos que genuinamente creen que la ciencia y la tecnología traen el bien y, si acaso, que cualquier escollo es superable.

 

Palabras finales

Postular una ética de la ciencia ficción exige tener en cuenta que desde su origen el género ha dado muestras fehacientes de que su preocupación fundamental es la continuidad de la vida humana, e incluso la de otras especies, ya sea que represente esta búsqueda a través de ojos que sospechan y advierten que debemos poner algún tipo de freno al optimismo, puesto que hay amenazas que se ciernen sobre nosotros, o ya sea que trace historias sobre grandes logros humanos gracias a la ciencia y a la tecnología de alto rendimiento. En lo tocante a aquel colega de mis años en la Universidad Simón Bolívar, no hay espacio para albergar duda alguna acerca de su extravío, habida cuenta de que la ciencia ficción, ya observamos, no está del lado de los imperios de derecha ni tampoco acude a socorrer a obscenos dictadores bananeros de izquierda, como algunos parecen creer y pretenden desvirtuar en la práctica. La ética de la ciencia ficción cree en la vida y alega por su defensa.

Maikel Ramírez
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